Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

100. El veredicto

Entre el 113 y el 117 no hay nada. El camarote perdido se oculta en algún lugar del buque a donde nadie llega. Los planos disimulan cuando se les consulta sobre la anomalía. En el interior de esa estancia los murmullos aletean ante la comparecencia del libro de bitácora, llamado a testificar. Este, como un títere en una pesadilla, se sorprende contestando maquinalmente a todas las preguntas que se le formulan. Tras su última respuesta la sala se convierte en una jauría de voces. El mazo de la jueza repiquetea insistente hasta lograr detener el tsunami de palabras. Todos miran hacia la mesa ante la que se sienta una noche de mar, vestida con una toga de niebla.

La defensa corre a cargo de un faro irresoluto, mientras la fiscalía, un gran carámbano, se muestra conciso y frío. Tras los alegatos, el jurado se retira a deliberar. La estrella polar, la marea baja, la deriva, el coral y la isla desierta comparten la misma opinión, mientras que la cornamusa, la brújula y el ancla argumentan en contra. Finalmente hay unanimidad: el Titanic es culpable.

Se ejecuta la sentencia y un gran crujido estremece al mundo.

99. Señales (Juana Mª Igarreta)

El Titanic, auténtica ciudad flotante, surca veloz las aguas del océano Atlántico. En el camarote 115, Elizabeth Dowdell contempla el dulce dormir de Virginia, la niña que tiene a su cargo y que deberá poner bajo la custodia de sus abuelos en Nueva York. Al tiempo que la arropa delicadamente, sonríe al ver los ojos también entornados de la muñeca que la chiquilla abraza junto a su pecho. Recuerda las palabras firmes de la niña a una compañera de juegos: “Siempre le pongo lo que ella me pide”, y observa que la muñeca viste bañador en lugar del camisoncito de noches anteriores, dejando al descubierto su pequeña figura moldeada en celuloide.

Elizabeth se dispone a meterse en la cama, cuando un golpe seco hace temblar el camarote durante unos segundos interminables. Desasosegada, piensa en salir al pasillo para ver qué ocurre, pero antes comprueba que Virginia sigue dormida. Olvida a la muñeca que, a pesar de mantener la posición horizontal, tiene completamente abiertos sus vidriosos ojos verdes.

Mientras, en el camarote de al lado, Milton Long observa sobresaltado su copa de whisky hecha añicos en el suelo, de la que tan sólo los cubitos de hielo han conseguido salir indemnes.

98. LA VIDA EN EL CAMAROTE 115

Hoy toca barrer el polvo de estrella de mar que se está acumulando en los rincones. Ya he recogido los pétalos marchitos de las anémonas que se posan sobre los veladores y también he devanado las algas para la labor. Me hubiera gustado abrir  el ojo de buey para ventilar, además de para espantar a los enjambres de pececillos que no hacen más que estorbar, pero la señora siempre se queja de la humedad y me riñe con voz burbujeante. ¡Qué carácter tan insufrible! Cuando el viento sopla a favor me pide, zalamera, que le coloque conchas en el cabello y que le cosa corales en el vestido para la cena de gala, pero luego dice que hace demasiado frío y no se atreve a subir a cubierta. Las sobremesas se nos hacen eternas, así que dormitamos con el rítmico roce de los bloques de hielo contra el casco hasta la hora en que empiezan a sonar los acordes de los músicos, que son nuestra única distracción desde hace más de cien años.

97. Esclavo (María Ordóñez)

 

 

Déjame ir, María. Sólo quiero mirar el mar y amanecer solo.

Que me despierte el alba y no tu ruido, que me sonría la luz  sin  oír tus gritos ni bien el sol asoma.

Quiero pensar, rescatar mi vida de tus duras garras.

Deshacerme de tu olor rancio y fatigado.

De tu risa sin sentido, de tu amargura profunda.

Déjame partir María.

No te vayas tú, me voy yo. Despacio, sin alborotos ni juramentos.

Quiero deslizarme entre las sombras sin ser descubierto.

Quiero oír mi propia voz y reencontrar mis pensamientos.

Necesito alejarme de tu impetuoso cuerpo. Quiero empezar de nuevo y ser yo otra vez.

No importa si me pierdo en el camino.

