¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Poco después de cumplir once años descubrí que mi destino era viajar a las estrellas.
Desde entonces, en mi biblioteca comenzaron a apilarse libros y revistas sobre viajes espaciales y al escritorio llegó un ordenador nuevo y potente con el que he podido investigar sobre el cosmos y muchas otras cosas; alguna a hurtadillas para que mis padres nunca se enteraran.
Pronto el techo y tres paredes de mi dormitorio se convirtieron en un cielo estrellado, mientras que el cuarto muro se llenó de fotos del espacio y de naves y astronautas. El ropero de los espejos se tuvo que marchar para dejarle su lugar a un cohete que un día aterrizó, plateado y enorme, convirtiendo a mi cuarto en un lugar fabuloso que me hubiese gustado mostrar a mis amigos. Pero a ellos ya no quiero verlos.
Han pasado algunos meses y hoy siento que el viaje está próximo: he oído a mi madre llorar, y me han dicho que ya no tendré que tomar las pastillas de astronauta y tampoco volverán los tratamientos horribles. Creo que lo peor ya pasó, y que ahora las estrellas están por fin, aunque demasiado pronto, al alcance de mi mano.
La idea de alzar el laberinto lo cambió todo. O casi todo. Desde aquel día vamos hacia algún sitio; hacia arriba, en concreto. Te aprendes el camino más corto a base de resbalar y caer. El reto ya no es llegar al corazón del laberinto, sino alcanzar el extremo más alto. Durante la ascensión te cruzas con otras mujeres que ya han hecho cima y que apenas hablan. Yo soy ahora una de ellas. Las que suben son más jóvenes y aseguran la cuerda con una habilidad pasmosa. No tiene por qué pasarles lo mismo que a mí, así que les digo que falta poco. Semanas, meses, pero llegarán.
Lo que no les cuento, por no desanimarlas, es que en ese extremo hay un muro de cristal resistente a los golpes de piolet, o que, al otro lado, sobre ti, sólo ves suelas de zapatos. Además, ellos no suelen mirar hacia abajo mientras caminan. Por suerte, Jaime ha pasado cuando yo golpeaba el cristal y me ha reconocido. Hacía mucho que no nos veíamos. Se ha agachado y ha dicho algo que no he entendido bien. No sé si era “ánimo” o “ascensor”. Luego se lo preguntaré, en casa.
Muchos envidiarían la estela que voy dejando tras de mí. Mi vida de cometa, viajando por un firmamento que voy sembrando de luces, puede parecer genial. No es que me queje, pero todo tiene su parte oscura y en mi caso es el anonimato y la soledad. Al principio, llegué a creerme una especie de dios con poder para decidir el destino de los astros, pero pronto comprendí que eso era un espejismo, soy un mero encargado de fijar la atención dentro de su universo, de remarcar su fulgor. En no pocas ocasiones, me he planteado la idea de intentar pasar al otro lado, yo también tengo mi orgullo y a mí también me gustaría destacar. No he tardado en convencerme de que mi sitio está aquí, entre las sombras, el único lugar que acoge mi destello, por más que nadie lo pueda ver. He tenido que aprender a comerme mi ego, igual que me como las exquisiteces que me sirven, sin saber que también están siendo juzgados, los camareros de los restaurantes que tengo la misión de elevar, o no, según consigan deslumbrarme, a la categoría de estrellas.
La casa de mis abuelos en Orejo no difería de las demás del pueblo. Arriba vivienda y abajo pesebres de vacas, que entre las que calentaban la casa y las de otras cabañas superaban las doscientas.
La labor era mucha y siempre había en la casa jornaleros y en verano, agosteros que llenaban de hierba seca los pajares con vistas al invierno.
Todos, hijos, que fueron hasta 11 en algunos momentos, y los obreros de turno comían en la misma mesa en la que mi abuelo, como patriarca, dictaba las normas de urbanidad:
─Todas las manos limpias, si queréis comer en esta casa, decía; luego se santiguaba y rezaba: “Nacidos y de por nacer, todos a comer”. Casi siempre había alguna comensal embarazada.
