Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Annie Leibovitz

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Damos la bienvenida a Leibovitz...
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Esta convocatoria finalizará el próximo
27 de Mayo

Relatos

28. La mueca de Cate

 

—A Cate Blanchett —contesto.

Estoy en plena sesión de psicoterapia. Va de complejos y de esto ando bien servida.

—¿Y cómo cree que hubiese sido su vida pareciéndose a esta mujer? —me pregunta mi terapeuta.

—Pues, obviamente (me encanta esta palabra, la digo a menudo, incluso a destiempo), mucho más fácil, interesante. Y si no… ¡mírela!

En un segundo he buscado una foto de Cate en internet. Está haciendo lo que se podría llamar una fea mueca de «comme-ci comme -ça», contestando, tal vez, al mítico «¿te ha gustado?» post-revolcón. Pero en ella resulta encantador, irresistible.

Entonces mi terapeuta me suelta en plan farragoso eso que, gratis, obviamente, cualquier amiga podría haberme soltado: que no se es más feliz por ser más guapa, que las hay mucha peor que yo, que con los retoques del photoshop cualquiera… Y me voy animando, y me siento afortunada por tener la cara que tengo. Tanto es así que, terminada la sesión, me atrevo a gesticular a lo Cate cuando el hombre me recuerda que son ochenta euros. No parece apreciar. Coge el dinero sin apenas mirarme y no me devuelve mis buenas tardes. No soy Cate. Obviamente.

27. RETORNO

Le juré que volvería y aquí estoy. He brotado entre las calas y las gardenias. Soy la flor que corona la pequeña planta que ha nacido entre ellas. Intento llamar su atención con ese mohín que tanto le gustaba y agitando mis dos únicas hojas para que me vea, y por un momento creo haberlo conseguido. Falsa ilusión. Viene hacia aquí pero con la azada en alto, dispuesto a limpiar de hierbajos el lugar en el que sepultó mis cenizas.

26. La mejor

Siempre fuiste como una madre para mí, lo sabes bien. Me protegiste, me cuidaste, me guiaste, me allanaste el camino. Tú, siempre tan recta, tan formal, tan perfecta… Mas he de confesarte que si por ello alguna vez pudiera haber tenido la tentación de querer parecerme a ti, ese deseo hubiera desaparecido hoy de un plumazo.

Verás, podía pasarte que fueras tan maravillosa porque lo eras sin intentar sustituir a mamá en mi corazón, y eso me mantenía serena; pero lo de esta tarde…

No contabas con que estuviera en casa, claro; aceptarás que la profesora del taller de teatro tenga derecho a enfermar… Te decía que he vuelto a casa antes de que tú llegaras del trabajo. Me ha extrañado que no hicieras ruido alguno y he salido de mi habitación a ver: ensayabas frente al espejo y he comprobado con horror que lo has conseguido, que has superado a nuestra madre en esa mueca de burla que sacaba a pasear frente a mis debilidades; sí, esa que tanto me enfadaba y que yo nunca fui capaz ni de garabatear. A ti, hermanita, hoy te ha salido perfecta.

También en esto tenías que ser la mejor, ¿verdad?

25. La vida detrás de la persiana

La vida es alzar la persiana por las mañanas. Elegir qué ropa ponerte, qué camino volver a retomar. Tachar un día en el calendario… o anotar una hora más. La hora en la que caben todas las horas; en la que dejas aparte todos tus papeles, para mirarte al espejo y encontrarte contigo de verdad. Si a esa hora tienes cincuenta años y acaban de regalarte un vale para una clínica de estética entiendes que la belleza interior cobra una nueva realidad.

