Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Tom Waterhouse

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. ¿Quedamos el próximo domingo 18 de febrero en el CHAT para hablar de nuestro 7º ENTCuentro?
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05 de Marzo

Relatos

Realidad aumentada

Se me dan bien los personajes. O eso dicen. Puede parecer una suerte pero yo os aseguro que no lo es.

Dicen que tengo un don para crear individuos ficticios y dotarlos de vida propia,  que mis sujetos narrativos son tan verosímiles que cobran vida según los voy perfilando, que los lectores acaban creyendo que estas figuraciones existen de verdad.

Hace un rato empecé a escribir un cuento. Trata sobre un joven que camina bajo la lluvia con un paraguas. Dobla una esquina en la que hay una sombra dibujada en la pared. Es la imagen de una niña. Aún no había decidido cuál es la historia, quién es el chico ni cuál es su relación con la criatura.

Entonces ocurrió. Pasa a veces, cuando me meto mucho en la historia.

Y aquí estoy ahora. Sigo escribiendo mientras espero a que esos dos dejen de mirarme.

90. Tormenta de sombras (Patricia Collazo)

Para protegerme, abro el paraguas. Es un acto reflejo.  Sé de sobra que si el paraguas sirviera para cobijarse del pasado, se llamaría parasombras, o algo así. Reconozco su inutilidad ante este tipo de tormentas, pero de todos modos lo abro, casi como rito supersticioso que nunca da resultado.

Los días en que las sombras inundan las calles de mi barrio, poco se puede hacer. Mirar hacia otro lado, podríais sugerirme. Inútil, os respondería. Están por donde mires.

Mi abuela sentada en su silla de paja al fresco de las noches de verano. El paso cansado del abuelo regresando de su partida. La ausencia de mi madre. Hay que ver cuánto duele una sombra ausente. La temida silueta del tío Jorge sacándose el cinturón de las presillas en un único y siniestro movimiento. Y la mía propia. Camina mirando siempre atrás. Temerosa. Cae de bruces por no ver donde pisa. Como yo, que me giro para decirle que la he perdonado. Que nada podía hacer para evitarlo. Pero nunca llego a tiempo. Antes, me desmorono. Y rompo otro paraguas. Quisiera ponerme en pie y salir corriendo.  Pero el tío Jorge me alcanza. Y otra vez soy incapaz de oponer resistencia.

89. Mirada

¿Será la culpa? No lo sé.

Ha transcurrido tiempo y aún te sigo viendo. Desde aquella tarde no me atrevo a volver a manejar.

Solo fue un instante, las sombras cubrieron mi huida. En las noticias hablaron de ti, solo eras una niña. Detuve el auto, me acerqué al ver tu cuerpo recuerdo tus ojos muy abiertos, no respirabas. Quizás te quedaba un hálito de vida pero horrorizado hui, maneje toda la noche sin rumbo, cuando pude me deshice del automóvil pero no de esa mirada.

Regresé a casa varios años después, al pasar por la esquina aun creí ver tus ojos qué continuaban muy abiertos, voltee al ver tu sombra reflejada en la pared y ya no pude huir.

Cierro los ojos y la sigo viendo, estas cuatro paredes blancas donde me encerraron no me permiten huir…

88 – “Solo tú me ves”

No hace falta que te gires. Sabes que mi sombra te acompaña: duermas o estés despierto, corras o andes, comas con remordimientos o te desinfles en un ayuno permanente. No me importa. Ya nada importa. Solo tú me ves al doblar la esquina, al mullir la almohada o al cruzar un arco.

Una piruleta de fresa ¿o fue una galleta? ¿qué importa? solo tú lo sabes. “Te acompaño a casa, no es seguro que una niña ande sola a estas horas de la noche”. Pero no estaba sola, nos acompañaba la cámara; aunque tú no la viste como ahora me ves a mi, porque solo veías mi inocente confianza.

