Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

56. UNA VIDA ENTRE PARÉNTESIS (Modes)

En aquel tiempo de cerezas y noviazgo, me parecías el hombre perfecto.

(maldita kalopsia)

Me prometiste un futuro de risas perpetuas, las fuentes del Nilo y paseos a diario por la Luna.

(ja, ja, ja)

Y cuando nos casamos, me hiciste volar.

(de un lado al otro de la habitación)

Lo supe muy pronto.

(mientras sacudía el arroz de mi pelo)

Entonces conocí tu verdadera luna.

(la cara oculta de ella)

Y te convertiste en hambre y hombre.

(del saco)

Y sólo hubo fuentes.

(a la altura de mis ojos)

Y hoy, años después, estás dormido en el salón.

(borracho, para variar)

Y sé que éste es el momento.

(ahora, ahora)

Por eso entro en la cocina, cojo un cuchillo, me acerco a ti y…

(y llorando lágrimas de cobardía, retrocedo y empiezo a pelar patatas para la cena)

 

55. Iluminada (Aurora Rapún Mombiela)

La iglesia hoy está a rebosar. Un vecino ha muerto, pero a ella eso le da igual. Familiares y allegados toman posiciones. La anciana ocupa su lugar. Las rodillas agrietadas por el roce de la madera, las manos juntas, los antebrazos apoyados en el respaldo de delante. Algunas personas le dan el pésame, confundiéndola con la abuela del finado. Ajena a lo terrenal, ella contempla a los ángeles que atraviesan la vidriera vestidos de rayos multicolor. Envuelta por seres de luz, que llegan puntuales como todos los días, implora el perdón por su pecados, cualesquiera que hayan sido. Se deja bañar por su bondad y ruega a Dios que le permita acompañarlos. Da comienzo la misa. Algunas toses, murmullos. Todo es pureza a su alrededor. Huele a cielo. Entre varios hombres alzan el ataúd y salen a la plaza, donde aguarda el coche fúnebre. La iglesia se queda vacía. Dentro, una única persona reza con todos los sentidos. Los ojos bien abiertos. Extasiada por tanta belleza. Se quedaría allí para siempre, si pudiera. Ojalá pudiera. Quizá mañana. Que sea pronto.

54. LA MIRADA INOCENTE (Belén Sáenz)

A Hakim le ha despertado el repiqueteo de una gaviota en el alféizar y el sabor del Mediterráneo en los labios. Ante su vista, el horizonte, ininterrumpido tras el derrumbamiento de manzanas enteras de edificios, es una franja azul, quieta y luminosa.

Hay un hombre tendido en la calle. En el pecho, como una condecoración no deseada, la estrella negra del disparo a quemarropa por el que se le ha escapado la vida. Hakim busca en silencio conchas y caracolas para honrar el cadáver y limpia el polvo que le desfigura el rostro. Sabe que es un soldado enemigo, pero también quien le ha traído el mar. El mar. Lo había deseado tanto desde la primera vez que lo vislumbró, entre dos estrechas calles de su Gaza natal, aupado a los hombros del «Minarete», el muchacho más alto de su escuela. Antes de correr hacia la orilla, atiende una vez más al rumor de las olas y acaricia los cañones del fusil de asalto que había colocado al costado del hombre. Pensándolo mejor, decide tomarlo prestado. Sonríe. Hoy, cuando juegue con su hermano a fusilamientos, ya no tendrá que apuntar con el dedo y decir «pum».

53. Tiempo de ida y vuelta

Mi padre fabricaba los relojes más feos del mundo. Sin embargo, me empezaron a fascinar el jueves que lo interrumpí mientras metía un cuco en su habitáculo. Le conté, con voz quebrada, que había suspendido matemáticas por estar calculando, en lugar de ecuaciones, las caricias que cabían en el cuello de Sara. Después de retrasar todas las agujas, me aconsejó que repasara lo que me habían preguntado. La mañana siguiente amaneció siendo jueves de nuevo y me pusieron los mismos problemas, acabándose los míos. A partir de entonces, mis notas resultaron brillantes gracias a que rebobinaba las fechas que le pedía. También consiguió, entre otras cosas, que tras el fracaso que tuve con Sara por quedarme sin palabras en nuestra primera cita, llevase aprendidas las adecuadas al repetirla. Consciente de su poder, se imponía ciertas reglas. No trastocar el tiempo por juegos de azar era una de ellas. Lo demostró el día que se opuso a facilitarme otro viaje al pasado para comprar un número de lotería. Tampoco consintió cambiar el ritmo natural de la vida. Lo descubrí anoche cuando sus relojes se pararon a las doce y él se quedó quieto, con los ojos abiertos, mirando su última hora.

