Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

24. EL PARQUE DE LOS NIÑOS (Paloma Casado)

El parque estaba plagado de tesoros ocultos. No era necesario un mapa que marcara con equis los escondites, cada uno de nosotros conocía el lugar exacto donde había enterrado su chapa favorita, su tela preciosa o su piedra brillante.

La minúscula laguna se había convertido en segunda residencia de peces y tortugas imposibles de llevar de vacaciones. Allí íbamos a visitarles sus antiguos dueños, satisfechos de encontrarles vivitos y coleando, tan felices con sus nuevos amigos. Bajo los bancos, gorriones y palomas se disputaban las migas de los bocadillos de la merienda, mientras los árboles escondían tras sus cuerpos leñosos a los emboscados del “tula”. Las madres prohibían a los más pequeños alejarse. Les contaban leyendas sobre niños que desaparecían al aventurarse solos. Porque – decían– existen lobos y hombres del saco. Porque al anochecer, también los paraísos se llenan de sombras.

Pero llegaba un día en que, urgidos por crecer, traspasábamos la frontera del parque hacia un mundo en donde las calles son grises y los relojes tiranos. Y sentimos esa desolación del expulsado de una patria a la que nunca podrá volver.

23. Una nueva vida (Marisa Martínez Arce)

Cuando compramos la casa, lo que nos hizo decidirnos no fueron sus metros cuadrados ni sus acabados. Nos impactó su tejado de pizarra a dos aguas y sus preciosas vistas al bosque.

Hoy, sentada tras los cristales de la ventana, intento recordar mi vida anterior. Desde aquí puedo oler el bosque, escuchar cantar a los pájaros, el tintineo de las hojas mecidas por el viento, el sonido de la lluvia. Los días de tormenta prefiero acurrucarme en el sillón, arropada bajo una manta de cuadros. Allí espero paciente la llegada del trueno. Siempre me asusta por lo inesperado, me sucede desde niña. A mi perro le ocurre lo mismo y se tumba a mi lado apoyando su cabeza sobre mis piernas hasta que pasa todo. Esos días sabe que no hay paseo, que debe ir a los periódicos de la galería.

Se me está haciendo muy difícil acostumbrarme a esta nueva situación. ¿Cómo puede cambiar todo en un instante? Lo único que recuerdo de aquella mañana es un frenazo y un golpe seco. Despertar en el hospital y semanas de aprendizaje memorizando todo mi entorno. Vivir sin ver es duro, pero más duro es tener que vivir sin ti.

22. Primavera postergada

Sin tiempo de recoger las cosas abandonamos las terrazas antes de que las mesas volcaran y se derramara la sonrisa de las copas que acabaron estrellándose contra la noche. Las jóvenes parejas sedientas de besos habían huido de los portales que ahora cobijaban a transeúntes desamparados. En los patios de luces no se oía el llanto de los bebés y por los conductos del gas y por los respiraderos y por las cuerdas de los tendederos reptaban como lagartos tristes los últimos ecos del trajín diario. Una gran ola había anegado la ciudad en un silencio de piedra.

Cuando despertamos nuestro mundo todavía estaba allí. Nos afanamos en apartar los cascotes que cegaban puertas y ventanas e impedían ganar la calle. Salimos sin cerrar con llave. Aturdidos, no nos reconocimos en las miradas esquivas y tuvimos que volvernos a nombrar los objetos en voz alta para identificarlos. El aliento de la primavera nos susurraba una promesa de tregua indefinida y soñábamos con una colina inexpugnable desde cuya cima iniciaríamos el regreso victorioso a nuestro territorio ahora hollado. Hasta que un viento helado empezó a soplar con fuerza. Sin tiempo de recoger las cosas abandonamos las terrazas.

21. Sanctasanctórum (fuera de concurso)

Los galgos ahorcados hieden a azufre. Un roble furtivo crece en medio del ábside como un cristo renacido. Algunas urracas elevan sus plegarias sobre los sillares semiderruidos, otras picotean la carne reseca de los perros. En el suelo del claustro se mezclan escombros clandestinos con el mampuesto caído de los arcos, con las tejas que cubrieron la techumbre, con la madera carcomida de las puertas que sellaron las celdas de los frailes. El musgo pone cara a la humedad que desarma piedra a piedra el esqueleto de la fe y derriba las columnas que soportaron su esplendor. Al anochecer el silencio se extiende como un voto. Las ratas caminan de puntillas para evitar que se rompa la promesa y un castigo divino condene los restos del viejo monasterio. A veces, más allá de las completas, unos faros descubren fugazmente las sombras que allí habitan y el ruido del motor ahuyenta a las lechuzas que andan a la caza. Si se apagan las luces, dos amantes anónimos saciarán su deseo a toda prisa en tan discreto como lúgubre escenario. Si no, se abrirán las puertas del infierno y William Randolph Hearst abrazará, por un momento, los cráneos descarnados de los canes.

