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Una vez más se queda sin postre, con lo mucho que le gusta el helado de chocolate. Sin embargo, no emite una sola queja: él sabe bien que en casa no se habla de esas cosas raras. Abandona la mesa sin chistar y secretamente agradece que no lo hayan dejado sin la cena completa, porque irse a dormir con el estómago vacío le trae pesadillas.
El gigante podría haberse marchado hace tiempo. Incluso, en el momento menos pensado, podría borrar de un manotazo a toda esa familia diminuta. Pero sigue prefiriendo el asombro en los ojos de sus hermanos cuando les cuenta de qué están hechas las estrellas, qué bonita se ve la luna cuando sonríe o cuántos otros mundos existen en galaxias lejanas. Sólo tiene que andar con cuidado, porque si mamá llega a escucharlo, lo reprende sin excepción. Y el grandulón lo acepta dócilmente, con la íntima satisfacción de saber que es el único allí capaz de ver por encima de las nubes.
Mi primer recuerdo es una cabeza muy gorda. La frotaba contra mi barriga, haciéndome reír. Pero, hasta que comencé a caminar no descubrí que era alto como los árboles. Tanto que sentía cosquillas en el estómago cuando me subía a hombros.
Al crecer, sumé estatura y descubrimientos. Cuando estaba acostado parecía más bajo. Al agacharse emitía un quejidito. Cada vez le costaba más subirme… Al principio ponía excusas: «Lo prohibió la Policía» o «Tus huevecillos me hacen cosquillas en la nuca». Pero un día confesó la verdad: «Ya no puedo levantarte, hijo». Solo lo vi claro retrocediendo: tenía mi misma altura, el rostro cansado y el pelo gris.
Entonces, la vida voló. Un lunes comencé a trabajar y un noviembre le conté que iba a ser abuelo. Nunca intentó subirse a mi hijo a hombros. Lo sentó sobre sus rodillas y le dijo: «Una vez fui alto como un pino». Y mi hijo manoteó en su cabeza despeluchada de canas.
Ahora duerme en el cuarto de Jorge, que vive en Alemania. Cada vez está más consumido. Parece un pequeño bonsái. Apenas me reconoce, pero algunos días arrimo mi cabeza a su abdomen y la froto, mientras él ríe sin comprender.
Arranco. No hay tiempo que perder, ya está aquí la ambulancia. Llego a la garita. Espero. El vigilante abre el portón, echa un vistazo rápido al interior, la deja pasar. Con el cartel de Follow-me iluminando la noche, la guío esquivando los carros con maletas, sin perderla de vista por el retrovisor. Freno. Me acerco a decirles que su avión está apunto de aterrizar. Dentro de la ambulancia, el equipo médico con las batas verdes bajo los abrigos y, a sus pies, una nevera azul con la palabra corazón escrita a rotulador en un trozo de esparadrapo. —Van a implantar —deduzco y el mío late un poco más deprisa. Todo sucede muy rápido. El avión aterriza y ya en el aparcamiento apaga solo un motor, lo justo para que suba el equipo y rodar de nuevo hacia la pista. Despega y el aeropuerto retoma su ritmo habitual.
En unos minutos ya nadie se acordará de él, pero esta noche por aquí ha vuelto a pasar un ángel.
Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio.
Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.
Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras y escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio sin vida y con un ala rota.
Ángel es un amor, es una buena persona. Ayuda a las monjitas del albergue a cuidar de los desamparados y de de vez en cuando cocina un estofado delicioso que lleva al comedor social. Si sus vecinos se van de viaje le dan las llaves de casa para que les cuide el jardín. Remueve la tierra, rastrilla, desbroza y éste cobra nueva vida. Nadie ha conseguido arrancarle el secreto de ese abono que es como un poder especial. Ángel es muy confiado y siempre se ofrece a llevar a los autoestopistas y desamparados que se encuentra. «Ángel es un ángel» dicen todos en el pueblo con una sonrisa utilizando ese obvio y burdo juego de palabras. Además es un manitas y siempre está dispuesto a echarte una mano en cualquier momento. Por eso en el maletero de su coche siempre lleva cuerda, una navaja multiusos y lejía, mucha lejía. (más…)
Creció tan desmesuradamente en el vientre de su madre que a los cuatro meses lo reventó. A su primer llanto no le acompañó una explosión de alegría, sus padres al verlo, atónitos ante tan descomunales dimensiones, pusieron cara de funeral.
No había duda de que era un estorbo, su madre no paraba de quejarse por todo, porque pesaba mucho, comía mucho, gastaba mucha ropa… Ya en la guardería fue un bicho raro, el gallo entre los polluelos. Y, después, en el colegio, como todos lo rechazaban y no paraban de insultarlo, se le quitaron pronto las ganas de estudiar y aún peor, de vivir. No vio otra salida que la de encerrarse en casa. Sus padres, desesperados, no sabían cómo deshacerse de él. Finalmente decidieron donarlo a la ciencia y lo dejaron en un laboratorio que investigaba cómo modificar el tamaño de los humanos. Allí conoció a la mujer más pequeña del mundo, con la que, en breve, se casará. Cuando los científicos les comunicaron que con los avances existentes ya era posible convertir a los gigantes en enanos y a los enanos en gigantes, decidieron quedarse como estaban, habían comprobado que el amor no entiende de medidas.
