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— Te lo juro, Carla, intento olvidarlo. Intento olvidar a ese hombre, la expresión profunda de sus ojos, su sonrisa perenne, su boca dispuesta para darme el primer beso, aquí mismo, tomando un café, sus abrazos que envolvían todo mi cuerpo. Intento olvidar qué sé yo más… Hay algo de él que me persigue día y noche: su silueta desnuda aproximándose entre las sombras del dormitorio. No se me borra la necesidad irrefrenable de recorrer su piel con mis labios o el deseo de hacer el amor en la parte trasera de un coche. Hay noches en las que me despierto empapada en sudor y lo veo alejarse sin volver la mirada. Y me pregunto. ¿Por qué me dejó? ¿Fue por cansancio, por despecho? Entonces lloro desconsolada como un bebé apartado de su madre. Me mortifica tanto la idea de que esté con otra mujer, con otras mujeres, que me da hasta vergüenza. ¿Cuántas habrá conquistado? Te lo juro, Carla, intento olvidarlo, pero no puedo.
—Te comprendo, Irene, de verdad. A mí me sucede lo mismo.
Poco se imaginaban aquellas hermanas casaderas, Carolina, Casilda y Casta, las tres Kas, como las llamaban en el pueblo, que aquel Domingo de Ramos cambiaría sus vidas.
Juntas, joviales y del brazo entraron en la iglesia. Iban de estreno, que a quien no estrena nada en Domingo de Ramos se le caen las manos. Un largo velo de encaje la Casta, zapatos de tafetán negro la Casilda y un chal de entretiempo la Carolina. Al Oremus, mientras Don Severino abría sus manos vuelto a la feligresía, que se levantó de sus bancos, y una vez cesado el ruido de telas y bancadas, las ondas de un sonoro cuesco atravesaron la nave central. Alguien dijo que incluso se oyó el eco contra el retablo. Por mucho que Casilda tratase de mover el reclinatorio con sus tafetanes, para enmascarar con otro ruido el que de sus púdicos tafanarios había salido, la peste a lentejas de Mayorga digeridas no pudo disimularse con el olor a incienso que hasta ese momento envolvía el templo tras la bendición de los ramos.
No salieron a comulgar.
Las Ventosillas, que así las llamaron desde entonces, solo pudieron salir de detrás de sus visillos cuando emigraron a Palencia.
Me hizo gracia que me confundiera con Isabel, no me había vuelto a pasar desde el instituto. La mayoría de mis conocidos de adulta ni siquiera saben que tengo una hermana gemela, se fue a estudiar a Madrid con veinte años y nunca ha vuelto a vivir aquí.
Yo a él lo reconocí nada más verlo. Seguía siendo un tipo interesante, igual que cuando tonteaba con mi hermana. Confieso que no pude evitar seguir con el equívoco y lo puse al día en un momento combinando elementos de las vidas de ambas.
Él estaba de paso por asuntos de trabajo, así que tras un par de copas de vino por los sitios de moda, la conversación nos fue llevando veinte años atrás hasta el momento en el que él y yo estábamos a punto de llegar a algo más.
Terminamos la conversación en su hotel y, ya al despedirnos, me quise morir cuando se acercó para darme un último beso y susurrarme al oído que le diera recuerdos de su parte a Isabel.
Incompletas, invertidas, de costado: saltan de un lado al otro cuando las ve, así que teme esa hora de la clase. La maestra le pide que lo haga en voz alta, por eso lo hace temblando… Estallan las risas en torno suyo y quiere que la trague la tierra: leyó «caca» en vez de «casa» y «lopo» en vez de «lobo».
Oía hablar con aflicción a mi mujer, delante de otros familiares, de una misteriosa nota supuestamente redactada por mí. Por los comentarios que se cruzaban, no había solución al problema derivado de ella. En mi aturdida mente todo era confusión y curiosidad por el contenido del mensaje que me atribuían.
Solo cuando ella habló a solas con Mario, mi primo segundo, pude atar cabos. Parece ser que el habitual ponche nocturno que ella me preparaba no había sido, en esta ocasión, del todo eficiente para suicidarme y me había dejado en un estado comatoso, que los médicos habían diagnosticado de indefinida e irreversible laxitud corporal vegetativa.
