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Del caos, se quedó con trozos de recuerdos. Con retales de la noche del ataque. Con la visión de puentes y edificios convertidos en cascotes, rodando incandescentes por el suelo.
Del caos, se quedó con las oleadas de luces quebrantándoles la vida en sucesivas explosiones y con ese «¡Mamá, mira el cielo que bonito!», que le dijo su pequeña, viendo caer en ralentí cientos de proyectiles luminosos en forma de cascada, de aterradora belleza.
Del caos, se quedó con la voz de quien gritó: «¡corred!» y con la imagen del retrovisor reteniendo el lugar de la tragedia, mientras huían de la ciudad a toda prisa.
Del caos, le quedó el dolor en el pecho siempre que recuerda a los que no pudieron huir y el llanto por todas las ausencias y el bruxismo y el insomnio y las visiones recurrentes y la necesidad de estar siempre en alerta.
Y del caos, también le quedó la que posiblemente sea la peor y más terrible de todas las secuelas: el recelo que ahora siente al contemplar el cielo y el terror que le producen las noches de Perseidas.
Siempre te sentiste inferior. No fui yo. Cuando te vi, no sabía nada de tu infancia, tu guerra con las miserias y los piojos. Te vi, como la persona que yo quería, con ganas de prosperar de luchar por un mundo mejor. Caminé a tu lado, creí que tu paso era franco, limpio y me enamore te ti.
Tú en cambio tenías un caparazón donde escondías tus miserias, tus miedos de infancia y tus dificultades. Ese odio amor que me tenías por venir de una familia acomodada. Tú habías vivido la dificultad financiera y culpabas a mi familia por ser banqueros. No me veías a mí, sólo tú envidia a lo que yo era.
Luchaste por quitarme de tu vida, yo no lo entendí. ¡Te quería tanto¡
Pero una tarde de abril, estabas triste. Para ti yo había sido una estrella y me veías muy lejana, aunque siempre te tendí la mano, tú no llegabas a alcanzarme, y esa estrella apago su luz y sin ruido murió.
Amawole eh eh eh amawole, canta el niño de regreso a casa. La libreta orgullosa entre sus dedos teñidos de un color pardo tirano. Hoy ha sido el único en acertar la respuesta. Y la maestra le ha premiado, por fin, con su primera estrella de plata. Las cinco puntas centellean en la hoja de la adivinanza. Tan hermosa como los astros que iluminan su camino hacia la escuela. Tan serena como los mismos astros que le guían al terminar su jornada en la plantación de cacao.
Kintela A nga Nalela Suso, grita incauto por el camino. Él, que siempre se desplaza silencioso como los espíritus, se ha descuidado. No era el elefante ni el hipopótamo ni la pantera ni la serpiente. Ríe al recordar que sus compañeros ignoraban cuál es el animal más peligroso. Pero la vanidad le tapa los oídos. No escucha las pisadas. Cinco pares de botas le rodean de inmediato. Arrojan su cuaderno contra la tierra para cambiarlo por un Kalashnikov. Mientras le empujan con sus culatas, las suelas —de un negro feroz—, pisotean las cuartillas. Las convierten en desechos. En moribundo polvo de estrella.
HASTA SIEMPRE
Hoy me he dado cuenta al intentar escribir el relato para el Anonymous dos. Terminó el plazo el viernes pasado y como me descuide me quedo sin llegar a las estrellas.
Mi última caída fue hace 14 días y cada vez me cuesta más recuperarme y ahora cuando me he puesto al ordenador me doy cuenta de que no sé a dónde voy.
Me cuesta leeros, me cuesta escribir. Ah y tengo muy claro que, si algún día lograra llegar al recopilatorio, seguramente no podría acudir pues a dónde voy con mi silla obligo a los demás.
La chispa que tenía se apagó y ahora estoy cabreado con el Mundo mundial. Me estoy poniendo melancólico y no quiero.
Un beso para Jams, para Ángel, para Mel y para toda la familia de esta noche te cuento.
En el techo de aquella nave transparente se acumulan estrellas oscuras nutridas con deshechos de tarta. Huyen fugaces de la tormenta de manos y patadas de los niños que salen despedidos del tobogán más alto. Con cada manotazo las nubes oscilan de un lado a otro, por la energía cinética, y en su movimiento pendular ocultan un sol enfermizo, manoseado y pegajoso, que apenas se deja ver unos segundos. El tiempo suficiente para dibujar la silueta de unos cráteres que recorren las paredes y absorben las últimas estrellas moribundas de cartón piedra, o se tragan a una niña con pecas con el vuelo desviado, víctima de la fuerza de la dinámica provocada por la lluvia ácida del confeti.
