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Llevamos días persiguiendo su andar saltarín y el vaivén de su coleta. No lo dices, pero es evidente. Cada mañana esperamos que ella y su grupo se pongan en camino para seguirles los pasos.
Mientras tanto, consultas el mapa o cambias tus calcetines. Te lo digo: tú estás colado por la rubia de los pantaloncitos. Te ríes con ganas, como si fuera absurdo. Pero lo absurdo es que no cojas mi mano y por las noches no te cueles en mi cama como habíamos planeado.
Ya no hablamos. Solo caminamos. Si los de la rubia paran, nosotros también. Si los de la rubia mojan sus pies en un río, nosotros los observamos desde la hondonada.
Una noche decido que ya no más. Identifico las botas de la rubia a las puertas de su cuarto y deposito en ellas trozos de cristal.
A la mañana siguiente las botas no están en el pasillo, ni la rubia, ni su grupo. No se han escuchado gritos, ni urgencias.
La coleta alta se ha esfumado. Dices que mejor partamos temprano. ¿Y qué pasa con la rubia?, pregunto. ¿Qué rubia?, dices encogiéndote de hombros.
Huérfanos de excusas, seguimos juntos, esperando alcanzar pronto la siguiente bifurcación.
Quería ser mi hermana. Ella hacía que pareciera fácil. Y hermoso. Me quedaba embobado mirándola por una rendija que había en la puerta, estirando la merienda hasta la hora de la cena pues me olvidaba de comer concentrado en su danza. Cuando se fue, mis ojos la siguieron hasta que se mimetizó con la línea del horizonte. Dejó sus gastadas zapatillas y su decolorado tu-tú sobre la cama; en la escuela le esperaba una nueva equipación.
Decidí seguir sus pasos.
Hice una bola con el desprecio de mi padre el día que le dije que yo también quería ir a ballet y la eché a la papelera. La tarde que me sorprendió con el tu-tú de Katrina, estaba practicando un grand jeté. No me detuve. Impulsé mi cuerpo hacia la ventana abierta y salté siguiendo la estela que ella dejó en el camino.
A Rafa Heredero
Las estrellas tienen rostro de mujer. Los espíritus celestes invocan a la nieve, que cae copiosa sobre un valle de estalagmitas donde los cráteres escupen fumarolas anaranjadas. Y a su regreso los acoge un mar verde cobalto poblado por medusas y tritones.
Lo despierta la luz de la mañana, que se derrama desde el techo de cristal. Se pregunta si las imágenes han brotado del sueño o si, cuando cayó dormido en el estudio de puro agotamiento, ya estaban allí, mimetizadas con los decorados, esperando a que su genio de dios ilusionista las conjurase. En su mente repasa la película, resuelta casi por completo, excepto por la secuencia central: solo sabe que la Luna tendrá la cara de su adorada Bleuette. En un arrebato de inspiración repentina, Georges decide estrellarle la nave en un ojo. Será su pequeña venganza por todas las veces que ella lo ha rechazado.
No ve peligros imaginarios, y los padece tanto o más que la mayoría. No siente como se aleja poco a poco de su familia y de los amigos. No interpreta haberse separado con veintipocos años, tres veces. No siente como carga “la gracia” de salir de casa a escondidas, en múltiples ocasiones, para curarse en el hospital sus innumerables heridas.
Llama cada vez más a menudo a la policía. Intenta, una y otra vez, comenzar una nueva vida; pero ni eso perturba su temple, ni asume que es una víctima. No se reconoce como tal. Es que los chiquillos gritan.
Llegó al mundo por un descuido del destino y la recibió el fragor de una repentina tormenta de verano. Su madre, sin darle siquiera un beso, la abandonó, envuelta en una capa negra, a las puertas de un convento de clausura. Luego, se esfumó misteriosamente en el aire. Condenada desde su más tierna infancia al silencio y al trabajo, a menudo se preguntaba, por qué temblaba el solado cuando barría, por qué se inquietaban las campanas de la torre al escuchar sus rezos o por qué le brotaban espinas en los dedos cada vez que se enojaba. Tampoco era capaz de comprender la razón por la que las piadosas monjitas la miraban de soslayo en el refectorio y aceleraban el paso en el claustro para esquivarla. Ella, que aún ignoraba que en su interior habitaba un volcán dormido, lo atribuía al extraño brillo de sus pupilas y a su nariz ganchuda. Hasta que una noche de San Juan la Luna llena la visitó en su celda y le desveló el enigma. Después, precedida por un vuelo de murciélagos, se encaminó hacia la niebla del bosque. En el convento dejó una sombra con hábito de novicia. Sólo quiso llevarse la escoba.
