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Se llamaba Silvia y tenía una banda de rock. Los niños morían por sus huesos, las niñas imitaban con descaro su aspecto de gótica displicente −ojos ahumados, melena azabache, piercings y botas de soldado, calaveras y tachuelas…−, las madres maldecían impotentes tan temible y fatal influencia.
Su voz desgarrada, sus provocaciones de artista transgresora, la rebeldía que apenas disfrazaba la adolescente fragilidad que aún hería su mirada, la convirtieron en estrella de la noche a la mañana. Las radios repetían sus canciones sin cesar, reporteros sin escrúpulos la acosaban inclementes, sus conciertos agotaban en minutos el aforo…
Hasta que, de pronto, un día, la supernova implosionó. Desapareció. Sin rastro. Sin explicación. Abandonó los focos y nadie volvió jamás a saber de la cantante.
«Una carrera truncada, otro juguete roto…», se especuló durante meses. Pero nuevas chicas ocuparon su lugar y, poco a poco, el mundo la olvidó.
A salvo ahora, tantos años después, de aquel extravío, Silvia sueña a veces ese tiempo. Los recuerdos resquebrajan entonces su coraza, rasgan su antifaz de ejecutiva y dejan en su rostro un surco amargo de melancolía. Rehuyó la fama por ganar la vida. No se arrepiente. Pero a veces… algunas veces…
Yo no te pido la luna, ni que me bajes una estrella azul. Tan solo te pido que estés junto a mí los años que nos quedan por vivir; bailar pegados, una vez más; hacer burbujas de amor con la magia de tu mirada; y explotar como palomitas de maíz, a fuego lento. Pero tú, chiquilla, no me crees. Y me dices: “¡Déjame! ¡No me beses en los labios! ¡Todo tiene su fin!” Y yo sé que la culpa fue del chachachá que bailé con la flaca en la taberna del Buda. Soy así. Ni tu ni nadie puede cambiarme.
Y tú te vas.
Te necesito, loca. Sin ti no soy nada. No me dejes así, con el corazón partío. No me abandones como un burro amarrado, enganchado a una señal de bus, junto a la estatua del jardín botánico. No te escondas, niña, que voy a por ti y recuerda que, siempre donde vayas, te encontraré y tendré eso que tú me das.
Suena un vals a lo lejos, pero no puedo bailar. No se mueve, y no me deja moverme. La sonrisa con la que me llevó a esa habitación llena de tapices se borró hace rato. Su mirada me recorre. En su puño brilla una esquirla afilada de mi tacón. Afuera, en el salón de baile, la música se mezcla con los murmullos de la fiesta. Sé que todas envidian que él me haya dedicado su atención, pero eso no atenúa el dolor de su mano apretando mi brazo. La música empieza a acelerarse, y parece despertarle de su trance. Su peso me ahoga, pero me resigno y me dejo hacer, mientras mi mente se evade y mi cuerpo se desmadeja al ritmo de su baile, cada vez más furioso. Al fin, la música cesa. Se da la vuelta y, sin mirarme, me deja ir. Corro descalza hacia la calle, apenas envuelta en los harapos de mi vestido. El campanario da las doce.
Este fin de semana hemos ido al pueblo a desalojar la casa que fue de los abuelos. Se la ha quedado el primo Luis para restaurarla y hacer de ella, una casa rural. Nos encontramos multitud de cosas cargadas de valor sentimental y escaso valor material. Entre ellas, el viejo acordeón del abuelo. Ha sido inevitable recordar las fiestas y verbenas los días del patrón, tocando a veces en la era junto a sus amigos, Juan (percusión) y Lolo (trompeta). Las navidades, en las que no se cansaba de tocar villancicos para que todos le acompañáramos cantando. No hemos podido evitar sentarnos junto a la chimenea y quedarnos evocando recuerdos y momentos entre aquellas paredes. Crecimos alrededor de aquel hombre noble que nos enseñó que la felicidad estaba en los sencillo, que lo grande e importante estaba en todo lo que encerraba las palabras de su querida y admirada Violeta Parra cuando cantaba: «Gracias a la vida que me ha dado tanto…» y sin querer, hemos coincidido que todo ello, fue la semilla de nuestra existencia, la que nos enseñó a amar la vida, respetar a todos los nuestros, caminando por el sendero que él nos marcó.
