Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

CORAJE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL CORAJE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto CORAJE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 de MAYO

Relatos

75. De tierra (Patricia Collazo)

Mi abuelo era el último granjero del pueblo. Cuando murió, lo hizo sobre su tractor, ambos se detuvieron al unísono. Papá y yo los encontramos en la finca de los frutales sobre un surco inacabado, el primer fin de semana del otoño. Tenía las manos aferradas al volante y no se las pudimos despegar. Las durezas de sus palmas se habían fusionado con la cinta marrón con que el abuelo lo había enrollado.

Yo recordé la tarde de verano en que le había ayudado a hacerlo. «¿Para qué le pones la cinta?», pregunté. «Para que no se le pegue la tierra», dijo el abuelo. «Pero se le pega a la cinta, ¿no?». «Sí, por eso se la ponemos marrón, para que no se note…».

Ahora la cinta, las manos del abuelo y su tractor eran uno solo. Marrones, ocres, como si todos hubieran madurado a la vez. La carrocería del tractor antes verde, y los ojos del abuelo, antes azules, habían mutado al color de la tierra.

De tanto intentar separarlos, habían empezado a deshacerse en terrones. Hubo que dejarlos allí.

Después de las primeras lluvias, eran apenas un montículo. Y al poco, desaparecieron. En el pueblo, nadie lo notó.

74. COSECHA ENTC

Cosecha ENTC envejece en convocatorias anuales desde el año 2012, manteniendo un carácter fuerte, vanguardista e innovador. De color negro sobre blanco tradicional, o blanco sobre diferentes colores, según la época de cosecha, presenta una excelente intensidad aromática de frutos silvestres —arándanos ecológicos— y manzanas dulces o con diferente nivel de acidez. Se fermenta en clima húmedo y frío animado por una tenue brisa del Cantábrico, en medio de un paisaje montañoso salpicado de maderas nobles (manzanos, nogales y el Árbol de los Deseos). En vista y oído destaca su buena estructura y equilibrio entre el respeto y la ilusión. Gran versatilidad temática y narrativa de elaboración minimalista. Guardado sobre mesilla de noche puede degustarse en pequeñas dosis antes de empezar a soñar. También es ideal como acompañamiento de tardes lluviosas en invierno, de veranos calurosos, o de trayectos cortos realizados en metro o autobús durante cualquier estación del año.
Contiene entusiasmo e imaginación. Producto del norte de España (zona cántabro-galaica) con aportaciones nacionales e internacionales.

Cantidad neta: 1 microrrelato / 200 palabras aprox. – 0,0 % vol.
Edición ilimitada de ENTC con numeración individualizada y exclusiva para:
Sendero del Agua – El Molino de Bonaco – A Curuxa.

N.º: ENTC 11704

73. Chocolate con canela (Blanca Oteiza)

Hace tiempo que dejé de mirarme en los espejos. Mi rostro se desdibujaba bajo las lágrimas que empañaban el reflejo. Náufrago de un amor en ruinas sigo a la deriva.
Me cuentan que ahora se te ve por el barrio cogida de la mano con aquella antigua compañera de piso de tus años de estudio. Que te vistes distinto, que sonríes y que tus ojos brillan como la luna en la noche.
Yo tacho los días en el calendario que ya no estás conmigo. Cerraste la puerta para ir a comprar castañas y ya estamos en primavera.
Sentado en el sofá, en mi refugio, bajo manta y calcetines de lana, paso las horas con la tele encendida, comiendo chocolate, esperando oír la puerta abrirse de nuevo.
Suena el timbre y hago como no escucharlo, pero la insistencia me hace levantarme. Al abrir la puerta encuentro a la vecina de enfrente con una cesta llena de bombones. Sus labios me sonríen y me dice que ya es hora de abrir de nuevo las ventanas, que es primavera y el aire huele a flores frescas. Al final de la tarde, sentados en la terraza compartimos sus bombones con mi chocolate con canela.

72. BUSCA LO MÁS VITAL (Belén Sáenz)

Apenas divisábamos las barcas de pesca y la arena de la playa era canela morena. Papá y yo habíamos desayunado pan frito rebozado en azúcar y bajamos de la mano por la cuesta de Barraña. Recorrimos la orilla desenterrando berberechos que luego comeríamos crudos, forzando un giro hábil en su bisagra con ayuda de otro hermano bivalvo.

Luego papá se tumbó al sol y yo me senté a horcajadas sobre su barriga. Jugamos a Baloo y Mowgli. Nos adentramos en la selva flotando pausadamente y canturreando. Él me iba señalando un paisaje que tenía que ver mucho con la vida. ¡Coge ese coco; ya está maduro! ¡Y ahora atenta, que hay serpientes! Nuestro viaje nos llevaba río abajo, hasta lugares que él conocía o anhelaba y que iba relatando para mí. Estuvimos en los canales de Venecia y en las avenidas de Nueva York. Bailamos en los salones imperiales de San Petersburgo y hasta llegamos a coronar el Everest. Ánimo y adelante era la consigna.