20. Cazador de sombras (Javier Igarreta)

Llevaba tiempo tras su rastro y aquel atardecer otoñal la encontró en un claro del bosque. Como una consumada bailarina de ballet, ejecutaba sus insinuantes cabriolas en medio de un tapiz multicolor. Apostado tras un matorral y subyugado por aquellas poses tan cautivadoras, el cazador, asumiendo el papel de improvisado voyeur olvidó casi por completo la querencia de su arco. La incidencia oblicua de los rayos solares prolongaba en dramáticas sombras las evoluciones de la gacela. Mientras contemplaba extasiado aquella magnética escena, el cazador se removió en su puesto de observación, provocando un crepitar de ramas que resonó en la quietud del bosque. Sintiéndose sorprendida en su grácil danza, la gacela miró en derredor y oteando la amenaza adoptó una actitud huidiza. A punto de perder su sombra inició un vigoroso trote que excitó el instinto del cazador. Viéndola a tiro, tensó el arco, apuntó a su silueta evanescente y conteniendo la respiración disparó. La flecha se incrustó en el ocaso. Sobre la hojarasca solo quedó un remolino de hojas secas.

19. Catarsis

Ella amaba el mar. No este, sino el de antes. El mar azul y limpio que olía a sal, el de espuma blanca y lleno de vida plateada. El que escocía en los ojos y restregaba el alma hasta pulirla.

A veces lo pintaba para mí, mezclando índigos y esmeraldas con ojos soñadores. Cuando perdía vitalidad y empezaba a hacerse transparente, mi padre la llevaba a sus orillas para que se impregnara de energía.

Ella me enseñó a amarlo. Por eso me apuñalan su hedor a cadáver, su gris desvaído, sus olas cobardes, esa costra impura que devora las playas y sedimenta en las rocas como un sarro nauseabundo.

La cofradía alberga una incineradora  incansable, los pesqueros descargan basura en la antigua lonja  entre el silencio de las gaviotas. Desde el espigón, unos niños hambrientos lanzan sus anzuelos. Rescatan tesoros extraños que luego venderán. De vez en cuando sacan un mújol verdoso.  Expectantes, lo destripan para ver qué contiene y tiran al agua el pescado contaminado. El último había ingerido un smartphone de los años veinte lleno de valiosos elementos reciclables.

Y al fin surgen: las deseadas lágrimas de nostalgia, las que saben a aquel mar. El que ella amaba.

18. LIBROS A ESCOTE (Belén Mateos)

Las estanterías rebosan historias, el escaparate es un canto a la palabra, la caja registradora espera a sus lectores y los libros se acomodan al margen de lo prohibido.

Aurelio, cada día, desempolva sus páginas; con sumo cuidado las depura de la versión equivocada y abre las puertas a la vecindad.

La librería tiene cierto encanto, no porque esté situada en ese lado norte de la ciudad que presume de sus calles, de la ostentación al consumo, sino porque está en una encrucijada bajo la luz de una tímida farola junto a un supermercado con sabor a costumbre.

Su acera siempre huele a novedad, al pescado de Ambrosio, la ternera de Carmen o a la fruta temprana de Eloísa y sus carnes prietas de juventud, a la avidez de consumo de los vecinos que no dejan letra sin ojear ni alimento que degustar.

En su imaginación ha abierto una nueva librería en la avenida Sur, cuyas alcantarillas rezuman arraigo local y enfoque cosmopolita.

Parece que el ilusorio vecindario se amolda a la lectura, él al escote de Eloísa y la vidriera a la versión deseada en su última plegaria.

17. CUENTO DE HADAS (Mariángeles Abelli Bonardi)

Tras unas Cumbres Borrascosas, en El Palacio de la Luna, vive La Emperatriz de los Etéreos. Cada noche, baja de La Torre de Papel, atraviesa el Bosque de Ojos y allí, en El Jardín Secreto, lee Cuentos de la Selva. Mientras lee, percibe el aroma y piensa: «Nada hay como el perfume de Mi Planta de Naranja-Lima», esa que El Caballero de la Armadura Oxidada le trajera, en prenda de amor, de La Ciudad sin Nombre. Alejada la temida Temporada de Fantasmas, ya no es La Loca de la Casa. El Templo de las Ilusiones que es ahora su corazón le da, por fin, a su vida, Otra Vuelta de Tuerca.

16. Un secreto enterrado

Aquella calurosa tarde, un arbusto de pitiminí que había en medio de las vides fue el origen de su discusión. Ninguno de los dos sabía que estaba allí para controlar las plagas, así que pasaron horas decidiendo si lo dejaban o lo quitaban. En vistas de que no llegaban a un acuerdo, pensaron que lo mejor era dejarlo donde estaba. Y ellos, cansados de discutir, optaron por cortar por lo sano y separarse. El rosal intruso, como ellos le llamaban, marcaría una imaginaria línea divisoria a lo largo del viñedo. Ella eligió las tierras en la zona norte y él se quedó con las que miraban al sur.

