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Estaba echado sobre la arena de la playa, medio dormido pensando en algo que como de costumbre no me acuerdo, cuando un mapache apareció entre la maleza de los árboles que adornaban el paradisiaco lugar. El animal tenía que formar parte del mismo, ya lo había visto merodear con toda su familia por los alrededores del pequeño bar donde había pasado para tomar un delicioso café con leche cerca de la playa. Sus tonos marrones lo hacían ver más feroz, que no lo era en absoluto; su instinto de supervivencia por la presión humana hacia todo lo que inspira naturaleza los está obligando a alterar sus costumbres y, lo que es peor, peligrar su futuro. No puedo seguir escribiendo porque, buscando algo que llevarse a la boca, de entre mi mochila vino a gustarle mi inseparable block de notas y el lápiz. Ojalá no se los coma, y escriba en él lo harto que están de nuestro insostenible comportamiento.
De las ruinas solo brotan rencores, asegura su madre mientras contempla el paisaje desolado. La joven no le hace caso, en el fondo sigue siendo aquella niña que perseguía el vuelo de los pájaros como si fuera posible alcanzarlos. Ayer lo vio en una azotea y está segura de que el muchacho, a su vez, también se fijó en ella. Desea encontrarse de nuevo con él y necesita un vestido apropiado. Consigue uno demasiado ligero para el tiempo que hace, pero mejor que los harapos de cada día, ennegrecidos de hurgar entre los escombros. Se planta en medio de lo que en algún momento fue una plaza donde las parejas se daban la mano por primera vez y divisa en una ventana ese uniforme marrón que tan bien le sienta al joven militar. No puede distinguir su rostro con claridad, pero imagina cómo sus ojos la observan con interés, cómo la buscan tras la mira telescópica, justo antes de que se le llene la boca del estómago con un dolor punzante, de aquellos que anuncian amores no correspondidos.
Yo tenía siete años cuando mis padres reformaron la casa para dotarla de baño. Tal hecho puso fin a nuestra ancestral contribución a la cadena trófica, realizada mediante regulares visitas a los campos circundantes, además de permitir que subiéramos a un tren del progreso en el que como mínimo tendríamos derecho a asiento. No evitaría sin embargo que el canto de los petirrojos en invierno, por poner un solo ejemplo, me evocara por siempre aquel frío en la piel desnuda, así como el vapor de mis orines cayendo sobre la escarcha de un suelo minado de excrementos.
Marta y yo hacíamos nuestras necesidades matinales muy cerca el uno del otro, aunque separados por una barrera de saucos que impedía que nos viésemos. Nunca nos habíamos hablado, pero ocurrió que un día la oí gritar y corrí a ver qué pasaba. No he visto jamás una imagen más pura que la suya entonces, llorando de pie junto a una flamante deposición. Enseguida comprendí todo, e intenté tranquilizarla diciéndole que yo había pasado por lo mismo, y que las infusiones de nogal me habían curado. Una vez superado el miedo, huyó avergonzada. Amor y lombrices: he aquí otra de mis inevitables asociaciones.
Recuerdo el barro encastillado en el cauce del regato. La presa improvisada que paraba las hojas desterradas de los árboles. Las ramas desnudas saludando al viento de poniente. Allí jugábamos, entre los troncos de los chopos. Allí, sobre los restos moribundos del follaje, rumiábamos el sabor de los secretos. Los primeros secretos que apenas asomaban bajo la densidad espesa de la broza. Una envoltura de humedad nos protegía. Temíamos más a las pisadas cotillas de los viejos que al olor de la manada. A ella le era indiferente el humo furtivo del tabaco, los besos que, como ámbar prohibido, bebíamos a escondidas. Se asustaba de nosotros y buscaba la carne del corzo hacia los riscos.
Las blancas columnas que guardaba Nicole bajo la falda, y el orujo destilado de las risas del último verano, quemaban las tardes después de la merienda. Imitábamos el aullido de los lobos cuando la luna rompía el horizonte y habíamos saciado, solo en parte, el hambre adolescente. Dejábamos por fin el agua en libertad y en parejas, de camino hacia la ermita, apurábamos a sorbos nuestros labios, hasta que la preocupada voz de nuestras madres apagaba la luz lasciva de la noche.
Sobre el verde de los trigales sin madurar entornamos nuestros cuerpos rendidos…
Bajo el azul de un cielo amenazante pero lisonjero en el agrado que producían sus primeras gotas…
Tras el naranja del astro que juega a esconderse para renacer con más fuerza en las postreras horas…
Desde el amarillo de mi atuendo de jornalero culminada la tarea adscrita por el señor…
Hasta el púrpura de tu vestido de cosmopolita hija de aquel señor…
Ante el blanco de tu sonrisa que parecía esconder certezas que mi ignorancia no lograba barruntar…
Hacia el rojo, que dicen se asemeja a la pasión, cuando en un guiño apagaste mis sentidos y me murmuraste:
Entre todos los colores apagados no fui capaz de elegir uno que me significara…
¿Y dónde queda el marrón?
En la tierra que cubrió mi cuerpo inerte cuando me susurraste adiós.
El guerrero se posiciona. Protege su cuerpo con el escudo de bruñido bronce que lleva labrado un gran sol, solo queda al descubierto el penacho de plumas verdes adornando su casco, que por efecto visual parece dividirlo en dos mitades.