24. Eva es un nombre ficticio (María José Escudero)

Eva, a veces, recuerda que está viva y respira en alto. A veces, también sueña y, si no fuera porque su marido ha colocado un quitamiedos en el alféizar, arrojaría el delantal por la ventana y se escaparía a conocer el mundo montada sobre la alfombra del pasillo. Y es que Eva, a pesar de los sentimientos que la sujetan, hay momentos que se siente capaz de aflojar todos los nudos. Pero hay otros, sobre todo cuando los anhelos la acechan, que se arrima al botiquín y coge una pastilla, luego, echa un trago y entona una canción suave, ligera —como un sortilegio para espantar los susurros provocadores del extractor y olvidar el silbido imperioso de la olla—. Después, pica algo de la nevera y, empujada por la costumbre, retoma sus faenas. Así, entre trago y pastilla, fregar y planchar la ropa, se le va pasando el momento. Entonces, con una mezcla de fastidio y desencanto, se mira en el espejo y se pregunta: “¿Qué he venido a hacer aquí?”.

Al final del día, Eva se acuesta y se repliega. Y los sueños los deja estacionados debajo de la cama, junto a las chancletas.

23. TUS OJOS ZARCOS (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

En el metro me topé contigo.

─ Sí, es ella, me dije. Es la rubia de la plaza de los Chisperos.

─ Hola Loli, susurré.

─ Hola, ¿quién eres?, dijo alzando hacia mí sus ojos azulísimos.

─ Soy Jesús. Todas las semanas bajaba a tu quiosco de Luchana y charlábamos un rato.¿Recuerdas?

─ Ya no estoy allí, me jubilé, respondió.

─ Yo también estoy jubilado. ¿Sigues jugando ajedrez por teléfono con tus colegas?

─ Sí, me dijo, pero ahora menos. Y tú, ¿qué haces?

─ Pues paseo, leo y escribo relatos en un blog compartido con unos cuantos amigos.

─ ¿Cómo es eso del blog?, me preguntó interesada.

─ Pues te mandan una fotografía y escribes lo que ella te sugiera. Este mes han enviado una en la que se ve una mujer haciendo un puchero.

─ ¿Una alfarera?, me inquirió.

─ No, sonreí…

En ese momento se levantó su perro guía y azorada me preguntó, si estábamos ya en Gran Vía.

─ Adiós, Jesús.

─ Hasta más ver Loli.

Me disculpé, por mi inadecuado saludo, con un inmediato “perdón”. Volvió la cabeza y posó por un instante, divertida, sus hermosos ojos zarcos en la punta de mi nariz.

22. Pantone

El último me dejó sin sonrisas y sin colores. Y fui una mujer gris hasta que te conocí.

Transformaste mi vida en un lienzo en blanco. Me pintaste con los azules del mar que vi contigo por primera vez, con los rojos de las rosas con las que deshacías mi cama y mi corazón, los verdes de los campos donde los picnics eran sólo una excusa más para saborearnos. Hasta que aparecieron los morados, y un día todo se retornó negro.

21. LA MAR SALADA

‘Quien se atreva, que lo chupe‘ – ruge Francis desafiante, tras decorar el suelo con un escupitajo. Me concede medio segundo para pensármelo y, sin más preámbulo, comienza a arengar a las tropas:

– ¡Elijo a Javi!

– ¡Yo a Chuchi!

– ¡David! – declara amenazador

– ¡Josean! – replico ofendido

– ¡Richar! – afirma con rotundidad

– ¡Manu! – respondo sin pestañear

Ajena a semejante barbarie, Mariascen propone saltar a la comba, aunque Rosa preferiría el esconderite inglés; al final, Pili consigue tizas de colores y deciden pintar una rayuela.

– ‘Penalty contra gol, es gol; si habéis movido la piedra de la portería, se siente; quien fue a Sevilla, perdió su silla’ – afirmo, con fingida indignación.

– ‘Habéis hecho trampa; si no, de qué’ – protestan los otros hechos un basilisco, y de un patadón mandan el esférico al quinto pino.

– ‘A la ley de la botella, el que tira va a por ella’ – reímos burlones.

