Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
2
3
horas
1
1
minutos
4
8
Segundos
3
6
Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

81. Las vacaciones perfectas

Acabada Semana Santa, todos hablan de sus planes para agosto. Él también. Prepara una ruta de quince días por Grecia: vuelos, alquiler de coche, trayectos entre islas, actividades… Se documenta en internet para encontrar los lugares destacados, combinando joyas arqueológicas y otras de la naturaleza. Escoge a su gusto, tras mirar fotos y vídeos, saboreando de antemano la visita.

A falta de un mes para las ansiadas vacaciones, un amigo le pregunta: “¿Compraste los billetes y reservaste las habitaciones?”. La respuesta sale de sus labios como un jarro de agua fría: “No, resulta que un familiar ha caído gravemente enfermo, mi madre lo debe atender y necesita mi soporte en los continuados desplazamientos”.

“Tiene mal fario”, dicen. El año pasado se adelantó la temporada de tifones en el sudeste asiático, lo que no le permitió ir a Japón. Y el anterior sufrió una gastroenteritis galopante de última hora que impidió su safari africano.

Al final, subirá al pueblo un verano más. Nadie sabe que su economía no alcanza para pagar esos viajes deseados. Además, piensa que aquellos destinos tan populares están llenos de turistas que solo pueden hacer que estropearle la idealizada experiencia ya disfrutada durante la organización.

80. Sueños de seductor (fuera de concurso)

Podría ser el caparazón de una tortuga bocabajo cuya inquilina hubiera sido devorada por hormigas de apetito insaciable. Podría ser un cuaderno de poemas que ardiera pasto de las llamas tras el desconsuelo de un escritor rechazado por un sinfín de editoriales. Podría ser Julieta abandonando la cripta compartida con Romeo después de comprobar su inmunidad a la mandrágora. Podría ser, por qué no, el carrillo de un niño encendido por una bofetada que le ha dado una mujer a la que ha tocado el culo, respondiendo a la llamada atávica de un pedazo de materia gris de cromañón que vegeta en un doblez de su cerebro. Podría ser, y esto sí sería un acto obsceno, un plato de lasaña tirado a la basura en un descuido de su madre. Podría ser Pete Townshend destrozando su Rickenbacker contra el suelo de un pequeño hotel del norte de Inglaterra. Podría ser el ladrido de los perros que traspasa las ventanas abiertas en verano y te saca de tus sueños para que apagues tu sed con la leche que dormita en la nevera. Podría ser la última vez que la ves pasar de largo sin decirle lo que sientes. Podría ser.

79. Liberación

Fue una decisión meditada y por fin podría ponerla en práctica, en la primera luna llena de agosto, el mejor momento para su transformación según todos sus estudios.

El medallón lo encontró de casualidad, dando un paseo, en el bosquecillo de encinas junto a su urbanización, colgando de un clavo saliente de la valla que perfilaba el sendero. La pulsera le costó más adquirirla porque sus dueños no querían desprenderse de ella. Al final, y a través de Tik Tok, alguien se la vendió.
Ahora ya, inminente el momento, no podía aguantar la euforia. Dejó una nota a la vista sobre el escritorio con todo lo conveniente. Su ex tenía copia de las llaves de la casa.

Cuando le llegó el primer rayo de luna, la garganta le apretaba ya y el pecho parecía el tambor de una saeta…; su cuerpo se hinchó…, sus manos fueron garras como cuchillos y su pelo, duras cerdas, como de jabalí. Lanzó un aullido y salió con estrépito y locura escaleras abajo hasta el portal abierto, donde estaban sentados don Antonio y Juanito jugando a las damas. «Vaya prisa lleva hoy don Alfonso», comentó Juanito al verlo salir. «Siempre con bulla», respondió don Antonio.

78. LAS OVEJAS SON PARA EL VERANO

Desde niño disfrutaba las vacaciones del colegio con semanas de antelación. Imaginaba las excursiones al monte, los baños en el río y las noches con los amigos  alrededor de una hoguera. Pero, cuando llegaba el día, su padre le sacaba de sus ensueños con una bofetada de realidad: largas jornadas limpiando los establos y cuidando de las ovejas.

Durante años no hubo variación; en verano, sin importar las notas que sacara, ovejas y más ovejas.

El curso que empezó la universidad y se enamoró de Laura se pasó todas las horas libres planificando su primer viaje juntos, tardes enteras buscando rutas de senderismo, noches fantaseando con dormir abrazados bajo las estrellas. La tarde que ella rompió la relación, a finales de junio, todo se le desmoronó por dentro.