El abuelo escogía los jornaleros de entre sus parientes lejanos del alto Miera. Uno que venía de los Barrios de Calseca y Valdició osó responder cuando se le ordenó lavarse:
─” Vieju, que la mierda atapa el friu”.
Este ripio quedó en la familia por generaciones.
A cosechar patatas vino un día un jornalerillo de Guarnizo a quien llamaban Paquito.
El 18 de enero de 2022, con 88 años fallecía Don Francisco Gento, estrella del Real Madrid.
Tu embarazo duró casi veinte años. Al principio tuvimos varios abortos. Recuerdo la nube gris que duraba meses hasta que me quedaba otra vez en estado para precipitarme de nuevo cada vez que sentía la punzada y comenzaba a manchar. Probamos con los métodos artificiales. Clínicas, hormonas y pinchazos. Ciclos, muestras y ecografías. “Losentimosnosedetectalatido”, “aestaedadyasesabe”, más pruebas, porcentajes…y al final de cada consulta la palabra fracaso escrita con letras mayúsculas como sombras alargadas. Nos planteamos la adopción, pero era demasiado tiempo de espera. Lo del vientre de alquiler lo descartamos por conciencia. Desesperados recurrimos a todo, chamanes, hechizos, algunas pócimas y conjuros. Ahí llegó el divorcio. “Obsesionada. Enferma”. Sola y frustrada, cuando estaba a punto de tirar la toalla, apareciste. Esa luz cambió todo mi universo. Desde entonces no me he separado de ti. Cuando me preguntan con quién hablo y les explico tu historia con los seres galácticos, la abducción, la gestación interestelar y les cuento la razón de tu nombre me miran raro. No entienden tu poder de invisibilidad. En el fondo sienten envidia al ser la única a la que dejan tener un familiar viviendo en el psiquiátrico.
Esa mañana, tras la noche interminable en la que el mar quiso tragarse la tierra, una muchedumbre curiosa atestaba la playa donde miles y miles de estrellas agonizaban asfixiadas por el aire y el sol, arrancadas del lecho marino, golpeadas por rocas y olas, expuestas sin remedio en una trágica alfombra, como un cielo macabro desplomado o el cuadro de un dios caprichoso empeñado en volver el mundo del revés.
Enanas, gigantes, marrones y rojas: incluso destinadas a pudrirse entre nubes de moscas, eran hermosas. O eso pensó Manuel, que entonces era un niño de alma maleable e imaginación efervescente. Al morir la abuela Leonor, todos insistieron en que había ido al cielo; pero afirmaron exactamente lo mismo de su padre cuando el pesquero en el que faenaba fue engullido por la galerna. Aquello desdibujó para siempre el horizonte en su cerebro tierno y comenzó a confundir buzos con astronautas, el azul índigo del cielo con el cobalto del océano y el frío gélido del abismo con el glacial del universo.
Por eso, setenta años después, cuando su Mariola se cansó de respirar, encontraron la cachava de Manuel clavada en la orilla y unas huellas dirigiéndose hacia lo más profundo.
La suave luz de la luna llena le iluminó al dejar atrás la muralla medieval de su perdido pueblo. Partía en busca de las estrellas. Había encontrado la herrumbrosa bicicleta en la tapia del cementerio abandonada por algún veraneante. Con la ayuda de un amigo le hizo un apaño.
Estella, Lleida, cruzó el Pirineo por la Vall d´Aran, Carcassonne, Verona. Pedaleaba tranquilo. Zagreb, Ploiesti, Rostov, Astaná, el amor le retuvo en Jaipur tres meses, Benarés, Hanoi, Tianjin, Nikoláyevsk. Cogió el ferry en Lavrentiya para atravesar el estrecho de Bering desembarcando en Nome, Alaska. Anchorage, Vancouver, Seatle, Portland, San Francisco.
A las 20h. de dos años y medio después de salir, apoyó el desastrado velocípedo en la valla del Dolby Theatre de Los Angeles. Allí pasaría la noche. Al atardecer del día siguiente, absolutamente maravillado, pudo ver de cerca las fabulosas rutilantes estrellas del universo cinematográfico cruzando la alfombra roja. Llamó a cada una por su nombre.
