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Has recorrido un barrio de los que no aparecen en las guías -árboles raquíticos punteando el asfalto, niños jugando al futbol en un descampado- hasta llegar a las señas que llevas escritas. Cuando al fin te atreves a llamar, abre ella, la mujer que ahora aprieta tus manos y sonríe desdiciendo sus ojos enrojecidos como el arcoíris desdice la tormenta. Antes, te ha enseñado fotografías de un hombre que se parece a ti, pero que ya no podrá conocerte. Sentados frente a dos tazas de café te ha contado que el día de tu nacimiento se convirtió en el más amargo de su vida. Ni siquiera le dejaron verte. Nunca pudo creer al doctor que certificó tu muerte súbita y te ha andado buscando sin perder la esperanza. Le has hablado de los suspiros de tu “madre” mirándote ensimismada como si buscara en ti a otro y del distanciamiento de tu “padre”. Pequeños gestos que comprendiste con aquella llamada de un número que no estaba en tus contactos.
Te sientes confortablemente extraño, será fácil quererla. Tendrás que acostumbrarte a reiniciar la vida que os robaron. Tendrás que acostumbrarte a que te llame Juanito.
Lola estaba harta de su móvil, de la batería y de las teclas que siempre fallaban (pulsaba dos y salía b).
Cuando se le apagó de repente, decidió que era momento de cambiarlo.
En la tienda, un vendedor amable le mostró uno de última generación. Táctil. Ligero. Extraplano. Una joya para dedos con artrosis. De carga rápida.
Podrá leer noticias, libros, ver películas, explicó el vendedor amable.
Pero a Lola esas cosas no le interesaban. Yo prefiero leer en papel y ver filmes en el cine, dijo.
El vendedor continuó con el tema de juegos integrados y con otro sinfín de cosas que Lola no escuchó. Por último, dijo el precio.
¿Tiene algún modelo más sencillo?, preguntó Lola.
El vendedor, entonces menos amable, sacó uno de fácil manejo y teclado grande. Modelo senior.
A Lola no le gustó y se quedó el primero. Aunque solo lo quiero para llamar, puntualizó.
Y lo cumplió. Hasta que pasó lo que pasó.
En el autobús, se sorprendió a sí misma leyendo noticias. ¿Qué estoy haciendo?, se recriminó. Miró horrorizada a ambos lados y lo apagó. Resopló. Luego, volvió a encender el móvil y, con manos temblorosas, jugó su primera partida de Candy Crush.
Resulta gratificante observar el salón de actos abarrotado, a las cinco hermanas inseparables, con esa complicidad suya, reunidas para la presentación.
Laura, la más decidida, explica el contenido del libro póstumo, escrito con las manos de todas ellas a partir de sus recuerdos; imaginativas historias surgidas de la cabeza y el corazón de Adela, la madre, quien por muchas necesidades que pasaran, o agotada que estuviese, nunca olvidó, ni le perdonaban, algún cuento antes de dormir. De no haber tenido que trabajar de sol a sol, fuera y dentro de casa, quien les trajo al mundo hubiera sido escritora.
Laura añade que el recopilatorio lo van a disfrutar los nietos a los que no conoció, también cualquiera dispuesto a adquirirlo. Este paso de publicar se demoró bastante, pero no es tarde para que la creatividad de Adela perdure. Se lo debían. Magos, princesas, tramas ficticias y otras más cercanas brillan en esas páginas con reflejos de eternidad. Solo falta una que pactaron no contar nunca, que evitan incluso entre ellas: la de la noche en que su padre volvió aún más ebrio y violento, el forcejeo en defensa de la madre, aquella caída nada casual por el balcón.
