Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

03 EL PRESENTIMIENTO DEL ENAMORAMIENTO: CUERVOS Y CONEJOS

Conducían sin prisa por carreteras secundarias disfrutando de los intensos colores de las flores primaverales.
Se miraban arrobados.

Él colocó su mano en la pierna de ella. “Fresita, eres más dulce que la nata y el almíbar juntos”. “Bombón de cacahuete, tú sí que eres delicioso y sensual como un coco maduro”.

No podían estar más unidos. La pasión, la ilusión, el atontamiento los embargaban.

“Limoncito, esta noche te haré tu tarta preferida de galletas con chocolate”. “Melocotón, no puede haber nadie más maravillosa que tú”.

Y así continuaban piropeándose surcando árboles exuberantes, prados iluminados de múltiples verdes y setos esplendorosos.

“Pichón, tengo una especie de presentimiento”, dijo él observando fijamente esos ojos claros que tan loco le volvían. “Melón, yo también tengo otro, dime”. “Veo cuervos a los que disparan”. “Me pasa lo mismo pero con conejos”.

Ella le acarició la mano con ternura.

Al salir de la curva se encontraron con una docena de coches de policía. Frenaron. Por detrás surgieron incontables vehículos con las sirenas ululando.

“Te quiero Linda Flor”. “Te quiero Cachito”.

Rodeados por un ejército de agentes, las armas al unísono comenzaron a acribillarlos.

La autopsia reveló que Bonnie & Clyde habían recibido 167 disparos.

02-Angie ( Paz Monserrat)

El jugo de sus bocas sabe a pulpa de mango. Sucumben a un aluvión de besos eléctricos, sedosos, líquidos. Esa cualidad acuática ejerce una presión de diluvio sobre sus cuerpos, ahora reducidos a una gigantesca boca de los Rolling Stone. La detonación de una supernova en una esquina del patio.

Al salir del instituto se van a la casa sin padres: la de ella. Hoy darán un paso más. Dejan las mochilas en el escritorio de la sala. El móvil del chico a la vista, en silencio.

Ella enciende una vela. Coloca en el tocadiscos un viejo LP, sin saber que la canción favorita de sus padres será ya para siempre su canción. El chico gestiona con pericia la esperada cuenta atrás. Se encuentran en el lugar del abrazo. Ella, de puntillas, eleva los hombros y sostiene la cara de él para que el beso sea más profundo, la pasión más vistosa. El mecanismo se acciona, implacable.

Tras una sonrisa cómplice se esnifan el pelo y continúan indagando en ese viaje al origen del universo, a las fuentes del Nilo, a la portentosa cara de Mick Jagger.

Ya subirán más tarde la foto a sus cuentas de Instagram.

01 metAMORfismo

—Eres mi luz.

—Y tú… mi perturbadora amenaza. Con esa quietud, ese perseverante espíritu de la espera.

—Adoro tu piel suave. Impoluta y tersa. Tan delicada. Tan reluciente. Tan distinta a la mía. Pero en el hecho de mirarte me reconozco, porque tu empatía es mi regalo. Me conmuevo ante esa sinceridad, ante la valentía de tu transparencia.

—No te dejes llevar por la falsedad de un reflejo impostor. Jamás me pareceré a ti. Tu poder es tu firmeza. Me impresiona imaginar el ímpetu irrefrenable de ese cuerpo macizo. Fuerte. Presuntuoso en la muestra de una naturaleza de lo eterno.

—A veces pienso en el deterioro que podría causarte, pero contrariamente a cualquier buen juicio, eso despierta mis ansias de ir en tu busca y hacerte saltar por los aires.

—Si. Yo también dudo de la validez común de los sentimientos. Tropiezo con las evidencias de la razón, pero son insuficientes ante el alumbramiento de la expectativa, del inexplicable deseo de lo imprudente, de la belleza desconocida que guarda el caos.

—Violaría mi compromiso de calma perpetua, mi estabilidad, por alcanzarte —dice la roca.

—Ven. Bésame. Rómpeme el alma —responde el cristal.

75. La importancia de una buena impresión

Relato «fuera de concurso» de la primera convocatoria de 2023  (pensaba que el plazo terminaba el 14 de feberro…) –

 

El trabajo de Emilio y Tomás es un tanto peculiar, a tiempo parcial y no muy bien pagado, pero de vez en cuando cobran un extra si su jefe tiene éxito.