Me tocó ser guía de un extravagante cuarteto de músicos del XVIII que, aún no sé cómo, se presentaron en Madrid en plena primavera de 2019. No me lo podía creer.
Mis clientes deseaban verificar la posteridad de sus nombres y su obra musical. Les guié a la Biblioteca Nacional, al Teatro Real, visitamos algunas importantes tiendas de música y quedaron atónitos con esos mágicos discos que contenían sus obras interpretadas por grandes orquestas de nuestro tiempo.
Concluidas las visitas oficiales, les animé a cambiar su atuendo para dejar de ser el centro de miradas. Los llevé a tomar unas cervezas por los bulliciosos barrios madrileños. Pasmados quedaron con los «carros de metal que inundan las calles y, desde sus ventanillas, arrojan un reiterativo, atum sim pam; atum sim pam, que sienes, tripas y cristales remueven». Mientras asimilaban aquellos ritmos, les expliqué que eso era la música de moda. Después, entramos en un restaurante con magníficas vistas del Palacio Real y que por música de ambiente sonaba reguetón. Mozart reía nervioso, Beethoven con su trompetilla en el oído no daba crédito, Bach y Häendel, casi ciegos, lloraban.
Los cuatro genios me rogaron encarecidamente que los devolviera a su tiempo.
Con el órgano de la iglesia un tanto desafinado y cantando el “Salve Regina mater misericordiae”, despidió el satírico de Don Abilio su homilía con un “podéis ir en paz”.
Hacía mucho calor aquel domingo, diecinueve de julio del 36
El preludio sonó en Austria, la ciudad de la música. Ella tocaba el violín en la Filarmónica de Viena, y el trataba de hacerse un hueco como gestor internacional en una organización emergente.
En un concierto, sus ojos se cruzaron para después fundirse en un adagio tan lento como majestuoso del que se dejaron llevar sin más.
Su interludio los llevó por media Europa, guiados por un allegro endulzado con tonos de prestissimo, en el que alguna vez se descolgaba algún acorde desafinado que ella intentaba corregir.
El tempo rubato llegó entre notas, algunas ordenadas y otras a las que simplemente hicieron oídos sordos, rehuyendo un final que ninguno de los dos quería tocar.
En su funeral, junto a toda la familia, ella le dedicó un réquiem, aunque en su mente siempre sonó el “Hallelujah”.
Cuando el inspector llegó al escenario del crimen, la forense y su equipo llevaban horas procesándolo todo. Observó a los pies de la víctima un martillo y preguntó: «¿Es esa el arma?»
La forense contestó: «No. Pese al aspecto, no recibió ningún golpe. El cuerpo se encontraba desnudo y atado de pies y manos a esa silla. En la cabeza, tenía unos auriculares de gran tamaño sujetos con cinta americana, la misma con la que le habían tapado la boca. Fue un trabajo profesional. No encontramos huellas dactilares. El color amoratado del cadáver lo causó el estallido de los capilares, debido a un estrés nervioso prolongado y extremo. La muerte fue lenta, dolorosa. El asesino grabó una única canción, que sonaba en bucle a un volumen elevadísimo. Esa fue el arma asesina. Creemos que la tortura pudo durar unos tres días».
El inspector interrogó: «¿Qué música puede causar eso? ¿Hardcore? ¿Trap? ¿Heavy metal?»
—«No, inspector, algo más cruel. La víctima escuchó durante todo ese tiempo la ‘Macarena’, de Los del Río».
