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Con la última estrella que conseguí seducir leyéndole algún que otro poema, construí un faro en lo alto de un camino. Uno de esos senderos que no llevan a ninguna parte; en tierra adentro, allí donde el trigo se bate en duelo con el viento y la avena está más loca que nunca. En el mar de Castilla.
Hicieron uso del faro una lechuza tuerta, un mochuelo huérfano y un autillo cantarín que le ponía cada noche banda sonora a nuestras veladas poéticas.
Su brillo era fulgurante. Emitía destellos con olor a retama y sabor a hierbabuena, pero ahora ya no puedo tocarla, ni ella a mí. Es solo un recuerdo de lo que fue. Vestigios de una luz menos brillante e insuficiente para iluminar mi tumba. Aunque también ella lleve muerta mucho tiempo.
El hombre estrella surgió de la nada, apostando fuerte. Yo le conocí bien. Trabajó, especuló, se enriqueció.
Fue temido tiburón en los negocios, sin reparar que el mar esconde mil tesoros.
Conoció la adulación sin haber saboreado la verdadera amistad.
Viajó sin descanso aunque no llegó a disfrutar de la magia de los lugares.
Tampoco se emocionó ante una puesta de sol porque su dios era el reloj.
Tocó la luna en pleno éxito, pero no se detuvo a contemplar su plenitud.
Cambió besos y ternura por noches de amores falsos.
Regaló joyas; no supo ver que la más preciada llevaba su apellido.
Se dejó seducir por el brillo de las estrellas y quiso subir más alto, atravesando fuertes tormentas y huracanes para alcanzarlas. Non sabía que éstas no se tocan, se admiran.
Ese hombre soy yo, solo y enfermo, ante la tumba de mi malogrado hijo.
Vuelvo a la tierra de donde no debí alejarme.
Matías sufrió idéntica alineación astral que otros niños de la posguerra. Evidentemente no nació con estrella. Su padre se eclipsó antes de conocerlo y, tras la prematura muerte de su madre, quedó al cargo del tío Guillermo. Aquel solterón, huraño y montaraz, escudriñaba constantemente el cielo. Para vislumbrar el tiempo o sabe Dios qué. Con él aprendió a distinguir los diferentes pájaros y sus cantos, y a extasiarse ante el majestuoso evolucionar de las rapaces. Hasta el arte de volar cometas. Aquellos meses de felicidad hicieron más cruel su posterior ingreso en un orfanato. Años después salió de allí, rebelde contra todo. Su vida se convirtió en un continuo vagar por ambientes marginales. Para cuando Armstrong y Aldrin echaron por tierra el romanticismo del misterioso satélite, Matías había aprendido que su destino no dependía de los astros. Estando sumido en un agujero negro, lo reclamaron desde el pueblo. El tío Guillermo se debatía ajeno a todo, flotando en los últimos vestigios de sí mismo. Una noche de agosto, mientras miraban el firmamento estrellado, centelleó vertiginosa una perseida. El viejo, hasta entonces impasible, le miró con ojos acuosos, mientras repetía excitado: “¡Matías, la cometa, tensa la cuerda, tensa la cuerda!”.
Después de darle a su familia aquel enorme disgusto por dejar la carrera, decidió marcharse a recorrer el mundo. Antes de partir, le prometió a su madre que le traería una estrella. “Déjate de tonterías y ponte a trabajar», le dijo ella. Eso hizo su preferido, día y noche, febrilmente y en las condiciones más adversas. Empezó desde bien abajo y fue escalando posiciones. Cuando, orgulloso, le dedicó el primer galardón que le otorgó la Guía, ella comprendió cuán equivocada había estado al indignarse porque eligiera ser cocinero en vez de doctor.
