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— Ponte el abrigo marrón. Hace frío.
— ¿Desde cuándo tengo un abrigo marrón?
— Si hombre, el que compramos en las rebajas.
— ¿El verde, dices?
— ¿Verde? ¿Cómo verde?… ¿Esto es verde?
— ¡Claro! lo que te decía.
— ¡Vamos a ver! Esto es marrón de toda la vida. ¡Marrón!
— ¡Y una mierda marrón! El marrón no existe.
— ¡No existe, listo! ¿Y esto qué?
Desesperada sacó unos zapatos, una chaqueta de lana y algunas prendas más, en distintas tonalidades de lo que, a todas luces, era marrón.
— Pues tus zapatos son verdes, como mi abrigo. La chaqueta es naranja fuerte. En cuanto a lo demás, no me pienso pronunciar ¿o es que te crees que soy un parvulito que está aprendiendo ahora los colores? Y, por cierto ¿por qué te gastas tanto dinero en ropa? ¿Y cuántos pares de zapatos tienes ya? Y al final, todo para ir siempre con el mismo pantalón vaquero y esas botitas ridículas que tienen más años que el sol.
— Y que, te lo recuerdo, son marrones.
— ¿Eso marrón? Eso es del color de la arena de la playa y no tiene un nombre
definido.
— ¡Vete a la porra!
— Las porras sí son marrones ¿Ves?¡Tú siempre quieres llevar la razón!
Están sentados en un mismo banco de la comisaría. El más joven, en el medio, está aterrado. Ha robado una gallina y podría caerle un buen marrón; si lo encarcelan, quién cuidará de su madre y sus hermanos.
El de la derecha respira tranquilo —su padre está en la oficina del jefe—, y se divierte mirando chicas ligeras de ropa en su Ipad. Se escuchan risas. Él sabe que, aparte de elegante y generoso, su papá cuenta los chistes como nadie. También hablará de hombres. De su condición; que son como son; no pueden evitarlo. Y de mujeres. De cómo van algunas.
El que está a la izquierda del banco es un hombre con cara de pobre. Uno de los guardias, parco en educación, se dirige a él espetándole que se ha desestimado la denuncia… «Su hija iba como una puta, muy provocativa». Encogido y evitando mirar a los presentes, huye arrastrando sus pies y su impotencia.
Es hora de comer. El bien trajeado sale del despacho. Recoge a su hijo que restaba solo en el banco. Apaga su Montecristo con la punta de sus Louis Vuitton y reserva mesa para tres en un afamado restaurante de la ciudad.
La había perdido y no había podido llorarla. Tuvo que ser fuerte mientras le sostenía la mano, marrón y marchita, en la clínica. Su hermana menor estaba allí con ambos, no podía verlo destruido. En el velorio sus otras hermanas, las mayores, lloraban desconsoladamente; él tan solo las abrazaba, no podía decir nada.
Luego de esto, siguió la rutina. Felipe tenía cuarenta años, esposa e hijos. Era un hombre y los hombres no lloran.
Bueno, esto era lo que él se repetía para convencerse. La verdad era que necesitaba largar ese dolor lo antes posible. También necesitaba un abrazo, que su esposa le dijese que todo iba a estar bien, que esa angustia que sentía en la boca de su estomago se iba ir y que iba a poder seguir adelante. Buscaba el momento pero no había ninguno.
Una noche no aguanto más. Se puso de costado, se puso la almohada sobre su cabeza y rompió en llanto. Su esposa se sorprendió. Desde que se casaron no lo había visto llorar ni una sola vez.
—La extraño mucho, amor. No sabes cuanto.
Ella lo abrazó mientras recordaba con nostalgia a su suegra.
El asustado animalillo miraba desesperadamente hacia arriba mientras, tumbado sobre un lado, agonizaba sin poder apenas respirar. No entendía cómo había ido a parar, de repente, a esa especie de jaula oscura, de color marrón terroso y con el suelo tan desagradable y resbaladizo.
Intentaba inútilmente ver algo que explicase qué hacía allí, por qué tenía la boca tan dolorida y por qué le faltaba el aire.
Fue entonces cuando, de pronto, tras un grito espantoso, una especie de zarpa lo cogió y lo lanzó, con desprecio, al aire. Cayó de golpe en algo blando y azul, y en ese instante recordó que ya había estado antes allí.
El pececillo estaba de nuevo en casa.
Toda su vida había trabajado de zapatero.
