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Se ha parado frente a ti ignorando la lluvia torrencial. De su pelo empapado bajan gotas que recorren el rostro serio, expectante, hasta que en sus labios se forma una sonrisa triste. Tú también sonríes a pesar de las lágrimas. Por fin entra en su camioneta y desde atrás, sentada en el automóvil familiar, ves palpitar el intermitente al ritmo rojo de su corazón. Tu mano posada en el tirador de la puerta se debate entre el deber y el deseo. Justo en este momento, apago el televisor.
Sé que el amor eterno es el que menos dura, que el dolor es un antídoto contra el olvido, pero esta tarde me pesa demasiado la soledad, Francesca, como para llorar también por ti. Necesito desentumecerme de horas de sofá y manta pequeña y recorro la casa como un pez cautivo su pecera. Acaricio la foto del portarretratos que aún me hiere y me encamino hacia el lavabo. Mi cepillo de dientes reposa viudo en el vaso. Me lavo los ojos con agua fría y regreso para soñar que son otras nuestras vidas. Porque tú y yo, Francesca, merecemos, aunque sea por una vez, un final feliz.
Como ya nunca estabas en mis sueños, me obsesioné con la idea de que ni siquiera mi subconsciente pudiera traerte a mí. Por eso me propuse rescatar mi vieja ambición de calcular el olvido. Valoré previamente una serie de indicadores cuantificables, a saber: nuestros secretos, tu sonrisa, el olor de tu pelo, el sonido de tus pies descalzos mientras corrías muerta de frío hacia la cama, todos los ángulos que forman los lunares de tu espalda, y algunos más, no tengo los papales delante ahora. Una vez registradas estas variables obtuve un valor “Z”, que después multipliqué por el tiempo pasado sin ti.
La parte más complicada fue, por lo incomodo, la instalación de un holter cerebral que monitorizó durante días mi actividad pensante, filtrando en los que tú apareciste, y arrojando otro valor que llamé “V”, y que, a su vez, dividí con el resultante del número anterior. Z x T (tiempo): V.
Todo esto dio un área circular e inestable, dentro de la cual, estoy seguro, habita la: “secuencia general del no recuerdo”, un espacio indescifrable que dibuja, como una estrella lejana que se muere en silencio, la tristeza inabarcable de no pensarnos más.
Con el barullo de la sobremesa, nadie se dio cuenta cuando Roberto salió del comedor. Acuciado por una repentina necesidad de sosiego, subió al desván. Explorando los ángulos muertos del olvido, encontró un viejo álbum. Unas pocas fotografías amarillentas habían sobrevivido al paso del tiempo. Pese al deterioro, aún pudo reconocerse en aquel niño con trajecito gris. Quizás se parecía al hijo que nunca tuvo. Por cierto, llevaba la misma ropa que le puso su madre el día en que, después de bañarlo en el barreño de zinc, le dijo con voz entrecortada: “Vas a ir a un lugar donde hay muchos niños como tú, allá te harás un hombre de provecho”. Su padre, que aguardaba afuera, pensativo y con los ojos clavados en el horizonte gris, le tomó de la mano y se dirigieron calle abajo a coger el autobús. Cuando la sobremesa tocaba a su fin, alguien se percató de la ausencia de Roberto y llegaron hasta el desván en su búsqueda. Desde allí se podía contemplar la copiosa nevada. Las huellas de un hombre y un niño, que salían de la casa, dibujaban un misterio que se perdía en el horizonte
El rey Cartabón, predestinado por la rima a ser ladrón, escogió como su reina a Silveria nacida plebeya, quien con artes ancestrales consiguió lo que añoraban perfumadas doncellas desde los pañales.
Había sumido a sus súbditos en la más inmunda tristeza ya que les despojaba de todo sustento con alardes y boatos, dejándoles únicamente inmundos boniatos.
Como buen rey se sentía elegido por el dedo de su dios Potros. Éste le beneficiaba con lujos y tesoros, aunque sólo a él y no a otros.