Durante la contienda se han cruzado dos veces sus espadas, y el del verde penacho le ha vencido en buena lid, las dos veces ha perdonado su vida. Nada sabe de él y nada ha podido averiguar sobre su procedencia, sus guerreros no lo han visto jamás. Es imponente su porte, y soberbia su actitud frente al enemigo, más propia de una divinidad que de un guerrero. Decide aguardar hasta que haga un movimiento. Ahora él, desde su posición sobre el caballo piensa que quizás esta vez sea él el vencedor. Sujeta la lanza, muestra su bronceado pecho desnudo que brilla como su casco, adornado con filigranas del que cuelgan borlas de hilo teñido en intenso rojo, y comienza la embestida.
Uno se levanta, el otro azuza su caballo. A la carrera uno, al galope el otro. Con espada y lanza en mano se enfrentan. Sucumben dejando bajo sus cuerpos la tierra coloreada de color marrón caoba.
A la de tres se abalanzaron casi todos sobre la mesa del profesor de dibujo. Los primeros lápices de colores en desaparecer fueron el bermellón, el rosa y el amarillo, los azules celeste y marino. Dejados de lado, con pocas aspiraciones, se resignaban a la soledad el verduzco botella y un marrón hojarasca. Pasó algún tiempo antes de que la muchacha con cojera llegara al escritorio. Sentía las miradas rastreadoras de los demás niños posadas en la muleta que le permitía caminar. Se dio prisa en introducir en el bolsillo de su atuendo a los dos supervivientes de la criba. A ella no le molestaba porque desde hacía semanas sus láminas eran todas iguales. Y tal vez en esta ocasión, con esos tonos aún se acercaría más al oliva de los uniformes militares y hallaría el cobrizo de las bombas de racimo que cayeron aquel día sobre la aldea ahora tan lejana.
Mi madre, después de 10 años ausente, volvía al pueblo casada con un negro, con un niño mestizo de 6 años y un embarazo de riesgo.
Yo era el único niño negro de la clase, todos me miraban raro, incluso recuerdo como me tocaban a ver si mi color desaparecía. Entonces no entendía de razas.
Fui creciendo, rodeado de niños blancos. Años más tarde, volvimos a Senegal. Mis padres médicos los dos se habían conocido cuando mi madre llegó de cooperante y allí estaba nuestro hogar.
Así que con 10 años, empecé en otro colegio rodeado de niños negros, y también allí fui el niño diferente, mi piel más clara que la de todos ellos y con unos ojos azules, nada común en esa tierra.
Ahora con treinta años, entiendo de razas, soy Marrón.
Lo último que escuché tras la inyección de la anestesia fue “Las manos están muy mal”.
Al despertar en la habitación, aunque dolían, las note al final de mis antebrazos y en un instante supe lo que querría acariciar cuando fuera posible.
Quise verlas, pero al levantar la sábana vi que no estaban y todo se desmoronó.
Mientras me caían las primeras lagrimas fue cuando la percibí a mi lado con esa sonrisa que tantas veces había aplacado mis rabias de la impotencia.
Me leía como un libro abierto, así que se levantó y se puso a horcajadas sobre mí y se levantó la falda. No llevaba nada debajo y mostró su castaña selva rizada. Anduvo de rodillas sobre mí hasta donde era imprescindible y bajó su ropa dejándome a oscuras.
Lo consiguió de nuevo. Esta vez con la humedad y los relieves que me transportaron fuera de los sinsabores del momento.
Mientras se iniciaban los fuegos artificiales, ella los acompañaba con sus jadeantes palabras: No te vas a librar, mi encantador colibrí.
¿Sabes que es el cuadro más visto? Un contenedor marrón que interpela desde una calle oscura casi desierta. Todos me felicitan por el mensaje ecológico. Ahora que el mundo se acaba, la gente necesita recordar que puede hacer algo. Muchos encuentran sugerente el ramo de rosas que dejé asomando por su boca, el último que me regalaste. Yo les digo que todo, incluso lo marchito, puede reciclarse. En cambio, nadie se fija en la figura que se insinúa en la penumbra. Seguro que te reconocerás. Estás de espaldas y con una maleta, como aquel aciago día. Ayer creí verte entre los visitantes de la galería, pero no eras tú. Hoy me he pasado las horas al lado del cuadro, esperándote. Mañana es el último día, cierro la exposición.
La mujer salía de su piso cuando un alarido angustioso la hizo detenerse. No identificó enseguida el origen del grito, pero supuso que provenía de los nuevos vecinos: tan diferentes, tan callados, de piel marrón, aunque ella siempre tapada de la cabeza a los pies. ¡Cómo odiaba ella ese color desde el colegio de monjas! El segundo chillido desgarrador se sucedió seguido de un montón de improperios ininteligibles y más lamentos. Rápidamente llamó a la policía. “La está matando el marido”, afirmó cuando llegaron. Tiraron la puerta, que cedió fácilmente y encontraron a la joven tirada en el suelo gimiendo de dolor ante la inminencia del parto. Estaba sola y resultaba difícil entenderla, pero sí parecía que algo iba mal. A la vecina nadie la había invitado a entrar, más se buscó la vida para fisgar la vivienda y hubo de sobreponerse a lo que vio y sintió. Hacía mucho frío, olía mal y apenas había comida.
El niño vivió pese a tener el cordón umbilical doblemente enroscado en su cuello. Nació blanco, pero su tono iría cambiando. La vecina, que pasaba a ayudarles a diario, se pregunta todavía porqué le faltan colores al arcoíris
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