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A mí nadie me pregunta, por eso yo no quiero hablar. El abuelo va penando desde que murió, dice mi madre, lo mismo aparece en la cantina que en el burdel. No encuentra el camino para salir del mundo de los vivos.
No hay quien duerma en esta casa, de madrugada se pone a subir y bajar escaleras o a jugar a la petanca en el salón o a vaciar la despensa. Por fastidiar, dice la abuela.
A mí nadie me pregunta, por eso yo no quiero hablar. Pidieron ayuda al párroco que solo recomendó que le encendieran velitas para que viese por donde tenía que irse. Las puso todas en fila como las luces de las pistas de aterrizaje e hizo como que se marchaba, pero no. Luego las reorganizó y formó la palabra “imbéciles”.
Mis padres incluso han suplicado a los moribundos que cuando fallezcan, le lleven de la mano a destino, pero ni así. Todos llegan menos él.
Por último, contrataron a una médium, la mejor, pero no logró comunicarse con el espíritu del abuelo.
A mí nadie me pregunta, por eso yo no quiero hablar. Pero el que iba en la caja no era él.
Maestro.
Dime, pequeño saltamontes.
Muéstrame el camino.
Cómo te lo voy a enseñar, alumno aventajado, si soy ciego.
Pues, elevado maestro, yo no veo un pijo con esta niebla.
Ah, hijo mío inexperto, cuántas veces te he explicado que ante la adversidad debes abrir tus chacras al universo de la iluminación y permitir que de este modo penetre la luz cegadora.
De acuerdo, sabio maestro, dejo que la verdad me inunde, ooommm.
Qué ves, distinguido alumno.
Nada.
Confía.
Ahora. Ahora observo claramente el camino, maestro de maestros.
Marchemos, alumno infinito, que es muy tarde y no vamos a llegar a la cena.
Últimas noticias. Tras una intensa búsqueda y un gran despliegue de medios, los servicios de salvamento han encontrado al Maestro Saolín y su alumno Songoku, desaparecidos hace 4 días. Han sido hallados en un lugar de imposible acceso en el impenetrable bosque a kilómetros de distancia del refugio de montaña en el que el Maestro impartía cursos de Visión e Iluminación. Están en observación en el hospital en buen estado de salud donde han tenido que ser separados en habitaciones diferentes ya que no cesan de discutir a gritos sobre chacras y caminos. Seguiremos informando.
El bosque estaba ahí, esperando. Un diminuto camino apenas imperceptible al ojo humano se vislumbraba entre los altos helechos. Fueron llegando a lo largo del día en una procesión interminable de miles de colores. En el aire se escuchaban alegres canciones en lenguas jamás oídas. Solos o en pequeños grupos, tirando de un carro o cargados de enormes sacos a la espalda. Sus ropas les identificaban perfectamente. Los puntiagudos gorros asomaban entre la vegetación y en los claros se veían destellos de sus brillantes casacas y vestidos. Tenían la cara rechoncha y colorada y sus bondadosos ojos brillaban con la dignidad de la libertad recién conseguida… Su hogar en el bosque les esperaba, acabando así con años de vida en descuidados jardines, soportando a molestas mascotas, descoloridos por la lluvia y el sol y rotos por los balonazos de maleducados niños. El F.L.E.J. les había salvado buscándoles un lugar donde poder vivir en paz, en la seguridad del gran bosque y convertirse así en guardianes de la naturaleza junto a elfos, hadas, duendes y trastolillos. Solo visibles a los ojos de los que aún creen en los sueños.
Al fin los dioses habían enviado, directo desde el cielo, un chiringuito a su playa. Alabados fueran por escuchar sus plegarias. No se arrepentirían, haría lo que estuviera en su mano por complacerles. Ya por la mañana realizó su primera buena acción y se acercó a por un helado para los niños; envió un beso al cielo cuando fue, más tarde, a por una limonada para la suegra; besó la cruz que colgaba de su cadena al dirigirse a por unas patatas fritas para sus cuñados; se santiguó al pedir una cervecita 00 para su suegro.
