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A la señora Mundsen le sale una pequeña cucaracha de la boca cuando pega el tremendo ronquido, y al notar algo raro cosquilleándole los labios, escupe por inercia y se manotea sin llegar a saber qué ha producido el cosquilleo. Tiene la mala costumbre de beber anís antes de dormir; antes de desayunar, después de comer, a la hora de la siesta, para merendar, como cena. Lo de la cucaracha es de lo más habitual; también alguna araña; gusanos; la casa esta infestada, y su cuerpo, flaco y enfermo, es un nido de bichos ovando en la maraña de su pelo, en los jirones de lana de su chaqueta raída, en las llagas supurantes de la carne lacerada y podrida de su pierna… Después de dar varias vueltas se sienta en la cama, agarra la botella de anís y se bebe un buen trago. Y sin más ceremonia se queda tiesa, con los ojos muy abiertos mirando al infinito. Entonces, las ratas, que andan al acecho, aprovechan su quietud para empezar a comérsela.
La noche cálida invitaba a contemplar con deleite el apacible paisaje.
Por eso, y también un poco por curiosidad, María se asomó al balcón para observar a los vecinos de su calle.
Desde el confinamiento no se había atrevido a mirarlos de nuevo, aunque ahora se sentía como una intrusa.
Echaba de menos esa sensación de unión en la desgracia, esa comunión de agradecimiento a los héroes sanitarios, ese sentimiento de formar parte de una comunidad.
Ahora que los miraba de soslayo, sentía como si estuviera hurgando en sus vidas privadas.
Veía a la vecina del cuarto, la que más aplaudía antaño, mientras regaba con mimo sus azaleas.
En el segundo se observaba a la pareja de marroquíes mirando la tele y en el primero a la preciosa Elena peinando a sus muñecas.
Y en ese instante sintió que en su vecindario se había perdido el interés hacia el otro.
Ya no se preguntaba por algún vecino, como se hacía en la pandemia, con temor a que le hubiera atrapado entre sus garras.
Había regresado la indiferencia hacia los más cercanos, hacia los vecinos con los que compartíamos calles y plazas para envolvernos otra vez en nuestro implacable individualismo.
Cuando vi aquella casa de dos plantas de estilo colonial me enamoré de ella. Le di un vistazo con el agente inmobiliario que fue suficiente para comprarla de forma impulsiva. A los dos días estaba de mudanza y fue cuando descubrí que tenía una pequeña buhardilla y un trastero en el sótano; decidí revisarlos cuando terminara el trasiego de muebles. Con tanto ajetreo se me pasó, hasta que, una tarde, asomada al balcón de la primera planta, un escarabajo muerto cayó sobre la barandilla en la que estaba apoyada. Al mirar hacia arriba observé que el canalón de desagüe estaba un poco suelto, y al intentar enderezarlo, una lluvia de hormigas ya resecas y otros bichos similares cayeron sobre mí. Siguiendo su trayectoria, subí a la buhardilla que aún no había examinado y vi con horror un suelo tapizado de cadáveres de insectos. Con gran desasosiego me acordé del sótano y bajé corriendo para descubrir que otro enjambre recubría el suelo, como antesala de una puerta con candado, cerrada al fondo y un cartel con la frase “NO ABRIR”.
Aquel departamento, de aquella mítica esquina, ya no brillaba desde el imponente segundo piso que lo contenía. Su ventanal se custodiaba con un balcón majestuoso, lleno de luces y figuras que asomaban azarosamente durante las jergas nocturnas. Como olvidar lo pintoresco de esa pequeña sala de estar a cielo abierto, semejante a un techo flotante, sostenido por las miradas de los transeúntes curiosos que frecuentaban la monotonía de las calles.
