Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Benoit Courti.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos la COPA ENTC 2018 en marcha... y nuestra propuesta en blanco y negro.
days
4
3
hours
2
0
minutes
2
6
Segundos
5
1
Esta convocatoria finalizará el próximo
10 de julio

Relatos

ESPEJOS (M.Carme Marí)

Vanesa

¡Qué pasada de fiesta! Ya me gustaría poder regalarle a mi Manoli algo así. Bueno, parecido, porque con tanto lujo creo que ni mi vestido nuevo encaja. Quién diría que mi hija tendría este tipo de amistades. Hay que ver lo elegantes que están la muchacha y su madre, junto a ese precioso espejo. Se les nota la buena vida.

Leonor

Como celebración no está mal, pero para una puesta de largo esperaba unos invitados más escogidos. Esa mujer del rincón está fuera de lugar, parece abducida de un barrio de la periferia. Hablaré con Borja Junior, tiene que ser más selectivo con sus amistades. Además la mamá de la cumpleañera es de lo más estirado, mirando a todos por encima del hombro. Doña perfecta. Allí está, tan presumida ella, mirándose.

Adriana

Me mantendré alerta. Sospecho que Cayetana compra maría a Manoli. No puedo desfallecer. ¿Dónde estará Alberto? Me dirá que en el trabajo, claro, aunque ya sé que no. A ver si recoloco ese mechón rebelde.

 

Frente al espejo, Adriana se mira a los ojos. A sí misma no puede engañarse. Esa expresión complacida es una fachada, debajo esconde el ceño fruncido y una mueca de tristeza.

105. La puerta de atrás

Antes de que salga el marmitón, Cate ensaya sus mejores muecas, como había aprendido en The sistem, la academia de interpretación en la que estudiaba el método Stanislavsky, cuando todavía podía pagarla. Consciente de que su actuación no provocará ningún aplauso ni levantará a los espectadores de sus asientos, concentra sus esfuerzos en ablandar el corazón del aprendiz de turno. De ello depende que tenga que hurgar en los contenedores, como todos los demás, o que le hagan pasar a la parte de atrás de la cocina. Cada gesto, cada movimiento, cada ademán está preparado, con el esmero de una prima donna, para provocar la compasión de su ínfimo auditorio. Hasta el último puchero una vez dentro, con el hambre satisfecha y la autoestima a punto de resquebrajarse, es ejecutado con la determinación que lo haría en un estreno, con el afán de conseguir un precio justo que la libere de acercarse al pilón o a la yacija que espera en un rincón escondido del almacén.

104. El benefactor (Juana Mª Igarreta)

Llamó a mi puerta una gélida mañana. Nos entendimos enseguida sin necesidad de palabras. Ella necesitaba un techo y comida. Yo, después de la desaparición de Nadia, estaba solo. ¿Por qué no volver a intentarlo una vez más?
Al principio, me alegró constatar que aprendía rápido. En pocos días tenía muy claro que en mi casa las cosas caras y las caricias eran directamente proporcionales. Pero ese júbilo pronto se tornó sospecha y me dispuse a vigilarla. La pillé con el diccionario abierto en la página de “socorro”. Recordé las palabras de mi madre: “No te puedes fiar de esas chicas del este, son todas iguales”.
Lleva días llorando, pero dudo de que su arrepentimiento sea sincero. Como vengo haciendo últimamente con cada una de mis protegidas, he llevado una muestra de sus lágrimas al laboratorio. Los resultados suelen ser infalibles. Espero que esta vez, después de tantas decepciones, esos incesantes mohínes de aparente aflicción con los que intenta ablandar mi dadivoso corazón, hagan honor a su nombre, “Verania”. En caso contrario, deberé contar de nuevo con la ayuda de mi abnegada madre. Tras la mirada de unos implorantes ojos claros pueden agazaparse las más oscuras intenciones.

103. LA EDAD DE LA INOCENCIA

A solas frente al espejo ensaya las muecas y sonrisas que interpretará en próxima actuación. Después pinta su cara de blanco y se pone la nariz roja de payaso y la pajarita a juego.
El toque final de su disfraz, una peluca azul, no le haría falta, pero aun así se la pone por los viejos tiempos.
En el pasillo la esperan sus compañeros de trabajo. Caras de tristeza y preocupación bajo el maquillaje. Todos juntos recorren el pasillo que separa las habitaciones.
Al entrar, los payasos dejan tras la puerta todas sus preocupaciones y momentos después de hacer su aparición, un niño se siente feliz y olvida que se encuentra postrado desde hace meses en una cama de hospital.
Más tarde, mientras recibe la quimioterapia a través de un gotero, el niño descubre que la mujer con la cabeza rapada al igual que él de la camilla contigua a la suya, tiene restos de pintura blanca detrás de la oreja. Ahora sabe la verdad, los payasos no existen, y por lógica Papá Noel tampoco.
Así que no sirve de nada pedirle volver a estar en casa de nuevo por Navidad.