Al otro lado de los cristales, los adultos saludan, mueven las manos y tragan medianoches de jamón y cervezas a morro. Abajo, de repente, un hongo nuclear, un destello cegador y la onda expansiva de un gigante que lo arrasa todo. Es papá que, sin soltar la lata de cerveza, ha seguido mis pasos hasta un punto de no retorno y se ha lanzado al vacío sobre el océano de bolas. Luego se arrepentirá, pero a veces, la gravedad produce fenómenos inexplicables.
Mientras se despide en silencio de sus padres y se hace sitio en la embarcación, contempla Malek el cielo estrellado y sonríe, ilusionado, imaginándose con la camiseta del Olympique de Marsella, metiendo un gol decisivo y siendo aplaudido durante varios minutos por un estadio a rebosar de aficionados.
―Nada podrá pararme ―había dicho testarudo a sus padres.
Lleva en la mochila almendras con miel, pan de maíz, tres naranjas, higos deshidratados. En los bolsillos interiores, envueltos en paquetitos que la madre ha forrado con mucho celofán para que no se mojen, ha metido el padre el documento de identidad, el móvil, unos billetes de veinte euros y una libreta con teléfonos de parientes y vecinos que viven en algún lugar de Francia o España. Sobre las mudas y calcetines, un odre con cuatro litros de agua, pues aunque se supone que serán solo unas horas de viaje, por si se complicara. Porque los tres han oído, aunque ninguno habla de ello, de olas de cinco metros que se forman a veces en medio del Estrecho, que avanzan amenazantes y pueden desestabilizar una lancha de goma sobrecargada, hacerla zozobrar, arrojar al agua a Malek, dejarlo a la deriva en el mar.
Marie compró una entrada para la última función del circo en la ciudad. Podría haberse ahorrado el dinero, unos días antes formaba parte de la compañía circense. Era la trapecista estrella. Pero esa tarde, Marie prefirió la discreción, solo quería despedirse de François. Él había decidido continuar la gira, ella quedarse y establecer allí su residencia.
A las seis apagaron las luces, quedaron dos trapecios iluminados sobre el escenario. Sonó la música, en un trapecio subía François y en otro Juliette, una joven acróbata con gran parecido a Marie. Quizás por eso, Marie sintió náuseas al verla. La figura de Juliette era perfecta. Marie se vio a sí misma junto a François llenando el espacio, moviéndose al unísono, conectando con el escenario, con el trapecio, con el público que aplaude cuando François recibe a Juliette en su trapecio. Ahora, Marie siente un pinchazo en el vientre. Los ve impulsándose, dejándose caer, sus piernas meciéndose entrelazadas. Más impulsos. Más balanceos. Más aplausos. Marie siente un mareo, se levanta y, tambaleándose, busca la salida.
Ya fuera, Marie creyó precipitarse al vacío. Inspiró. Luego, soltó el aire lentamente mientras se alejaba del circo con una nueva vida en sus entrañas.
Mi guitarra está muda. No sale ni una nota entre sus cuerdas. Y me desespero. El fin del plazo para entregar las nuevas letras se acerca, amenazante. La miro como si no la reconociera. Después de tanto tiempo juntos…
‘Veo una estrella brillante’, vaticinó el gerente de la compañía el día que firmamos nuestro primer contrato. Éramos cuatro, pero lo dijo mirándome a mí. Los demás no le importaron lo más mínimo. Tardó poco en echar esos culos piojosos de los estudios de grabación a la calle.
Al año siguiente mi nombre, adecuadamente modificado para dar una sonoridad más comercial, figuraba en el top ten de las listas de ventas. Un sueño. Ya era una estrella de la canción.
Dediqué mi primer disco en solitario a mi grupo. A mis amigos de siempre. Entusiasmado por mi triunfo, envié un LP con una carta personalizada y firmada para cada uno.
Ninguno respondió.
Ni un ‘¡Tío, eres grande!’
Ni un ‘¡Enhorabuena, Artista!’.
Nada.
Ahora deambulo en solitario por este camino que soñaba, deslumbrado, lleno de música, felicidad, éxitos, fama…
Pero mi buena estrella parece debilitarse, al callado compás de mi guitarra. Que tampoco me contesta.
─¡Abuelo, abuelo, corre, ven! ¡La estrellita más pequeña se ha perdido!