Los bardos cantaban lejanas historias, antiguas leyendas, en las que el reino era un lugar feliz, donde todos trabajaban por igual, bailaban, reían, nadie mandaba sobre nadie y la justicia les amparaba siempre hasta el fin.
Entonces la nostalgia les invadía, soñando con recuperar aquella mejor vida.
Cartabón era insaciable y nuevamente partió con su reina y sus tres hijos idiotas. Todos sabían que a las semanas regresaría con carros llenos de riquezas, regalados en tierras remotas.
Pero esta vez algo cambió, algo se revolvió. En algún lugar una voz restalló: “Fuera los Cartabones” y el pueblo a una se alzó con azadones.
Cartabón jamás pudo volver y, ya sin boniatos, la alegría vivió su renacer.
Tumbado en el diván de mi psiquiatra, me dice:
–Estás enfermo. Tienes nostalgia y eso es una enfermedad de la psique.
–Doctor, lo que tengo es un vacío –le respondo sin mucho ánimo.
–El vacío es un espacio. Un espacio para la enfermedad –insiste.
–Pues debe ser un espacio muy vacío –dejo caer con desgana.
-Claro, la nostalgia es un vacío grande –sigue diagnosticando.
–Entonces, si la nostalgia es un vacío y permanezco en la nostalgia ¿seré quizás espacio? –le pregunto para calibrar mi enfermedad.
Ya no volveré a caminar por la cresta de una alta duna al amanecer. No volveré a recorrer las callejas del zoco, entre sacos de especias de colores. Ni podré admirar, desde el vuelo de un globo, el latido oculto de la Tierra. Tampoco volveré a ver combarse el horizonte desde el más bello de los faros.
Perderme entre la bruma, escuchar la lluvia golpeando el asfalto, disfrutar las risas de los niños y adormecerme con el rumor del silencio. Nada de todo eso volverá.
Sólo puedo ya habitar tus ojos y sentir tu sonrisa leve, la tibieza de tu mano acariciando mi rostro y el susurro de tu adiós en la penumbra.
Me acerco al objetivo poco a poco. La precaución es máxima; cualquier error puede ser fatal. Bordeo la plaza mirando hacia abajo, sin entretener la vista en la gente que ocupa los bancos donde nos sentábamos a charlar durante horas. Me desvío justo a tiempo para evitar el olor de la pastelería donde comprábamos croissants los domingos. No me queda más remedio que arrastrarme para esquivar la ventana de tu antiguo cuarto, aunque sé que el unte de lodo en el traje me costará una regañina. Al dar la vuelta a la esquina, me veo obligado a recular y ocultarme tras un árbol para no ser visto por la tía María que, por las eses que hace calle abajo, no parece haberse recuperado aún de la borrachera de nuestra boda. Por fin llego, sin ser visto, al lugar de encuentro acordado. De nuevo allí me esperan ellos, con esa cara de fastidio de siempre, mientras intentan convencerme de que debo dejar de escaparme del asilo, que no vas a venir. Te prometo que seguiré intentándolo, amor.
Estoy sentado en las rodillas de mi padre dentro del Renault gris;manejo el volante y siento sus manos sobre las mías.Cruzamos despacio entre dos pinos mientras mi madre le recrimina para que no haga eso, que cualquier día tenemos un accidente. Mi padre controla los pedales, sabe bien lo que hace. Mi padre es muy cabal. En verdad lo era.
Hoy está sentado delante de la cocina y mueve los mandos automáticamente, pongo mis manos sobre las suyas y apago la vitro.
_ Papá, ya hemos llegado.
_¿Quién eres?
Lo único bueno que tiene el infierno es que solo comprendes que se trataba del infierno cuando sales de él (si es que sales, por supuesto)
Felipe Benítez Reyes
—Doctor, desde hace dos semanas me invade una tristeza indecible, insondable.
—¿Algún revés?
—Llevo un siglo sin cambios.
—¿Demasiado esfuerzo físico? ¿Trabaja mucho?
—Lo mismo desde tres años atrás que tomé un trabajito extra de un par de horas limpiando camiones a diario para evitar el desahucio, y otro de vigilante sábados y domingos. En ese sentido, sin variación.