Desde lo más externo a lo más minúsculo, todo puede afectar la distancia que te tome llegar hasta ahí. Tu porcentaje de materia grasa, tu cantidad de melanina, incluso la existencia o no de una pequeña patita de cromátida. Muchos te dirán que son factores irrisorios, pero solo hace falta levantar un poco la vista para darse cuenta el patrón observable entre los individuos que sí han llegado. Muchos te dirán que escribo estas líneas con amargo resentimiento, y yo me pregunto ¿acaso no tengo el derecho al resentimiento? Tantos otros dirán que soy tan solo una más que quedó al costado pero ¿a cuántas no les han dado el poder de decidir, si quiera, estar al costado? ¿a cuántos, sin importar su talento, los han dejado para después?
No me importa, dijo con la fuerza que dan la ignorancia y la juventud, conmigo será diferente.
«No sueñes con llegar al refugio utilizando un atajo porque no lo hay» Dijo José «Al final del día descansarás caliente y seco, pero antes recorrerás la misma senda por la que pasaron muchos antes que tú y por la que pasarán muchos después que tú. No hay otra forma. Este es el camino».
«Repito que he oído hablar a los compañeros de ese atajo» Contestó Alberto «¡Mira el mapa! Además tengo la ruta en el GPS. Ahorramos tiempo, nos quitamos desnivel y ganamos en seguridad porque evitamos trepar paredes expuestas».
-Pero hay dragones.
-Los dragones no existen ¡Por Dios! ¿Qué te pasa?
Cuentan que decidieron separarse y que cada uno fue por donde le dictó su albedrío. José llegó exhausto, al límite de sus fuerzas. Necesitó ayuda para curar las heridas que se produjo en varias caídas.
Alberto nunca llegó al refugio. Sobre su suerte se sucedieron los comentarios que terminaron por originar una historia que pronto adquirió tintes de leyenda. Algunos alpinistas relatan que han visto a contraluz, siempre en las más altas cimas, la figura de un hombre acompañado de tres grandes animales alados y diez pequeñas crías solícitas. Él parece muy sano y las dragonas felices.
Los niños corrieron hacia la loma sin percatarse del letrero clavado al borde del camino, hipnotizados por ese verde irreal. Al pisarla, la hierba crecía sin control a sus espaldas y los chicos desaparecían tras ella. Les grité que no se movieran, que regresaran sobre sus pasos, aunque la espesura ahogaba mis voces, y sus risas. No se detuvieron. El horror me mantuvo paralizado hasta la llegada de los jardineros, cuyas miradas parecían recriminarme nuestra sistemática tendencia a saltarnos las normas. Les hice ver que hubiera servido de poco la lectura del rótulo, ya que mis pequeños únicamente saben dar los buenos días en el idioma del país cuando no les puede la vergüenza. Sin cruzar más palabras, los operarios se dieron la vuelta y comenzaron a podar el cerro con meticulosa paciencia. Mientras avanzaban tijera en mano, se les oía decir «Good morning!» a cada rato, con la esperanza de que alguno respondiera. Fue así, señoría, como perdí a mis hijos.
Viene a mí nada más verme entrar y me abraza. Ya le he contado por teléfono la odisea que he sufrido para volver. Sé que está feliz porque al menos he llegado sano y salvo, pero es evidente que este no ha sido mi mejor atraco. El tipo de la joyería llamó a la poli en mis narices, obligándome a salir de allí a la desesperada. Destrocé el coche en mi huida y tuve que robar una moto que al poco dejó también de funcionar. He utilizado luego cuatro líneas de metro y otras tantas de bus para despistar a mis perseguidores, hasta llegar al barrio tras dar la vuelta entera a la ciudad.
Dejo el miserable aunque costoso botín en el suelo, me lavo un poco y nos sentamos a cenar. Le digo que las croquetas están muy buenas. Ella me explica que son fruto de la prolongada espera, cambios caprichosos propios de la inquietud, pues hace unas horas eran ropa vieja, y antes de eso, restos del cocido de ayer. Comemos hablando de trivialidades y riendo por tonterías, brindando una y otra vez por cosas que nunca tendremos, ignorando el cada vez más cercano ruido de sirenas.
Algún duende travieso ha debido cambiar el guión, pues su vida no debería ser esto. Este caminar apresurado, sin tiempo ni para respirar; este agotamiento infinito que adormece la ilusión; esta tristeza espesa que la estruja por dentro hasta ahogarla.
¿En qué momento se desvió del camino que había dibujado para sí?
Ella quería ser libre, recorrer mundo, tener una vida preñada de aventuras. Sin embargo, las riendas escaparon de sus manos y las circunstancias la arrastraron hasta el borde del barranco por el que camina.
Solo durante las noches toma el control de sus sueños para vivir una vida que cada vez se vuelve más real. En ese lugar intangible puede saltar al vacío y volar, bailar hasta el amanecer y amar sin miedo a las consecuencias.
Cuando despierta todavía lleva la sonrisa colgada en sus labios.
Minutos después, una lágrima se desliza hasta el café.
Pasa las horas imaginando el siguiente capítulo de esa vida paralela, en la que puede ser feliz sin pedir permiso ni perdón, esperando que llegue el momento de regresar allí para seguir con su vida en el punto en el que se quedó.
Y pensando que quizás un día decida no despertar.
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