La chiquilla tiraba de la mano del abuelo, arrastrándolo hacia la ventana.
─Bueno, bueno ─sonrió el hombre─, vamos a ver donde se ha escondido esa pequeñaja.
─¡Mira! Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis… ¡Falta la última! ¡La más pequeñita! ¡No está!
Cada noche, Sofía buscaba en el cielo la Osa Mayor. Era su constelación favorita. Una familia de siete estrellas que recorría el firmamento en busca de aventuras y ayudaba a los viajeros a encontrar su camino, le había contado el abuelo el día que las vio por primera vez. Desde entonces, antes de ir a dormir, ella les hablaba en silencio e imaginaba lo bonito que sería acompañarlas.
─Tranquila, cariño. Vamos a buscarla bien.
Una lágrima rodó por la mejilla de la niña.
─¡Ay, abuelo!, ¿dónde está?
─¿Ves esas nubes que tapan un poquito el carro? Seguro que ha ido a jugar con ellas, no te preocupes.
Una ráfaga de viento sopló fuerte, traicionando el escondite de la estrella.
─¡Mira! ─palmoteó con alegría la pequeña─ ¡si estaba ahí, detrás de la nube! ¡Será traviesa!
Cómplice y llena de historias, la Osa Mayor teñía de magia las alturas.
Doroteo envió desde las antípodas un mensaje a su amada en un avioncito de papel. Podría haberlo lanzado con fuerza y subido a un lugar elevado, pero confiaba tanto en el poder cósmico de su amor que lo hizo desde la misma orilla del mar y sin mucho brío. El caso es que todo le fue saliendo bien. Pronto una bolsa de aire templado le hizo ganar altura y los vientos impulsaron después su vuelo a una estimable velocidad; también las corrientes guiaron su rumbo en la dirección adecuada, la lluvia y la nieve se detuvieron a su paso, las aves que fue encontrando le ofrecieron vórtices amables en los que cobijarse…, de manera que poco a poco fue dejando atrás tierras y mares, salvando montañas, sobrevolando desiertos y valles, alternando luz y oscuridad durante meses, hasta caer una tarde mansamente, ajado y exhausto, frente al nicho recién sellado de su destinataria.
Los asistentes al entierro empezaban a abandonar el cementerio cuando aterrizó. Uno de ellos lo aplastó con el zapato mientras hablaba distraído a su acompañante. «Una verdadera pena —le decía—, tan joven y bella como era». «Murió de tristeza —acertó a decir el otro—, encerrada noche y día junto al teléfono».
Frances siempre soñó con triunfar en el cine. Desde bien joven quedó deslumbrada por las estrellas de la pantalla y se propuso ser una de ellas, si bien, sus encantos físicos estaban muy lejos de los cánones de cualquier época. Siendo generosos podría decirse que tenía una belleza más bien abstracta. Ello no mermó ni un ápice su ilusión y su afán.
Con los ahorros, que consiguió reunir sirviendo cafés y tortitas de maíz en la cafetería de una perdida gasolinera de carretera en Illinois, sacó un billete de autobús y se plantó en Hollywood dispuesta a realizar su sueño. Pronto descubrió que para ello tendría que pagar ciertos peajes sexuales y, en su caso, las oportunidades quedaron limitadas a libidos muy desesperadas de productores de menor nivel. Bien que mal, a falta de virtudes estéticas, Frances se fue abriendo camino gracias a las interpretativas de las que iba sobrada. Tanto, que varios Oscar fueron cayendo en su currículum. Cuando apareció el movimiento «Me too», tuvo una primera intención de levantar también la mano pero algo la detuvo. Fue un pensamiento: ¿Para qué, si nadie me va a creer?
Mi ciudad duerme la noche desapasionadamente, desposeída del resplandor de esa diosa que ilumina. Mi calle guarda un silencio que será eterno hasta que llegue el nuevo día.
Desde la cristalera, miro el cielo sin sol y sin luna. Sé que será entonces cuando dé comienzo la gran fiesta. Todas las estrellas vienen de oriente, desde la más pequeña a la más luminosa y cuando llegan frente a mi ventanal, me bailan una hermosísima danza ocupando todo ese espacio sobrenatural; se divierten dando vueltas y más vueltas llenas de luz mientras algún ciprés se estira intentando acariciarlas.
La ciudad sigue muy muy quieta.
Yo no puedo dormir. Cojo el pincel, y entonces, todos los astros penetran frenéticamente en el lienzo desnudo sin dejar de trazar curvas y más curvas en el cielo nocturno.
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