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Cada vez me cuesta más levantarme tan temprano. Ducha fría, café caliente, ropa inmaculada, zapatillas limpias. Unos rezos al santo con el pañuelo y salgo hacia la calle Estafeta. Compro el periódico y llego a nuestra esquina. Intento calmar los nervios y saludo a los habituales. Salto cuanto puedo para calentar mis piernas cansadas y asimilo que será mi último encierro. Cada metro tiene una historia detrás, cada cicatriz. Concentrado, miro al suelo y recuerdo las innumerables veces que corrimos juntos desde este punto. Suena el cohete, cierro los ojos y beso tu foto que guardo en el pecho. Como si te llevara de la mano, empiezo a correr y aprieto con fuerza el diario con tu esquela.
Es un truco técnicamente impecable. El mago, de cara al público y vestido como un auténtico gentleman, pronuncia su frase favorita con un ligero y elegante acento francés:
– Ahora, damas, niños y caballeros, cuando cuente hasta tres todos ustedes desaparecerán por siempre jamás.
Los espectadores, como es lógico, desaparecen de sus asientos al llegar hasta tres; luego, el mago dobla en seis partes el patio de butacas, lo introduce en el bolsillo derecho de su chaqué y se pierde por el fondo del escenario. Yo doblo al mago en otras seis partes, lo guardo en el bolsillo izquierdo de mi chaqueta gris marengo y nos largamos los dos camino del siguiente pueblo. Como nunca queda público, echamos de menos la ovación final, aunque eso sí: tampoco hay noticias de alguien que haya hablado mal de nosotros. De nosotros, no.
La casa tenía unos alegres balcones primorosamente tallados en madera. Tiempo atrás fue habitada por mercaderes normandos curtidos en azúcar y endulzados en vino. Unas mujeres fabuladas en traslúcidos encajes de Brujas, les pisaban las sombras de los talones.
¿Recuerdas de qué color eran los postigos de las ventanas y las puertas?
Eran vedes, como las esperanzas que trepaban por el patio.
Sí, ahora recuerdo, aquellas que se enredaban en el pelo de la muchacha de piel pálida remojada en mar, a la que su madre frotaba para quitarle el frío con paños estampados en leones de feroces garras.
¿Y recuerdas quien velaba el encantamiento del pozo en las horas de silencio?
Sí, el velador era un drago idéntico al que pintó el Bosco en el Jardín de las Delicias.
Siglos después, debido al cambio climático, en la aridez de sus patios, se formaron círculos de hadas y dicen que a su alrededor se bailan silabeos y remembranzas y risas y broncas.
La casa se volvió arisca, no quiere ser habitada, perdió las coordenadas que la ataban a la tierra.
A nosotros solo nos quedó decirle adiós para siempre.
Cogí un puñado de tierra, me levanté despacio y gritando lo lancé a lo más profundo del bosque. Luego fui al maletero, saqué el desinfectante y un trapo y los usé para quitar las manchas de la guantera. La tapicería me costó más; tuve que frotar hasta que los dedos se me pusieron rojos. Después salí y me tumbé sobre la hierba a mirar las estrellas. Eso mismo habíamos hecho mi chico y yo hacía solo una hora, justo antes de montarnos en el coche, que él admitiera que estaba con otra y entonces yo le volara la tapa de los sesos.
Para que el piso no se les quedara tan grande convirtieron el dormitorio del hijo en cuarto de plancha y el de la hija en pequeño despacho con una mesa de escritorio sobre la que más tarde instalaron un ordenador. Así podían ver crecer a los nietos por videoconferencia. Pero sigue habiendo un vacío instalado en aquella casa y aunque riñan a menudo por cualquier tontería, ni sus voces airadas ni las de las del televisor encendido son capaces de acallar el silencio latente de su convivencia. Los dos se hacen la misma pregunta: ¿Qué queda de lo que fuimos? Quizás la mera costumbre que conjura el miedo a la soledad, esa soledad que se vuelve mucho más amenazante en el trecho final de la vida. Y por creerse lo que ya no son, de vez en cuando sienten la íntima obligación de hacerse el amor, siempre con los ojos cerrados. Él piensa en la joven vecina a la que desea con lascivia de viejo verde y ella en aquel joven apuesto y enamorado con el que un día se casó.
Extrañamiento:
La mujer que se tintaba las canas, desayunaba avena y corría para mantenerse en forma había dejado de reconocerse.
Cuenta atrás:
Durante aquel año, el último de todos, sutiles detalles habían reescrito su piel, como un palimpsesto. Una mañana de septiembre, frente al espejo, una desconocida le sonrió abiertamente. Tras 40 años siguiendo las mismas rutinas, la persona malhumorada que acostumbraba a maquillarse la mala leche reflejaba, por primera vez, alegría.
Tres:
Un jueves de octubre, de esos en los que solía refunfuñar, sus piernas dejaron de ser las suyas. Ligeras y saltarinas, la sorprendieron con un baile improvisado.
Dos:
Al mismo tiempo que la desconocida se apoderaba de su cuerpo, su yo iracundo se diluía hasta transformarse en un ser equilibrado. Noviembre fue luminoso.
Uno:
En diciembre, de aquella mujer primigenia apenas quedaba algún rastro imperceptible.
Despegue:
En el aperitivo que organizaba la empresa para sus empleados cuando llegaba el momento, le desearon lo mejor y le regalaron un reloj.
Al atravesar la puerta de la oficina por última vez, tiró la tarjeta del fichaje de control horario a una papelera. Extendió los brazos y voló.
