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Dijo que me dejaría acariciar a su perro si le acompañaba hasta su coche. Desde que desperté aquí, echo de menos a mis papás, los columpios, el tobogán y el cajón de arena del parque. Todo eso será lo primero que dibujaré. A la sombra pondré un banco verde, como ese en el que se sienta mamá a descansar mientras juego con mis amigos. Y no pueden faltar pájaros volando bajo el sol, ni un cielo muy azul con algunas nubes de formas graciosas, ni un montón de niños divirtiéndose.
Pero antes, sé que he de permanecer en silencio hasta que vuelva. No quiero que se enfade conmigo otra vez. Si me porto bien, ha prometido que me regalará una foto del parque. La traerá esta noche, junto con papel y lápices de colores. La pegaré en la pared, al lado de mis dibujos. Será como tener una ventana con vistas al exterior.
Más tarde, cuando él se duerma y afloje su abrazo, el dolor cesará. Al mirar la fotografía, desplegaré el álbum imaginario de mis recuerdos y se me inundarán los ojos de estrellas.
A través de la claraboya, es imposible escapar de la prisión de sus brazos.
Entre las viejas fotos del álbum familiar hay una que no ubicamos en nuestra familia. Es una foto antigua en blanco y negro, cuarteada por los efectos del tiempo. Una mujer de edad indefinida, con un collar a juego con sus dientes, mira con la sonrisa en la mirada al dueño de la cámara que la convertirá en un mito en nuestra familia. A mí me parece tan guapa que querría ser ella y estar en una casa anónima, pasando de mano en mano, de intriga en intriga. Ser amante de algún antepasado ilustre de la casa, actriz de una compañía de teatro itinerante, descendiente de aristócratas y hasta fulana de lujo. Tener sobre mí la mirada celosa de las mujeres, la lujuria disimulada de los varones, la admiración de las jóvenes como yo misma, pero tengo que conformarme con mirarla y ser testigo del indulto que se ha ganado una vez más y que la confina en la última página del álbum familiar, hasta la próxima revista.
Dicen que cuándo le haces una foto a alguien capturas su alma.
Y eso fue lo que me pasó contigo.
Estabas apoyada en la barandilla del muelle, mirando como el sol se iba ocultando en el horizonte. Era un atardecer precioso. El ángulo era perfecto, y la luz idónea.
Así que te enfoqué con el objetivo y disparé.
Seguiste apoyada en la barandilla mientras yo me marchaba, ensimismada, mientras el sol terminaba por ocultarse. Yo me monté en el coche, dejé la cámara en el asiento del copiloto y me dirigí hacia mi casa… Tratando de hacer oídos sordos a los golpes que oía dentro de la cámara, dónde tu alma trataba de escapar, implorando, mientras golpeabas el objetivo…
Pronto te reunirías con las otras…
Mientras, una lágrima resbalaba por mi mejilla…
Escuché: «¡Di pa-ta-ta y ya está!» —pero junto con el clic también le oí decir: «¡Amén!» —y la verdad, no entendí el porqué del amén. Si con decir que me había hecho la fotografía bastaba. Aunque lo cierto es que la mañana estaba resultando algo extraña. Todo sucedía de otra manera. Todo estaba cubierto de un peculiar silencio. Ni ladraban los perros ni se escuchaban las gallinas. Y luego estaba lo de taparme los ojos con una venda. Otras veces, cuando jugábamos en el corral a ¿cómo te gustaría fotografiarte si te murieses hoy?, no lo habíamos hecho así. Siempre nos poníamos algún ramo de flores o algún velo sobre la cara y nada más. Como mucho, en una ocasión cogimos el vestido de amortajar de la abuela, que guardaba en el cajón de su cómoda. Pero lo de la venda en los ojos era la primera vez.
Después del amén vino aquel silbido que cortaba el aire. Aquel impacto. Aquella quemazón. Aquel dolor. Aquel fundido en negro. Entonces, comprendí que aquel clic no fue el de su cámara de fotos.
Nos entristeció que su cerebro borrara todos los significados que tanto cuestan entretejer a lo largo de la vida. Nos apenó que los recuerdos hubieran volado de su mente. En las paredes habíamos colgado fotografías familiares aunque ya nada le decían. Y ahí, en la habitación compartida de la residencia, le dejamos para siempre en el olvido pero rodeado de todos nosotros.
Acudió a un estudio fotográfico porque quería un álbum de instantáneas de su vida. ¿Brillo o mate?, le preguntaron. Y también si era más de campo o de ciudad, retraído o expansivo, de ciencias o de letras. Necesitaremos tomarte algunas muestras y en una semana tendrás los resultados, le informaron.
Ahora una impostada vida se desplegaba ante él. Se vio con sus padres, en la facultad, junto a unos amigos, con su pareja, en una reunión familiar, durante un viaje exótico, trajeado en una ceremonia festiva. Todo bastante convencional. Pero así lo deseaba.
Luego se pondría por enésima vez una de sus películas favoritas: La invasión de los ladrones de cuerpos.
Eras tan hermosa, aún te recuerdo, y han pasado ya… no se cuantos años. Te lloré, no me avergüenzo, eras mi compañera, siempre fiel, siempre atenta a mis deseos.
Sentir tu calidez en una tarde de invierno, sentir tu aliento en mi rostro, tus caricias, tu mirada tierna. Pero ya no estas, no puedo dejar de recordar aquel momento del adiós, mi llanto y tu dolor, la impotencia, el tener que dejarte ir, apretar mis puños y mi corazón.