Si no lo remediaba, le esperaban de nuevo el pueblo, su padre y las ovejas. Al día siguiente montó en el coche, tomó la carretera de montaña que tenía tan estudiada y pisó el acelerador a fondo cuando vislumbró la curva más cerrada. Por primera vez en su vida saboreó el placer de los planes cumplidos. En la guantera, una pistola cargada, por si las cosas se torcían en el último momento.

 

77. El ángel exterminador

Se ajusta los guantes. Prepara un estropajo de aluminio empapado en lejía. Empieza por los deseos más sucios, escondidos unos en los cajones de la ropa interior, desperdigados otros bajo sábanas y edredones. Pese al escozor de ojos y al dolor de sus dedos artríticos frota hasta conseguir la pureza. Su cuerpo se estremece entre aleteos de un placer desconocido, renovador. Continúa con pequeñas faltas y deslices, ocultos dentro de algunos libros. Los más tercos se han pegado a las páginas y, no sin cierta pena, arroja los ejemplares a la chimenea. Deja el trastero para el final. Allí, bajo llave, hacina vicios, maldades y otras perversiones horrendas. Tras expiar sus pecados, sabe que debe iniciar la misión que Él le ha encomendado. 

 

76. Steel Dragon (Patricia Collazo)

Uno treinta. Por fin lo ha conseguido. Alicia lleva años esperando que su coronilla alcance al fin la raya negra en el panel junto al acceso. Steel Dragon, la mejor montaña rusa del mundo, decían sus hermanos cada verano cuando bajaban trastabillantes para ponerse a la cola otra vez.

Mientras ella, que nunca había podido montarse a lomos del impresionante dragón, rumiaba su enfado por tener la estatura correspondiente a una niña dos años menor.

Pero el día ha llegado. Uno treinta raspados, pero uno treinta al fin. No le importa la hora y veinte de cola. Se siente mayor y feliz entre sus hermanos y los amigos que siempre los acompañan. Ellos ya han experimentado el vuelo del dragón y no paran de comentar cada detalle.

Aunque le dan miedo algunas cosas que escucha, se repite que está preparada. Que después de todo solo serán unos segundos y al fin volará.

Da un respingo cuando Darío, el mejor amigo de su hermano, le pregunta si está lista. Asiente entusiasmada. Entonces él baja lentamente la cabeza y la besa entre los vítores de todos.

No recuerda nada del viaje en dragón. Pero sabe que aquel día aprendió a volar.

75. Pasión por el dulce (Ana María Abad)

Cómodamente arrellanado en el sofá, con los ojos cerrados, aplica su fino oído a los sonidos que llegan desde la cocina. A través de ellos, puede imaginar a Carolina rallando limones, tamizando harina, amasando con energía, preparando la sartén para freír. La visualiza dando forma a las rosquillas, hundiéndolas en el aceite hirviendo, volteándolas, poniéndolas a escurrir antes de cubrirlas con azúcar. Y cada uno de estos pasos le va tatuando un gruñido más en el estómago, le va regando con más saliva la lengua. Las ventanas de su nariz aletean tratando de captar el esquivo aroma que navega por el pasillo, incitándole, seduciéndole, provocándole. Fantasea con uno de los redondos dulces colocado ante él en un plato, doradito y esponjoso, aún caliente, y se relame al pensar en el mordisco inicial, la explosión de sabor en su boca, el placer sin aditivos. Suspira y, rendido a la tentación, salta del sofá y pone rumbo a la cocina, hacia las rosquillas recién hechas, para intentar endulzarse los bigotes con algo más consistente que un simple “miau”.

 

 

74. Varado

Siempre ha sido un viejo de vara en mano, de esos que disfrutan cuando hurgan entre los matojos y los agujeros, de los que descalabran cualquier bichejo que salga corriendo y que atesoran en su casa todo lo que encuentran por ahí. Tiene una técnica depurada, y se enorgullece, un giro de muñeca, una habilidad innata revolviendo el mundo. Un ruido, unos brillos, una forma: se emociona, incluso antes de escudriñar. Nota un algo, un nerviosismo extraño, como cuando descubrió un anillo dentro de un viejo nido de urraca tumbado por el viento. O la mañana que rescató una boina nuevecita en unas matas de romero, junto al camino, y que aún conserva el olor. O, enterrado bajo un brezo, el reloj de cadena herrumbroso que todavía funciona y luce cada cinco minutos en el casino. O esa mujer de ojos negros como las moras que encontró hace poco entre los arbustos y que, según cuenta, le ha escondido la vara para que no vaya a hurgar en otras zarzas.