102. Miradas

Gesticula frente al teléfono, como si fuese una gran actriz o una famosa instagramer, de esas que ganan 1.000€ por ponerse una camiseta de tirantes y un bolso de rafia. A su padre no le gusta que suba fotos. Piensa que, aunque todas sus amigas lo hagan y no haya nada malo en ello, el mundo está lleno de depravados. A veces la sermonea, pero nunca se lo ha prohibido y ella sigue colgándolas. Saca la lengua. Junta los labios, como si fuese a dar un beso. Abandona la mirada en el gotelé que lleva pegado a la pared más años de los que ella tiene. Gira la cara con sonrisa seductora. Guiña un ojo. Camina con aires de modelo por la pasarela de la adolescencia, a 200 megas por segundo, sin saber que en cualquier momento podría tropezar con su padre. Esa misma noche se irá a la cama enfadada, incapaz de entender que le requisen el móvil solo porque hay mucho depravado suelto.

101. Costuras

 

A sabiendas de que nadie me observa, ensayo mi cara de domingo frente al espejo. Los arcos de mis cejas dibujan dos paréntesis en retirada; no consiguen aclarar esta mirada perdida. La culpa es de la fugaz imagen de tu beso al despertar, que se ha quedado prendida bajo mis párpados. Con un leve pestañeo cae en el lavabo y es arrastrada por un chorro de agua fría. Por un momento, he recordado la sed que me provoca tu cercanía y mis mejillas se han arrebolado.
Con la vista puesta en mi rostro, busco el fino hilo que borda las comisuras de mis labios y, suavemente, tiro de él hasta encontrar el equilibrio de una sonrisa perfecta; la anudo fuerte a nuestros días de sofá y manta, a los paseos por la playa, a las rutinas de hogar y sábanas empapadas.
Estrenando la primera sonrisa del día, me giro despacio sobre mis talones para mostrarle al mundo mi feliz semblante.
Pero entonces recuerdo que me dejaste hace dos días, y la daga afilada de tu abandono descose con brusquedad los hilvanes. Y, de nuevo, aparece esa oscura mueca de infinita tristeza que me desbarata la estudiada pose.

100. La mujer que olvidó sonreír

Al despertar, notó cómo las comisuras de los labios le pesaban como si colgara acero de ellas. Se levantó de la cama, y caminó desorientada. No era capaz de recordar quién era.  Avanzó mecánicamente por el pasillo de la casa, y se adentró en el cuarto de baño. Se observó en el espejo. Sus labios dibujaban una curvatura pronunciada que apuntaba hacia el suelo. Intentó corregir su expresión, pensar en algo divertido; pero nada surgió efecto. Sin embargo, pese a no recordar cómo se sonreía, tampoco sentía la necesidad de hacerlo. Regresó al dormitorio. Encontró una mujer tumbada en la cama de la que se acababa de levantar. La miró sorprendida. La extraña tenía en su mano derecha una foto. En ella se veía un hombre y unos niños que le resultaban familiares. En la izquierda, las llaves ensangrentadas de un coche. Se quedó mirando el rostro de aquella mujer. Tenía la sensación de haberla visto antes. Pero aquella sonrisa plácida que podía ver en su cara, sobre la que se deslizaban lágrimas aún recientes, la despistaba. Sin aquella sonrisa, casi podría decir que la acababa de ver, hacía solo unos instantes, en el espejo del cuarto de baño.

99. Maquillaje

Es sabido que el aire se compone de nitrógeno, oxígeno y publicidad. Los aires de la modelo exitosa de antaño se desvanecen en las segundas páginas de las revistas de moda. Ella se reconforta leyendo una novela superventas de autoayuda que le regala su jefe. Una ficción en la que la heroína recorre el mundo como espía; se disfraza de soldado y mata-hari; precisa sobrevivir en las pasarelas entre dedos depredadores;  se enmascara en múltiples rostros maquillados; se casa, se divorcia y vuelve a contraer nupcias con un hombre veinticinco años más joven. Es ama de casa ideal y cocina unas magdalenas apetitosas. Y toda esa vida afanosa, tras doscientas cincuenta páginas, no sería igual sin su crema desmaquilladora, que aparece en un anuncio desplegable a todo color como colofón del libro.

