Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Cristina García Rodero.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos en marcha nuestro concurso de relatos en blanco y negro... y también tienes la oportunidad de leer miles de microrrelatos de nuestros participantes
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Esta convocatoria finalizará el próximo
26 de agosto

Relatos

29. Monstruos

Estaba convencido de que la sábana era mágica y que bajo ella estaría a salvo de casi todos ellos: del coco, de la bruja piruja y del hombre del saco. Pero no del que le acariciaba el pelo con ternura y le hacía prometer que no diría nada de su secreto mientras se desabrochaba la bragueta.

28. La culpa al trasluz (La Marca Amarilla)

Mi madre sólo me puede ver tras unas sábanas tendidas. Y sólo ella me puede ver.
En ocasiones espera a que hagan la colada en el manicomio y cuando la tienden me busca como una loca.
Pronto descubre mi delicada silueta al trasluz, como el aura del niño que nunca debió nacer, y rauda se acerca a besarme y abrazarme, siempre entre lágrimas, algunas de alegría otras de tristeza otras de arrepentimiento.
Y cuando vuelvo a decirle que no llore, que no tuvo la culpa, ella me regaña por hacer enfadar a papá, el hombre del que nunca se tuvo que enamorar.
Pero yo sé que la culpa de que aquellas sábanas torpemente anudadas no soportaran mi peso al intentar huir sólo fue de mi padre, de sus humillaciones y de su inhumana agresividad.
Como es habitual, al instante viene una enfermera que con amable cuidado se lleva a mamá.
Entonces se despide antes de volver a su culpa.

27. PARTITURA

Los miedos de Catalina se disiparon cuando el bebé lloró al nacer. Su marido cantaba nanas al niño. Ella miraba cómo dormía. A los pocos meses Catalina y su hijo esperaban a papá para que le leyera el cuento en voz alta. Sus ojos ávidos aprendieron a leer los labios de mamá, tocándolos con sus manitas. Cuando empezó a andar corría detrás de mamá.Era un espectáculo verlos en la terraza. Catalina, hipertérrita, miraba las manos de su hijo garabatear notas musicales en las sábanas.Cogía las pinzas como batutas. Otras veces los vecinos lo veían bailar, a lo largo de la terraza, encima de los pies de mamá. En el cole el hijo de catalina chinchaba a sus amigos. Decía que era trilingüe, porque iba a clases de inglés, cantaba con su papá, con voz de barítono, y hablaba con las manos con mamá;a ella le enseñó que se oía por dentro: como los latidos del corazón pu-pum.Tuvo una infancia envidiable.En su adolescencia tuvo piano en casa, tocaba para mamá.El hijo de Catalina no quiso estudiar periodismo, como quería su padre. Es director de la orquesta sinfónica. Su madre, abonada fija, aprendió a sentir la música.

26. COLA DE LAGARTIJA

Un niño juega en el campo. Ha visto lagartijas caminar por la ropa tendida. Intenta atrapar una y se queda con la cola en la mano. Una sábana se ha manchado. La madre, que estaba observándolo desde la casa, sale a regañarlo. Pero ante la expresión temerosa del niño cambia de idea.

—Mira al trasluz, hijo. En las manchas han aparecido elefantes. Éste de aquí, lleva serpientes enroscadas en las patas. Suben y suben. ¡Eh! ¿Quién está ahí? Pero, si hay un niño sentado en la cabeza. No tiene miedo de las serpientes, les da migas de pan.

—Mira, mamá —dice el niño. Abre la mano y enseña la cola sanguinolenta— se escapó. ¿Se va a morir?

—No creo, me parece que se convirtió en cocodrilo —dice la madre señalando otra prenda tendida—, se ha metido en el río. Será mejor que avises al niño, ¡que no lleve hoy los elefantes a beber ahí!

La madre vuelve a la casa. El hijo sacude la mano, pero la cola se le ha pegado. Por suerte tiene muy cerca unas telas colgando. Estruja la sustancia viscosa que mana de la cola contra el lienzo, frota y surgen tigres y jirafas.

