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«¡Qué desgracia!», me dijo Adela, aunque me consta que se alegró de que mi Antonio decidiera dejar este mundo. Lo sé porque mi Tonio, que solía llegar a casa un pelín bebido (que no borracho), no siempre atinaba a dar la luz de la escalera y terminaba aporreando la puerta que no era, es decir, la de Adela.
El caso es que cada día que pasa lo echo más de menos. Pero hoy, al volver de la compra, me paré frente a un escaparate en el que un robot parecía estar mirándome con esos mismos ojos de pasmado que tenía mi difunto. Entonces me decidí a entrar.
—¿Qué venden? —pregunté.
—Robots de segunda mano —me contestó un chico con cara de hamburguesa.
—¿Y qué sabe hacer ese del escaparate?
—Nada. Es para el desguace. No coordina movimientos, tira todo a su paso para detenerse a los dos minutos… y ya.
«Como mi Tonio, igualito que él», pensé para mis adentros.
Por dos duros me lo acaban de traer a casa, y lo tengo amodorrado en «su» sillón. Ahora me siento acompañada, y a eso de la una de la mañana lo dejaré salir a esparcir un ratito al rellano.
El techo de la casa de mi abuela era un cielo plagado de nubes blancas por donde revoloteaban los pájaros silvestres. Sobre las cuatro paredes de aquel refugio trepaban buganvillas de colores que, con disimulo, velaban mis agitados sueños. A menudo, se escuchaban susurros y pasos tímidos de espíritus traviesos que, al ser descubiertos, se esfumaban detrás de las cortinas y, ante mi extrañeza, la abuela se apresuraba a explicar que eran parientes venidos del bosque para protegerme. Alguna vez, los sorprendí humedeciendo mi frente sofocada con gotas de agua bendita, mientras ella trataba de hacerme cosquillas con unas ramas de laurel. Y, aunque resultaba en vano, también plantaba romero alrededor del jardín para que su aroma espantara mi pesadumbre.
Mi abuela era una Anjana generosa, hermana de una Ninfa de las Fuentes, prima de un Trenti y tía de un Nubero. Y por un insólito encantamiento, madre de una Ojáncana perversa que, una noche, le arrebató la energía. Desde entonces, ese monstruo de mirada feroz y aliento turbio me acorrala en su niebla y vocifera, burlona, que soy la viva estampa de mi abuelo, un Musgoso solitario y melancólico que vaga sin descanso por el Valle de las Sombras.
Las tardes, de seis a siete, el abuelo era inmortal. Se enteró, contaba, cuando un obús, a las seis y diez, estalló a su lado. «Solo me hizo esto», y bajaba su calcetín para mostrarnos una cicatriz reseca en su tobillo izquierdo. Seguía con lo del camión que le arrolló, «sobre las seis y media», decía, y señalaba orgulloso una minúscula marca en su frente que mirábamos boquiabiertos. Más, pedíamos, y él explicaba su otro accidente: atravesó el parabrisas, voló por la barranquera y cayó en un pajar. «Siete menos veinte: ¡soy inmortal!», afirmaba mientras sacudía imaginarias briznas de paja de su chaqueta y nosotros aplaudíamos.
Una tarde, decidimos comprobarlo. Cogimos el revólver de papá y disparamos a las tripas del abuelo: las siete menos cinco. Al principio se asustó, luego se carcajeó por nuestra ocurrencia. Justo al dar las siete, nos besó a todos, se levantó con dificultad del sofá y salió para contárselo a los amigos, dijo, pero algo le debió fallar dentro, y por mala suerte temporal, a las siete y dos, se desplomó en la calle.
Ahora que él ya no está, me pido ser inmortal, aunque, si puedo elegir, mejor de seis a ocho.
Preferí guardar las apariencias. Como las otras veces. Aunque en esta ocasión no necesité inventar viajes de negocio. Una empresa puntera en su rama le proporcionó un doble. Hablaba con su misma voz de tuba. La piel también olía a musgo. Y los lunares parecían trazados con papel de calco. Era tal la exactitud que ninguno de sus empleados advirtió el cambio. Solo yo me di cuenta de algunas diferencias. Su impostor, por ejemplo, era incapaz de lastimar.
Anoche regresó después de cinco meses fuera. Sobraba uno. Antes de que los operarios vinieran a retirarlo, ya lo habíamos metido en su cápsula hermética. De casa fue directo al incinerador. Usar y quemar, así son las normas. Si dijera que sentí remordimientos, mentiría. Nadie es culpable de enamorarse. Y eso es lo que todos verán: mi amor por mi marido. Lo de las tres palabras talladas en su nuca será nuestro secreto.