Hoy estoy tarareando a la par con Luz Casal: Voy a tener un día marrón. Amanece otro lunes de invierno y sólo quiero regresar. Volver a ser aquella niña de ojos color café del Brasil.

71. Técnicas para eliminar lo innecesario

Silvia regresa del trabajo caminando por la acera tostada de la calle Arenal. Entra en casa, y deja un libro prestado sobre la mesa donde Roberto sirve en dos platos lentejas de ayer. Intercambian monosílabos en morse, y mastican pensamientos recurrentes, implorando novedades en el móvil. A los postres, ella abaniquea el libro, dejándolo expuesto en una página al azar… Técnicas para eliminar lo innecesario. Tras un vistazo superficial pero curioso, deciden probar. Primero doblan cuidadosamente la atmósfera, y el aire se expande como un pecho embalsamado de eucalipto. Luego apagan el silencio, y se les trenzan las voces, las palabras hacen pompas de jabón. Retiran los años caducados y pintan los minutos. Los muebles de nogal recuperan su esplendor. Prescinden del espacio, se aprietan en un grano de arena. Y se les trenzan las lenguas. Por el pasillo se despojan de prendas que no les harán falta. Encienden el horno. Amasan sus cuerpos. Se dora la luz, como el pan de sus orgasmos. Despejan el volcán sepultado bajo la ropa sucia de la alcoba y exhaustos, descansan sobre los pétalos de sus cenizas, exudando recuerdos. 

Piensan comprar el libro, para seguir tomando notas en la piel del otro.

70. El Oxígeno

Cuán complicada es la mente humana. Ahí está ensimismado, embobado, fascinado y maravillado; quieto, inmóvil y paralizado. En sus pupilas se refleja un baile rojizo, brillante y cálido. Se siente creador y padre de su propia criatura; y se ilusiona viendo lo que sus manos han sido capaz de crear, ese pequeña llama que acaba de nacer. Con todas sus fuerzas sopla, sopla para crear esa combustión química que haga crecer su pequeña fantasía, ahora hecha realidad. Cuán bello aquel momento… pero cuán complicada es la mente humana que confunde la belleza con la destrucción. Ahí está ensimismado, embobado, fascinado y maravillado; inquieto, nervioso y extasiado. En sus pupilas se refleja un baile rojizo, brillante y cada vez más cálido. Se siente creador y padre de su propia criatura; ese fuego que comienza a expandirse y que convierte aquellos troncos marrones de los árboles en antorchas incendiarias con el fin de destruir toda la naturaleza a la vista. Cuán complicada es la mente humana…

69. UNA HORMA SIN MEDIDA

Sacó lustro a sus viejos zapatos marrones, una vez más. Último regalo antes de “aquello”  que mutó su vida y lo convirtió en el esperpento que caminaba solitario por las calles.

Cubrirían sus pies en vida y en su muerte, ajenos a modas.

En reposo, siempre ocuparon el mismo espacio: a un lado del perchero, en la entrada, asomando 3 cm de sus puntas; ni un cm atrás ni uno adelante.

Uno le quedaba perfecto, el otro, le hizo algún “apaño” sin descolocar esos hierros que sustituyeron su pierna tras el accidente.

Pensó que no saldría de aquello; se equivocó: él, lisiado,  conquistó de nuevo la  tierra ; y ella…

Leyó en el periódico: Por fin se inician las obras del ensanchamiento de la carretera nacional….No pudo continuar… Ya se habían caído las hojas del calendario arrastrando una década consigo .Trataba de recordar si fue el estado de la calzada o la suela de sus zapatos deslizándose por el acelerador lo que provocó el accidente. Poco importa decantarse por una u otra razón;  tan solo queda el vacío y un marchar con rozaduras de las piedras encontradas en el camino.

 

 

68. La profesora de música

Mimetizaba con la lección. Así que enfundada en su vestido marrón, con medias, zapatos y foulard a juego, recorría el pasillo de clase. El Otoño, de Las cuatro estaciones de Vivaldi, sonaba de fondo. Sus esfuerzos por instruir a esta panda de zoquetes eran titánicos; por lo que, abatida, se sumió en una tristeza tan profunda que se negó en rotundo a seguir el currículum escolar, saltándose el Himno de la alegría de Beethoven. Los siguientes días se mostró tímida, recelosa, esquiva de miradas masculinas, parecía atormentada. Algunos dijeron que la habían visto entrar en la filmoteca del centro, sola, para ver Un tranvía llamado deseo. Corregía los ejercicios casi sin mirarlos, nos ponía un cero y se limitaba a decirnos que no teníamos ni un ápice de sensibilidad para apreciar la música. Pero un día, apareció cargada con su colección personal de discos y los repartió, como un legado. Me sorprendió la variedad de estilos musicales. Curiosamente, sonreía después de mucho tiempo. Al acabar la clase nos anunció que la siguiente lección, con la profesora sustituta, versaría sobre la gran obra maestra de Mozart, Réquiem.