Había conseguido una estrella en el Paseo de la Fama gracias a su interpretación en la serie más exitosa de los últimos tiempos, pero después de cinco años estaba harto. Faltaban solo unos meses para la renovación del contrato y nadie en la cadena podía sospechar que fuera a “matar” a Marcus, su alter ego, en la última temporada. La idea de un protagonista que alternara el oficio de restaurador con la pulsión de asesino no era demasiado original, pero había logrado la identificación de los espectadores. Su defensa radical de la justicia, su venganza contra las tropelías de los poderosos o esa costumbre de silbar “Nessun dorma” antes de cada ejecución lo convirtieron en un héroe popular. Quién lo hubiera pensado cuando ofreció su idea a la HBO, pero así de jodido estaba el mundo. Tenía proyectado instalarse en Europa para comenzar una carrera como director -soñaba- de películas de autor.
Sin embargo, se sentía intranquilo. Desde que tomó la decisión, percibía cerca de él una presencia extraña, una sombra que parecía acecharle allá donde fuera. Esa noche escuchó pisadas subiendo las escaleras y un silbido que le heló el corazón: tramontate stelle. All’alba vincerò. Vincerò.
Fijas, binarias, enanas, fugaces… Se levanta con ellas, y aún así, todas lo eluden. Frota el cristal con solución limpiadora, vuelve a mirar: ovnis, alienígenas ancestrales, y principitos en su asteroide permanecen fuera de foco e indiferentes a su esfuerzo.
¿Será miopía, astigmatismo, o peor, la temida falta de visión? El óptico lo estudia y examina, calibra sus palabras pero no hay nitidez en su respuesta. Una supernova de rabia le inyecta la lente en sangre… ¿Acaso nunca podrá ver claro? Desde pequeño ha querido subir alto, ponerse en órbita, contar cada estrella y cuerpo celeste…
Se encomienda a Galileo Galilei. Venera la estampa de Huxley en su Mundo Feliz. Desgrana, rosario tras rosario, todas las patentes que conoce… Su fe se pierde en un agujero negro.
Lentamente, abraza la oscuridad. Con Orwell descubre el voyerismo y la hipervigilancia. Sigue solo, pero ya no sufre…
«Hacen bien en temerme» , se regodea pensando. «Soy El Ojo Que Todo Lo Ve.»
Mi madre es un perro atado a la silla de un bar. Si le acercan un cuenco relleno de líquido ella bebe. Bebe sin cesar. Le da igual que sea agua, ron, whisky o que el plato rebose de orines aún calientes. Después, ya ebria, desaparecen las gentes que se burlan, desaparece el bar y la bebida, pero ella sigue amarrada en medio de la noche a su propia desventura, sola, bajo un cielo repleto de estrellas, algunas clavadas al negro firmamento como chinchetas en un tablón de anuncios, otras que saltan, que caen, que se mueven dispersas y fugaces hasta desvanecerse en la boca de un mendigo, en las camas revueltas de los adúlteros, en las damas de noche que apenas se han abierto. Entonces aúlla. La agudeza de su canto abre las carnes blancas de los recién nacidos, destapa los secretos del diario de un inadaptado, revela el brazo incorrupto de una santa atrapada en un piadoso calendario. El mayor Tom abre su última lata de conservas y una ráfaga de cometas salta por los aires. Mi madre, mi hermana, yo y toda la manada saludamos a la luna un discreto lunes de julio del sesentaynueve.
Desde que puede recordar, Sonia siempre ha soñado con las estrellas. Gruesos libros sobre astronomía, astrología y viajes espaciales se apilan sobre las estanterías de su cuarto. En lugar de las estrellas del celuloide o de la música que cubren las paredes de los dormitorios de sus amigas, tapizan las del suyo cometas errabundos y agujeros negros, gigantes rojas y enanas blancas, campos de asteroides, nebulosas perdidas y espectaculares supernovas. Incluso tiene una maqueta del Sistema Solar colgando de la lámpara del techo.
Esta noche, a la hora de cenar, la madre de Sonia sube las escaleras enojada: ha llamado a la muchacha varias veces y ella sigue sin responder. Toca la puerta: nada. Impaciente, gira el picaporte y entra en la habitación: vacía. La mujer tuerce el gesto: asume que Sonia ha salido sin avisar, como tantas otras veces, y que estará en el jardín, con el ojo pegado a su querido telescopio, mirando embelesada tal o cual planetoide. Da la vuelta para salir y suelta un bufido al golpearse la cabeza con el Saturno colgante, sin reparar en la diminuta figurita que, sentada en el anillo exterior con los pies colgando, hace desesperadas señales con los brazos.
