Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

12 DE COMPRAS EN EL PUEBLO

Hoy no nos atiende Margarita.

—La tuvieron que vaciar —murmura su sustituta al oído de mi madre.

Sé que no debo preguntar, que los cuchicheos son escondites de secretos para mayores. Prohibido pasar. Solo me queda la imaginación. La mía se parece a la tienda de Margarita en la que cuelgan chorizos al lado de paraguas y bastones, y rebusco en sus estanterías si entre niñas traviesas, lobos buenos, bellos durmientes, burros que vuelan y pájaros que rebuznas, no habrá una mujer vacía. Pero por mucho que digan que me deje de tantos disparates, tonterías, locuras…, en ella no encuentro nada tan… tan horrible como una mujer vacía.

—¡Vamos, ayúdame con la compra!

—¿Margarita está muerta? —pregunto.

—¿Pero qué dices? Por supuesto que no.

De noche en la cama no puedo dormirme. ¿Margarita como una caja de galletas vacía?, ¿como un globo deshinchado? Me entran arcadas y ganas de llorar. Entonces en la estantería más cómoda de mi imaginación dejo a Margarita junto a un cisne con un ala rota y a una mujer con bata de cirujana. Puedo leer mi nombre escrito en azul en su pechera.

—Espérame, Margarita —murmuro en la casa dormida.

11 ALICIA

Yo crucé el espejo. Pero no desde el anverso amable que refleja imágenes para adentrarme en lo desconocido, sino desde su oscuro reverso, como en un extraño retorno, hacia una realidad que mi psiquiatra elogia con ardua convicción.

Y aquí estoy ahora, ya curada según él, con una vida normal y envidiable. Tengo un trabajo, una pareja y hasta un hijo que en verdad no sé de dónde han salido. Me voy acostumbrando a mi regreso lentamente, aunque todos dicen que nunca me fui.

Lo que peor llevo son los ratos de ocio, libres de obligaciones, porque es entonces cuando mi cerebro se empeña en traerme imágenes de armas blancas, pastillas y callejones que no conozco.

Pero ellos me sonríen y dicen que estoy muy bien.

10. Pórfida, la inalterable

Todo en Pórfida está pensado para permanecer, desde los profundos cimientos que la sustentan hasta las columnas de basas macizas, los arquitrabes y los frontones de sus casas, construidas con los mármoles, calizas y granitos más densos y resistentes. Sus habitantes se mueven de forma cadenciosa, como si en cualquier momento un escultor fuera a cincelarlos en mármol.  Suelen permanecer en silencio, cuando tienen necesidad de comunicarse lo hacen de forma breve, en sentencias que bien pudieran grabarse en letras de oro sobre lápidas de basalto. Solo al morir, enterrados bajo estelas funerarias que recuerdan sus nombres y enumeran sus actos, por nimios que fueran, abandonan su batalla contra la desmemoria. Es por esto que entre los muros de los cementerios de Pórfida hay un resonar de cancioncillas de moda, un ir y venir de cotilleos intrascendentes, un murmullo de risas provocadas por chistes y chascarrillos. Libres del decoro que constriñó sus vidas, los difuntos disfrutan así de la banalidad que les concede la muerte.

9. El hombre del caballete (Jesús Alfonso Redondo Lavín)

Te agradezco, Agustín, que me guiaras por tus espacios bucólicos. Por pasear contigo las orillas del río donde vimos al barquero perchando contra corriente y al pescador de la boina roja mientras las nubes blancas y altas se abrían a los rayos del sol que chocaban en las copas de los chopos y en las hojas limpias de los salces; por parar a charlar con los vecinos junto al inmenso álamo blanco camino de Ambasmestas; por aquella subida a los Picos donde me mostraste  la luz estrellándose en los perfiles de las garmas; y cuando me llevaste al Churrón de Borleña para ver caer rizos de algodón de agua; y también cuando vimos a la muchacha que sacaba agua del pozo bajo la cagiga preñada de primavera y cuando en el alto de Lunada me señalaste las hayas luchando verticales sobre la ladera inclinada del puerto.

Escaleras abajo del Museo pensé que Riancho finalmente salvó su dignidad de artista menospreciada en las ferias de ganado, para conseguir unos pocos reales, vendiendo sus cuadros a algún veterinario que lo colgaría en su casa frente al repujado plateado de la última cena que alguien regalase al albéitar el día de su boda.