De cualquier forma, y sean cual sean sus conclusiones, no olvide que este microrrelato se encuentra bajo el patrocinio y la gentileza de la marca “Smith and Jonhson’s Corporation”. Pregunte por nuestra gama cosmética en su farmacia más cercana.

98. Pérfida deserción

No sé que más hacer ¡Ay! Ella se niega a volver y, por mucho que lo intente −y de mil modos lo hice− incapaz soy ya de convencerla. He suplicado, implorado, llorado, rogado hasta la humillación y, aunque algo me avergüenza reconocerlo, si se fijan un poquito podrán ver todavía estos tristes ojos míos húmedos de autocompasión. Mas nada la conmueve. Se muestra implacable la muy perversa, por completo a mi dolor indiferente y fría como el hielo. Sabe que su ausencia me parte el alma porque yo creí de veras que lo nuestro era real y de pronto este abandono… <<Sólo intento ponerte a salvo de tus ilusiones>>, pícara y malévola, al oído me susurró al marchar. Indescifrable jeroglífico para mí. Y vuela el tiempo, apremian plazos y mecenas y esta musa traidora, caprichosa, veleidosa… no regresa.

97. “Pura desgracia”

Admiraba la capacidad que tenía el mimo para expresar las emociones y, cada noche, se encontraba con él, cuando despertaba, entre calles y piedras de ciudades en las que era de día.

No paraba de caminar hasta localizarle y, si no le veía, preguntaba a los transeúntes.

Estaba preocupada, su corazón ya no resistiría mucho tiempo los tric, tric, tris.

¿Por qué ella era siempre pura desgracia?

Tric, tric, tris.

Al final aparecía y, de nuevo, lo conseguía: alegre 🙂 triste 🙁 al ritmo que tapaba o destapaba su cara. ¡Parecía tan fácil!

¿Por qué ella era siempre pura desgracia?

Siguió la pista, que le indicaban los gestos del mimo, hasta llegar a un escaparate donde veía su reflejo.

¡Ya está! Se le ocurrió una gran idea.

Traspasó la luna y encargó un cristal con forma de corazón roto en mil pedazos y un pegamento especial.

Y… eligió dicha.

🙂 🙂

96. Sàbanas de mármol

Concha era feliz con su vida llena de hijos y su trabajo de redera. Se sentaba a la orilla de su casa y, con rapidez y manos toscas, cosía redes nuevas, remendaba las rotas o reparaba las descosidas. Su esposo ,marinero con pipa calada, cuando la captura era buena, llegaba con pescado debajo del brazo. Concha entonces ponía la sartén al fuego y los ojos en su marido que con pasión escenificaba la captura. Boquiabierta, escuchaba cómo la red se abalanzaba sobre los peces como velo de beata y cómo el banco de peces se enmarañaba entre coletazos en las fauces de la red. Concha y sus hijos aplaudían el relato con pinceladas poéticas mientras comían el pescado frito.

Se habían casado muy jóvenes en un martes y trece desoyendo a los supersticiosos; pero, con el tiempo, se aburrieron de quererse. Orgullosos como eran decidieron seguir en sus trece, y juntos se hicieron mayores. Una aureola de infelicidad ocupó su existencia. Concha , a menudo, miraba al cielo en un gesto de resignación mal llevado y en su habitación las sábanas se fueron marmoleando de pura vergüenza por no usarse.

95. LA PRISA, SIEMPRE LA PRISA (Yoya M. Alonso)

Permanece sentada en la terminal del aeropuerto sin mover un músculo. Parece estar en estado de shock. El incesante goteo de pasajeros cargados de maletas, contrasta con la mujer que ni tan siquiera lleva un bolso de mano. Escucha sin inmutarse el anuncio de las salidas inmediatas. De repente su actividad gestual se multiplica, acaban de dar el último aviso de embarque para un destino internacional. Es al escuchar el nombre de la ciudad cuando se derrumba. Hace cuatro años, con su familia a bordo, aquel avión nunca llegó a su destino. Ella había perdido el vuelo.

1 2 3 723