Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

INCERTIDUMBRE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA INCERTIDUMBRE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de LA INCERTIDUMBRE. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
0
1
horas
1
8
minutos
5
5
Segundos
4
9
Esta convocatoria finalizará el próximo
30 DE SEPTIEMBRE

Relatos

40. El aire y la montaña (Antonio Bolant)

A pesar del esfuerzo por resaltar la fertilidad de sus laderas agitándole la exuberante vida que habían acogido durante milenios, el aire no podía consolarla. La montaña se empeñaba en calificarse como hija de la destrucción, se percibía como un simple cono hueco de entrañas arruinadas por el caos de un magma devastador.

—Pues escupe tu desolación —le espetó finalmente el aire—. Arroja ese vacío al exterior para que todos sepan de una vez de qué estás hecha realmente.

Su interior se desbocó como un resorte roto y la montaña comenzó a vomitar bilis de roca fundida. Y arrasó. Y abrasó lo que encontró a su paso dejando al enfriarse un reguero de rocas informes repletas de aristas y cicatrices. Su profunda tristeza le dio la razón al contemplar con febril autocomplacencia la negrura de su llanto y su zozobra le azuzó las entrañas dispuestas a una nueva erupción.

Pero el astuto aire aprovechó para colarse entre los angostos recovecos de aquellas rocas silbando melodías de tal belleza que hasta el tiempo contuvo el aliento. La montaña escuchó por primera vez el sonido de su alma, y entonces dejó de llorar.

39. Cuando la música cesó

– Permanezca en la sala. En cuanto los trámites estén listos lo llamaremos– anunció una voz sin rostro.

La orquesta de Ray Conniff ejecutaba entrañables melodías pop. Le incomodaba que canciones genuinas que formaban parte de su vida sucumbieran ahogadas en un mar de instrumentos rítmicos y coros inclementes. Él no era un entendido, tenía gustos musicales variopintos, pero antes muerto que soportar ciertas sinfónicas atrocidades. Esta mañana, sin ir más lejos, mientras hurgaba entre sus cosas había rescatado complacido el vinilo de Serrat dedicado a Miguel Hernández. Por la tarde recorría el medio centenar de kilómetros hasta la residencia de su madre acompañado por el exquisito fraseo de guitarra de Wes Montgomery.

Oyó pronunciar su nombre. Mientras se alejaba advirtió que la música que había logrado al fin adormecerlo ya no sonaba. Sin ella no pudo recordar qué hacía allí. Como si hubiera dejado la memoria en donde ardía el vehículo.

38. CANTATA PARA PALOMO Y ORQUESTA (Toribios)

Siempre he odiado cantar. Será porque mi oído es de adobe, o porque mi voz es irritante incluso cuando hablo, o por don Pablo. Se creía muy simpático Palomo, así se apellidaba, con P de puñetero, de pedazo de mierda, de podrido hijo de p… Siempre bien erguido entre las mesas, la cabeza alta, como buen retaco, el bigotito enhiesto; y aquella varita siempre amenazadora tras las nucas. “A ver, Fernández…”, allí ante todos, y en cuanto dudabas ya estaba su mano en tus patillas. “No se queje tanto, no sea nenaza”, nos decía ante las risotadas de la clase. Y cuando quería ponerse festivo era aún peor. Fue un día antes de las vacaciones cuando aquello. “Cante usted Fernández, bien fuerte, para todos”. Y sabía de mi timidez y, sobre todo, de mi incapacidad para la música. Y yo que no, y él no me haga enfadar, y el palito amenazador ante mi cara. Después de treinta años aún se siguen riendo. Las carcajadas se oyeron hasta en el colegio de las chicas. ¿Se acuerda Palomo? Pero no tiemble. Nada ha cambiado, solo que ahora yo tengo la batuta y le toca cantar a usted.

37. MÚSICA Y VIDA (Rafa Olivares)

Aunque es joven, Sharon Roth lleva muchos años estudiando y practicando para lograr lo que hoy se hace realidad: debutar como violinista en la Orquesta Sinfónica de Viena, la mejor del mundo según  opiniones autorizadas. Ahora, Sharon sabe que la música ya forma parte indisoluble de su vida. Sus amistades, sus experiencias, sus viajes, su desarrollo personal e intelectual, irán felizmente ligados al ejercicio de su vocación artística.

Es al acometer los primeros compases de la Tannhäuser, cuando Sharon no puede evitar dedicar un recuerdo a su abuela paterna, Rebecca Roth, para quien también la música le supuso la vida. Imagina que ella, a su misma edad, también debió tocar la pieza de Wagner muchas veces. Gracias a su talento con la viola y al esnobismo melómano del comandante del campo de Gusen, pudo librarse de los penosos trabajos que la habrían llevado a una muerte prematura y segura. No obstante, a Sharon nunca le saldría llamar abuelo al oficial de las SS. Aunque lleve sus genes.

36. CUSTODIA COMPARTIDA

Miro a tu padre, nervioso e inquieto, y no puedo evitar escuchar en mi cabeza “El vuelo del moscardón”. Me pide que no te devuelva tarde, que luego no duermes. Yo le digo a todo que sí mientras te cojo de la mano y te la aprieto. Dos apretones cortos y fuertes significan te quiero; muchos apretones cortos seguidos significan vámonos ya, mamá. Cuando por fin salimos me sonríes con tus ojos grandes y brillantes y mi corazón late a ritmo de jazz. Será porque mis carnes, cada vez más generosas, son felices contigo: juntos, camino de la playa y sintiendo nuestros pasos como un alegre pizzicato de contrabajo. Entre chapuzones y risas que me suenan a saxo de Coltrane se nos pasa volando esta tarde extra que nos ha regalado el trabajo de tu padre. La vuelta a casa es diferente, nuestros pies van más lentos y las canciones que me susurra la brisa son otras. Si tú me dices ven… Cuando te dejo en casa nos abrazamos, dos apretones de manos cortos y fuertes y un hasta el domingo, que los próximos quince días te toca conmigo. Y lo dejo todo. Por ti.