¡Que se jodan! Sin muerto no podrán cobrar el seguro de vida.
Sube contenta por las escaleras, su mamá le ha dejado salir sola a por el pan.
No lleva ni dos escalones cuando un hombre con poco pelo y gafas, le dice algo sobre una tal Pepa, ese nombre le suena.
Entre palabrerías que solo una niña de nueve años oiría por educación, la convence para que le acompañe.
Sigue al señor por el laberinto de calles que apenas conoce, después de un rato que le parece un mundo, llegan a un portal donde, no sabe muy bien porque, entra con él.
En ese momento coge a la niña y la sube un escalón, frente a ella, levanta el vestido rojo con flores blancas que lleva puesto e intenta bajarle su ropa interior.
Avergonzada y aterrada, solloza y gime, algo que a él le ofusca y confunde, ante esa situación inesperada decide dejarla ir.
Corre como alma que lleva el diablo, buscando desesperada su hogar, donde sentirse a salvo.
Entra en casa, se da cuenta que lleva el pan debajo del brazo, aplastado lo deja en la encimera, con los ojos llorosos y los mofletes colorados, sin hacer ruido se encierra en su habitación sin decir nada.
Tras meditarlo concienzudamente, Eduardo abandonó su carrera, aquel camino que había empezado siendo niño. De pronto se encontraba extrañado en el mundanal ruido, ante un futuro incierto. Ocupaba su tiempo ayudando en casa y a veces visitaba una librería de viejo. Allí trabajaba Laura. Una tarde que le vio afanado entre los montones de libros se acercó para ayudarle. Pillado por sorpresa, Eduardo fue incapaz de articular una excusa coherente y buscó la salida azorado.
Tras varios días fustigándose por su absurda reacción, volvió a la librería esgrimiendo una disculpa excesivamente alambicada.
Olvidado aquel percance su conversación se hizo más fluida, aunque con una clara tendencia a salpimentarla con matices que invitaban a adjudicarle una cierta posición.
Una mañana, Laura pasó casualmente por su barrio y le saludó, tan amable como sorprendida. Eduardo, que barría la acera ante la portería de sus padres, sintió que el suelo se hundía bajo sus pies, mientras se teñía de rojo su incontrolado amago de sonrisa. Aún fue capaz de blandir la escoba como un malabarista, antes de balbucir: “Aquí, ya ves, pasando el rato”. Laura se hizo cargo de la situación y obvió cualquier atisbo de crueldad con un gesto aséptico.
Sentía la humedad bajo sus pantalones, vergüenzas abajo.
Acababa de despertar, aturdido, no sabía donde estaba. Un pánico, a no sabía que, le atenazaba.
—Mamá — llamó, —¿mamá?.
La vergüenza se mezclaba con la la confusión, al punto de ser la misma cosa.
La señora que estaba frente a él, le dijo, casi le musito.
—No te preocupes cariño, yo te limpiaré.
—Tú no eres mi mamá —exclamó.
La vergüenza tiñó nuevamente su rostro de rojo. Miró en derredor, todo era tan extraño.
Tras él la puerta blanca se abrió, antes de girarse, miró nuevamente a aquella mujer y la confusión se acrecentó. —Porqué caían lágrimas sobre aquellas mejillas desconocidas,—se preguntaba.
Unas manos se posó, acariciando sus hombros, mientras alguien le decía.
—Papá, todo está bien, ya estoy aquí, mamá y yo te cuidaremos.
La descubrí por casualidad. Estaba camuflada con la corteza de una pseudoacacia chupando las flores de pan y quesito. Movía los labios como si le contara al árbol un secreto. Desde entonces convertí el reto de buscarla en mi pasatiempo preferido. A veces la divisaba sumergida entre las margaritas, vestida de blanco y amarillo. Otras, completamente de negro, como prolongación de la sombra de un muro, o de azul y verde, fundiéndose con la orilla del lago. Su habilidad para pasar desapercibida me fascinaba. Nunca observé que tuviera compañía ni hablara con nadie.