8. PALABRA A PALABRA (Ángel Saiz Mora -EdH 2020-)

Creí que se había vuelto loca. La idea de abandonar un trabajo de carácter indefinido en estos tiempos, para montar un negocio con sus ahorros, me pareció un riesgo innecesario por mucho que la ilusionase. Hice cuanto pude para que diera marcha atrás, pero mi hija es testaruda, igual que yo, como decía mi pobre Laura; en las ocurrencias peregrinas, sin embargo, salió a ella. La discusión fue ácida. Me llamó solitario y amargado, aunque la curiosidad pudo al orgullo.
Mucha gente acudió a su establecimiento el día de la inauguración. Yo también. Reconozco que se respiraba un ambiente singular. Oculto tras una columna escuché a alguien decir que esa tienda era mucho más que un espacio comercial, repleto de estímulos y enriquecedor como pocos, un universo lleno de miles de mundos con mucho que ofrecer. El discurso fue tan persuasivo que tuve que comprar algo. Mi hija no quería cobrarme, pero insistí. Sus márgenes de beneficios son pequeños. Además, para cabezón, yo.
He reducido el estrés.
Apenas veo la televisión.
Cada día me conozco mejor a mí mismo.
Participo en el club de lectura mensual, lleno de mujeres interesantísimas.

7. Recortables (MVF)

Mientras su madre otea el horizonte y observa el exterior desde todas las ventanas de la casa antes de salir a recoger la ropa, Alicia despliega sobre la mesa toda su colección de muñecas de papel. Colorea sus vestidos y recorta sus accesorios: una pamela de verano para  Pili y un vestidito de flores para su peque. Ella no teme al lobo como mamá porque, al igual que la Alicia del cuento, es capaz de vivir entre personajes. Hoy a Pili le ha salido un pequeño morado bajo el ojo izquierdo, como a su madre la semana pasada, días antes de tener que mudarse a toda prisa a la nueva casa. Ahora, siempre que salen a pasear, su madre insiste en mimetizarse con el bosque y las dos visten esos apagados mandiles grises que les dio la abuela. Menos mal que en el armario de sus muñecas este color no existe y los verdes, amarillos y azules campan alegres por sus cuerpos, sin que nadie los vete.

6. LAPSO

El pensamiento no se presentaba en palabras que pudieran tomarse como punto de partida para desarrollar una secuencia lógica y llegar a un final, sino más bien como un cúmulo arrollador de sensaciones que acudían vertiginosas a mí, recorriéndome desde la frente hasta la punta de los dedos.

Entre tanto, mis pensamientos parecían ajenos al sentimiento de relación con la avioneta. Estaba pilotando mecánicamente, perdido en mi interior.

De pronto, el mar de pinos se abría para dejar ver las llanuras que se desplegaban a mi frente mostrándome múltiples parcelas, porciones de paisajes que se necesitaban unas a otras para ser paisaje y que se sucedían para ser un vasto paisaje. Sentí la soledad como un objeto que perdía su transparencia y se hacía casi palpable. Al mismo ritmo mi pasado se quedaba más y más atrás, no olvidado sino ajeno.

Al volver la luz me quedé en mi asiento, descontrolado, adaptándome al nuevo ambiente. Sin poder articular movimiento alguno hasta que reconocí la gran pantalla semicircular del Cinerama que se había quedado en blanco.

 

5. Asuntos importantes (Josep Maria Arnau)

«Llamaré y la dejaré boquiabierta», pensó mientras lo anotaba todo en una libreta: «Desde que me dejaste estoy prosperando. Me he mudado al centro de la ciudad, hay luz natural y la vista a la calle es imponente. Recibo muchas visitas de día y las noches son tranquilas. Además, siempre tengo al lado un montón de dinero».

En ese momento alguien aporreó la puerta. Se levantó del colchón y vio al agente de la Guardia Urbana indicándole que saliera del cajero, un coche patrulla lo estaba esperando. Antes de abrir anotó sonriente: «Algunas noches tengo que salir porque me reclaman asuntos importantes».

4 EVEREST

Ha pagado un dineral: diez sherpas y toda la infraestructura y material necesarios para colocarlo en la cima del mundo.

Casi no ve nada enfundado en la escafandra con su pequeño visor. Asciende sin mochila aspirando oxígeno de las botellas que le van renovando continuamente. Le proporcionan exquisito avituallamiento.