Entró en el local una tarde lluviosa. Parecía un mirón intentando evitar mojarse. Pero cuando sus manos me tocaron, una descarga nos recorrió por dentro. De allí salimos juntos, convencidos de convertirnos en la mejor pareja del mundo. Cuando cantaba «Canción al elegido» o «Unicornio» conmigo acurrucada sobre su regazo, pulsaba partes de mi interior que nadie me había descubierto; entonces emitía emociones que ignoraba que existieran. Pasábamos horas y horas juntos. Pero poco a poco lo nuestro se fue apagando. Ya no me tocaba y si lo hacía era rápido, mal y con desgana; y al final acababa malhumorado. Pasaba días abandonada sin saber nada de él. Pero peor era cuando llegaba excitado, con los ojos rojos desorbitados y me negaba a seguir sus instintos cada vez más salvajes. Como sospechaba ocurrió lo inevitable, y me reemplazó, en aquella misma tienda de segunda mano donde nos conocimos, por quien podía ofrecele aquellas brutales sensaciones. Ahora no creo que nadie se fije en mí, una guitarra con solo tres cuerdas desafinadas, el mástil torcido y perdido el brillo de su barniz. Solo me queda el consuelo de la mala vida que le dará esa mesa de mezclas de grandes platos.
Dicen que cuando nació, en los pasillos del hospital resonaron durante horas las más hermosas nanas. Así, la infancia de Cecilia, como tuvieron a bien llamarla, transcurrió cual allegretto, con el desenfado de un jovial estribillo. La coctelera explosiva de la juventud hizo que surcase sus venas un caudal de ritmos electrónicos, desembocando, con su entrada en la universidad, en la psicodelia roquera que la llevaría a conocer a su futuro marido. Por supuesto que en su boda sonaría un vals, y en su luna de miel en Nueva York un coro góspel haría las delicias de ambos. Pero a veces el infortunio se ceba con el amor, y lo que en tiempos fue un bolero puede llegar a convertirse, trágicamente, en un inconsolable réquiem. Aseguran, que desde que él no está, las horas de Cecilia discurren con la ingravidez de un jazz de esos que parecen no llegar nunca a ninguna parte, aunque si le preguntas te dirá que sus pasos la conducen a la más bella de las codas: reencontrarse con él. Tal vez sea verdad, o tal vez no. Pero ese es otro cantar.
Cuando decretaron el confinamiento de la población, Amadeo decidió coger su vieja guitarra y buscar un buen sitio entre los pasillos del Metro de la ciudad. Allí amenizaría el trasiego de trabajadores esenciales como él, convencido de que cualquier artista era vital para este mundo.
Amadeo tocaba su versión particular del Concierto de Aranjuez, un poquito de Triana, algo parecido a Pink Floyd y bastante de Sabina, que era cuando más monedas caían en el sombrero que ponía delante suyo. Sí, también el “Resistiré”…
Los primeros días regresaba a casa para descansar pero empezó a quedarse a dormir en un banco del andén. Amadeo hacía todo esto por su publico, notaba las miradas de gratitud por encima de las mascarillas.
De vez en cuando salía a comprar algo de comer y de beber, pero un mal día que no se encontró muy fino dejó de salir, y nunca más volvió a comer. Sólo tocaba y tocaba… A pesar de que ya casi nadie pasaba por el suburbano, apenas algún vagabundo, hasta que llegó el día en que Amadeo interpretaba solo para él.
Pero no le importaba, estaba seguro de que con su música esta pandemia la íbamos a vencer.
Las clases particulares de piano finalizaron el día en el que mi profesor metió sus manos bajo mi falda. Mis padres inevitablemente se enteraron y, tras unos meses, me internaron en un prestigioso conservatorio. Aquello fue lo más parecido a una cárcel, pero con música a todas horas. Cuando llegaba la noche dejaba que mi compañera de habitación hablara y hablara, mientras yo alzaba mis manos al aire y las hacía danzar al son de una partitura libre. Como si de una nana se tratara. El día que salí nadie me esperaba. Acudí al primer McDonald’s que vi; pedí un Happy Meal y un empleo. Compartí piso con los compañeros de turno y, milagrosamente, proseguí con mis estudios.
Cada vez que me subo a un escenario no puedo evitar pensar en aquella chica, en mi falda, el profesor y sus ágiles dedos. Y que el precio que he pagado por la música ha sido demasiado alto: cuando observo al adolescente que acompaña a mis padres en el palco, a los que no llama abuelos. Y los tres aplauden orgullosos, y yo lloro de emoción y de rabia. Y vuelvo sola a casa.
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