Había aprendido el oficio de su padre. Su pericia manejando el fleje y el martillo remendón no conocía igual. Era respetado y admirado por todos sus vecinos y compañeros de profesión.
Pero siempre tenía un aire de tristeza en su cara. Nunca había podido lograr su mayor ilusión.
Fabricar unas botas que pudieran hacerle volar.
Su mujer le animaba todos los días. No sabía que hubiera sido de su vida sin ella. Probablemente se hubiera rendido hace tiempo.
Siguió insistiendo, hasta que un soleado día de Mayo, por fin lo consiguió. Su mujer le dedicó la más dulce de sus sonrisas, y el por fin se sintió feliz. Hoy era el día. Iba a cumplirse su sueño.
Subió al tejado del edificio y se calzó las botas marrones que llevaba tanto tiempo perfeccionando. Se asomó a la calle y saltó…
Y por fin pudo volar, y sentir el viento en su cara…
Ese día nadie fue a poner flores en la tumba de su mujer, cómo venía haciendo desde hacía seis años sin fallar una sola vez, cuándo el temible azote de los tiempos modernos le había apartado de su lado…
Nací con una ciénaga en las entrañas. Cuando cumplí un año, mi padre se marchó de casa avergonzado. Dicen que no pudo soportar ni un día más que el fango de mi llanto le embadurnara la camisa. Mi madre siempre trató de quitarle importancia y me aseguraba que yo era hijo del Rey Tritón.
Los médicos analizaban desconcertados el limo lleno de gusarapos que corría por mis venas y mi orina color café. Como nadie sabía decirme por qué el barro ensuciaba todo en mi vida, lo de ser mitad anfibio me pareció lo único verosímil. Andaba buscando algún pantano recóndito al que huir en soledad, cuando te conocí.
Eras luminosa y transparente. Y no sé cómo lo hiciste, pero tu naturaleza cristalina y sin manchas contrarrestó mi existencia lodosa. Poco a poco, con la efervescencia de tu saliva, mis fluidos se tornaron claros y llevaderos. A su vez, tu carne incolora comenzó a broncearse y perder fragilidad, y abandonaste tu forro de algodones.
Encantados con la extraña simbiosis de nuestras rarezas, intentamos vivir como personas vulgares. Y un día, paseando por el parque de la mano, nos dimos cuenta de que, por fin, la gente había dejado de mirarnos.
“El Rápido de Cubas” era un tonto comarcal de los años cuarenta. Ligero andarín, cachava en mano, apeonaba por toda Trasmiera. Asombrosamente ubicuo, de ahí su mote, además de en todas las romerías, decían haberlo visto casi a la vez en Ajo, en Sobremazas o en Pedreña.
Eso sí, a las seis de la tarde, cuando mi madre llevaba las ollas de la leche al puesto de recogida de la Nestlé, aparecía dando un salto de entre los maizales, apoyaba una mano en el pescante del carro y le mostraba su sonrisa babosa mirándola embobado.
──Tinuuca, aamor mío ──decía── mira que cinturóón marrón nueevo tengo; es boonito ¿veerdad?
A ella le desesperaba el continuo acoso de aquel inocente y queriéndose librar de él lo amenazaba con la vara de azuzar al caballo.
── ¿No iráás a peegar al paadre de tus hijos?, respondía el Rápido resguardándose la cara tras su codo.
Y porfiaba fiel a las voces que retumbaban en la chácena de su desajustado cerebro: “vueelve José, que Tiina te quieere”.
El genio de mi tío Gelio y un forzado remojón en el bebedero de la “Fuente de los Curas” dieron fin al asedio y le apagaron aquellas voces.
La vida en rosa. Siempre que recordaba esa canción pensaba en lo bonita que parecía ser la vida en ese color. Pero ahora que tantos años pesaban sobre ella, sabia que por lo menos en la suya, el rosa solo apareció en algunos momentos.
Las preciosas letras de las canciones, las felices historias de los libros, la habían hecho pensar que existía la vida en rosa
Ahora que había agotado sus mejores años, sentía que como la publicidad engañosa, así había sido un poco su vida con tantas cosas sin lograr.
Pero su balanza se inclinaba hacia los momentos rosas, como su mano se inclinó hacia aquellas pastillas que harían que todo se volviera rosa.