Ahora lucía una imagen penumbrosa, como si el cielo paradisíaco que lo impregnaba se hubiera intoxicado por el tiempo, junto a las nubes que se dibujan en las guirnaldas de humedad que cuelgan de él. Ese departamento, con ese gran balcón, ya no es lo que era. Pero dudo que pierda su magia, de transportarnos a rincones imposibles de llegar con la rutina del día a día. Revive y resignifica sentimientos, vivencias, emociones y estados de ánimo que con el pasar de las horas, días y años, olvidamos que nos pertenecen. Oh!! balcón de las imaginaciones, fuiste, sos y serás el espejo más puro, devolviendo la imagen más exótica y placentera para aquellos valientes que se atreven a mirarte, mientras viajan en la abrumadora normalidad
La lluvia caía con fuerza. Desde el interior del apartamento se escuchaba el suave murmullo del noticiero, la respiración acompasada de mi madre, anclada en la silla que estaba frente la televisión.
—Hay una tormenta en la ciudad. —me dijo en voz alta, tan lejos de la realidad.
Giré hacia ella, la miré por largos segundos y luego volví la mirada hacia el frente. Me apoyé en la barandilla de mi balcón y saludé con un gesto a mi vecina, quien también había salido para mirar la fuerza destructiva de la naturaleza.
Por un momento, quise ser como mi madre. Ver el paso de la vida delante de un televisor, en vez de estar en este balcón y ver cómo todo por lo cual luché se ahogaba en el agua, bailaba en el viento. Mi vida entera desaparecía bajo sus gotas y yo solo podía apretar con fuerza la barandilla, ahogar el grito en mis entrañas.
Venimos al barrio cada verano con el viento rojo del Sáhara. Ocupamos, en un principio, callejas, rincones y zaguanes. Algunas, más atrevidas, salen de día por las aceras y provocan el asombro de los viandantes. Las más afortunadas anidan en la cocina de un restaurante o de un hogar bien guarnecido.
Yo me tengo que enfrentar hoy a esta humana mediterránea que grita y hace aspavientos mientras me persigue con una escoba. Y ya sé cuál puede ser mi destino si no me escondo rápido, lo he visto en mis congéneres: patas y antenas quebradas y a las fauces del estrepitoso monstruo municipal. Después dirán que no es xenofobia.
Una araña enorme y peluda comienza a mover perezosamente sus patas cuando dos tipos con el cuello de la camisa asomando por encima del jersey, y gafas de sol, se encuentran. Escucho distraídamente su conversación, y veo al insecto también. Todo mezclado en la misma escena. Se abrazan, al principio tibios, pero el contacto los confía tanto que apenas se sueltan la mano. Aunque no pasan más de dos minutos, ocurre todo muy despacio, gelatinoso, pesado. Un animal cansado que se arrastra por necesidad, pero sin convicción. Se cuentan cosas de pasada, trabajo, amigos comunes, matrimonios. Cuánto hace, más de veinte. Se quedan callados, incómodos. Uno de los dos busca la frase, el pie para cerrarlo. Como niños jugando al pañuelo. Atraparlo y correr hasta lugar seguro. Bueno, a ver si nos vemos. Otro abrazo, más fuerte este. Y se despiden. Los dos han aparcado al final de la plaza y tienen que caminar juntos quinientos metros más. Los veo alejarse en la misma dirección. A tres metros el uno del otro, no vuelven a mirarse. Y así se queda todo. Porque las arañas, como el tiempo, no andan hacia atrás.
El hombre de negro sale al balcón y estudia las ventanas de los edificios vecinos, comprueba que nadie lo está mirando, se agacha a la altura de la barandilla, enfoca sus prismáticos e inicia la observación. Pasa rápidamente sobre imágenes de familas cenando pizza frente al televisor; ve una pareja que discute con una violencia tal que le hace migrar de ventana. Descubre a dos amantes que han escapado al calor del apartamento y hacen el amor en el balcón, pero como su ángulo de vision no es bueno debe dejarlos y continuar. En una ventana muy iluminada un matrimonio de obesos devora su cena como si fuera la última, y el hombre se retira asqueado por la gula y los churretes de salsa que cubren mentones y papadas. Frente a él, pese al bochorno de la noche, tres adolescentes libran una pelea de almohadas. A través de los prismáticos el hombre casi puede tocar los torsos esbeltos en los que riela la transpiración, siente un deseo inconfesable y escapa del balcón en plena pelea, luego, con las imágenes nocturnas bullendo en su cabeza, enciende el ordenador y, tras un avemaría apresurado, acomete la escritura de su próximo sermón.