Suena el silbato y entramos a toda mecha. La fina y pertinaz lluvia diluye los trazos dibujados en la acera, cuando un brutal estruendo nos estremece hasta los tuétanos.

– ‘ Mecachis la mar salada, ¿y esas caras? ¡pero si son los angelitos, que están jugando a los bolos!’ – proclama, con inigualable dulzura, doña Bárbara.

 

20. LENGUAJE GESTUAL

Hace tiempo mamá era feliz. Cuando nos despertaba por la mañana lo hacía con una sonrisa, nos daba un montón de besos, y sus cánticos los podíamos escuchar desde el último rincón de la casa.

Pero de repente todo cambió. Fue el día que descubrimos cómo se maquillaba un moratón que le había salido por la noche en el pómulo, cuando dejó de tararear sus canciones preferidas, y la expresión de su rostro se llenó de pena.

Mi hermana y yo también estamos tristes, por eso y porque papá ha tenido que marcharse lejos a causa del trabajo. A todas horas le preguntamos a mamá si volverá pronto, pero ella nunca contesta, sólo gesticula con el rostro y aprieta con rabia su puño en torno a la llave del sótano que, desde el día que se marchó papá, lleva colgada al cuello.

19. (MÁS)CARAS (Mariángeles Abelli Bonardi)

Corte carré, mirada de hielo, acento ruso: Agente Irina Spalko. Misma mirada que Lady Tremaine: porte altivo, dos hijas, una hijastra cenicienta. Tanto, y a la vez, tan poco en común con Lady Marian, gallarda heroína de Sherwood, cuya larga cabellera muta sus castañas ondas en las ondas rubias de Galadriel, elfa de orejas puntiagudas y brillante resplandor; resplandor que viaja hasta posarse en el aura de Daisy Fuller: pelirroja, tutú de bailarina, “Goodnight, Benjamin”.
Ante el espejo, la cámara, el obturador: fui todas; soy ninguna. Hoy, a cara lavada: simplemente Cate.

18. Frustraciones

Ensayó a hacer cara de tristeza y desencanto.  El resultado: una mueca incalificable con la que no logró convencer.  No le concedieron nada.  Tuvo que volver a empezar; ahora sí, esforzándose por lograr resultados efectivos.  Entre tanto, se reían a carcajadas cada vez que recordaban su mueca artificial y se le volvían a reír en su cara cuando llegaba suplicante.  Los abordó entonces con sonrisas fingidas, pero no motivó ningún cambio; no la tomaban en cuenta para nada importante.  Se volvió aduladora, empalagosa, zalamera… Finalmente, no logró conseguir nada de ellos.

17. HOY VOY A MORIR (Sandra Sánchez)

Se levantó de la cama con esa idea clavada. Como si fuera una tarea inaplazable. Hizo una mueca delante del espejo a ver si lo ridículo del gesto le quitaba hierro al asunto, pero el pensamiento siguió ahí fijo, punzante, amenazador…
En el coche aguzó los sentidos; cualquier volantazo,adelantamiento, distancia u otra cosa la llevaría irremediablemente a un accidente mortal. No fue allí. Subió temblorosa a la tercera planta de su trabajo temiendo que se descolgara el ascensor; tomó el café sorbo a sorbo por miedo a un atragantamiento fatal; llegó a pensar, incluso, en la idea absurda de que un compañero la empujara por las escaleras. Nada. La obsesión le agujereaba de tal manera el cerebro que casi podía sentir el daño; pero la muerte no llegaba y la tensión, la estaba dejando exhausta. Al anochecer se relajó un poco – no del todo, un derrame cerebral o un infarto no tiene hora-  pero el baño caliente le estaba viniendo bien, así que dejó que el pensamiento se fuera deslizando lentamente por el desagüe. Antes de acostarse, se asomó a la ventana. Estaba todo tranquilo, en calma. Ella también. No se había muerto. No pudo evitar cierta desilusión.

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