A sus setenta años comenzó a estudiar las letras y una década después ya tenía el título universitario que siempre había soñado. Se levantó con esfuerzo de la silla del bar en que acostumbraba a tomar un café y coñac y en la que permaneció horas ensimismado en sus pensamiento y orgulloso de su logro. Se jubiló. Acudió al entierro de su padre. Acudió solícito a ver a su madre enferma. Disfrutó con sus mellizos a los que cada noche les contaba un cuento. Se casó con Juana. Consiguió trabajo en el campo. El capataz lo expulsó, estuvo meses parado y volvió a casa de sus padres. María, su primera novia, lo abandonó por celos y harta de su pandilla. Pasó noches de juerga, alcohol y mujeres con sus amigotes. Se enamoró. Dejó la escuela para ayudar en casa y trabajó en una panadería. Correteaba con los chavalotes del pueblo y destacó como delantero centró. Tuvo su primera bicicleta, un triciclo que le trajeron los Reyes. Tomó leche materna hasta los dos años. Nació. Creció durante nueve meses en el útero materno. Todo volvió a empezar frente a una aventura cargada de vivencias, dudas, retos y decisiones difíciles.
Félix era un hombre solitario. Vivía en un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. Trabajaba “on line” para una empresa de seguros. No tenía amigos ni familiares. Su única compañía era su gato Bogart. Un día, recibió una carta inesperada. La invitación a una reunión de antiguos alumnos. Se pedía confirmación de asistencia lo antes posible. Quizá fuese una buena ocasión para recordar viejos tiempos, pensó.
Félix no sabía qué hacer. Le daba pereza ver a gente que no le interesaba, siempre huía de multitudes y de conversaciones banales. Prefería quedarse en casa con su gato, viendo televisión. Pero sería curioso saber qué había sido de sus antiguos compañeros… Quizás alguien tenga un trato interesante… Quizás alguien le hiciera sentirse menos solo… Quizás alguien le trajera el amor.
Decidió ir a la reunión. Pensó que acaso fuera una forma de cambiar sus rutinas, que podría ser su última oportunidad para ser feliz, porque “más vale tarde que nunca”. Llegó al lugar de la cita y se encontró con un cartel que decía: «Reunión cancelada por falta de asistentes». Félix se sintió decepcionado y triste. Volvió a casa y abrazó a Bogart. Mañana será otro día.
Se había convertido en una obsesión: su especialidad era el último minuto, incluso el último segundo. Jamás disfrutaba del camino, del proceso, de la elaboración. Se ufanaba de ser el más templado ante el peligro, el más tranquilo en el trabajo, el más listo ahorrando tiempo y esfuerzo. Competía contra otros y contra sí mismo por alcanzar récords absurdos.
Hasta aquel día de verano que le picó una avispa y nadie se inmutó cuando cayó sin vida, con la lengua monstruosa , la garganta hinchada y la aguja para inyectarse la adrenalina a un milímetro de su piel.
Nunca te dije lo mucho que te quería. Desencuentros, distintas formas de pensar y de entender la vida, ideologías opuestas y actitudes antagónicas, provocaron nuestro distanciamiento.
Tan largo fue el tiempo que nos separó, que ya no hubo manera de reencontrarnos, ni de buscar siquiera el camino de retorno. Quizá fue culpa de los dos pero, hoy, yo quiero reconocer la mía, indudable y cierta.
Cada día de mi vida sin ti, moría un poco, y el dolor por todos los errores me helaba el alma.La vergüenza por tantas discusiones triviales me hacía sentirme cada vez más y más pequeño, y más ridículo.
En este doloroso momento, mirando tus ojos, fijos en los míos, y cogiendo tu mano, te digo por primera vez que te quiero, que te doy gracias por todo y que te pido perdón por mi orgullo, por mi estupidez y por el lamentable abismo que me alejó de tí.
Adiós. Que tengas un buen viaje, papá, y que la tierra te sea leve.
Conmocionada por lo que me acabas de contar contemplo como las facciones de tu rostro se relajan. La forma brusca en que has soltado la noticia parecía uno de esos vómitos que te produce la morfina. Agotada por la falta de sueño y el cansancio físico de cuidarte, la información me ha dejado noqueada. Observo tus ojos cerrados y noto que hasta la respiración es más pausada. Entiendo que la agitación que tenías estos días no era por el temor a morir o un efecto secundario de la medicación. Necesitabas decirme la verdad. Ahora encajan como piezas de un puzle algunos comportamientos de papá y tuyos que nunca llegué a comprender. Lo que al principio fue un pacto entre hermanos, cuando no existían métodos modernos para quedarse embarazada, se convirtió en una espiral creciente de celos que llevó a mi padre hasta la locura. Mi tío, al que tanto me parezco, no se suicidó.