52. ROSAS AMARILLAS

Rara vez entro en la habitación de mamá; cuando lo hago no puedo evitar que un oscuro velo de tristeza me cubra y me impida ver y sentir lo mismo que ve y siente papá: una estancia llena de luz, de maravillosos recuerdos.

Aunque papá ya no duerma en la habitación desde que mamá murió, acude allí cada mañana, abre las persianas, limpia los cuadros limpios con nuestras fotografías y ordena su ropa ordenada con olor al perfume preferido de mamá mientras escucha sus canciones favoritas en un viejo tocadiscos.

Al anochecer, antes de cerrar las persianas, papá escribe lo acontecido en el mundo durante el día con sus reflexiones, y después deja el diario en la mesita de noche junto a las gafas de mamá y un jarrón con sus flores favoritas.

51. Temporeras

La candidez de Macarena nunca afrentó a sus hermanas, por el contrario, consiguió que soslayaran la monotonía del trabajo y, a veces, se sorprendían riendo a carcajadas en plena recogida.

Según presumía la incauta muchacha, había conocido a un gigante que la visitaba de madrugada para hacerla feliz. Aquello tenía gracia, ya que por poco sentido común que se tuviera, resultaba imposible ser feliz bajo aquel cielo de plástico que ahuyentaba los sueños y castigaba la espalda. Además, aunque ella insistiera con aquel aire triunfante que había empezado a exhibir, allí eran pocos y todos se conocían.

De repente y aún incrédulas, observaron que su cuerpo ensanchaba, que su mirada irradiaba una misteriosa placidez y, con frecuencia, parecía desvanecerse entre las fresas. Intrigadas y también envidiosas, decidieron aclarar el relato antes de que llegaran rumores hasta los oídos de su implacable madre. Puestas a ello, una noche observaron pisadas que, entre destellos temblorosos, se dirigían hacia las miserables barracas que habitaban durante la campaña. Y poco tardaron en descubrir que el celebrado gigante no era otro que el capataz, un ser ruin en todos los aspectos. Pero, como es bien sabido, a la luz del candil las sombras crecen.

50. El Chispeo Universal

En nuestro mundo chispea desde que se tiene memoria, y lo hace sin pausa y del mismo modo siempre. Uno no puede mirar la hora —por poner un ejemplo— sin que le caiga una gotita en el reloj, pero sí dejar una nota junto a su cuerpo —por poner otro— sin que el agua llegue a emborronar las razones del suicidio, situaciones inventadas ambas con el solo fin de que se hagan una idea de cómo llueve aquí, donde la gente es tan feliz, en realidad, que nunca le preocupa si es tarde o temprano ni tiene el menor deseo de quitarse la vida.

Nos hemos acostumbrado a amar lo predecible. A mirar con gusto esas espaciadas gotas, como pruebas de pintor que calibra el gotelé si caen en el suelo, como latigazos en la espalda de un reo si caen en la pared. A decidir por razones no climatológicas si salimos con paraguas o sin él. A entornar sin rabia los ojos cada vez que miramos al cielo. A tratar con infinita paciencia a ese vecino que entra al ascensor sacudiéndose a manotadas la ropa y que, tarde o temprano, antes de bajarse va a decir: «Está chispeando».

49. Los otros

Los días aquí son cada vez más aburridos y por eso acudo a presenciar los juicios que se celebran a todas horas. Es mi única distracción. En el último al que asistí acusaron a un joven ateo alemán, estudiante de medicina, soltero, amante del jazz, juerguista y mujeriego, que se había caído por el hueco de una escalera cuando huía de un marido celoso. Las vidas de aquellos que son declarados culpables me parecen fascinantes, algo que yo no podré tener jamás, y, lo reconozco, sin poderlo evitar, también me llena de envidia.

A veces miro a los que me acompañan, casi idénticos a mí, y me pregunto qué habría sentido si me hubiera comportado como los otros, como los condenados. Es entonces cuando tengo la certeza de haber perdido el tiempo, ahora que ni siquiera puedo añorar sus secretas emociones, y luego, al acercarme para verlos descender, arrogantes y con esa indolencia que me fascina, hacia las mazmorras donde serán desterrados, sueño con poder compartir algún día su destino. Pero siempre hay allí un ángel custodio que me aparta de la entrada y mi alma nunca logra disfrutar del reconfortante calor que se intuye más allá del umbral prohibido.

48. Estaciones

Hay personas que, como algunas ciudades, siempre tienen una nube gris encima. Su vida es de una humedad constante: cuando no les toca sirimiri les toca tormenta y en las épocas en que encadenan borrascas es mejor no acercarse a ellas. Otras personas, sin embargo, son luz. Y no porque se libren de amarguras (la vida, ya lo sabes, es muy puta), sino porque se esfuerzan en posar una mirada rosa sobre los días, buscando convertir cualquier tiempo en verano.