A pesar de lo tortuoso del camino y de las dificultades que le fueron impuestas, él las aceptó sumiso. Las deidades le complicaban el camino cada vez más, pero él entendía que eran pruebas de fe y se enfrentaba a ellas trastabillando a través de un laberinto de toallas, incluso tuvo que cubrir algún paso a gatas. Y a pesar de la mala cara de su mujer y de esos brazos cruzados que indicaban que algo no iba bien, él estaba convencido de que al fin, las vacaciones de verano habían cobrado sentido.
El día que el capellán contó en su prédica que los tejedores de la lejana Bagdad dejan siempre una tara en sus alfombras porque solo Dios puede ser perfecto, sor Perpetua del Divino Rigor comprendió que llevaba toda su vida pecando de soberbia y empezó a permitirse algunas faltas, veniales, por supuesto: bostezar durante los oficios de maitines o laudes; escamotear unas rosquillas o unos bocaditos de cielo del obrador para devorarlos golosa; introducir alguna sabandija en la celda de la madre superiora despertando así sus gritos de pánico. Desde entonces una paz desconocida ha redondeado sus facciones y las novicias han dejado de tener miedo a su maestra. La abadesa, en cambio, ha empezado a observarla sospechosa. Ahora mismo acaba de encontrar un sapo sobre el terciopelo carmesí de su reclinatorio y le está lanzando una mirada enfurecida que no presagia nada bueno. Sor Perpetua, sin embargo, no muestra la menor contrición: al escuchar los alaridos de terror, en el rostro de los ángeles turiferarios se ha dibujado una sonrisa cómplice y el Jesusito que preside el altar, tapándose la cara con la manita para disimular una carcajada, le está guiñando a la pecadora el ojo izquierdo.
Amanecí siendo una hoja colgada de un árbol de níspero. Como hoja me caí en silencio. Me caí encima de un moreno y me enamoré de sus pasos.
Pero lo juro por la clorofila que corre por mis venas que por más que brame ese moreno, no cambiaré por él ni un solo paso de mi nuevo caminar.
Cenicienta vertió el gazpacho en los boles y se limpió las manos. Esa noche era el Baile Real y estaba harta de discutir con su Hada Madrina sobre carrozas, calabazas y zapatillas de cristal. Que si el Príncipe es muy apuesto (un engreído, seguro), que si verás lo cariñoso que es el Rey (¡huy, qué peligro!), que si el Palacio necesita un toque femenino… ¡Ja! Como si fueran a permitirle salirse del camino trazado y cambiar las cosas. De esclava de la casa sin voz ni voto a muñeca de porcelana encerrada en una jaula de oro, en una sola noche. Ni hablar.
Cuando el Hada Madrina se materializó en la cocina, le brindó su mejor mohín de obstinada determinación y no fue necesario cruzar ni una palabra más: la buena mujer suspiró resignada, agitó su varita y se esfumó con un chisporroteo. Allá ella.
Poco después, al no obtener respuesta a sus impacientes campanillazos, la madrastra bajó a la cocina justo a tiempo de ver a una plateada mariposa sobrevolando los boles de gazpacho hacia la ventana abierta, rumbo a la libertad.
Tendido en aquel potro de tortura decide leer la carta. Su hija le explica sin paliativos que necesita vivir, no aguanta más. Es por el bien de los dos. Ha contratado cuidadoras para que sea atendido del mismo modo que ella lo hacía. Saben que eso no es cierto, pero ya no importa. Piensa en su incapacidad para agradecer o para pedirle perdón por desplantes y malas caras.Tras diez años en la sombra de su cuarto, rebozado en dolor, él tampoco aguanta más. Sobre la mesita descansa una nota: me voy sin recibir tu último beso.