—¿Estrés en su ocupación principal?
—Lo dudo, los clientes de la funeraria se portan. Algunos son realmente pacientes, no sé si me explico…
—¿Cargas familiares?
—Nada. Después de lo de mi mujer y el accidente de los gemelos hace años, estoy liberado.
—¿Cambios en su dieta?
—A mejor. Desde que me abandonara mi esposa, como más fruta. Es buena para equilibrar los platos precocinados.
—¿Alcohol?
—No lo pruebo. Ni cuando me desenganché de las apuestas.
—Tal vez con tanto trabajo, sus amistades hayan quedado a un lado…
—¡Qué va! Cada vez tengo más amigos por correo, ¿sabe? Nada de tecnología. Después de trabajar siempre pongo unas líneas a mano. Todo está bien. Nada ha cambiado últimamente. Pero esta tristeza, doctor, no la entiendo. ¿De dónde viene?
—Ha hecho bien en acudir aquí. Lo suyo es para hacérselo mirar, sí.
Yo, que me hicieron madrileño del 49 en la pila bautismal de Santa María de la Cabeza, tuve la fortuna de pasar cinco años de mi niñez en Lezama, ese pueblo vizcaíno del valle del Txorierri. Mi padre, funcionario desplazado y mi abuelo maestro recuperado de la represalia rehicieron allí sus vidas.
Cuando miro y me ensimismo en los cuadros de José Arrue me lleno de nostalgia y en cada escena pintada me vienen a la mente estampas de mi niñez. Yo he estado allí correteando entre faldas en las romerías en la campa de Sondika. Allí pintado está mi primer txacolí con nueces bajo la parra del portón del caserío. Está Águeda, la etxekoandre a quien yo robaba habas de su huerta y que me llenaba de leche la olluca blanca de mis primeros recados. Y me veo, orgulloso, de la mano de mi abuelo por el camino de Aretxalde, cada 10 de Junio, acarreando, sostenida en mi codo, la cesta de rosquillas de anís, hechas por mi abuela con las que él tenía por costumbre obsequiar a sus alumnos.
Yo he visto esa bolera, ese frontón, ese cura con bonete y he calzado abarcas de goma con calcetines blancos acordonados.
Llueve a mares y hace mucho frío, en mi alma y en mis manos.
Las gotas se estrellan contra el cristal, algunas se quedan en el sitio, pero otras inician un río que confluyen con otros y se aceleran. Llevo una hora mirando y ahora que se acerca mi final, no soy capaz de pensar en mi pasado, lo que hice mal, hecho está y lo que no fue perdonado, nunca lo será.
Mi mente está como vacía, pienso en cosas intangibles de un futuro incierto pero inmarcesibles, eternas, imperecederas, como la familia, la amistad, el no saber que será de ellos, de su salud, de mis nietos no nacidos.
Cuantos sitios he dejado por conocer, cuantas cenas de amigos de toda la vida y otros que hubiera merecido tratar.
Apoyo mi cabeza en la ventana, cierro los ojos y no veo nada de mi pasado, es mentira eso que dicen que lo ves pasar en un instante.
Como romántico que soy, añoro lo que me voy a perder, ese vermut, con su cáscara de mandarina, al lado de la mujer que amo.
Aprecia el atardecer de fuego con que termina el año y, sin embargo, algo se condensa húmedo en sus ojos… Pensaba que el primero de enero lograría desprenderla pero no, sigue ahí, como un viejo suéter que cuelga de sus hombros, tenaz, agazapada, lista para tomarla por sorpresa cuando cree que ha logrado deshacerse de ella, ella, que se basta a sí misma y siempre es dos: la de lo que ya no podrá vivir y la de lo que aún no ha vivido; la de esos estados intermedios en los que no sabe qué es lo que echa de menos…
El mundo aún brinda en todos los idiomas y ella abre el botiquín del baño: la felicidad, que tan fácilmente gorjea en el pecho de los otros, se disuelve en su lengua siendo lo que es: para ella, ni más ni menos que una pequeña pastilla.
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