Al finalizar la gala, los ojos arrasados, iluminado por la suave luz de la luna llena, montó en la bicicleta para regresar a su perdido pueblo con el autógrafo del gran Robert Redford en el bolsillo de la camisa.
Agachado para recoger especímenes, Ramiro no la vio caer. Una rama fue a estrellarse contra su cabeza con funestas consecuencias.
La medicación le hizo revivir de forma parcial semanas después de ese día ventoso. Había salido al parque de nuevo para estudiar el comportamiento de las hormigas, su especialidad como entomólogo.
Tras una existencia con los ojos en la tierra, era irónico que ya solo percibiese un trozo de cielo, visible desde la cama del hospital. Nunca había prestado demasiada atención al firmamento, al contrario que su hija, astrofísica, con quien no hablaba tras una discusión, tan absurda como cada día más irresoluble. De haber superado el orgullo, le hubiese contado que había descubierto una nueva especie, a la que en su honor denominó: Pheidole Laura.
Una mano sobre la suya disipó años luz de distancia y desencuentros. La joven le dijo que había bautizado con su nombre, una letra y un número, a una estrella que acababa de detectar. La contaminación lumínica impedía a Ramiro distinguir el punto brillante a través de la ventana, no más grande que un insecto a sus ojos, inmenso como un astro. Antes de partir hacia él, sonrió.
A Juan le ha contratado la compañía aeronáutica Rekkof por un acuerdo de cooperación entre universidades. Una de esas oportunidades que son un privilegio para un ingeniero recién titulado.
Está en el aeropuerto esperando a que anuncien el embarque a Róterdam. Su madre le oprime el brazo como si hiciera un último esfuerzo por retenerlo. Él sonríe, pero siente un vacío plomizo en medio del estómago. La mujer le señala la pantalla donde ya aparecen novedades.
—¿Sabrás llegar a tu residencia?
—Sí. Está cerca del aeropuerto. Tendré un coche reservado allí —es difícil abrazarla con el brazo rígido pero lo consigue—. Dile al viejo que te acerque al ambulatorio para que te quiten esa escayola.
—No hace falta. Iré a pie.
—Y vete con la tía si vuelve a ponerse insoportable. No se lo permitas.
Juan lo dice porque sabe perfectamente que la huida también es un avance. La clave es la dirección. Pueden ser las estrellas. Pero también hay un escape buscando refugiarse en el fondo. Y de allí es imposible regresar a la superficie. No se puede salir jamás.
—Te quiero, hijo. Te querré siempre.
Y ese “siempre” le sonó a definitivo.
Dame una palabra con la que empezar a acordarme de ti, hombre moreno desconocido. No me mires con pena y me hables como si estuvieses solo: estoy aquí. Es fácil: necesito una palabra que me ate a tu piel. Acaricias mi cara como se acaricia a un gato, pero no es suficiente. Dame un olor con el que intuya que he dormido en tus brazos; coge mi mano y ponla en tu mejilla, dame un gesto con el que romper la piedra de mi cuerpo.
Él parlotea sin parar con la esperanza de que algo llegue hasta el borde de su sinrazón y despierte el brillo en su mirada. Están sentados en el jardín. Ella en su silla de ruedas, él en el banco de piedra. De repente el hombre calla. Escucha, por primera vez, el piar de los pájaros. Siente un extraño impulso y se arrodilla a los pies de la mujer. Apoya la cabeza en su regazo y acepta el silencio entre los dos. Pronto será hora de volver a entrar. Pero antes, una mano tibia se posa en su cara agreste.
Algunas experiencias de niño me han infundido pavor a lo paranormal. Mi mujer se halla al tanto y acostumbra a reírse de mis miedos, por ello he decidido no contarle nada sobre el ser luminoso que aparece cada noche a su lado de la cama mientras duerme. Me turban la ternura que este corazón exánime emplea en cada frase, la serenidad de sus gestos al hablar y su forma de mirarla, como si la conociera de algo. Hace poco he comenzado a usar las palabras y los modales del muerto cuando estamos juntos. Ella se muestra encantada con el cambio. Dice que ahora sí soy el hombre de sus sueños.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