El día que, de gris piedra, se difuminaba con un banco en el que estuve a punto de sentarme, decidí hablarle. De inmediato, su rostro se volvió grana como la sangre. Se levantó azorada y corrió hacia un arriate de rosas rojas desde el que me miró de reojo. Lamenté haber provocado aquella reacción, traté de acercarme para pedir disculpas y fue peor: huyó de mí dejando un surco cada vez más profundo en el suelo, hasta que la tierra, por fin, se la tragó.
Nunca volví a encontrarla. Pero a veces acaricio el tronco donde la vi por primera vez suplicándole que me desvele su nombre.
Ese tipo siempre había sido su peor enemigo, pero se había cuidado mucho de que ni lo sospechara siquiera. Pensaba que si le mostraba alguna inquina o un simple mal gesto, el individuo se crecería y tendría que vigilarlo más estrechamente aún.
Su vida había transcurrido entre privilegios y comodidades, sin el más mínimo sobresalto que su muy holgada fortuna no hubiera podido solucionar.
Y esa existencia de lujo era lo que provocaba la envidia enfermiza que ese hombre le profesaba, demostrándole su odio aparentando ser feliz con apenas nada material y acomodándose a una economía de mera subsistencia que contrastaba, vergonzosamente, con la suya. Esa era su manera de atacarle, exhibiendo sin pudor y con una eterna sonrisa su humilde casa, su mediocre trabajo y su familia del montón.
Pero consiguió tratarlo como lo que era, su hermano, para que la familia no sufriera viéndolos dolorosamente enfrentados.
Murió de un infarto fulminante sin que su fortuna lograra salvarlo esa vez.
Sus padres lloraron la repentina pérdida de su único hijo, lamentando amargamente la infelicidad incomprensible que siempre le acompañó desde la extraña muerte, a los doce años, de su adorado hermano mayor.
Tiembla cuando, desde el banquillo de los acusados, sus ojos se fijan en ella. Es ya una mujer adulta, pero esa mirada intimidatoria tiene el poder de reducirla a ninfa en una metamorfosis inversa. Se encoge dentro del traje que ahora parece quedarle grande y duda si tendrá fuerzas para denunciar en su presencia el acuerdo leonino que él le impuso: “será nuestro secreto”.
En su fuero interno maldice sus buenas dotes para la gimnasia, así empezó todo. Era demasiado joven para comprender el significado real de esas caricias “paternales” o esos azotitos cariñosos que él le dedicaba tras los entrenamientos. Si hacía algún gesto de rechazo, la enfrentaba diciendo: pero, tú ¿qué te piensas? Y ella bajaba la cabeza para ocultar el rubor que la abrasaba. Poco a poco las argucias del depredador fueron en aumento. Aparecía en las duchas para “valorar los cambios hormonales” en sus crecientes senos o en el vello púbico, para después hacerse acariciar “eso” que se agrandaba y escupía bajo la presión de sus manitas.
Ahora, las palabras: “zorra, ¿a ti quién te va a creer?” resuenan en su cabeza mientras con un hilo de voz jura decir la verdad, toda la verdad.
Las alarmas de los coches no distinguen entre robo y vandalismo, pero anuncian que algo sucede. A esos decibelios excesivos se suman los de las sirenas de los furgones policiales. El ambiente, tiznado de neumáticos que arden, solo puede ir a peor. Las gentes de bien sienten escalofríos tras cada tintineo de escaparates estallados.
Jóvenes que descargan rebeldía y frustraciones ante una sociedad que no garantiza su futuro, que protestan por alguna causa que sienten prioritaria. Agentes cargados con el peso de restablecer el orden público.
La figura que aparece es tan inconcebible en ese polvorín que todos quedan paralizados. Llega sin prisa hasta la barricada de contenedores. Su quietud imprevista sosiega el escenario. Podrían verse las bocas abiertas de asombro de no ser por los pañuelos en la cara, que finalmente desatan para probar lo que les ofrece. Confundidos, con algo de vergüenza, como niños cogidos en falta, los alborotadores optan por retirarse de forma pacífica. Los antidisturbios también, al tiempo que respiran con alivio.
Hay cosas que nadie debe saber. Esa viejecita entrañable, que repartió pastas caseras con ayuda de un andador, es la nueva mediadora especial contra la violencia urbana.
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