No temas, ahora seré yo la que no te deje solo. Te acompañaré a cruzar el arco, a mullir la almohada y a doblar la esquina. No hace falta que te gires.

87 – El último es el amor que no se olvida (La Marca Amarilla)

El primer amor es como la sombra que siempre te acompaña, la que dependiendo de la luz, aparece y desaparece, se multiplica o se difumina, pero siempre está.
Irene olvidó a Vicente con la misma facilidad con la que se había enamorado de sus maneras de chico malo y barniz de suave peluche. Con una facilidad aprendida en tardes de caricias y palabras a una madre que necesitaba calmar su pena de desamor conyugal. Quizás por eso ya ni recuerda que se despidió de Vicente una tarde lluviosa, sin besos ni lágrimas, tan sólo con una última mirada hacia atrás sin saber muy bien qué buscar.
Todavía, cuando en ocasiones vuelve a visitar a su madre, le parece ver estampada en la pared de aquella encrucijada la sombra difuminada de aquel amor difuminado, casi irreconocible, una imagen que ya ni siquiera es la sombra de lo que fue.

86- BARRIOS

Al barrio, hemos ido regresando algunos de los chicos. Javi hace tres meses; Pedro se le adelantó un año y yo volví hace dos inviernos. Lo encontré todo cambiado. El ultramarinos era una tienda de ropa “low cost”. En el local de Tomás, el zapatero, unos chinos arreglaban móviles…
Durante un tiempo pensé que había perdido la cordura, pero mis amigos también lo han visto y sentimos que es lo único que queda del barrio, de sus calles, de nuestro tiempo. Supongo que Miguel, el cuarto de la pandilla, el que nunca se fue, ha vagado como una sombra desde aquella tarde lluviosa en la que las ruedas de un automóvil patinaron al esquivar nuestra pelota.

85- Sentencia

La noche negra, como boca de lobo. La lluvia es una cortina fría y persistente. Subo por la calle estrecha, solitaria. Camino de prisa, resbala el agua cuesta abajo, el viento pretende quitarme el paraguas, resisto como puedo. Tengo casi la certeza de que alguien me sigue. Volteo, la niebla opaca mi visión, alcanzo a ver la sombra borrosa y desdibujada de una niña. Camina a unos cuantos pasos detrás de mí, su cuerpo enjuto y desgarbado tiene un halo fantasmal.

Se adelanta y me acaricia invisible, como un suave aleteo de mariposas. No opongo resistencia, su aroma dulce engaña mi razón. Me aguarda al final de la escalera, me observa y sonríe maliciosa. Sus ojos son dulces e inquietantes, sus pequeñas manos esconden uñas afiladas.

Se cuelga de la barandilla insolente y suicida. Me atrae hacia ella. Ya no siento frío, aunque ha comenzado a nevar. Abajo, el mar revuelve y brama su trágica belleza. No hay escapatoria. La sentencia sin juicio es el vacío.

84. FOBIAS (Nani Canovaca)

No me gustaba coger el álbum de fotos de los abuelos. Siempre me dio un cierto calambre o escalofrío tocarlo y mucho más, mirar las fotos de color sepia y humedecidas por las esquinas. Olían a naftalina y a moho. Si las rozaba dejaban ese olor nauseabundo en mis manos que por mucho que las lavara, allí seguía. A veces no quedaba otra que alargárselas a la abuela. Ella se empecinaba en que mirara aquellos recuerdos que a mí me producían miedo y espanto. Un día de pequeño escuché escondido detrás del sofá que el hijo de la abuela, mi tío, había raptado a los hijos del vecino del pueblo para pedir un rescate y la niña se le había ido de las manos. A partir de ahí, a la abuela se le fue el hijo al penal para toda la vida y con él, todo su juicio. Por eso no soportaba el álbum, ni aquella niña que se veía en la esquina de la foto más vieja. Esa niña que parecía huir no he sabido nunca, si hacía arriba o hacia abajo y que mis padres decían que no estaba en el viejo retrato.