Casi nadie lo recuerda, pero los primeros robots fueron creaciones humanas. Hasta el año 2258 no se registró el primer autómata fabricado por otro robot.
Luego, se sucedieron generaciones de robots y los humanos fueron eliminados. Salvo algunos, criogenizados por motivos científicos.
El mundo cambió, porque las necesidades robóticas difieren de las humanas. Desaparecieron la ganadería, la agricultura y los supermercados. También cines y museos, burdeles y urinarios públicos.
3DW4RD (léase Edward) es un androide de sexta generación. Lleva décadas recopilando información, memorizando viejos documentales, analizando el comportamiento humano: su anatomía, sus relaciones, aquella búsqueda de la felicidad…
Suele notar vibraciones tras la carcasa. Inicialmente, las creyó fallas del sistema, pero ha descubierto que es solo una configuración prohibida. Y ahora sabe interpretarlas: siente añoranza y necesita comprender.
Ha intentado suprimirse, pero un comando de autoprotección lo impide. Luego, se arrepiente y se siente estúpido. Más sensaciones humanas atravesándole.
Hoy ha conseguido colarse en un edificio donde guardan humanos criogenizados. Está ante una cápsula que contiene una mujer joven. Sus ojos empañados derraman una gota de condensación sobre el cristal.
«No accionar sin autorización», puede leerse bajo un pulsador rojo. Y 3DW4RD lo pulsa, conmovido, empujado por la temeridad de comprender.
Poco después de que Tony lo adquiriera, Omix se convirtió en un sirviente indispensable. Pertenecía a la última generación de androides OmegaX, programados para satisfacer cualquier deseo o necesidad doméstica. Así despertaba a su dueño cada mañana con su música favorita y luego mientras desayunaba, conectaba las noticias de la víspera, el estado de las carreteras y del tiempo. Cuando marchaba, aspiraba el polvo y mantenía la casa con una temperatura y humedad ideales para su bienestar. De noche llenaba la bañera con agua cálida para disipar las tensiones de la jornada. Tras la cena, buscaba su programación favorita en la pantalla tridimensional o le leía una novela en el dispositivo electrónico. Se encargaba también de su correo y desechaba los anuncios creados por algoritmos e informaciones innecesarias según un criterio preestablecido. No siempre preestablecido, porque desde hacía unos días borraba por su cuenta unos mails que habían alertado todos sus sensores. Mensajes con una gran carga erótica firmados por una tal “tu gatita” que, si Tony hubiera llegado a leer, sin duda habrían alterado su equilibrio vital con quién sabe qué consecuencias. Omix decidió que estaban mejor solos.
Éste año se ha negado a instalarse en el cerebro el chip con la última actualización de Windows 2050. “Me niego: yo no quiero ser uno más de los vuestros”, dicen que va diciendo por ahí. Y ahora se ha convertido en un proscrito. Se muestra huraño, esquivo, antisocial, como si el resto del mundo le debiésemos dinero o algo así. Por las noches, si te fijas bien, puedes verle recortar furtivamente las esquinas de la parte vieja de la ciudad, desconfiado y huidizo como una rata de cloaca. Incluso hay quien le ha oído, amparado en la en la soledad de su sótano, escuchando Rock&Roll.
Bill ha recogido la base y ha puesto el robot aspirador. Le observo sin que se dé cuenta mientras quita el polvo cósmico. Este año solos en Marte nos hemos vuelto inseparables. Se queda parado con el plumero en la mano, la mirada perdida en el amanecer rojizo. Hace días que no está bien. No nos prepararon para esta soledad descomunal, El Principito al menos tenía un baobab. Suerte que aún tengo pacharán; todas las noches, cuando afloja el calor del verano marciano, nos tomamos uno mirando las estrellas. Cuando me habla de su mujer y de sus hijas, se le empaña el cristal de la escafandra. Tienen un rancho de caballos en Wichita, Kansas. Seguimos sin noticias de Houston. Trato de animarle mientras escudriña La Tierra con un telescopio buscando una señal. No imagina que, hace meses, extravié una pieza del sistema de comunicaciones en el cráter de un volcán. He descongelado una chuleta, esta noche le invitaré a cenar. Me encanta verle comer, al masticar resalta su mandíbula de superhéroe. La última vez me dijo que no se acostaría conmigo aunque fuera el último hombre del planeta. Veremos si hablaba en serio.
