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La información dispersa en una lista interminable de cifras es procesada y compilada por un programa informático. Se producen resultados que son escrupulosamente analizados con absoluta frialdad para elaborar sesudas estadísticas con desembocadura en importantes decisiones: poca circulación para mejorar esa curva; densidad de población demasiado baja para mantener un centro de salud; porcentual interés en aumentar el gasto en determinado servicio en detrimento de tal otro… Y así, simples datos sin alma, provocan y provocarán incontables puntos de giro en historias anónimas a las que solo podrán poner nombre y apellidos sus respectivos protagonistas.
Eres un feto. Procedes de una estirpe inteligente, amante del silencio. Sientes terremotos, te asustas. Abres las puertas con tus manitas, echas un vistazo. Fuera hay bombas, montañas de basura, delirios, gritos… Es suficiente, decides retroceder. Cierras las puertas, empequeñeces. Retrocedes más. Te comunicas con tus padres, tatarabuelos. Ellos hacen lo mismo.
Ahora eres un neandertal. Avanzas. Eres adulto, inteligente. Acabas de sobrevivir a una devastadora glaciación que no será registrada en los libros. Crees estar solo, sobre la inmensidad helada, mas a lo lejos ves a otra superviviente, tal vez la única. Es hermosa, y lleva una antorcha. Ambos cerráis los ojos, sentís una vibración interior, un mensaje. Se acerca, os saludáis con la mano, pero no os detenéis. Ella prosigue su camino en solitario, y tú el tuyo. Alrededor reina un glorioso silencio.
Encontró un anónimo que habían deslizado por debajo de la puerta. Era un sobre sin remitente ni destinatario, que solo contenía un folio en blanco. No pudo volver a hablar, los piquetes informativos del diccionario, hartos de menosprecio, eran muy violentos.
Yo estaba con papá cuando llegó el primer anónimo. Lo sacó del buzón, lo leyó, y a la papelera. Con mi hermana descubrió el segundo. La nota, escrita en mayúsculas, acabó en la basura. Cinco misivas más tarde, mi hermano mayor cambió de sistema, yo recortaría letras en los folletos publicitarios, él buscaría modelos de cartas de extorsión, y Elsa pegaría todo. Papá empezó a guardar aquellas misivas, si iba a la policía, le harían falta pruebas. Esa noche suspendimos la misión. Para conseguir aquella videoconsola nueva, iba a ser necesario pillar a mamá con el señor con el que había empezado a quedar en una cafetería del barrio. Seguro que a ella la idea de comprar las fotos comprometedoras que los extorsionadores dicen poseer-y de papá y sus dos amigas tenemos, alucinante las cosas que hacen los mayores- por solo 863,25 euros, le parece mejor que al incrédulo de papi. Lo malo va a ser hacer esas fotos, él no sube a casa ni cuando papá viaja. Jorge está convencido de que siguiéndoles, ya les ha visto intercambiando papeles y apretones de manos, si no podemos comprarla antes de las vacaciones de Navidad lo lograremos antes de las de verano.
Diario La Vanguardia. 2 de diciembre.
HALLADO dinero en Paseo Gracia. Retorno quien sepa cuantía, tipo billetes, fecha pérdida y continente. Dejar mensaje esta sección próximos días. Refª Íntegro.
Diario El Periódico de Cataluña. 2 de diciembre.
EXTRAVIADOS 10.000 EUROS, billetes 100, ayer, en Paseo Gracia. En bolsa Corte Inglés. Agradeceré devolución. Refª Trapalatrop.
Diario La Vanguardia. 3 de diciembre.
ÍNTEGRO, perdí dinero pasado día 1. 10.000 euros billetes cien. En bolsa Corte Inglés. Gratificaré mil euros. Refª Genaro.
ÍNTEGRO, jueves, día 1, extravié dinero (10.000 euros billetes 100). En bolsa Corte Inglés. Premiaré gesto con 800 euros. Refª Abundio.
ÍNTEGRO: gracias. Mis 10.000 euros, billetes de 100, en bolsa Corte Inglés. Puedes quedarte mitad. Refª Braulio.
Diario La Vanguardia. 4 de diciembre.
ÍNTEGRO. Ayer error. Omití un cero. Recompensa de 8.000. Espero contacto. Refª Abundio.
Diario La Vanguardia. 5 de diciembre.
ÍNTEGRO. Solo me interesa bolsa Corte Inglés. Lo que me quieras dar está bien. Refª Genaro.
Diario La Vanguardia. 6 de diciembre.
GENARO, ABUNDIO, BRAULIO. Adoro gente que lee varios diarios día. Estar informados os puede hacer ricos. Gracias desinteresada colaboración mi estudio sobre picaresca española actual. Refª Íntegro y Trapalatrop.