A mi edad provecta, libre hace lustros del tabaco, sigo siendo esclavo del efecto inherente al abandono del referido vicio que, en forma de quince kilos de grasa, no sé si blanca o gris, acumulan las lorzas de mis costados, frontal y bajo trasero. Sin olvidar la presión que las referidas ejercen sobre mi cuello, para tortura de quien me acompaña en el lecho, que hubo de soportar conciertos en tono roncón supino.
Un experimentado traumatólogo me preguntó examinando un moratón misterioso en mi costado por el que fui a consulta:
─ ¿Usted ronca?
Aquella tortura sonora terminó en el neumólogo con una noche de conteo de apneas con la cabeza invadida por sensores a modo de viscosos bigudíes, una espirometría, una máquina CEPAP y una recomendación muy viva de adelgazamiento.
Me gustó lo de soplar. Se me dio bien el espirómetro, con su tubito de cartón igual que el que me proporcionó la Guardia Civil en el arcén de una carretera de la provincia de Burgos, (di negativo). Pensé iniciarme en el arte de tocar la trompeta.
También Diógenes, de viejo, quiso aprender a tocar la flauta y dijo por primera vez aquello de: “Más vale tarde que nunca”.
Ahhh, háblame al oído en ese italiano tuyo tannn … tú ya sabes.
“Bellíssima ragazza, tu transformare la mea vitta in proffonda e intenssa”.
Aydios puuufff, sigue.
“Il tuo rosstro virginnale é la perfetta deffiniccione di la purísssimmma bellezzza”.
Oh oh, más
“In questi momenti la dulzzura di tu corppo sobrenatturalli me fazze alcanzzzare l´ésstassiss”.
Agh, por favor, susúrrame algo en latín.
“Potius sero quam numquam”.
Ayyy. Dímelo otra vez.
“P o t i u s s e r o q u a m n u m q u a m m m m m”.
Pffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff
Por fin llegan los soldados de la alianza. En las calles donde no se ha impuesto aún el silencio se solapan las últimas ejecuciones de las fuerzas ocupantes con las demoledoras descargas de artillería y munición de los libertadores. La ofensiva, en esta ocasión, persigue una reconquista absoluta. El entusiasmo por la victoria es tan intenso que las milicias no encuentran interés en detenerse, avanzan, salen de la población persiguiendo la retirada del enemigo, hasta alejar el frente decenas de kilómetros.
El silencio domina ya en los parques y avenidas de la ciudad. No ha quedado ni el murmullo esperanzador de algún herido. La ciudad vacía, repleta de cadáveres, queda definitivamente liberada.
El verano se acaba y, con él, mi trabajo en la heladería. Es una playa tranquila, de abuelos y nietos y de mamás solas con su carrito. Tardes larguísimas, esperando ver colarse el sol, entre las partidas de dominó de los viejos y videollamadas mostrándole a papá cómo se baña el peque. Cuando termino mi turno, el mar en calma apenas me refresca el cuerpo.
Pero cada tarde entra una clienta, Alicia, una chica rubia de ojos grandes y sonrisa generosa. Me cautivó desde el primer día que la vi. Siempre pide un helado de tutti frutti y turrón. Mi primo, que lo sabe, deja que la atienda yo. Intento en vano llamar su atención. He probado a llenarle mucho la tarrina, a cambiarle algún ingrediente; le he puesto sombrillitas y cucharitas de colores; le ofrezco mi mejor sonrisa. Pero nada; paga y se despide con un ademán de manos. Yo la sigo con la mirada hasta que un codazo me devuelve a la realidad: hay más clientes. Pero hoy será diferente; es ahora o nunca.
_ ¡Hola, Alicia! Tú helado. Si vas esta noche a la verbena, allí nos veremos. Ahhh, por cierto, mi nombre es Ana.
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