83. MIS AMIGAS LA INJUSTICIA Y LA IMPOTENCIA

Caminar hacia delante mirando hacia atrás nunca fue tarea fácil, pero se acostumbró. Se acostumbró a que la mala suerte se cerniera sobre su cabeza como el sirimiri, y se fue empapando. Cada vez su cuerpo pesaba más y su mente se ralentizaba. Hubo momentos en que intentó cambiar, aferrarse a los días de sol. Pero nunca supo protegerse y los rayos ultravioleta la quemaban. Hace mucho tiempo creo que sabía cuidarse, pero esos días ya no volverán. Entonces tenía una vida, una casa, un marido, unos amigos. Ahora tan sólo tiene su vida destartalada, su cuerpo malogrado, su mente desaprovechada, y una familia que no sabe que hacer con ella.

Ella cuidó de mí cuando yo era pequeña, de todos nosotros, incluso el nombre que llevo se lo debo a ella. Cada vez que la dejo, mis pies marchan hacia delante y mi corazón hacia atrás. Una pena inmensa me acongoja. Una rabia profunda se marca en mi interior. A menudo me siento culpable porque toda la suerte que yo tengo en la vida parece que se la quitan a ella. Y encima, nos da las gracias. No deberías dárnolas, es lo menos que podemos hacer.

82. EL PRIMER BESO (José Ángel Gozalo)

Las primeras gotas de la tormenta salpican la cara de Juan y este abre su paraguas.
No lo sabe, pero se dirige hacia una cita ineludible.
Al cruzar la esquina, un aliento cálido sobre su nuca le hace detener sus pasos de golpe y girar la cabeza para descubrir sólo aire tras de sí.
Es entonces cuando le sobreviene el doloroso recuerdo de una tarde parecida, esperando solo y empapado bajo la lluvia a Claudia con la esperanza de robarle su primer beso.
Unos metros más adelante, exactamente en el lugar que debería ocupar él si hubiera continuando su camino, la grúa de un camión de mudanzas balanceada como junco por el viento deja caer su carga: Un piano de cola que se estrella con gran estruendo contra el suelo.
Claudia conoce bien a la cita de Juan, tan antigua como el mundo, aquella a quien acaba de arrebatárselo de entre sus fríos brazos cuando ya lo creía suyo.
Acudió a su encuentro en un coche sin frenos una tarde de lluvia.
Mientras se aleja convertida en sombra, su corazón la obliga a girar la cabeza para recibir el beso que nunca se dieron.

81. AUSENCIAS

Esta mañana me he asustado cuando la he creído ver caminando sigilosa por la esquina donde nos besamos por primera vez. Lloviznaba, y el paraguas que me había regalado el último día del padre impedía mojarme.

Se parece tanto a ti, ¿por qué me dejasteis?

80. LA INQUIETA PRESENCIA

Una sensación extraña invadió mi cuerpo aquella mañana, sentía como si me observaran. Primero fue en el baño, tras darme la ducha como cada día, entre el vapor del agua quise intuir una pequeña figura negra que me miraba fijamente. – Hoy no he dormido bien, tiene que ser eso. – Pensé.

Luego fue en mitad de la carretera cuando me dirigía a mi puesto de trabajo. Allí estaba, bajo la lluvia, con su mirada fija en mi coche. No quise prestarle atención. Los que me conocéis, sabéis que no creo en estas cosas paranormales y por ello, volví a culpar a mi falta de sueño de esas visiones.

Tras aparcar en el parking de la empresa, caminé hasta la entrada principal del edificio, giré en la esquina, volteé la cabeza para mirar y sí, pensáis bien, allí estaba otra vez esa figura negra. Esta vez la veía perfectamente, era una niña. No lo pensé, le eche huevos y fui hasta ella, cuando de pronto inesperadamente agote el límite de palabras y no pude continuar detallando aquella experiencia por lo que tendréis que usar vuestra imaginación para darle un final y sacarme de esta fotografía para poder continuar con mi vida.

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