Llega sin sobre y sin estampillas, como si no proviniera de un lugar sino de un tiempo.
Viene sin firma, pero con su letra. Es su letra, ya sin las curvas y voluptuosidades de la adolescencia, o el pulso nervioso de la temprana juventud. Es su letra que, erosionada por las aguas y los vientos de la vida, se ha transformado en esa monótona planicie que abraza un horizonte impreciso. Es su letra que se ha desnudado de todas las metáforas. Es su letra, ya sin nombre, que atraviesa el silencio como lanza y viene a cumplir las promesas de ayer.
Miré al cielo y te volví a dar las gracias por permitirme sentir los latidos de tu corazón, La cremallera cicatrizada en mi pecho representaba el inesperado vínculo entre nuestros cuerpos.
No te conozco, aunque seas mi vida.
EL SABLE
Este fin de semana he cerrado la casa del pueblo de mi padre en Extremadura.
Murió hace 51 años.
He encendido la chimenea de la cocina con piñas y papel de periódico.
Todo el día llenando cajas.
Solo me quedaba el armario del despacho y al abrirlo, entre su ropa de militar, he encontrado una manta de las de Béjar, marrón con una franja blanca y flecos en los bordes.
Envolvía algo alargado. Al desenrollarla me he encontrado con un sable y un sobre cerrado.
Lo he desenvainado. Más de la mitad de la hoja estaba manchada de sangre coagulada y ya con un tono amarillento.
El silencio se extendió por la habitación y el frío me caló los huesos.
Nunca me contó nada de su paso por la guerra civil, pero este sable parecía que se me había clavado en el corazón.
Cogí la carta. Estaba escrita con letras que casi no se podían leer “para …”.
Después de dos horas, helado de frío y con mi corazón sangrando, cogí la carta, la eché a la chimenea y me quedé observando como el papel crepitaba y desprendía chispitas hacia el tiro.
Papá, ¿por qué no me lo contaste?
Pasé de mala madre a vieja cascarrabias sin darme cuenta. De mis dos hijas una me ignora y la otra me atosiga. A veces pienso que fuimos una de esas familias que llaman «disfuncionales» (me gusta la palabra, aunque familia de mierda sea lo primero que me viene a la cabeza). De ahí lo dicho anteriormente.
La atosigadora sube a verme dos veces al día; dos visitas cortas para comprobar que me tomo las pastillas y que la asistenta cumple con las tareas que ella misma le va asignando. Luego, unas regañinas cuyos pretextos solo puedo suponer. Nada más entrar ella, apago el sonotone y me limito a mover la cabeza en señal de aprobación a todo lo que me dice. Es la mejor manera de que no terminemos discutiendo. Un sistema que nos va bien a las dos.
Sin embargo, cuando me visita la otra (tres veces al año) procuro tener las pilas del sonotone bien cargadas, me arreglo y preparo una buena merienda. Después de los besos de rigor (casi mortis) pasamos a la salita, pero entre bocado y bocado de mantecado solo me llega el chisporroteante silencio de su incomodidad, rencor e impaciencia.
Nos quedamos callados, ella con su natural discreción, yo con asombro, pues era la primera vez, y el resto de asistentes con frialdad disimulada, como correspondía al momento y al lugar. Por fortuna para todos, solamente fue un ruidito, como el que hacen los sillones de cuero cuando uno se sienta de golpe, y menos mal, porque cuando no se escuchan, suelen ser más molestos para la concurrencia, aunque también se pueden disimular mejor, pues se desconoce al responsable. Me creí en la obligación de salir en su defensa, pero ella, sin hacer el menor ademán, me disuadió de echarle más leña al fuego, pues adivinó en mi mirada la intención de sacar un mechero y dar un espectáculo aún más bochornoso. Asumió tácitamente la autoría del episodio con esa naturalidad que le era propia y que la hacía única, y así, tras el incómodo inciso, la ceremonia podía proseguir.
—Yo os declaro marido y mujer, concluyó el oficiante, algo sofocado, todo hay que decirlo.
El martes se ha convertido en el mejor día de la semana, hay reunión. Empieza siempre a las seis, aunque yo a las dos ya estoy nerviosa. Muy nerviosa. Tanto que en la comida no pruebo bocado, una tila azucarada como mucho. En otros tiempos, me hubiera bebido un copazo para templar los nervios, o acelerarlos según se mire. Pero ahora no hago esas cosas, hace meses que no pruebo el alcohol. Claro que eso no lo cuento, no quiero que me echen de la asociación. Es el único sitio donde me llaman por mi nombre y no responden con silencio incómodo al contar mi historia.
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