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La poca luz que entró en mi vida vino en forma de tormentas que apagaban y encendían un espacio tenebroso tejido con un caos de lamentos cotidianos. En una espera sin esperanza, otro cambio en mi destino apagó el albor de cualquier mejora futura. Arrepentimientos y excusas banales llenaron las hojas de un calendario en el que cada día era pero que el anterior. Y mientras mi escasa consciencia, atrapada en ese laberinto, luchaba por dejarse ir, un rostro difuminado contemplaba, a la sombra, su última hazaña.
Tassio se dedica al asunto de los huecos, le viene de familia. A Tassio lo metes dentro de un hueco y es el hombre más feliz del mundo. Para él la clave es excavar, no dejar de excavar, dejarse las uñas rasgando la arena con avidez (Pruebe usted a repetir la palabra “avidez” seis o siete veces seguidas y ya me cuenta) Tassio, decía, tiene clasificados hasta 37 tipos de huecos según su profundidad, el ancho, el largo, el aroma, la humedad e incluso el ángulo de la sombra que proyectan ¿Sabía usted que los huecos proyectan sombras, eh? ¿No? Pues tome nota.
El inconveniente de los huecos, claro, es la falta de luz: cuanto más profundos, más oscuros. Y cuanto más oscuros, más impredecibles: de la oscuridad no puede esperarse nada bueno.
A Tassio lo vieron por última vez a 26 metros de profundidad, visiblemente exhausto mientras rascaba compulsivamente con la uña del dedo índice el fondo de un hueco. Tratando de hacer un agujerito para encontrar otro hueco debajo del hueco anterior, imagino. Y no hemos vuelto a saber de él.
En el recibo de la luz, la simpática mascota de la compañía presentaba en un gráfico el gasto mensual. Así, si éste había subido ponía cara triste señalando la curva ascendente. Para no verlo afligido, el titular de la cuenta resolvió ahorrar. A partir de entonces, sustituyó su moderna vitrocerámica por un hornillo de gas, la lavadora por una piedra estriada, el televisor por un transistor a pilas. Tanto descendió el consumo que la empresa eléctrica prescindió de su gracioso símbolo en sus siguientes cartas.
Con la boca cerrada, el pelo engominado y un trajecito de gala es como están más guapos. Para estas ocasiones, por el mismo precio, tengo uno de almirante con sus puñetas almidonadas y distintas condecoraciones a elegir. Lo podría arreglar la modista si le quedara grande. Por supuesto, este tipo de fotografías reclaman una luz cenital. El efecto viento, que tanto le gusta a la mamá, es caro, pero da movilidad a los cabellos y frescura y dinamismo a la instantánea. Va en gustos, pero el viento me pide a gritos una luz frontal en tono pastel. Siempre aconsejo los ojos entornados porque otorgan más viveza, algo de color en las mejillas y un ligero brillo en los labios. La fotografía es tremendamente caprichosa y agradece estos matices cromáticos. Sin lugar a dudas, aplicaría luces puntuales para iluminar solo esas pequeñas partes. En las manos, algunos padres piden un rosario, otros prefieren crisantemos y los hay que desean inmortalizar a sus pequeños con la Biblia. Si decidieran Biblia, una iluminación contra cenital desde abajo quedaría ideal. Admito cualquier tipo de sugerencias, pero es urgente que tomen una decisión cuanto antes porque pasado un tiempo comienzan a oler.
El perfume de mi madre. El olor a pis en la clase de los parvulitos; la cegadora luz de verano en los campos amarillos de trigo. Las felices vacaciones escolares; siestas obligadas, largos días de juegos en la calle; las bicicletas. Mi piel trigueña bañada en el río. El primer amor; el instituto; larga vida por delante; las aulas de la facultad; el mundo se nos quedaba pequeño; otro amor y el futuro aún parecía muy lejano. Boda, trabajo, familia, nostalgia de juventud; penas y alegrías; hijos, nietos; nostalgia de vida. Despedidas de unos, adioses a otros. Dolor, pérdida, nostalgia por todo. Soledad.
Todavía, las últimas luces del atardecer traspasan la ventana y alcanzan mi lecho. Alguien que no conozco, con bata de plástico, gorro y mascarilla, me toma la mano. Una luz blanca y deslumbrante se me aproxima, voy hacia ella.
Silencio. FIN.
Justo después de dar a luz su vida oscureció.