Al oír el vocerío en la calle, ella, que se daba ya por viuda tras el terrible episodio, se puso en lo peor y le ordenó al charcutero apurarse, salir de su alcoba y no volver por casa hasta nueva orden, porque los pioneros del espacio suelen ser desconfiados, y el marido era ambas cosas. En la NASA tampoco habrían visto con buenos ojos que la esposa del astronauta se la estuviera pegando al héroe local con un almacenero días después del azaroso despegue y sin tener confirmación del incierto paradero de la nave, quizás rumbo al hiperespacio, si no más lejos. Pero estos datos no aportan nada significativo a lo ocurrido después, menos épico aunque más noticioso, pues al anunciar su inesperado regreso con un sonoro «sal al balcón», ella recordó un viejo anuncio, y con una trayectoria parabólica perfecta, le lanzó un jamón de siete kilos que, si hubiera llevado el traje espacial, este le habría salvado de morir desfigurado y oliendo a sabores de la tierra. En suma, que este relato nos sirva de lección y, en casos así, no nos dejemos llevar por la primera musiquilla que se nos pase por la cabeza.
Aburrida de aburrirse y no tener a quien contárselo, toma una drástica decisión: convertirse en titular de los informativos. Ordena el piso, se ducha, viste el traje nuevo y se despide de los peluches longevos y del consolador en desuso, sus mejores amigos. Sale al balcón. Cierra la puerta vidriera con un golpe preciso. Usa ingenio y gran esfuerzo para encaramarse a la barandilla. Está a punto de realizar el acto más importante en su vida. Tiembla de emoción. Justo cuando va a lanzarse, recuerda que no ha sacado la ropa de la lavadora. Retrocede, pero el cierre de seguridad, cuya función era evitar el acceso a intrusos desde el exterior, le impide entrar en casa. Ese contratiempo la desalienta. Empieza a dudar. Reconsidera el asunto. Mira alrededor. Hay varias plantas bien cuidadas, alguna incluso tiene flores. Siempre quiso hacerse vegana, aunque le faltó valor. Esta es la ocasión perfecta. Se alimentará de hojas y pétalos mientras no vengan a rescatarla; espera que tarden muchos días en descubrirla para que su imagen desmejorada cause impresión. Todos los programas hablarán de ella. Piensa narrar una historia inaudita. La escucharán boquiabiertos. Será feliz por fin.
—Te lo juro, Elena, intento olvidarlo. Intento olvidarme de ese hombre, la expresión profunda de sus ojos, su sonrisa perenne, su boca dispuesta para darme el primer beso, aquí mismo, degustando un café, sus abrazos que envolvían todo mi cuerpo. Hay una escena que me persigue permanentemente: su silueta desnuda entrando por el balcón y aproximándose entre las sombras del dormitorio. No se me borra la necesidad irrefrenable de recorrer su piel con mis labios o el deseo de hacer el amor a la vista de todos, sí, en el balcón. Intento olvidar qué sé yo más de él… Hay noches en las que me despierto empapada en sudor y lo veo alejarse sin volver la mirada, cual superhéroe. Y me asaltan las mismas preguntas. ¿Por qué me dejó? ¿Fue por cansancio, por despecho, lo hizo por otra? Entonces lloro desconsolada como un bebé apartado de su madre. Me excita tanto la idea de que esté con otra mujer, con otras mujeres, que me da hasta vergüenza. ¿Cuántas habrá conquistado? Te lo juro, Carla, intento quitármelo de la mente, pero no puedo.
—Te comprendo, Cristina, de verdad. A mi casa también entraba por el balcón. .
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