A veces se debate entre el cuento o la poesía, entre la carne o el pescado, entre el sueño o la vigilia, entre ser o no ser. Haber nacido bajo el signo de géminis no ayuda. No es mujer, pero a veces le gusta sentir deslizarse por su piel el tacto del nylon de unas medias, probarse un vestido o una falda o notar el encaje de unas bragas en sus ingles. Si gana la izquierda le gusta colocarse a la derecha, solo por joder. Y si es la derecha la que gana podría exiliarse a la concha de un molusco. Si va al mar añora las cumbres y el vuelo de los buitres. En lo alto de algún monte siempre le acompaña una capa de salitre y el rumor del pedernal arrastrado por las olas. Le da igual el cine o el teatro, pero se puede reír con el drama más aciago o llorar con la comedia más absurda. Si le aman tiende a la autodestrucción y al onanismo, si le odian se entrega como el más servil de los vasallos. Cuando ama muere, como el rayo que alcanza una noguera en un valle de la Alcarria.
Adiós. Todo se terminó. Hasta aquí hemos llegado juntos.
Harta estoy de aguantar engaños, de aceptar sin rechistar frustraciones, poniendo siempre buena cara.
Tengo derecho a una segunda oportunidad, a intentar ser feliz, de ser yo misma, aunque al final no lo logre.
Cansada estoy de representar siempre el mismo papel, de ser perfecta, para que tú recibas siempre todos los aplausos.
Por eso, señor director, desde hoy mismo representaré yo mis propias obras.
¡Ya veré como me las apaño para conseguir el dinero para hacerlo!
Firmado:
La guionista
Siempre fui su lectora cero, porque sus letras no viajaban a ningún lado sin que yo las hubiera leído primero.
Solía decir que toda buena historia se escondía en los detalles, en todo aquello que pasaba desapercibido para una vista poco adiestrada, y también en los silencios, por todo lo que guardaban. Y por ello se pasaba las horas anotando en su libreta ideas y fragmentos de vidas ajenas, a las que luego daba forma en su vieja máquina de escribir.
Su creatividad se mantuvo intacta durante muchos años, con una producción que público y crítica acogieron de buen grado, aunque a él nunca pareció importarle ese reconocimiento, porque solo escribía para mí.
Un día, en mi revisión diaria, encontré un par de párrafos inconexos, a los que no quise dar importancia, aunque poco después esa secuencia se repitió con mas asiduidad.
Lo que él achacaba al mal del escritor, o simplemente a la huida de las caprichosas musas, los médicos dieron un nombre menos poético.
Y como se empeñó en seguir con sus rutinas, ya infructuosas, me sentí aliviada al encontrar, el día de su muerte, una última frase anotada en su libreta, rompiendo su temida página en blanco.
Va a volver a intentarlo. Ha llegado el momento de decir adiós otra vez. Sabe que ella no lo va aceptar. Llorará, le dirá que no hay ninguna mujer en el mundo que le hay querido ni le vaya a querer así. Que no va a ser capaz de vivir sin ella. Que se lo piense dos veces. Ella insistirá en que nadie le conoce mejor, en los sacrificios que ha hecho para que él fuera feliz. Tirará de recuerdos, de los mejores recuerdos que han vivido juntos. Y cuando termine de intentar convencerle para que no se vaya, dentro de varias horas, conociéndola, sabe que intentará darle la vuelta a la tortilla, y le confesará que ella tampoco soportaría no poder verle cada día. Y entonces, él sabrá que ha llegado el momento de recordarle que ya tiene casi treinta y ocho años, y que abandonar el nido no lleva asociado dejar de quererla, y pondrá su voz más zalamera para decirle que siempre será su mamuchi adorada.
Era mi primera vez y seguí al pie de la letra todo lo que me decían los especialistas; me apunté a los cursos de preparación al parto.
Mis hormonas estaban plenas de sentimiento maternal y escribía a mi bebé todos los días, lástima que el cuaderno desapareciera para hacer hueco en el armario con el paso del tiempo. Recuerdo que el día del parto mi madre me felicitaba porque estaba respirando acompasadamente y sin quejarme…pero fueron veinticuatro horas y al final el sentimiento maternal se había ido al garete, yo sólo quería que desapareciera el dolor y desde luego ya no sabía ni siquiera si respiraba. Pero en cuanto mi preciosa niña asomó sus ojos al mundo ese dolor tan intenso desapareció y de repente volvieron mis sentimientos maternales a borbotones, entonces feliz y relajada, pensé, ya se ha acabado.
¡Qué equivocada estaba, la función sólo acababa de empezar!
A mi padre le gustaban los haikus y me había hablado de los poemas a la muerte. Le fascinaba la brevedad, aunque él escribía narrativa de ficción. Siempre decía que quizás la literatura no cambiaría el mundo, pero podía cambiar a las personas.
Cuando falleció, encontré entre sus papeles un sobre a mi nombre. Antes de abrirlo, di una calada al cigarrillo para coger fuerzas. Contenía un texto sin título y me pedía que lo leyese en el funeral. Con su inconfundible estilo decía:
“El último pitillo. Lo enciendo y tengo que compartirlo contigo. Formas parte de mí, ya somos inseparables. Sin el tabaco no nos hubiéramos conocido, no hubieras crecido letal en mis entrañas. Nunca he podido abandonar estas caladas profundas. Tras ellas solo quedará la colilla muerta, como nuestro futuro”.
Con su voz aún susurrando, apagué el cigarrillo en el cenicero y salí de la habitación.
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