Me encantaba maquillar niños en las fiestas, cómo olvidar aquellas caritas sonrientes convertidas en delfines y mariposas. Fue una lástima que aquella madre que me denunció y el juez no me dejaran explicarlo todo. También resultó penoso que el primer bailarín de la compañía donde me contrataron tras el paso por el reformatorio, interpretase de forma tan torticera el masaje relajante que pretendía regalarle. Con las coristas, sobre todo con Maica, con quien pude poner en práctica mis mejores performances durante algún tiempo, lo pasé mucho mejor. Por desgracia la calidad del espectáculo terminó mandándonos a todos al paro. Tras vagar sin rumbo atravesando trabajos en los que mi arte nunca fue valorado, cuando estaba a punto de tirar los pinceles, un amigo me propuso algo. Gracias a la vaselina mentolada (soy muy sensible a los olores), me confieso en mi salsa. A todo el mundo le encanta lo que hago aquí. Mis compañeras disfrutan con la voluntariedad que manifiesto siempre, los familiares agradecen la profesionalidad y delicadeza con que borro de sus rostros queridos la huella del beso de Tánatos, y mi jefe, que nunca le cobre las horas extras que hago cuando la ocasión lo merece.
Voy con los ojos cerrados ignorando a quienes me rodean. Es un juego que he inventado aprovechando que me conozco al dedillo los pasillos del supermercado. Cuento los pasos: uno, dos…cinco, seis: cojo un paquete de harina, doy tres pasos más, atisbo, y tomo un sobre de levadura; luego iré a por la salsa de tomate y la mozzarella. ¡Mañana cocinaré pizza!
En la noche no duermo bien a pesar del Lexotanil. Al despertar, me dicen que un cura quiere hablar conmigo, pero no tengo tiempo para curas, rabinos, o testigos de Jehová. ¡Que venga otro día! , yo tengo que volver al super por una botella bien fría de Moët & Chandon.
Estoy recorriendo nuevamente el pasillo del super, ese que los otros llaman el corredor de la… no sé qué. Hemos llegado. En mi mente descorcho el Champán y me sirvo una copa generosa. Unas manos me hacen acostar y me sujetan a la camilla, lo que no me impide retirar la pizza del horno. Mientras se templa, tomo la copa, saboreo el primer sorbo y luego doy un trago largo. Siento un pinchazo y fuego y el cosquilleo de las burbujas heladas detrás de la nariz.
He vuelto al Balneario de Cestona 61 años después. Mi abuela tomaba las aguas allí y ese año me llevó.
Ya no queda nada de aquel niño que correteaba por el complejo.
El edificio sigue igual. Anclado junto al río Irola y envuelto en un ambiente decimonónico.
Pasillos interminables de madera con una alfombra estrecha en el centro que me recordaban a la película de El resplandor.
El crujido de la madera se transmitía por mi columna vertebral y me erizaba el vello.
Me habían informado de que estaba casi lleno, pero yo no veía a nadie.
Me dirigí al salón de baile. Recordaba perfectamente donde estaba. Y al abrir la puerta me quedé maravillado. El espacio imponente. Sin embargo, estaba vacío.
Al mirar los espejos verticales de las paredes me quedé espantado. Había mucha gente bailando, dando vueltas sobre sí. Sonaba un vals. Empecé a girar vertiginosamente y caí de espaldas.
Al abrir los ojos, varias personas se inclinaban sobre mí.
Todo parecía normal. Sonaba “Despacito” de Fonsi. La gente bailaba alegremente.
Me senté. Y al mirar otra vez al espejo, vi a una señora con un traje de principios del siglo XX que me sonreía.
¿Era mi Abuela?
El camino era una vereda estrecha delimitada por imponentes olmos que lo separaban de un erial infinito. Solo el horizonte te situaba y el amanecer y el ocaso te orientaban en la dirección correcta. Conforme avanzabas los olmos aparecían delante tuya, desaparecían a tu espalda, y marcaban tu ritmo de vida.
Un día decidiste abandonar esa ruta plácida y segura y adentrarte en el campo inhóspito que la rodeaba. Te ilusionaste en esa nueva aventura. Sembraste frutas y hortalizas, levantaste ciudades y creaste buenas carreteras, comercios y fábricas, pero cuando te diste cuenta de la soledad en que te encontrabas en ese mundo nuevo y quisiste volver y seguir tu ruta, los centenarios árboles no existían y el sendero agonizaba bajo el sol inclemente.
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