No importa si caigo en una zanja y me estoy allí un tiempo, encogido, recuperando mi propia fuerza.

Déjame ir María.

Déjame salir por esa puerta y perderme en el aire fresco de la mañana y que llegue la noche y me encuentre quieto, cavilando.

Rastrearé mis huellas del pasado, algún brillo propio habrá quedado de ellas y habrá hecho camino.

Por su ruta imprecisa llegaré a mi barco.

Encontraré mi cama y allí, junto a la ventana que mira el mar, quiero morir solo, feliz.

Solo.

96. Aparentar

En el puente de mando del Ttitanic el capitán seguía aferrado al timón mientras se volvía a colocar bien la gorra. En el bar un camarero sujetaba la copa del único borracho que quedaba sentado frente a la barra, dándole la misma inclinación que había tomado el barco. Aquellos dos castos jóvenes por fin estaban juntos en aquel largo banco aunque la chica interponía entre sus labios un abanico blanco de madera. La orquesta seguía tocando, amontonados, mirando con cierto respeto al piano que amenazaba con seguir su misma trayectoria. El chico de mantenimiento movía los cuadros hasta ponerlos rectos respecto al nuevo horizonte. Y todo esto pasaba mientras que en el camarote 115 un as de picas empezaba a emerger de la manga de mi chaqueta. Los molestos cigarrillos, a medio apagar, empezaban a flotar. Todos teníamos en los parpados pequeñas burbujitas de aire y mirábamos absortos al infinito. Nos esforzábamos, sin mucho existo, en aparentar que estábamos vivos.

95. Cada uno en su lugar

A eso de las dos de la mañana, se hunde en el Ártico la criada de segunda Mary Stewart, que ha caído por la borda empujada por Lord Worcester en su afán por salvarse. Entonces, varias familias de atunes, nada pretenciosos parroquianos de las aguas superficiales, se arremolinan a su alrededor para dar cuenta del menú de tercera clase que se les obsequia cual catering en el estómago de la muchacha: pan sueco, patatas asadas, plumcake, pudding. Puede consumirse de todo con largueza, pues pronto cesan los gritos de auxilio y el molesto pataleo.

Media hora después, como corresponde a la  alcurnia y la etiqueta, llega Lord Worcester, directo a las profundidades abisales. Veamos la carta: Hors d’oeuvre, filet Mignon, pathé, asparagus. Esto es otra cosa. Un selectísimo grupo de terribles criaturas, medio ciegas, transparentes, da buena cuenta del inesperado festín sin que les incomode en absoluto toda la farfolla de oro, organdí, y perfumes con que llega adornado tan aristócrata recipiente.

Saciados todos, nadie  prestará atención a la legendaria orquesta, ni siquiera al prudente capitán Smith que, pese a sus años de carrera, llegará el último. Nada se perderán los peces porque el oficial, desganado, apenas había probado bocado.

94. Hacer agua

El rumor se movió por el salón como cualquier otro invitado y fue de corrillo en corrillo haciéndose más grande hasta posarse en sus oídos. Entonces, fijándose en cómo bailaban, entendió su empeño por el camarote 115 y abandonó la fiesta. Llegó a él perturbada y compungida. Abrió su baúl para vaciarlo y, así, quedaron esparcidos por toda la habitación los atardeceres en el Támesis, los sueños campestres o la felicidad prometida. Luego se desprendió del vestido, de sus joyas y, dado que le quemaba, se liberó de su alianza recién estrenada para arrojarla al olvido.

Desnuda, se tendió en la cama y se topó con el poemario que él utilizaba para encandilarla; pero en vez de hacerlo añicos, quiso fustigarse. Inició su lectura por unos versos al azar, que ya no le parecieron románticos. De inmediato, escuchó su voz, recitándole y sus ojos se humedecieron. Una lágrima roció la página, emborronándola y ya no se pudo contener. Empezó a llorar con amargura, a derramarse, a rebosar la estancia con sus lamentos hasta que su cuerpo se licuó por completo e, igual que un río tras un gran aluvión, se desbordó.

Horas después, se hundía el Titanic.

93. La otra dimensión (Jesús Mollinedo)

Cien años después de la catástrofe del Titanic, el sónar de un submarino captó un mayday, mayday cansino y angustioso desde la habitación 115 del maltrecho buque.