25. MAMÁ

Ahora que Carlitos ha regresado, se esmera en cuidarlo como si fuera una flor de invernadero. Le obliga a comer todo lo que pone en el plato, aunque no tenga apetito y a ponerse los jerséis que tejió recordándole, si refresca. Por las noches acude presurosa a su cuarto en el primer “mamá” que escucha y se sienta a su lado para calmarle, aunque él siga gritando al despertar y encontrarla y rechace su abrazo. Le regaña flojito, guardándose la cólera, cuando encuentra las sábanas mojadas que ella tiene que lavar cada día con un poco de añil para que no amarilleen, porque se le ve ya mayor para no controlar eso. O por esas lágrimas frecuentes que ruedan por su cara que se ha vuelto pecosa. Ahora que Carlitos está de nuevo con ella, todas las precauciones son pocas. Como tener que esconderse y aprovechar una distracción de esa mujer que lo llevaba al parque y se quedó luego llamándole angustiada con un nombre distinto. Como vigilarle a todas horas para que no escape de ese lugar aislado donde son tan felices. Para que no pueda, por su culpa, volver a ahogarse en el río.

24. SUEÑOS DE INFANCIA (Isidro Moreno)

Representaciones teatrales, sombras chinescas tras las sábanas tendidas al sol del atardecer, grabaciones de planos de películas sin película y sin cámara… Eran nuestros juegos favoritos. De mayores seríamos famosos actores de Hollywood.

Años después, yo gritaba su nombre desde detrás de la valla. Glamurosa, sobre la alfombra roja de unos importantes premios cinematográficos, sin ni siquiera mirarme, recogía mi humilde ramo de dos gardenias con un mensaje escrito que no leyó: «siempre te querré». Luego, regaló el ramo y dos besos a un importante director de cine que salía del photocall. Observé la perpleja expresión del director al leer mi nota de amor. Mi cara también debió ser un poema sin rima.

Meses después, la prensa del corazón anunciaba el enlace entre mi amiga y el engreído director de cine.

Ayer la vi. Grité su nombre, corrí, la empujé, cayó al suelo, pero conseguí que aquella moto sólo me atropellara a mí.

Hoy por fin ha venido al hospital. Siento que la he defraudado, no he llegado a ser Clark Gable, ni Cyrano, ni Superman. Quiero hablarle pero sólo puedo mover un dedo de una mano y ella no lo ve. Yo a ella tampoco y tengo mucho sueño.

IsidroMoreno

23. De cuerdos y cuerdas (Alvaro Abad)

La verdad, tu verdad, otra vez, ha quedado colgada de la cuerda con dos pinzas de blanquecina madera, astilladas, sin apenas fuerza. Un poco de viento,  y adiós. Caerá de nuevo al barro, ese barro persistente y maloliente que saca la humedad de no se sabe dónde y que se empeña en no secarse, como si estuviera siempre esperando a que caiga la maltratada verdad de su cuerda y volverla sucia, oscura, viscosa. Irrecuperable.

Volverás a tender tus impolutas verdades de esa raída y floja cuerda, clavada con dos herrumbrosos clavos en dos estacas que bailan con el viento, que mantienen el equilibrio con dificultad como el borracho mohíno y triste que quiere hacer creer a todos que hoy no ha bebido. Bendito mentiroso, tómate la última y busca tu cuerda. La cuerda te espera, nadie más te espera.

Pisaré el barro, sujetaré el tendedero cuando arrecie el viento y lo defenderé de la tormenta, aunque el frío y violento granizo arranque mis escasos cabellos a golpes, aunque el rayo me parta en dos. A veces lo deseo, a veces te deseo. A veces…

Escucharé tu verdad, aunque no la crea. Una vez más. Y otra…

22. LA FISONOMISTA (Salvador Esteve)

Las desapariciones de niños conmocionaron a la región.  No fueron encontrados, tampoco sus cuerpos, y la esperanza acampó aguardando un milagro.  Un día, sin saber por qué, el monstruo dejó de actuar.

Pasaron años y, aunque los padres seguían llorando su ausencia, la gente empezó a olvidar.

 

La llamaban la viuda loca, mas comprendían que su cordura fue extirpada el día que su hijo desapareció.  Hablaba con sombras, regañaba al vacío.