Un día mi padre decidió convertirse en un ángel. Mi padre, hay que reconocerlo, es de los que cuando toma una decisión, es para toda la vida. Yo le advertí que para ser un ángel lo primero que se necesita son un par de alas, y que si aparecía con ellas en el trabajo, iba a ser el hazmerreír de la oficina. Pues ni así se echó atrás. Probé a comprarle un juego de alas y un arpa en una tienda de disfraces, pero son de un material demasiado precario y te deja la casa llenita de plumas. Y el arpa, ni suena. Al final le he encargado un juego de alas por Amazon y como le encajaban a la perfección, le hemos subido a la azotea, le hemos colocado en la cornisa y yo mismo me he encargado de darle un empujoncito. Al principio parecía que planeaba con cierta soltura, pero ha dado un brusco giro hacia la derecha, empujado por el viento, supongo, y ha desaparecido por el chaflán del edificio. Y ya no hemos vuelto a saber de él.
El Mal era grande y estaba cerca. Tanto que muchos tuvieron que cerrar sus bocas para que no entrara dentro de ellos. Hubo alguien que pensó en cerrar alma, boca y ojos y no mirar más allá.
Pero reflexionó y reflexionó… Y centenares de pros, enésimos contras llenaron libretas enteras. Pasaron días, semanas, meses… Y abrió de nuevo alma, ojos, boca. A pesar de tantos baches, casi recuperados todos sus sentidos, vislumbró un sendero que se extendía hacia delante.
Remendó sus alas rasgadas, una campana sonó y pudo verlos. Eran ellos. Tantas almas, que no se dejaron vencer, que no cerraron sus ojos ante el Mal.
Aunque todavía a distancia, los reconoció a todos. Porque allí estaban: animosos, ojos y bocas abiertas, almas llenas de esperanza. Agradecidos por seguir revoloteando en dulce compañía, componiendo nuevas historias.
Y su alma brincó con ellos. Siempre serían sus ángeles de hermosas palabras.
El Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid se enfrentaban entre sí en la última jornada de liga para hacerse con el campeonato: al Barça le bastaba un empate mientras que al Madrid solo le valía ganar. El encuentro fue muy disputado, aunque sin ocasiones de gol, hasta que, a escasos segundos para terminar, un defensa del Barça cometió un clarísimo penalti que el árbitro no dudó en señalar. El mejor delantero del Madrid colocó el balón, tomó carrerilla, disparó… y lo mandó a las nubes por encima del travesaño.
No hubo tiempo para más, pero antes de que el árbitro diese por concluido el partido recibió la orden del asistente de vídeo para que no pitase el final, porque en la repetición del penalti registrada por el VAR la pelota sí que entraba claramente en la portería. Por toda la escuadra. Un auténtico golazo. Y cada reproducción del lanzamiento era la reproducción del mismo golazo por la escuadra, de manera incuestionable.
Ante este dilema, la Federación de Fútbol se reunió con carácter urgente para verificar quién era el campeón conforme al reglamento, y tras entregar el título liguero a sus legítimos ganadores empezaron los disturbios. Como todos los años.
Hace tiempo que el mundo se olvidó de ellos. Los hombres ya no los veneran como heraldos de buenas noticias ni pintan el delicado fulgor de sus auras en lienzos exquisitos. Ni siquiera los niños los invocan a la hora de dormir.
Languidecen ausentes mientras se despiojan las alas, como aprendieron de las palomas, siempre tan afines a ellos. Los sábados de noche patrullan por viaductos herrumbrosos en busca de suicidas que salvar o se acurrucan en callejones helados a la espera de algún mendigo borracho a quien librar de la hipotermia. A veces, una de sus lágrimas le arranca una flor anémica a un secarral o su vuelo espanta las moscas que se ceban en los ancianos con pañales, y esas victorias exiguas vuelven a hacerles sentir los orgullosos custodios de la humanidad que un día fueron. Pero pronto caen de nuevo en el desánimo, lamentándose porque ya no son capaces de detener una guerra o mitigar una hambruna.
Como si acaso Yo alguna vez les hubiese otorgado ese poder.
Siempre estuvo a mi lado, desde muy pequeño. Le rezaba con mi madre al acostarme: “Ángel de la Guarda, dulce compañía…”. Yo le llamaba Adriel. Nunca le veía, pero sentía su presencia cuidándome, consolándome, guiándome. Hablaba con él; era quien mejor me comprendía. En el colegio, llamaron a mi madre para decirle que tenía un amigo imaginario. Ella solo me pidió discreción. El mundo nunca me entendería.
Con los años Adriel se fue difuminando. Mi madre culpaba a las malas compañías que empecé a frecuentar. Quizás tenía razón. También me fui alejando de ella, adentrándome por caminos cada vez más tenebrosos.
Han pasado muchos años. Hoy he regresado a casa para su entierro. Ha muerto sola y amargada, pero no puedo dar marcha atrás al tiempo. Percibo el rencor de la familia. Tras el funeral me abandonan. Recorro con tristeza lo que fue mi hogar. Me sobresalta un movimiento fugaz en el espejo. Me giro; no hay nadie, aunque noto su presencia. Más tarde veo su reflejo en el pomo de la puerta, en la vitrina. Su sombra se superpone a la mía en el pasillo. Adriel ha vuelto. Pero ahora tiene cuernos y su risa me hiela la sangre.
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