Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

PERTENENCIA

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA PERTENENCIA

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA PERTENENCIA en todas sus variantes. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
3
9
horas
0
9
minutos
4
6
Segundos
2
1
Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE AGOSTO

Relatos

71. BIOPIC-BIOEPI

De niño soñaba en el colegio a ser astronauta para jugar con las estrellas. El borrador de la pizarra o algún capón, me volvían a la realidad.
Candice Bergen y alguna más me ayudaron durante mi adolescencia a perfilar mi sexualidad, aunque fuera en solitario. Puro egoísmo.
En mi época de ligue, mucho más frecuente el estrellado que el estrellato.
Como médico, me podría situar entre el doctor Barnard y los doctores Rosado y Cabezas, en un término medio.
De estomatólogo me di cuenta, que los que veían las estrellas eran los pacientes, por sus dolores de muelas, cosa que digo es cierta, pues desde que estoy en el lado oscuro de la medicina, soy paciente, las he visto en alguna extracción. Me oigo decir, si no es nada, si no duele.
Ya en el Ejército la búsqueda de estrellas me sobrepasó. No hice el curso de comandante pues prefería las tres estrellas de Capitán a la única de Jefe.
Durante mi largo camino por ENTC, la única vez que consigo llegar al estrellato la pandemia me impide reunirme en Cantabria, porca miseria.
Tantos años, 71, para darme cuenta, de que no quiero las estrellas, quiero su Luz. Mi Luz.

70. HOLLYWOOD BOULEVARD

A menudo, mis compañeras de clase me miraban desdeñosas porque, en los teatros de fin de curso, siempre era la protagonista. Aquella sensación de poder despertó en mí la vocación. Ya antes había demostrado desparpajo sobre el escenario y memoria para repetir frases; capacidades que influyeron menos.

Años después, con la polla de un productor en mi boca, pensaba en aquella niña que decidió ser actriz para sentirse poderosa. Deseaba triturar aquella polla, pero todo terminaría pronto y recibiría propuestas. Así llegaron los primeros contratos. Yo sabía que los merecía, únicamente había acelerado el proceso.

Mi éxito fue instantáneo, pues era realmente buena. Cuando me telefoneó Almodóvar le dije: «¿Por qué has tardado tanto, Pedro?» Y él se tronchaba. Jodie Foster me entregó el Oscar a la mejor actriz y no había preparado discurso. Me introduje aquel falo dorado en la boca y simulé hacer una felación.

—El camino hasta aquí ha sido duro —dije, bizqueando. Y todo el Teatro Kodak me ovacionó.

Anoche, en el Paseo de la Fama de Hollywood Boulevard, tras imprimir mis manos en el cemento, volví a recordar a aquella niña. Llevaba tiempo sin hacerlo y me deprimí profundamente, pero conseguí sonreír a los fotógrafos.

69. Constelaciones (Alberto Jesús Vargas)

Me quedé dormido contemplando la bóveda celeste y en mi sueño apareció ella, tan deseada como imposible, invitándome a pasear en cuerpo astral por todas las constelaciones. Despojados de materia aunque no de deseo, ascendimos ligeros hasta la Osa Mayor y desde allí alcanzamos las nebulosas de Orión. Nos besamos en Andrómeda y ya en Casiopea sentimos que formábamos parte de un infinito capaz de desplegar toda la belleza de un orgasmo. Cegado por tanta luz medida en años, no vi el agujero negro por el que me precipité y caí en un vertiginoso descenso que parecía no tener fin. Desperté sobresaltado en la realidad de una butaca reclinada que debía abandonar sin perder más tiempo.  Me esperaban el cubo y la mopa para seguir fregando, como cada noche, el suelo pisoteado del planetario.

68. Estrellados ( Nuria Rodríguez)

Entré en aquel tugurio de Broadway atraído por una maravillosa voz. Sobre el viejo escenario, escondida tras un micrófono, cantaba la chica más fea que había visto en mi vida. 