Nadie advirtió la presencia de unas burbujas junto a una botella de champán, sólo la existencia de una inusual colonia de peces payaso por la primera cubierta.

92. La última noche del RMS Titanic

¿Cómo sigues, viejo? Me propuse no decírtelo, pero ya da igual. Supongo que tú ya lo sabes, que lo has adivinado. Mañana te van a llevar a Rosyth. Te remolcarán hasta allí para… ¡Cabrones! Toma, viejo, toma un trago de whisky. Nadie se preocupa de nosotros. Cuando nos salen arrugas o nos cubrimos de herrumbre, nos mandan al desguace. ¡Maldita sea, viejo! Ya nadie recuerda que ganaste la banda azul. Hace años que no se habla de eso. Y esos yanquis que transportaste durante la guerra… Tampoco ellos quieren saber nada de ti. El periódico decía que iban a llevarte a América. Pero era mentira. Sólo te despojaron de todos los muebles, viejo, de las escaleras, de los paneles de madera… Se me saltaron las lágrimas cuando vi lo que te hacían. Ojalá te hubiera torpedeado un submarino alemán. Entonces no te habrían olvidado. ¿A que estás de acuerdo conmigo, viejo? O, mejor, deberías haberte hundido en tu primer viaje… Decían que eras insumergible, viejo, insumergible. Tenías que haber chocado con otro barco… O con un iceberg.

91. CAMAROTE 115 (Mariángeles Abelli Bonardi)

Aferrada al travesaño de la cama, espera que la sirvienta termine de ajustar el corsé.
—Señorita, afuera hay un día espléndido — comenta la mujer, tirando de los lazos.
Afuera hay un día espléndido, ¿por qué no?… Salir a cubierta… Disfrutar del viaje de Southampton a New York… Si, por toda libertad, le queda este tiempo entre muelles, debería aprovecharlo.
La sirvienta le asegura el sombrero y remata su cintura con un moño. Cuando empieza a preparar al perro, ella se saca el anillo y lo guarda en un cajón.
Su pequeño Yorkshire la espera quietito, los ojos brillantes. Correa en mano, abandona el camarote: una mantarraya le tapa el sol.

90. Descubrimiento

Se juraron amor eterno, e iniciaron una vida conjunta, empezando por un viaje hacia el nuevo mundo, donde esperaban prosperar y tener un futuro familiar pleno.
No dejaba de ser un viaje de novios, donde la luna de miel, empezaron a comerla justo al encerrarse en su fabuloso camarote.
La travesía era fría, pero abrigándose con sus cuerpos, no notaban lo que las heladas aguas desprendían.
A pesar del bullicio, los gritos, correrías y avisos, siguieron en su camarote, ajenos a todo ello, concentrándose en su mutuo conocimiento.
Cuando años más tarde, los exploradores marinos, consiguieron adentrarse en el pecio marino más deseado, contemplaron admirados toda la belleza que aquel navío atesoraba.
Lo que más les sorprendió, fue encontrar aquella pareja totalmente entrelazada, en el camarote 115 del Titanic, el único habitado.

89. Segundas partes…

El Titanic II esperaba en el puerto, indiferente a los malos augurios. Quien decidió ponerle nombre a aquel mastodonte marino sabía que solo los menos supersticiosos osarían emprender aquel viaje. Tendrían que alcanzar un destino que había quedado varado en el tiempo. Algunos, como Miguel, pretendían demostrarse a sí mismos que existían las segundas oportunidades con final feliz. Su matrimonio, esa frágil nave que había zarpado diez años atrás, hacía agua, y estaba a punto de irse a pique. Con la esperanza de poder reflotar la pasión perdida, decidió ofrecerle a su desencantada esposa una metáfora de su propia vida en forma de pasajes de embarque. Eligió un camarote con el día de su aniversario, un once de mayo grabado en su memoria como el más feliz de su existencia, y, como un adolescente enamorado, esperó en la habitación a que ella llegara. Nunca lo hizo.
Nadie la vio descender por la pasarela y abandonar el barco; pero es imposible ignorar que los acontecimientos siempre van encadenados, y, mientras una profunda grieta rasgaba el corazón de uno de los pasajeros, un fallo de soldadura abría una descomunal vía de agua en la bodega del trasatlántico.

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