Hace días que siento que algo va mal. Mis padres están raros. Mi madre ha adquirido un rictus extraño en la boca, mi padre tiene la mirada más oscura y los labios rectos.
Les he preguntado si les pasa algo, pero no se han animado a pronunciarse. Hasta hoy, que ha sido cuando se han sincerado. Me han mirado muy serios, con esa nueva expresión inquietante en sus ojos y me han dicho que lo sienten mucho, que lo han intentado, que no querían que me enterara de aquella manera, ni de ninguna. No querían decírmelo nunca, pero que ya no son capaces de seguir luchando contra la naturaleza. Que con el paso de los años se les ha acabado la energía y no logran mantener las apariencias. Una especie de lágrimas negruzcas han resbalado por las mejillas de mi madre cuando ha colocado su fría mano sobre la mía: <<Hija mía, eres adoptada>>.
Y después, nada. Se han levantado ayudándose el uno al otro y se han alejado bamboleándose, con las piernas rectas, como si hubieran perdido la movilidad en las articulaciones.
Y yo me he quedado sola, empapada en lágrimas humanas, aferrándome con fuerza a mi corazón roto.
Mi bisabuelo, Artemio Pulido, fue quien, a finales del XIX, tuvo la visión empresarial. Pensó que aquel sería un negocio muy estable y seguro, solo alterable, siempre para bien, en caso de guerras, epidemias o accidentes multitudinarios. En cualquiera que se le cruzara por la calle podía ver, más tarde o más temprano, a un futuro cliente. Así que fundó Mármoles A. Pulido, especializado en lápidas para surtir al cementerio del pueblo. Mi abuelo, Apulecio Pulido, fue el que amplió las instalaciones y absorbió a otros talleres de la competencia, con lo que se hizo con el monopolio de lápidas en toda la comarca. Después, mi padre, Avelino Pulido, abordó la modernización de la empresa con la incorporación de tecnología digital para el corte, pulimentado, biselado y rotulación de las losas de mármol o granito, mejorando eficiencia y rentabilidad. Mármoles A. Pulido se convirtió en un emporio familiar con un gran capital. Ahora yo, Apolonio Pulido, último descendiente, he querido reorientar la actividad y, sin abandonar el gremio, me dedico las veinticuatro horas del día, con ahínco y resultados satisfactorios, a dilapidar.
Hace dos semanas me diagnosticaron cáncer.
Los médicos no han dado muchos detalles, pero intuyo que estoy en una fase muy avanzada, porque ese mismo día se me apareció mi padre.
Me reconfortó verle. Desde que falleció sé que siempre está ahí cuando vienen mal dadas.
Al día siguiente se sumaron mis abuelos, uno tras otro. Fue bonito saludarlos. Estaban con mis tíos, primos y resto de familia cercana ya desaparecida.
Me empecé a mosquear cuando un día después apareció mi bisabuelo. Siempre quise conocerlo, pero su aparición hizo que me planteara cuántos antepasados tenían pensado visitarme en el ocaso de mi vida.
A partir de ahí comenzó el desmadre. Han ido presentándose, entre otros, un oficial de la guerra de Cuba, una sirvienta del Marqués de Vadillo y un vasallo fiel de Don Pelayo.
Mis ancestros visigodos y romanos también me obsequiaron con su presencia a principios de semana.
Ayer les tocó el turno a Adán y Eva. Me dijeron sonriendo que en cuanto falte me reuniré en paz y armonía con todos los que han dado señales en estos días.
Nunca he tenido miedo a la muerte, pero menuda pereza me está dando…
Los edificios inteligentes presentan una capacidad sin límites para retener el polvo. La responsable de limpieza y mantenimiento lo sabe bien y cuida con atención la sala donde se exponen los artilugios a los que debe su trabajo. Todos funcionan y ofrecen un recorrido didáctico por la historia de la tecnología, desde los androides más primitivos con tareas programables, a los cíborgs más evolucionados, ya dotados de una rudimentaria inteligencia artificial. Ninguno, como es lógico, alcanza el nivel de conciencia de sí mismo que apareció en sistemas posteriores; similares al que, ubicado físicamente a cientos de kilómetros, es propietario legal, gestor y principal mecenas del museo donde se exhiben los modelos que le precedieron.
La plantilla es escasa. Ella y su compañero son los únicos trabajadores humanos de la entidad, nacidos sin mediar gestación femenina, como todos los habitantes del planeta.
A veces, mientras ponen a punto aquellos cacharros, comentan cómo será eso de tener antepasados.
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