73 Mala pata

Cuando se levantaba con mal pie, que eran todos los días debido a una malformación congénita, Adrián tenía ansias de matar para vengarse de todo el mundo que se había reído de su cojera.
Salía de casa con su estilete y la expectativa del cometido le producía una gran excitación, una emoción sólo comparable con la de un niño en la noche de reyes magos.
Adrián buscaba sus posibles víctimas por los parques públicos; entre los pequeños a los que ofrecer regalos y los ancianos de educada conversación y déficit de atención. Cuando intuía que era factible culminar el asesinato, un escalofrío  placentero recorría su espinazo y una mueca de sonrisa nerviosa delineaba su cara.
Pero era en ese instante cuando el gozo se desinflaba y Adrián se percataba de lo mundano y predecible que era aquel ritual adictivo del cual le costaba desengancharse; matar por venganza o despecho no tenía nada de épico. Acariciaba el estilete que tenía en su bolsillo y calmado se encaminaba a su puesto de trabajo como eficiente celador en el hospital general.

72. A un pasito de la gloria (Alberto Benito Fernández)

Venancio levantó una a una las cuatro cartas que acababa de repartir su compañero Anselmo, sentado frente a él.

Cuando visualizó el conjunto a duras penas consiguió disimular el ramalazo de alegría que inundó su ser. No sabía muy bien cómo describir la sensación. Aún teniendo claro que era un jugador del montón, disponía ante sí de la jugada perfecta para fulminar al alcalde y al párroco en la final del torneo de mus del pueblo.

Si le dicen a cualquiera que la pareja de la que formaba parte tenía alguna opción de ganar se habrían desternillado en su cara. Pero ahí estaba él, con cuatro reyes en su mano y más empoderado que su ídolo Nadal en Roland Garros. Menudo subidón.

No era mano, pero con esas cartas nada podía salir mal. Para hacer aún más épica la victoria, el alcalde se arrancó con un órdago a grande, así, de manera inesperada. En ese momento Venancio se vio subiendo a la red a remachar la jugada de su vida, como el mejor Rafa en la Philippe Chatrier. 

“¿Vas a echar más?”, replicó exultante, sintiéndose ganador.

Pero los cuatro reyes que mostró el alcalde hicieron palidecer su rostro. 

Maldito Djokovic.

71. El detalle

Fue colgar y empezar a sentir que levitaba. Quizás, una casa en Marbella. O en el norte. ¿Y si tenía un Porche 911?, ¿un velerito? La secretaria del notario confirmó mi nombre tres veces. Y no pedí una cuarta porque me temblaba la voz. No había duda de que yo era el heredero de ese tal Don Alfonso, un pariente lejano. Adiós al ventilador cascajoso y hola al aire acondicionado. Se acabó comprar ropa de segunda mano y yogures de saldo. Seguí dejándome abrazar por la felicidad el resto de la noche. Viajé, saboreé, descubrí… Conjugué muchos más verbos interesantes antes de caer rendido. Dormí como un cachorro.
A medida que el notario desgranaba el contenido de la herencia, los pies volvieron a su sitio, la felicidad partió sin despedirse, y la desilusión empezó a comerme a besos. Casi todos los bienes muebles e inmuebles, que no eran pocos, solo iban a servir para saldar sus deudas: préstamos, uno hipotecario y otro personal, impuestos pendientes, multas y otras obligaciones fiscales.
Sobró para comprar un ventilador nuevo, un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor, y unas flores, pocas, que acerqué al cementerio, para agradecerle lo conjugado, y el detalle.

70. El peso exacto

Tellez sopesó el arma en su mano, comprobó el frío del metal, presagió la adrenalina de lo que habría de venir. Para esconder la semiautomática en el lugar preciso, Tellez la devolvió a Montalvo, su hombre de confianza desde hacía muchos años, desde que lo recogió, huérfano y harapiento, de aquel poblado que Tellez y sus hombres incendiaran años atrás. El reloj daba las 4:45 de la tarde; a las 5:00 se reuniría con Salazar. Entrarían solos al bar, sin escoltas, para hablar de una supuesta negociación de territorios. A la hora pactada se arrellanó en una poltrona, fingiendo calma. El mozo colocaba bebidas mientras Tellez, extasiado, rozaba con la punta de sus dedos la empuñadura bajo la mesa. De pronto, con rapidez y habilidad, desenfundó y encañonó a Salazar, quien, con una mueca, le develó la verdad: Tellez sintió la pistola demasiado ligera y no hubo necesidad de tirar del gatillo; ante sus ojos se iluminaron las figuras de una pareja de supuestos colaboradores que él mismo ejecutó frente la mirada atónita de un niño agazapado ahora convertido en el hombre que le acariciaba lenta y profundamente la garganta con una navaja recién afilada.

Nuestras publicaciones