No volvieron a hablarse hasta la siguiente cosecha cuando el embrujo de la vendimia propició una reconciliación. Y lo celebraron como siempre, ella brindó con vino tinto y él con un rosado.

Afortunadamente, las rosas que originaron todo el fregado continuaron creciendo sin complejo entre las parras. Y al final les cogieron cariño, su color carmesí servía de inspiración para los poemas de amor que escribía Bonnie mientras Clyde se dedicaba a regarlas y abonarlas. Sabían que nadie encontraría el cadáver del bodeguero que enterraron bajo el rosal, aquella calurosa tarde.

 

15. TRANSFERENCIAS

La contemplación de una bandada de estorninos atravesando el parque supuso la inspiración. Se le ocurrió mostrar una perspectiva simbiótica entre paisajes urbanos y distintos tipos de aves que habían hecho de la ciudad su hábitat natural.

Todo empezó a sucederle con la primera fotografía: una tórtola turca posada sobre el luminoso de un pub. Se pasó la noche escuchándose respirar entre sueños “cucu-cu”. Le siguió la del gorrión haciendo equilibrismo sobre un cable que colgaba entre dos bloques de edificios al principio de la avenida central. Al día siguiente, amaneció con una especie de corbata negra tatuada en el cuello. Con la del mirlo atravesando el quiosco de música se le afilaron y enrojecieron los labios. Pero la alarma definitiva saltó con la de la paloma despegando desde la fuente. Descubrió, mientras se duchaba, que empezaban a crecerle algunas plumas blancas. Se asustó tanto que resolvió abandonar.

Poco tiempo después, no supo resistirse a la imagen poética de un grupo de vencejos comunes acariciando el aire por encima de las azoteas. Desde entonces, no ha parado de volar.

 

14. Lumifax Destacamento PAP

Amadísimos chupópteros:

Este universo es fascinante. La víspera de la nueva eternidad, los chirifundios, esos duendecillos que pedalean sin cesar y son responsables de su expansión, interrumpieron su quehacer para recargar baterías. Como consecuencia del desbarajuste espaciotemporal provocado aterrizó una criatura que transitaba en ese momento por un agujero de gusano. Presa del pánico, agitaba sin cesar sus once tentáculos y lanzaba chorros de tinta de colores.

No tardamos en congeniar. La endecápoda era el primer ser realmente inteligente que conocía desde que invadimos este planeta. Ilustraba cuanto yo le narraba —historias de los libros que me había zampado—, tapizando con delicadeza hasta la línea del horizonte con sus coloridos chorretones. Un delirio para las probóscides.

Un día imprimió una bellísima nebulosa verde pistacho, su hogar. Al contemplarla derramó una lagrimita y me pasó tres tentáculos por encima del hombro. Yo le acaricié el cabezón. Ella me chorreó… Acabamos enrejados y tuvimos trillizas. Sus ecografías todavía están impresas en roca basáltica, con tinta blanca. Es lo único que conservo de ellas y de sus ilustraciones. Tenía hambre.

Sin más. Gloria al Gran Borrón, nuestro venerado proveedor.

PD: Envíen víveres a Punto Azul Pálido. Ya no quedan libros.

 

 

13. Pañuelo amarillo (Salvador Esteve)

En la dehesa éramos conscientes de nuestro destino.  Veíamos salir a nuestros mayores en grupos de seis, jamás regresaban.  Solo Flamiro, una leyenda en la manada, volvió.  Mientras mis hermanos pacían y correteaban, yo, bajo una encina, le escuchaba y me empapaba de su conocimiento.  Mi plan iba tomando forma.

 

Ahora estoy aquí, esperando en los corrales.  Escucho la alegre música, un réquiem para nosotros, mas el recuerdo de la dehesa me da ánimos, me fui sin mirar atrás porque sé que volveré; lo voy a conseguir.  La tarde asoma rápido, y pronto será mi turno.  En los tendidos he escuchado más abucheos que aplausos, siento lástima por mis hermanos.  Pero yo acallaré las protestas.  Salgo al albero con alegría y arremeto contra los burladeros hasta sacarles astillas del alma.  La pareja que me ha tocado en suerte es un joven torero, Manuel, el Peinao.  Lo veo nervioso, con querencia a salir corriendo.  Podría empitonarlo con facilidad, pero eso no está en el guión, tengo que llegar hasta el final impoluto, sin antecedentes de sangre, la faena tiene que ser perfecta.  Después de tres bufidos respiro hondo y empiezo a embestir; «no me falles, Peinao».

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