67. Una historia de violencia

La ciudad tenía un brillo irreal que hendía el aire con destellos amarillos. Los tejados, las fuentes, hasta las vajillas eran de oro. La plata, sin apenas valor, se usaba para pavimentar las calles. Los españoles lloraban, se santiguaban, habían encontrado el dorado. El conquistador Gonzalo de Mendoza mandaba aquel puñado de soldados agotados tras semanas de marcha. Tras las fatigas pasadas, se entregaron a una vida disipada y  tomaron concubinas, seguros  de que el ojo divino no alcanzaría tan lejos. El mismo Mendoza tomó como amante a Itzel, la hija del cacique, una retinta altiva a la que llamaba «mi conejilla de indias». Le hablaba  de la nieve, de los campos de trigo de Castilla, de las poderosas naos españolas que surcaban los mares. Cuando le dijo que estaba harto de aquel   agujero de paganos, y que partiría lo antes posible  llevándose todo el oro, ella organizó una fiesta de despedida. Preparó un licor de bayas que los españoles bebieron con mucho placer. Una hora después agonizaban. Lo último que vio Mendoza antes de notar los efectos del curare fueron unos ojos marrones como el cacao mirándole fijamente. – Me llamo Itzel, le dijo.

66. En otra piel (Juana Mª Igarreta)

Celia encontró en el tren, olvidado en el asiento de al lado, un abrigo de lustrosa piel marrón. Tras comprobar sorprendida que era de su talla, no tuvo ningún remilgo en concluir que se trataba de un regalo de la divina providencia. Además, recordó que por la mañana se había puesto la chaqueta del revés; hecho que, indudablemente, había provocado el inesperado hallazgo.
Viendo que el resto de los viajeros consultaban sus móviles o dormitaban, cambió decidida el abrigo por el suyo y se dirigió al servicio. Probándose la prenda, halló en uno de los bolsillos una peluca castaña de larga melena ondulada; acomodándola a su cabeza de pelo ralo, sonrió ante el espejo, admirando su rejuvenecida imagen. Ataviada de esta guisa, volvió a su asiento. De pronto, un caballero se dirigió a ella, diciéndole: “Disculpe señorita, ese lugar está ocupado por una señora que está en el servicio”. Ella, coqueta, le respondió: “Lo sé, viajamos juntas”. Luego respiró aliviada sabiendo que la próxima parada era la suya.

Justo pisó el sombrío andén, la abordó un hombre trajeado y con sombrero color chocolate, susurrándole: “Démonos prisa, Ingrid. Los de la banda esperan fuera. ¿Pero, dónde traes la mercancía?”

65. POR EL PILAR

El cielo pardea y el horizonte como un antiguo sudario parcheado con telas de tonos marrones y verdes se va escondiendo en la atardecida. A esta hora la sombra del mangrano ya no compite con la del olivo. En lo alto, a contraluz, destaca el perfil de la ermita. Abajo el río susurra la canción del tiempo.

-¿Quién eres tú?

-Soy tu hijo, madre.

-Tengo frío ¿nos vamos a casa?

Comienza el otoño y el bullicio de los forasteros ya va emigrando a las ciudades. El pueblo bosteza y el sueño surge como una bendición.

-Mañana regresamos a Madrid.

-¿Y papá?

-Papá murió.

-¿Hace mucho?

Entonces se escucha un único gemido ahogado por el peso de una vida, que se repite igual cada día en cada recuerdo. Y un dolor compartido les acompaña mientras los dos recorren la calle, bajando la cuesta con pasos medidos. Ella colgada de su brazo se sobresalta cuando las farolas se encienden y él experimenta cómo los aires del Moncayo –según decía el abuelo- hielan el alma.

Con el olvido los difuntos arrinconados en el Campo Santo languidecen en soledad. Contemplan cómo su historia se borra y presagian que no quedará nada en la nada.

64. PAINT IT, BLACK

Marrón, marrón, menudo color de mierda. Imagino poquitas cosas marrones que espoleen mi imaginación, mi deseo artístico. Bueno…los pezones vivos de Marta, esos eran marrón glacé, un lujo para mi boca seca.

Definitivamente es complicado unir belleza plástica y el marrón. El sr. Velazquez esta vez nos lo ha puesto francamente difícil. El otoño, tan pleno de ocres es un recurso fácil  la verdad.

Sabes que te digo: » Paint it Black» como cantaban los Rolling. Mejor nos esperamos a otro color, no sé el negro ( azabache) de tus ojos

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