Decimotercer día en la Estación Espacial de Marte. Tu abuelo me ayuda mucho, nos ayudamos. Él me explica cómo funciona todo, qué comida está menos asquerosa, y yo, como soy más ágil, hago lo demás. Pero esto es una agonía. Cada hora aquí equivale a veinte en la Tierra.
Soy parco en palabras, ya lo sabes, y con la distancia sideral es difícil calcular cuándo te llegará este mensaje. Pero hoy he recordado mucho aquellos juegos en el parque. Nosotros tres, la gran “caja-cohete”. Y necesitaba decirte tres cosas.
La primera es que te echo mucho de menos. Él también.
La segunda es que la preparación física es vital. Si quieres ser de verdad astronauta cuídate mucho y no fumes jamás (ni aunque veas que a Pedri le da por hacerlo).
Y la tercera es que yo llegaré pronto, pero el abuelo no. Está demasiado débil para el viaje.
Además, la enfermera desconectará pronto el módulo de asistencia, y al fin sus pulmones dejarán de soportar esta irrespirable atmósfera. Pero me ha dicho con los ojos que te quiere. Que llegarás donde te propongas.
Y que recuerdes lo de no fumar.
Siempre te dije que yo era mucho mejor actor que tú, pero ese director amigo tuyo te dió a tí el papel que sólo yo podía interpretar a la perfección.
Con dinero y mucha publicidad, conseguiste ser una estrella en el engañoso firmamento de la fama, pero tu doble personaje en esa gran película reflejó, una vez más, lo anodino y plano de tu propia personalidad. Entonces decidí que el público no se merecía semejante engaño y me propuse acabar para siempre con tu farsa.
Pasé de la ficción a la vida real y te enseñé cómo era, de verdad, ese fascinante Mr. Hyde que tú no entenderías jamás y, por una simple cuestión de justicia, yo lo interpreté contigo. Y lo bordé.
Por fin, fui yo quien pasó a ser la fulgurante estrella del momento. A mí me encerraron, claro, pero logré expulsarte de mi sagrado firmamento y de la vida
Descansa en paz, farsante.
El niño queda dormido sobre el libro que está leyendo.
Quién iba a decir que aquella fría tarde lo cambiaría todo. Simplemente estaba aburrido borroneando papeles y lanzándolos a la chimenea. Cuando uno de estos fue succionado y catapultado hacia arriba, algo se despertó en su interior. O tal vez fue aquella camisa inflándose frente al fuego… Nadie lo sabrá jamás, pero lo que vino después cambió el mundo para siempre. Se había iniciado la carrera espacial, el viejo sueño del hombre. La Academia de las Ciencias había sentenciado sólo dos años antes que ninguna de esas iniciativas tendría éxito, que sólo un loco lo intentaría. Y los locos, lo intentaron. Primero fue probado con un pato, una oveja y un gallo. Los animales sobrevivieron a la inusitada altura de unos 500 metros. Después la conquista del cielo de París, surcado éste por las coloridas telas de los mongolfiéres, y por el hombre.
Y la competencia, y los récords…
En la habitación hay un globo que le recuerda, soberbio, el tortuoso y excéntrico camino hacia las estrellas. Y un particular belén presidido por los animales.
El pequeño sueña con lo que quiere ser de mayor.
Soñaba con ser santo. Y aunque las hagiografías le habían enseñado que alcanzar el cielo era un camino arduo y sacrificado, vencía el ansía de ser inmortalizado en celebradas obras de arte, donde los fieles, en especial ellas, pudieran dedicarle ofrendas y rezos. Le enfurecía sobremanera no ser capaz de obrar milagro alguno. Y convencido de que la palma del martirio suponía un atajo a las alturas, obvió aquello de repartir todos sus bienes entre los pobres, el ayuno y la atención a los necesitados. Como la intención es lo que cuenta, no terminó sus días lapidado, desollado o despeñado, sino en la comodidad de su lecho. Ya en el infierno, se felicitaron por tener con ellos todo un ejemplo de la personificación de los siete pecados capitales.
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