Las nueve de la noche, con la mirada perdida sale del salón camina hacia el pasillo, nada más entrar se golpea el codo y queda sin respiración. Hoy no ha dormido apenas, había once hombres esperándola y estaba dispuesta a derrotar a todo el mundo. Tiene mucha suerte últimamente y no perdona. Se acerca a la cocina y coge fruta, se la termina en la habitación rosa. Está desfallecida, por la mañana debe viajar y no le gusta. Además, sigue sin recuperar su edredón rosa de la suerte y eso la preocupa. Está convencida que lo han extraviado en la tintorería. Tumbada en la cama suspira de alivio por no tener nada que hacer. No es hábil relajándose y comienza a repasar con gusto las historias de algunos ludópatas a los que desplumó, le parecen fantasiosas, absurdas y manipuladoras pero constituyen su pasión favorita, le acarrean el sueño y derriban la presión diaria. Cada mes selecciona una a la que perdona la cantidad de la deuda y da esperanza para que juegue más y más. Se quedaba dormida cuando irrumpe en la habitación el jugador de quince años.
–Vamos a repetir la partida, zorra-, grita apuntándola con una pistola rosa.
La luz rosa del neón de la fachada se colaba en la habitación a pesar de que ella había cubierto toda la ventana con las fotos de los sitios a los que iban a ir juntas cuando pudieran ahorrar un poco. Era una suerte que les dejaran usar esa habitación encima del club a tan buen precio; así quizá para el verano conseguía llevarla a la playa. Como todas las noches dejó a la niña metida en la cama y bajó a trabajar. Cuando volvió ya estaba dormida abrazada a su unicornio rosa. Apagó la tele que hacía de canguro de su hija, se quitó los tacones y se fue directamente al baño. Se dio una ducha. Cuando se sintió limpia se puso el pijama y salió. Se recostó junto a la pequeña. Sentir su respiración le ayudaba a volver a ser ella, la mamá de Marta, a poder dormir. Cerró los ojos, soñando con cambiar el rosa neón que teñía sus noches por un dulce despertar en rosa unicornio. Durmió un par de horas y se levantó: para llevar a Marta al cole y seguir soñando juntas con una vida mejor.
Como todo buen perezoso, apartaba de su horizonte cualquier asomo de imprevisto. Se sentía cómodo así: del mismo color del Megane en el que iba a diario al viejo edificio de la Junta. Despachaba expedientes mecánicamente: oficina número ocho, al lado del ventanal. Y después del obligado parte meteorológico con Juanjo, el vigilante de seguridad, volvía a casa siempre por la calle Dr. Torres, justo en el momento en que se cerraba el semáforo. Cruzaban, invariablemente, las mismas caras, y su mayor osadía consistía en hurtar el último espacio de la parada de taxis de la Ronda Extremadura, para comprar el pan en el quiosco de Paco.
El día en que todo cambió sintió miedo. Es cierto que Mayte y él lo habían planeado, perseguido y hasta modestamente soñado, pero la incertidumbre –y más para alguien como él- opera como un mecanismo mal engrasado: cruje cuando empieza a funcionar. Sin embargo, todo salió según lo previsto. Mayte le miraba con la sonrisa leve, rota aún por el cansancio, y cuando la enfermera dejó a Andrea en sus brazos, su manita diminuta puso en el cristal de sus gafas un desconocido torrente de seguridad, ternura y color.
Mientras me grita el moro de mi jefe, intento tomar notas. Me viene a la cabeza cuando Pedro, el Ermitaño, y Walter, el Indigente, convencieron a una multitud de gente humilde para participar en la cruzada iniciada por el Papa. “No te pago por pensar”. Llenos de fe pero sin armas llegaron a Constantinopla donde el rey Alejo había solicitado otro tipo de ayuda contra los seleúcidas. “Qué desastre de informes ”. Su sola presencia se había convertido en una carga para la ciudad, así que los condujo al frente. “El jefe tiene siempre razón y punto”. Fueron lanceados y aniquilados, pero algunos se salvaron porque se convirtieron al Islam. “Sí, jefe, lo que usted diga”.
Bolígrafo en mano, intento reprimir el latido acelerado del pulso mientras tomo notas, mientras aguanto el aliento en la nuca y los gritos con lanzas de saliva entrecruzadas. Es ceder demasiado a la imaginación sentir cómo se humedece la piel, cómo el tiempo se convierte en una coordenada inútil, cómo la tinta resbala mezclada con el sudor y la sangre, cómo los informes se tiñen de un color rosado, clavada la punta una y otra vez sobre su cara descreída, como un minarete en el crepúsculo de Constantinopla. O quizá no.
Cuando cerró la puerta, reescribí, de nuevo, los informes.
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