Sus movimientos eran lentos, seguramente fruto del alcohol y las drogas. Enseguida empaticé con ella porque, al igual que yo, solo era una pobre desgraciada que se había estrellado en el tortuoso camino hacia la fama, teniendo que hacer malabares para poder malvivir.

Sin saber cómo, acabamos juntos en el motel más cutre de los suburbios neoyorquinos.

Cuando metí mi cabeza entre sus piernas, ella empezó a cantar una triste balada mientras acariciaba mi pelo. Sus gemidos de placer se unieron a mis sollozos en lo que se me antojó una patética melodía. Lloré durante horas sin consuelo. Lloraba por ella y por mí, imaginando, otro escenario, otra mujer, otra vida…..

67. Siempre ella (Patricia Collazo)

Madre fue siempre una maniática de la limpieza. El suelo de casa, un brillante e impoluto tablero por el que había que deslizarse siempre sin zapatos y procurando no pisar lo recién fregado. Los cristales de las ventanas estaban tan limpios que podía dudarse de su existencia y al polvo, su peor enemigo, no se le permitía permanecer sobre las superficies más de los dos segundos de cortesía que su plumero presuroso les otorgaba.

Todos conocíamos sus estrictos castigos contra quien osara depositar una mota de suciedad sobre sus dominios, y nadie le discutía cuando decretaba “Día de limpieza general”.

Desde que ha muerto, por las noches padre pasa horas en el patio mirando el cielo. Si los nietos le preguntan qué mira se embarulla en explicaciones sobre basura espacial, polvo de estrellas y órbitas que pasan sobre la casa.

Los niños no lo entienden, pero yo, a menudo sigo su mirada y distingo la franja de la que habla. En ella no hay nubes, las estrellas están lustrosas, y las constelaciones perfectamente alineadas. Pero lo que la delata es la fina capa de polvo plateado que cae sobre las baldosas del patio, cuando canturreando, ella se pone a barrer.

66. Embrujados

Cada noche observamos el cielo. Cuando pasa una estrella fugaz, mi hermano dice que es nuestra madre. Me jura que la vio volar desde la ventana mientras papá le daba impulso y que, antes de que se lo llevara la policía, le susurró al oído el secreto de mamá.

65. El cartero (Rosy Val)

Siempre que pasa por su lado les habla. A los gemelos les recuerda que se porten bien. A él le pregunta si la sigue queriendo. Con ojos emocionados le cuenta que el otro continúa viniendo, que lo que quiere es separarles, pero que no piensa abrirle; jamás abandonará la casa.

Ya son las doce del mediodía. Y como un ritual los recoge de la mesilla y los coloca entre su pecho y el vestido de flores. Es su preferido, se lo regalo él. Observa la calle agazapada en la ventana y espera a que el timbre suene. Se sobresalta. Con un hilillo de voz le dice que se vaya.

Permanecerá escondida hasta que el ruido de la moto cese y cuando la luna se le eche encima le pedirá que busque a sus tres estrellas y que le devuelvan el alma. Se la robó un loco una tarde de verano que destruyó el pinar por el que paseaban ellos.

En cuanto deje el retrato en la mesilla les implorará que no tarden en llevársela con ellos, que no aguanta tanta insania en su cabeza. 

64. MÁS ALLÁ DE ORIÓN (Rosalía Guerrero Jordán)

Estela imagina como sería observar la constelación de Orión acercándose. Ir dejando atrás cada una de las estrellas que la componen. Desde el otro lado, quizás se vea diferente.

Desde que tiene memoria ha querido ser astronauta. Sonríe al recordar a aquella niña curiosa que pegaba posters del Sistema Solar en las paredes de su habitación; a la adolescente que cada noche escudriñaba el cielo a través del telescopio acomodado en su ventana; a la joven que no pudo cumplir su sueño y se quedó en tierra firme, transmitiendo su pasión a quienes pudieran alcanzarlo por ella.