Han de estar atentos al móvil pues reciben mensajes con las instrucciones precisas a seguir. Primero orientan unos espejos hacia el punto indicado. Luego, y esto les requiere esfuerzo, sostienen en alto unas ramas de árboles. En otras ocasiones paran el tráfico con unos signos de stop, o ponen cintas informando de una reparación en el parque infantil, y llevan con ellos unas jaulas con jilgueros cantarines que descubren al llegarles el aviso. O también tapan salidas de humos de algún restaurante, mientras rocían el cielo con un ambientador de flores silvestres.

La sincronización es vital: si no ejecutan al momento lo solicitado pueden ser despedidos.

Por su parte, el jefe se mueve por las diferentes estancias del piso con los clientes hablando de lo luminoso que es y como da al sol por las mañanas, alaba la tranquila y silenciosa ubicación, y destaca las verdes vistas del patio interior y la fragancia del aire que allí se respira.

74. Mitos, complejos y princesas Disney

Logan ha muerto. Su cuerpo pétreo yace sobre una losa de mármol verde. A su alrededor, cientos de jóvenes le lloran. A sus veintiún años se había convertido en el novio de América. Su padre, embutido en un traje negro que acrecienta su gordura, mira al suelo. El silencio es tan grande que se escucha el sonido de sus lágrimas al alcanzar la tierra ocre sobre la que se erige el cementerio. Llama la atención el vestido de raso estampado de su madre, su acabado de alto vuelo, su sombrero Derby de Kentucky. Una sonrisa intrusa se dibuja en su rostro mientras se suelta del brazo de su último amante para acercarse al cuerpo desnudo de su hijo, para sellar sus labios con los suyos. Así lo dispuso él en su nota de suicidio. Así imaginaba a las princesas emponzoñadas de los cuentos: tendidas, sin ropa, sin esperar si quiera que un beso milagroso rompiera su letargo. Eternas. Sus miembros de Apolo recobran el color, se desperezan sus atributos, sus ojos se abren. Un murmullo de abejas resquebraja el duelo, un unicornio alado aterriza al lado del cadáver, un rastro de plata se desliza por uno de sus muslos.

73 Intuiciones (Pablo Cavero)

Me ayudó a subir el carro de la compra, el día que el ascensor no funcionaba. Siempre sonreía con saludo amable y extremada educación. Desde que llegó el inquilino del segundo nunca hubo quejas sobre él. Un tipo normal que caía bien a todos los vecinos, excepto a mi hija adolescente que me decía no fiarse del «mosquita muerta».
Me quedé helada cuando apareció en las noticias como el sicario de la ruleta rusa. En el barrio el chismorreo duró un mes. Desde entonces soy más suspicaz y escucho con la máxima atención las intuiciones de mi niña.

71. Medidas desesperadas

Escaparatismo me sonaba a una de esas modernidades que inventan los jóvenes para no aburrirse el fin de semana. Pero resultó ser un curso subvencionado para pequeños comerciantes. El objetivo era atraer a un mayor número de clientela exponiendo tus productos de la manera más atractiva posible. Y yo quería evitar la quiebra de mi negocio. Tras seis semanas de clases, conseguí el título oficial. Cerré unos días. Forré el escaparate con cartones, librándome de miradas curiosas, y trabajé día y noche. Había diseñado mi obra de arte hasta el más mínimo detalle y quería que todo saliera a la perfección. Repartí publicidad por los buzones anunciando la inauguración y compré canapés de los caros. Todo el mundo se quedó asombrado. No parecen maniquís, decía Pepita. ¿Has visto qué bien le sienta ese vestido? ¿Crees que a mí me quedaría igual? No tengo ninguna duda, querida. Mis ventas aumentaron exponencialmente y hasta salí en el periódico local. Por desgracia, alguien reconoció a uno de los maniquís. La policía me detuvo antes de poder cambiar el escaparate y evitar así que el olor llegara a ser insoportable.

70. El paquete (Ana María Abad)

“Ponga un robot en su vida”.

La mujer contemplaba boquiabierta la etiqueta pegada en la enorme caja de madera que acababan de dejar en su puerta. Bajo la lapidaria frase, bien clarito, el nombre de su esposo. La curiosidad era tan fuerte que, finalmente, cedió al impulso y corrió a por unas tijeras para cortar las cintas que sellaban la tapa.