Llovía cuando nos presentaron, tu pelo chorreaba, nos miramos y fue amor a primera vista, eras pequeña, alegre, le diste vida a mi entorno y yo te ame.
Desde el retrato me miras, estamos abrazados, mi rostro es de felicidad. Cuando diste a luz a ese ser que me acompaña no pensé que te podía perder, nunca me lo imaginaba, hoy observo la foto con nostalgia.
¿Sabes? Se parece tanto a ti, pero aún es muy pequeño y sigue destrozando cosas, pero ya me acostumbré, es como si estuvieras, aunque nada te reemplaza, fuiste la compañera de mis mejores y peores momentos.
Tu cachorro me mira y no entiende mis lágrimas.
Otro día más viviendo en esa caja de zapatos. Las señoras vestidas de blanco la atendían constantemente. Al mirar las fotos en la mesita de luz, se le encendió una chispa en los ojos. Se sintió menos sola. La inundó ese recuerdo de libertad, esa plenitud que la había abandonado. Recordó a su Concepción natal: las madrugadas de pesca en el Paraguay, sus pies embarrados, el olor a río. Su mamá siempre hacía cocido con pan. Todas las tardes calurosas se amortiguaban con un tereré. Sumergida en sus pensamientos no le importó que un joven entrara en la habitación, con un bebé en sus brazos. Ella estaba enfocada en ese ida y vuelta, donde un recuerdo la llevaba a otro. Miró por la ventana: los edificios la rodeaban. Sintió claustrofobia.
El joven se sentó a su lado, alzando al pequeñito. La mujer lo miró detenidamente y, luego de unos minutos, se acordó de él. Abrazó con fuerza a su nieto, que ya se había convertido en padre. Se le cayeron algunas lágrimas mientras sostenía entre sus manos las manitos de su bisnieto.
A veces presiento tras la ventana la sombra turbulenta de la fábrica abandonada, de su esqueleto de chimeneas erectas que me hacen pensar en el día que la rescaté. Habíamos quedado Antolín, Felipe, Roque y yo en el viejo almacén de bobinas. Allí, tras un bidón vacío, escondíamos las revistas y los cigarros, y pasábamos las horas explorando juntos la supuesta hombría bizarra de los quinceañeros.
Ese sábado, Felipe, cansado de inspirarse con el manoseado papel couché de siempre, sacó la foto del bolsillo. Esa foto en la que papá te abrazaba en la playa, ambos erizados y mojados de mar. Quizá se la diste tú, jamás pregunté cómo la había conseguido. Le pegué un puñetazo chorreante de rabia, se la arrebaté y salí corriendo. Aquella tarde perdí un amigo y quedé como defensor de un honor familiar que me importaba un carajo.
Años después , cuando padre solo es un montón de cenizas y tú ya ni me hablas, aunque madre se suicidara por culpa de vuestra traición, aunque tiempo atrás recortase tu cuerpo de sirena y lo pegara junto al mío, aquí sigo, atormentado por la inmortalidad de ese abrazo que jamás logré que me dieras a mí.
Algo extraño está ocurriendo en nuestro edificio. Todo empezó con una pequeña vibración, como si fuera un espasmo acompasado que provocaba un crujido de pared a pared cuando caía el sol. A los pocos días empezaron a sonar ecos en el portal, acompañados de un extraño olor amargo en la escalera. He de confesar que no hicimos nada más que mirar para otro lado y fingir que no nos dábamos cuenta. Hasta que esta mañana se empezó a humedecer la moqueta del tercero. En pocas horas, la humedad se hizo charco, y el charco torrente. Cuando nos hemos querido dar cuenta, estábamos todos anegados de agua semisalada, saltaban chispas de los enchufes y se desconchaba el gotelé. Ahí fue cuando buscamos el origen del desaguisado: el apartamento 32. Los bomberos acaban de echar la puerta abajo, pero ya ha parado la inundación. Solo quedaba ella, tumbada boca abajo, con los cabellos flotando en el charco de lágrimas y los restos de una fotografía de boda aún en la mano.
No pude evitar sonreír cuando encontré aquella foto entre las páginas de Madame Bovary. Esas rodillas raspadas, esas manchas de chocolate alrededor de la boca. Mi brazo sobre su hombro. Cuántos recuerdos de la infancia impactaron de golpe en mi viejo corazón, cuántas tardes de juegos en el callejón.
Con los años, he perdido esos mofletes y esa energía, pero aún conservo el mismo brillo en la mirada. Mi mejor amigo sigue más o menos igual, imprevisible e invisible, como siempre.
Para el bautizo de su niña encargó cuarenta imanes con una fotografía del bebé saliendo de un cogollito color crema. Los repartió entre sus familiares y los que vinieron desde lejos de la parte de su marido a la celebración. Una fiesta interminable que montó a regañadientes en una finca alquilada. Pero su suegra, tras el segundo día de fastos familiares, le dijo que le parecían pocos. Ella regresaría a su casa y tenía compromisos. Necesitaba más imanes: para todos los vecinos, para sus amigas de las meriendas de los jueves, para los feligreses de su parroquia. Y para unos primos lejanos que no habían podido venir al festejo. A la mamá de la criatura le horrorizó la idea de en el vecindario de su suegra las puertas de todas las neveras lucieran a su niña junto a una imagen de la torre Eiffel. O todavía peor: diluida en una masa indistinguible de niños bautizados en ese pueblo de mala muerte en el que todos tienen que estar en la casa de todos y de cualquier cosa se tiene que hacer una competición. Se negó, desafiante, aún a riesgo de que lo siguiente a celebrar fuera su divorcio.
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