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A Rafa Heredero
Las estrellas tienen rostro de mujer. Los espíritus celestes invocan a la nieve, que cae copiosa sobre un valle de estalagmitas donde los cráteres escupen fumarolas anaranjadas. Y a su regreso los acoge un mar verde cobalto poblado por medusas y tritones.
Lo despierta la luz de la mañana, que se derrama desde el techo de cristal. Se pregunta si las imágenes han brotado del sueño o si, cuando cayó dormido en el estudio de puro agotamiento, ya estaban allí, mimetizadas con los decorados, esperando a que su genio de dios ilusionista las conjurase. En su mente repasa la película, resuelta casi por completo, excepto por la secuencia central: solo sabe que la Luna tendrá la cara de su adorada Bleuette. En un arrebato de inspiración repentina, Georges decide estrellarle la nave en un ojo. Será su pequeña venganza por todas las veces que ella lo ha rechazado.
No ve peligros imaginarios, y los padece tanto o más que la mayoría. No siente como se aleja poco a poco de su familia y de los amigos. No interpreta haberse separado con veintipocos años, tres veces. No siente como carga “la gracia” de salir de casa a escondidas, en múltiples ocasiones, para curarse en el hospital sus innumerables heridas.
Llama cada vez más a menudo a la policía. Intenta, una y otra vez, comenzar una nueva vida; pero ni eso perturba su temple, ni asume que es una víctima. No se reconoce como tal. Es que los chiquillos gritan.
Llegó al mundo por un descuido del destino y la recibió el fragor de una repentina tormenta de verano. Su madre, sin darle siquiera un beso, la abandonó, envuelta en una capa negra, a las puertas de un convento de clausura. Luego, se esfumó misteriosamente en el aire. Condenada desde su más tierna infancia al silencio y al trabajo, a menudo se preguntaba, por qué temblaba el solado cuando barría, por qué se inquietaban las campanas de la torre al escuchar sus rezos o por qué le brotaban espinas en los dedos cada vez que se enojaba. Tampoco era capaz de comprender la razón por la que las piadosas monjitas la miraban de soslayo en el refectorio y aceleraban el paso en el claustro para esquivarla. Ella, que aún ignoraba que en su interior habitaba un volcán dormido, lo atribuía al extraño brillo de sus pupilas y a su nariz ganchuda. Hasta que una noche de San Juan la Luna llena la visitó en su celda y le desveló el enigma. Después, precedida por un vuelo de murciélagos, se encaminó hacia la niebla del bosque. En el convento dejó una sombra con hábito de novicia. Sólo quiso llevarse la escoba.
Desde lo más externo a lo más minúsculo, todo puede afectar la distancia que te tome llegar hasta ahí. Tu porcentaje de materia grasa, tu cantidad de melanina, incluso la existencia o no de una pequeña patita de cromátida. Muchos te dirán que son factores irrisorios, pero solo hace falta levantar un poco la vista para darse cuenta el patrón observable entre los individuos que sí han llegado. Muchos te dirán que escribo estas líneas con amargo resentimiento, y yo me pregunto ¿acaso no tengo el derecho al resentimiento? Tantos otros dirán que soy tan solo una más que quedó al costado pero ¿a cuántas no les han dado el poder de decidir, si quiera, estar al costado? ¿a cuántos, sin importar su talento, los han dejado para después?
No me importa, dijo con la fuerza que dan la ignorancia y la juventud, conmigo será diferente.
«No sueñes con llegar al refugio utilizando un atajo porque no lo hay» Dijo José «Al final del día descansarás caliente y seco, pero antes recorrerás la misma senda por la que pasaron muchos antes que tú y por la que pasarán muchos después que tú. No hay otra forma. Este es el camino».
«Repito que he oído hablar a los compañeros de ese atajo» Contestó Alberto «¡Mira el mapa! Además tengo la ruta en el GPS. Ahorramos tiempo, nos quitamos desnivel y ganamos en seguridad porque evitamos trepar paredes expuestas».
-Pero hay dragones.
-Los dragones no existen ¡Por Dios! ¿Qué te pasa?
Cuentan que decidieron separarse y que cada uno fue por donde le dictó su albedrío. José llegó exhausto, al límite de sus fuerzas. Necesitó ayuda para curar las heridas que se produjo en varias caídas.
Alberto nunca llegó al refugio. Sobre su suerte se sucedieron los comentarios que terminaron por originar una historia que pronto adquirió tintes de leyenda. Algunos alpinistas relatan que han visto a contraluz, siempre en las más altas cimas, la figura de un hombre acompañado de tres grandes animales alados y diez pequeñas crías solícitas. Él parece muy sano y las dragonas felices.
Los niños corrieron hacia la loma sin percatarse del letrero clavado al borde del camino, hipnotizados por ese verde irreal. Al pisarla, la hierba crecía sin control a sus espaldas y los chicos desaparecían tras ella. Les grité que no se movieran, que regresaran sobre sus pasos, aunque la espesura ahogaba mis voces, y sus risas. No se detuvieron. El horror me mantuvo paralizado hasta la llegada de los jardineros, cuyas miradas parecían recriminarme nuestra sistemática tendencia a saltarnos las normas. Les hice ver que hubiera servido de poco la lectura del rótulo, ya que mis pequeños únicamente saben dar los buenos días en el idioma del país cuando no les puede la vergüenza. Sin cruzar más palabras, los operarios se dieron la vuelta y comenzaron a podar el cerro con meticulosa paciencia. Mientras avanzaban tijera en mano, se les oía decir «Good morning!» a cada rato, con la esperanza de que alguno respondiera. Fue así, señoría, como perdí a mis hijos.