Mira su mano llena de arrugas y le parece ver en ella a Casiopea. Desde hace un tiempo los únicos nombres que recuerda son los astrales. ¿Quién es ese joven que le habla? Su rostro le resulta vagamente familiar.

Agotada, cierra los ojos, y la máquina que la acompaña emite un pitido prolongado y agudo. Mientras vuelve a hacerse el silencio, en su retina se va formando la Vía Láctea.

Pronto atravesará Orión.

63. Recursos humanos, no, Personas

Descartamos los currículums que no cumplían los mínimos exigidos. Con un correo electrónico se informó al resto de que entraban en el proceso de selección. A los que respondieron durante la primera media hora dando las gracias los tachamos de la lista, no queremos gente que está siempre conectada. En un segundo mensaje se les convocaba a unas pruebas psicotécnicas en la web, plazo: una semana. Dos días después cerramos el acceso, tampoco queremos personal que demore sus labores. Quedaban la mitad de los candidatos.  A las mejores veinte puntuaciones les cité dos días después a una entrevista personal.

Solo hice una pregunta: ¿lo primero que te viene a la cabeza si digo: “estrella”?  “Rock”, “cine”, “futbol” y “Galicia” las más repetidas. Alguien dijo “sol”, otro “Michelín” y  me impactó quien pronunció “mamá”. Cuando añadió  “aunque hace años que murió, me sigue dando luz” supe que era la persona que buscaba.

Solo lleva dos días con nosotros y ya le ha cambiado el nombre al departamento.

62. Esta noche (Manuela Mira)

Esta noche, mientras busca sus gafas de miope, no deja de pensar en cómo le horroriza lo que les está pasando. Caminan  hacia el desastre y ninguno de los dos quiere hacer nada para evitarlo. Ella desearía intentarlo de nuevo, pero no tiene el ánimo necesario, y él, sencillamente, no quiere, porque ahora resulta que no tiene voluntad y eso complica las cosas. Qué fatiga.

Recuerda cuando no pasaba nada, solo ensoñaciones y ganas de comer chocolate de madrugada. Recuerda que le gustaba el roce de su pelo y ese turbador aroma de ángel que exhalaba. Era tan cálido y delgado; era perfecto hasta en su frágil levedad. Cuando hacía yoga podía sentarse con las piernas muy abiertas, o en la postura del loto, sin perder su exquisita elegancia.

Pero ahora todo se acabó, rumbo al olvido de lo que nos llega por sorpresa, como la dosis diaria de azúcar que se necesita para quitarse la amarga tristeza de la vida.

Ahora contiene el pánico porque esta noche escucha como él ronca suavemente en su cuarto y ella busca, con su mirada de miope, una señal en las estrellas que le ordene el sacrificio, mientras busca el cuchillo adecuado.

61. Sacrificios

Las dos trabajamos duro para cumplir nuestro sueño y, cuando por fin me asignaron como tripulante de una misión orbital, llegó el mazazo de tu diagnóstico. No paraste hasta que retiré mi renuncia al proyecto. Y aquí estoy meses después, girando a tu alrededor aunque a cientos de kilómetros por encima. Debido a los tratamientos que recibes, no puedes ser tú la doctora que procesa los datos de mis experimentos en el espacio. Eso le resta interés, pero te los cuento en la videollamada diaria. Desde la semana pasada te veo muy desmejorada, y hace tres días que no te conectas. Antes he preguntado por tu estado de salud y mi interlocutora ha intentado ocultar una lágrima que se le escapaba. Creo que me voy a volver loca, sola en esta nave, pensando en que no estarás al regresar. Queríamos formar una familia, yo me iba a quedar embarazada a la vuelta, y ahora… Hoy un equipo del laboratorio sonaba como una de tus tantas resonancias magnéticas de seguimiento. No he podido digerirlo. Esta cápsula espacial será mi ataúd. Orbitará sobre una tierra que ya no es nuestra, pues nos reuniremos más allá de las estrellas.

Nuestras publicaciones