Todos los días llenaba el barreño de comida y entraba en la cuadra, los animales se revolvían inquietos.  Al fondo, en un habitáculo en penumbra con barrotes estériles de compasión, se oían susurros ininteligibles.  Cuando encendía la luz, el grupo de adolescentes se arremolinaba temeroso, pero habían aprendido qué hacer si querían comer y sobrevivir. Lavaban su rostro en la jofaina, y, uno a uno, se acercaba a la mujer.  Ella los miraba con amor, los ojos de uno, la nariz de otro, los rizos rubios, el hoyuelo en la barbilla…   Al salir del cobertizo siempre sorteaba el árbol, ese bajo el que yacía un cuerpo ahogado.  Se parecía a su pequeño,  pero no era él, pues cada día Dios bendecía sus ojos comprobando que su hijo seguía vivo.

21. El niño muerto (Jerónimo Hernández de Castro)

Empiezo a estar harto del crío. Ya está aquí otra vez. Su madre volverá a decirle que no debe venir, que tiene que descansar tranquilo, que no quiere repetírselo… La reprimenda cotidiana de nuevo en saco roto.

Hoy el niño señala la colada tendida. Quiere contarle algo aprendido en el colegio y habla de muertos que regresan envueltos en sábanas blancas para asustar a los vivos. La mujer le interrumpe: ¡No son sábanas tontorrón! Entonces el pequeño descubre un rastro imperceptible de sonrisa oculto en los reproches y con ese botín al que jamás renuncia, se despide. Sabe muy bien que el contacto es inútil y apoya ruidosamente sus labios en la mano para lanzar un beso, que vuelve a herir a su madre de llanto y desconsuelo.

Y me acerco. Entre los dos recogemos de la cuerda el enorme pañuelo que siempre le presto y que ella tiende junto al suyo, sin eliminar ese sabor salado que apesta a sus lágrimas.

20. Fantasma de verano (María José Escudero)

Jacintín se aparece siempre en verano. Mamá piensa —debido a su intransigente complejo de culpa por no haber estado cerca el día que lo atropelló la moto— que ella es la única que puede verlo, pero se equivoca, todos lo vemos. Incluso el perro menea el muñón que tiene por rabo a un ritmo que, a menudo, provoca desazón, y el abuelo, que aparenta dormitar en la humareda de su cachimba, se acaricia la barba con clara intranquilidad.  Hoy, para mayor desconcierto, ha murmurado muy resentido que, en la familia de mi madre, los que mueren en accidente tienen la desconsiderada costumbre de manifestarse durante el estío. Ahora comprendo el trajín de sábanas que soporta el tosco tendal del patio.

Mamá, con gesto irritado, suele gritarle a Jacintín que ni se le ocurra mancharse, que no está dispuesta a lavar una y otra vez su traje de fantasma. Le cuesta aceptar que no es culpa del chiquillo sino del fatal destino el haberse convertido en una aparición estival.

Mucho me temo que, si se enteran en el pueblo de que esto nuestro es hereditario, a mis hermanas y a mí no nos sale novio ni en la romería del Faro.

18. EL GRAN DIRECTOR (Edita)

 

Desde que mis padres nos llevaron a la plaza del pueblo a ver el teatrillo ambulante, supe para qué había venido a este mundo. Estoy convencido de que en Calanda nací dos veces: cuando mi madre me parió y ese día que descubrí el cineasta que llevo dentro.

Aunque vivimos lejos, regresamos cada verano a nuestra querida tierra turolense, el lugar perfecto para desarrollar mi talento. Con precariedad de medios, imaginación a granel y mis seis hermanos menores como elenco de actores voluntarios, sobornados si es preciso, monto teatros de sombras aprovechando las sábanas del tendal a contraluz. Ellos van pasando por detrás y actúan a mis órdenes.

Esta tarde, mis gritos exagerados hacen asomar la cabeza de nuestra madre por la ventana, y acude rauda a proteger su ropa blanca impoluta. Todos escapamos a tiempo menos Alfonso, que aguanta petrificado el chaparrón. Cuando ya me creo a salvo en el mejor escondite, aparece mi padre (no sé cómo) y me lleva de una oreja ante la dramática escena:

─No le riñas al pequeño que la culpa es toda de este artista.

─¿Otra vez con tus fantasías, Luis? Recuerda que te apellidas García y no Buñuel ─sentencia ella, rotunda.

 

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