Viene a mí nada más verme entrar y me abraza. Ya le he contado por teléfono la odisea que he sufrido para volver. Sé que está feliz porque al menos he llegado sano y salvo, pero es evidente que este no ha sido mi mejor atraco. El tipo de la joyería llamó a la poli en mis narices, obligándome a salir de allí a la desesperada. Destrocé el coche en mi huida y tuve que robar una moto que al poco dejó también de funcionar. He utilizado luego cuatro líneas de metro y otras tantas de bus para despistar a mis perseguidores, hasta llegar al barrio tras dar la vuelta entera a la ciudad.
Dejo el miserable aunque costoso botín en el suelo, me lavo un poco y nos sentamos a cenar. Le digo que las croquetas están muy buenas. Ella me explica que son fruto de la prolongada espera, cambios caprichosos propios de la inquietud, pues hace unas horas eran ropa vieja, y antes de eso, restos del cocido de ayer. Comemos hablando de trivialidades y riendo por tonterías, brindando una y otra vez por cosas que nunca tendremos, ignorando el cada vez más cercano ruido de sirenas.
Algún duende travieso ha debido cambiar el guión, pues su vida no debería ser esto. Este caminar apresurado, sin tiempo ni para respirar; este agotamiento infinito que adormece la ilusión; esta tristeza espesa que la estruja por dentro hasta ahogarla.
¿En qué momento se desvió del camino que había dibujado para sí?
Ella quería ser libre, recorrer mundo, tener una vida preñada de aventuras. Sin embargo, las riendas escaparon de sus manos y las circunstancias la arrastraron hasta el borde del barranco por el que camina.
Solo durante las noches toma el control de sus sueños para vivir una vida que cada vez se vuelve más real. En ese lugar intangible puede saltar al vacío y volar, bailar hasta el amanecer y amar sin miedo a las consecuencias.
Cuando despierta todavía lleva la sonrisa colgada en sus labios.
Minutos después, una lágrima se desliza hasta el café.
Pasa las horas imaginando el siguiente capítulo de esa vida paralela, en la que puede ser feliz sin pedir permiso ni perdón, esperando que llegue el momento de regresar allí para seguir con su vida en el punto en el que se quedó.
Y pensando que quizás un día decida no despertar.
Sonia y Juan nacieron a la vez de los vientres sincronizados de sus madres gemelas.
En el edificio que compartían era habitual escucharlos llorar al unísono, y que sus llantos entraran en bucle por efecto del contagio. Circunstancia que hizo que ambos desarrollaran una envidiable capacidad pulmonar.
Sumaban pocos pasos sus zapatos cuando decidieron hacer de la voz su juguete preferido. En un descampado próximo a su casa, sirviéndose de cartones y viejos trapos como decorado, improvisaron un teatro. En él descubrieron que imaginando ser otros eran más que nunca ellos mismos. Y allí, contando y cantando, prometieron que un día sus nombres compartirían aplausos.
Más tarde el movedizo escenario de la vida adulta separó abruptamente sus caminos. Mientras Sonia bendecida por la suerte recorría medio mundo, la enfermedad paralizaba las cuerdas vocales de Juan. Pero éste supo armonizar el sufrimiento con la música que llevaba dentro.
El día del estreno de una de las obras de Juan en el Teatro Principal de su ciudad natal, Sonia, ovacionada y emocionada, no pudo evitar recordar aquella promesa infantil.
Tras la exitosa función, el viento se encargó de acercar hasta la tumba de Juan el eco de un aplauso interminable.
Nadie comprende por qué Santiago es nuestro auxiliar favorito. Un hombre mayor, antipático… Sin embargo, es el único que nos lleva a nuestro rincón y nos deja solos. Tu silla de ruedas y la mía pegadas. Las bocas, también.
– Sabes… creo que si hubiera concursos de besos, ganaríamos.
– Sí —te contesto, mirando hacia tu pantalón—, pero a ti te echarían, por dar ese espectáculo.
Tú primero sonríes, orgulloso, y luego te pones colorado. Después ambos nos retorcemos con esfuerzo hasta conseguir que nuestros dedos apenas se entrelacen un poco, y seguimos charlando. Daríamos lo que fuese para que nuestros cuerpos, nuestras manos, tuvieran la mitad de agilidad que nuestros labios.
Este amor irremediable, descomunal, ha de condensarse en maravillosas conversaciones, y en esos cuatro besos de nuestro íntimo rincón. A veces, con suerte, Santiago nos tumba en tu cama, para echarnos la siesta. Juntos, desnudos. Y nos conformamos con eso, con ese calor.
Hoy, sin embargo, he tenido una idea: le he pedido que nos ponga al revés. Mi cabeza en tus pies.
Confuso, miras mis piernas torcidas; pero enseguida sabes qué hacer. Yo sonrío, y hago lo mismo.
Nos retorcemos. Sin prisa.
Nuestras bocas mostrando su gloriosa agilidad.
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