Elena lleva cuatro meses de duro invierno, arrastrando una tristeza que no se le despega. Todo se le hace charco: el hospital, el trabajo, la casa vacía… Todo menos el viaje en bus para ver a su padre en el hospital. Cada mañana Ricardo, el conductor, le ofrece su amplia sonrisa y le recuerda que también existe la primavera. Hoy Ricardo se ha lanzado y le ha dicho que quiere quedar con ella. Aunque sea para un café rápido; aunque sea de máquina de hospital. Elena ha sentido un calorcito tibio en su corazón y le ha dicho que sí. Al final, quizá también sea verdad para ella eso de que tras la tormenta termina saliendo el sol.

47. Medio lleno siempre (Luisa Hurtado)

Nunca nos hemos puesto de acuerdo en nada. Tú siempre has dicho que si nos conocimos fue porque me quitaste la merienda, cuando yo recuerdo que la compartimos. Has sostenido que me tirabas de las coletas y levantabas las faldas por hacerme rabiar; yo siempre creí que era porque no podías vivir sin mí. Ya de adolescentes afirmabas ser un don juan; o un indeciso, he apuntado yo cuando he tenido ocasión, siendo prueba de ello este matrimonio que hemos construido juntos.
El médico acaba de darnos las malas noticias, ha hablado de unos meses y nos ha prometido que no sufrirás. Yo confieso estar contenta y prometo ya desde ahora que, si no llegas al año, aguantaré y afirmaré siempre que fuiste un buen marido, aunque solo sea porque por una vez tú y yo parece que nos hemos puesto de acuerdo en algunas cosas: yo siempre fui una ilusa, tú nunca me quisiste, aquí no hubo ni amor ni respeto, solo la mala costumbre de que las parejas debían de serlo para toda la vida, o parecerlo, algo en lo que el mundo ha cambiado y mucho, a lo que yo llego a tiempo y tú no verás.

46. A la deriva (Javier Igarreta)

Siempre había sido reticente a los cachivaches electrónicos. Sólo tenía un móvil elemental. Eso de ceder el control de sus asuntos a los duendes de la tecnología le causaba cierta preocupación. Cuando, sospechando que el fondo lo deseaba, su nieta le regaló un portátil, lo aceptó a regañadientes. “Sólo para cosas necesarias”, insistía para justificarse. Como temía aquel aparatito pronto se le hizo imprescindible, robándole el tiempo que antes dedicaba a otros menesteres. Incluso dejó de acudir a la Ópera. Para compensar, de vez en cuando escuchaba algo de Donizetti. Pero nunca pensó que aquel nuevo pasatiempo entrañara peligro alguno. Una tarde, mientras navegaba rutinariamente por Internet, notó una brusca retracción en el pulgar derecho. Antes de que pudiera reaccionar, el enhiesto apéndice comenzó a replegarse sobre sí mismo, arrastrando a los otros dedos a hacer lo propio. Su mano desaparecía por momentos. El menguante muñón escaló imparable brazo arriba. El fenómeno autodestructivo simultáneo en todas las extremidades y acabó finalmente en los órganos vitales. Incapaz de procesar los sentimientos encontrados y las ideas preconcebidas, el sistema colapsó y el ordenador hizo plof. Una furtiva lágrima resbaló cadenciosa por la superficie de la pantalla.

45. ENSAYO SOBRE LA KALOPSIA

─Que bonita está la noche. ─dijo el baterista con voz queda.
Recostaba la cabeza sobre el cristal salpicado de lluvia. Fuera una luna amarilla paseaba entre girones de nubes grises. Sopló el humo del canuto que ardía perezoso entre sus dedos.
El guitarrista jugó con una escala de blues y luego dijo:
─Eso es kalopsia.
─¿Qué?
Kalopsia. Es cuando los petas te hacen ver las cosas más bonitas de lo que son. Se llama así. Kalopsia.
El baterista hundió las mejillas en una chupada profunda, le patinó un pie del banco de la batería donde estaba apoyado y pisó el pedal del charles produciendo un sonido sincopado.
─¿Cómo cuando tu padre conoció a tu madre?
El guitarrista sonrió y tocó burlón ¨La pantera rosa¨. Tenía una nariz enorme que sobresalía entre dos cortinas de pelo. El bajista repitió la melodía algunas octavas más grave y el otro disparó el resto del porro con sus dedos y este chisporroteó contra el electrobajo y todos rieron.
─La sublimación de toda la vida. ─dijo Rosendo con su acento carabanchelero.

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