Encordado, tiran de él.

En tres días pisa la cumbre. Extasiado, observa el imponente paisaje.

Angmar Rita va detallando todas las cumbres que le rodean: ahí el K2, allá el Nanga Parbat, al otro lado el Makalu y los Gasherbrum. Grandioso. Para eso ha pagado.

Le sirven café caliente con bollos de Katmandú.

De pronto, el Lhotse y el Annapurna se descuelgan, cayéndose al suelo, dejando al descubierto una tramoya de cuerdas y poleas.

Se oye un grito estentóreo: “No me puedo fiar de vosotros, inútiles. Subid cualquier cosa y tapad el agujero”.

El engreído escalador observa atónito cómo en el gran hueco del inmenso escenario hay ahora una playa caribeña con palmeras.

Los supuestos sherpas han desaparecido. En su lugar un par de operarios recogen todo sin importarles lo más mínimo que el turista millonario se retuerza en el suelo intentando quitarse el traje espacial mientras se orina encima.

02 BUENA SUERTE – EPI

El universo se ha ido reduciendo hasta quedar convertido en una habitación. Y en ella, la única ventana es la del ordenador. Todas las mañanas un paisaje diferente, el salva pantallas, en algunos estuvo y le parece que fue en otra vida. Siempre abierta, siempre iluminada. Es el último nexo con el exterior, con sus amigos y con su familia. Ya maneja la aplicación Tallk y puede hablar con sus seres queridos.
Está cabreado porque en el Congreso se sigue debatiendo la ley de la eutanasia y no se dan cuenta de los que ya no pueden más. En su asociación, “Adela “, los que pueden, comparten sus angustias.
El sentido del oído no lo ha perdido y su vello se eriza al escuchar en el pasillo un ruido que le recuerda cuando las uñas rascaban la pizarra de su escuela.
Percibe los cuchillos y las uñas pasar por el yeso y cómo el chirrido va en aumento hasta llegar a la puerta.
El doodle de esta mañana le avisó, viernes 13, y se da cuenta del escenario, ya no va a necesitar de ninguna ley, su pupila se dilata de alegría.
La puerta se abre de golpe.

01 EL BUZO

Nada. Ella no sabe nada. Y yo… nada diré, aún. En el fondo todo pierde su gravedad. Prefiero saltar al agua las pocas veces que me queden como si fuese un pez más. Se trata de estirar los huesos hasta afilarlos como espinas y apoyar las aletas en uno y otro lado, propulsándose con un inapreciable movimiento de cabeza que corrija el impulso. Lo demás es fácil. Enfriar algo más esta sangre inválida y dejar de respirar. Y olvidar como un pez. Olvidar por no tener nada que recordar. Y huir de la superficie amenazadora. Descender veinte metros. Cincuenta. Cien. Y aprovechar la efímera cordura de pez buscando la manera de convertirme en esa roca cubierta de anémonas, de esponjas y coral, que guarde en cada fisura hermosos abanicos de gorgonias doradas, y en cada covacha colonias de erizos y cangrejos. Y quedarme allí. Protegido de corrientes incómodas y de las cansinas oscilaciones de olas y mareas. Quieto. Para siempre. No debe ser nada complicado, en el fondo.

93 El coleccionista

Colecciono apliques de pared. Mi primer hallazgo lo obtuve en un vulgar hotel cuyos pasillos estaban salpicados de unos pulcros y plateados apliques rectangulares. Había algo hipnótico en aquellas líneas paralelas discontinuas. La noche antes de abandonar aquel antro, desmonté uno de esos artefactos y lo guardé en la maleta, entre la ropa sucia. Fue así como inauguré mi colección. Luego hubo más hoteles, cada vez más exclusivos, ascensores elegantes de ejemplares golosos, recepciones de edificios deslumbrantes, casas de alcurnia a las que tenía acceso bajo cualquier excusa. 

 

Todas las amistades y conocidos que tienen la ocasión de contemplar mi salón de las luces, quedan completamente fascinados. Eso me hace sentir bien. Pero por alguna extraña razón, cuando me quedo a solas, cada vez las enciendo con menos frecuencia. Especialmente desde que me mudé a mi nuevo chalet, a las afueras de la ciudad. Tiene un inmenso jardín y por las noches casi pueden tocarse desde allí las estrellas. Me paso las horas observándolas, con un creciente deseo.

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