Los laterales se desprendieron, revelando un sofisticado robot con forma no sólo humana sino marcadamente femenina: una perfecta y preciosa mujer metálica, inmóvil y silenciosa, que le produjo un escalofrío de aprensión.

¿Tras veinte años de matrimonio, su marido iba a sustituirla por aquel engendro mecánico? Perfecta, sí, pero sin alma. La primera oleada que la inundó fue de tristeza; luego, llegó la ira: cogió una pesada maza y la emprendió a golpes con la intrusa hasta reducirla a un amasijo de metal, cables y microchips. Jadeante, miró la maza y visualizó a su marido.

Mientras, el hombre regresaba a casa después del trabajo, feliz por la sorpresa que le preparaba a su esposa por su cumpleaños: una asistenta robot que la liberase de las tareas del hogar. Estaba ansioso por averiguar cuál sería su recompensa.

69. Nos sobran las palabras (Nuria Rodríguez)

Puedo oírles susurrar a nuestra espalda. Me consta que somos la envidia de todo el vecindario ya que, a pesar de llevar más de cincuenta años casados, seguimos paseando de la mano.

Nunca nos han oído discutir, es más, seguro que hace años que no escuchan salir ni una sola palabra de nuestra boca.

Para ser sincera, no sé como empezó todo, simplemente  pasamos de las conversaciones a frases cortas y concisas. Las frases se convirtieron en monosílabos y estos en gruñidos a modo de afirmación o desacuerdo.

Ahora, en el silencio de nuestro hogar, solo con mirarnos nos entendemos perfectamente.

Hoy sin ir más lejos he podido leer en su mirada lo mucho que me odia y tan solo he necesitado parpadear dos veces para dejarle bien claro que yo a él también.

68 La otra mejilla

Una sopa de cocido te sentará bien para matar el frío, le digo, pero al observar el plato humeante se le apaga la mirada. Por eso le he traído a casa. Por el resplandor de sus ojos. Por eso, y porque soy cristiana practicante. Anda, prueba con las croquetas, le insisto, que no hay en el mundo quien me supere. Y aunque advierto cómo se le agrandan las orejas al escucharme, él que nada. No come, tampoco habla. Solo al contemplar mis mofletes sus ojos se dilatan y reaparece el fulgor de sus pupilas doradas. Y yo, embobada, tan segura de tener a un ángel sentado a mi mesa que no puedo reaccionar cuando abre la boca y descubro la naturaleza de sus fauces. 

67. Nochevieja (Patricia Collazo)

Nochevieja

En cuanto servimos los entrantes tu padre anuncia que es hora de dejar de aparentar, que no vamos a empezar un nuevo año entre mentiras. Me levanto a buscar algo a la cocina. Me sigues. ¿Crees que lo sabe?, murmuras. Niego enfática, pero temblando. Deposito la salsera sobre la mesa y acaricio tierna el hombro de tu hermano. Me mira extrañado y sonríe como pensando esta noche por fin, tanto hace que lo esquivo. Te sientas frente a mí, junto al que has presentado este año como novio oficial. El pobrecillo está más rojo que el marisco.

Tu padre mira divertido a cada uno de los comensales. Parece que no somos las únicas con algo que ocultar. Tus tres hermanos han quedado súbitamente mudos, y hasta mi Santi echa miradas de soslayo al abuelo. El primer año que me siento a la mesa grande y ya ves, pensará. Los únicos que corretean despreocupados son los niños. Hasta tu madre, la santa, parece inquieta. Sobrevivimos hasta los postres disimulando silencios y atragantamientos. Pero lo que nadie puede disimular es el alivio que sentimos cuando el cuerpo de tu padre se inclina sobre su plato lleno de restos y calla para siempre.

66. Almas caritativas

A nuestro vecino no parece importarle que ese tipo vestido de negro arañe su puerta cada noche hasta el amanecer con el filo de una guadaña. Nosotros también estamos acostumbrados a las perrerías del cobrador del frac, solo que el nuestro es más discreto y se disfraza una vez por semana, en riguroso horario de oficina. Este debe de pasar hambre. Mi mujer ya tiene pena y me apremia para que le invite a pasar, que un plato de sopa más o menos no nos sacará de pobres. Estoy pensando que sí, que basta ya de soportar los chirridos de esa herramienta endemoniada.

En cuanto la Muerte se sienta a la mesa de nuestra cocina comprendemos nuestro error; ni tiene apetito ni eso que gime en su interior como almas en pena son sus tripas.

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