Habría sido difícil adivinar el escritor que se escondía bajo el seudónimo “Raimundo”. Soltero y solitario, realizaba una colaboración mensual en el suplemento cultural de aquel periódico de provincias. Como enviaba sus escritos por correo electrónico, nadie conocía su verdadera identidad. Tenía una forma peculiar de contar historias, buscando siempre la parte alegre de la vida, con un toque irónico, que gustaba a los lectores.
Por eso, resultó extraño aquel relato del mes de julio, tan alejado de su estilo habitual, donde su personaje, después de una ruptura amorosa, fallecía en su casa, habiendo cerrado a cal y canto puertas y ventanas.
Aun así, nadie preguntó por qué en agosto no apareció su relato.
Ni relacionaron el fin de sus historias con la noticia que a principios de ese mes apareció en el periódico, cuando unos vecinos habían alertado a la policía debido al olor que desprendía el interior del 7A, donde vivía ese rarito de Raimundo.
Al principio fue la luz, intensa y blanca, el mayor obstáculo, obligándome a cerrar los ojos de nuevo y a intentarlo una y otra vez hasta que aquel brillo cegador de cuanto me rodeaba fue desvaneciéndose como la bruma al avanzar el día, descendiendo sobre las cosas que lo emanaban hasta volver a formar parte de ellas, de su contorno primero y su materia después, y acabar definiéndolas en toda su nitidez y contraste. No fue cosa de un rato, sino de días, y todo lo que en ellos pude ver y hacer permanecerá por siempre en mi recuerdo envuelto en un aura ultraterrena.
Nada más salir de la clínica fui a verlo. Me recibió en una silla de ruedas. Casualmente cumplía ciento treinta años, ochenta más que yo, o treinta menos, según se mire. Lo imaginaba así. Nos miramos callados, y hasta temerosos, como si un abismo nos separara. Todavía torpes, mis manos de mamut rebuscaron en el bolso y sacaron un paquetito. «Felicidades», le dije finalmente al entregárselo. Pude ver entonces su respiración agitarse. E incluso una chispa de ilusión infantil en sus ojos al abrirlo. La misma que cuando le traía algún juguete al volver del trabajo.
Llegó en un cayuco a nuestra costa, aferrada a los brazos inertes de un cuerpo frío, y la recogieron los supervivientes de una isla olvidada que nunca habían tenido ocasión de contemplar el arco iris. Por aquel tiempo, el mundo era un inmenso archipiélago de lodo. Por eso, al ampararla en su regazo sospecharon que el destino se había equivocado de paisaje. La niña, clara de piel, tenía un mágico resplandor en la mirada que la distinguía de las sombras agónicas que poblaban aquella insignificante mancha marrón de la tierra desgajada. Y pronto, animados por su viveza forastera y pegadiza, limpiaron los caminos, encalaron las paredes y las ropas carmelitas que dormitaban en los tendales se transformaron en banderines de fiesta. Con ella regresaron la luz del alba y los atardeceres. Por ella recobraron el asombro y el deseo. Pero mientras la niebla insular se desvanecía y brotaban hojas en las ramas correosas, la niña medraba despacio y miraba de soslayo el horizonte en busca de un punto de fuga.
Llegado el momento, la despidieron con música en la playa y, aunque en el cielo amagaban las nubes, la esperanza ya había prendido en el vientre de nuestras madres.
Desperté pasadas las siete tras una noche de náuseas y vómitos inducidos por la quimioterapia del día anterior. Apenas se filtraban unos leves rayos de luz azulada por las cortinas de mi habitación, todavía no había amanecido. Permanecí pensativa en la cama por un tiempo indefinido, agradecida de no sentir más náuseas. Luego un sueño intenso me venció. Cuando desperté de nuevo, sentí que aquellas eran las mejores dos horas de sueño de toda esa noche. Había amanecido ya. Respiré profundamente, sintiéndome afortunada porque el universo me regalaba un día más. Salté de la cama, descorrí las cortinas y permití que la intensa luz de la mañana inundara la estancia. Ojeé el exterior a través de los cristales del ventanal. Las hojas de los árboles y la hierba de la tierra aún no habían tenido tiempo de secarse del rocío de la madrugada y resplandecían como si estuvieran recién enceradas aportando un enfático centelleo. Abrí la ventana asomándome para poder observar el enclave de ese nuevo día. Una brisa suave y fresca me acarició el rostro y mi mente tomó la idea de que ese iba a ser un buen día.
La luz del último verano ha empezado a apagarse en su cerebro.
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