35. EL CARTERO

Me pregunta si traigo alguna carta de los chicos de arriba. No sabe nada de ellos y está preocupada. Faltó dos días para visitar a su hermana y cuando volvió ya no estaban. Es muy raro que no se despidieran -dice-. Al principio no vio con buenos ojos el trasiego de gente joven por la escalera, y es que tenían un conjunto o algo así porque venían amigos y los oía cantar y tocar la guitarra -vuelve a contarme-. Una vez subió a quejarse del ruido, pero ellos se disculparon y le dedicaron una canción en inglés. No entendió nada, pero le hizo mucha ilusión que se llamara como ella. A pesar de sus melenas -opina- resultaron muy majos y formales. A menudo les subía comida; siempre hacía de más y ellos estaban tan delgados…¡Gracias, doña Lola, LololoLolaaa!

Ahora -suspira- esa cantinela no se le va de la cabeza.

La vieja estúpida ignora que con sus chácharas me hizo sospechar de sus queridos vecinos. Que al entrar en el piso descubrimos una “vietnamita” y propaganda subversiva. Que al final, también nosotros logramos que “cantaran”. No imagina quién soy en realidad. Yo, el amable cartero que la escucha.

 

34. ÉRASE OTRA VEZ

En Hamelín siempre hay ratas. Hace tiempo contrataron a un flautista algo dado a la superchería que se comprometió a limpiar de roedores cada rincón de la ciudad. El músico se dedicó a recorrer las calles tocando una melodía con su flauta, en un intento por alejarlos para siempre. Pero enseguida comprobó que no podía dejar de tocar, porque si lo hacía las ratas regresaban de inmediato a Hamelín.

Debido al mal olor que provocan, los hamelineses se ven obligados a usar mascarilla si salen a la calle, y obligan a sus hijos a que se desinfecten las manos con alcohol de orujo cuando regresan de jugar en el parque. El alcalde prohibió las reuniones con más de diez vecinos, porque dejan demasiados desperdicios a su alcance, y hay corrillos en los que se habla ya de confinamiento.

El flautista vive una auténtica pesadilla, revisa una y otra vez la partitura y ensaya a todas horas en un intento por averiguar si desafina mientras ejecuta la melodía. Además, es incapaz de conciliar el sueño, se despierta aterrorizado en mitad de la noche consciente de que él no es más que un personaje, pero no de este cuento.

33. El pentagrama de la vida

Es curioso como un día de repente, te das cuenta de que todos los acontecimientos que te marcan en la vida van acompañados de música. En el funeral del abuelo sonó el “Agur Jauna” y cada vez que lo oigo me echo a llorar. En el coche cuando por fin logré conquistar a Ramón, nos acompañó una canción de Pereza. El día que pedí la cuenta en la empresa me puse Julieta Venegas, “Me voy, que lástima pero adiós…”, mientras conducía hacia casa. Cuando el Athletic ganó la liga no paraba de sonar el himno. Sí, eso fue hace mucho tiempo.

Recuerdo muy bien el vals de nuestra boda, y también como me mirabas. Ahora estoy en el salón intentando conectar este momento con una canción de U2. He releído una y otra vez esta nota que me has escrito diciéndome que me dejas porque te has dado cuenta de que ya no me amas. Debe estar en clave de Fa, porque no la entiendo. Escucho el sollozo de mi alma que es más intenso que las ondas que salen del altavoz. No consigo consolar a mi mente, no acaba de comprender como he amado a alguien tan cobarde.

32. Llenando silencios (Gemma Llauradó)

De pequeña escuchaba con su padre música clásica, de adolescente llegó a aborrecerla según me contó una vez, de joven sólo le interesaban los éxitos del momento y en su madurez, de nuevo se interesó por esas notas que una vez llenaron sus silencios y aprendió a tocar el piano. Ahora en la vejez, mi abuela sólo escucha aquella música que tanto le aportó en su niñez, aunque ella nunca lo supo entonces…

Hoy, viéndola sentada frente a un antiguo piano que perteneció a mi bisabuelo, descubro que la música corre por sus venas y creo que siempre fue así. La motiva, la seduce, inunda su corazón mientras sus manos se deslizan suavemente de tecla en tecla dónde cada afinada nota se filtra en el aire del salón con suma elegancia. Ese maravilloso sonido lo envuelve todo… Esa música, su música, tan necesaria que ya no podría vivir sin ella.

31. PRELUDIO PARA LA MANO IZQUIERDA (Mariángeles Abelli Bonardi)

Ella es pianista; ha perdido su mano y él no quiere perderla a ella… Para que su mano menos hábil encuentre cómoda la digitación y a ella le reporte un gran placer tocarla, transcribe esa pieza de Bach y la incluye en el sobre que guarda palabras de amor:

«¿Qué me has hecho?… ¿No puedes deshacer el hechizo que me has lanzado?… Escríbeme una bella carta pronto. Tus cartas son como besos», le dice Johannes Brahms a Clara Schumann…

30. Amy, Amy, Amy (María José Escudero)

La encontré abrazada a sí misma en aquella cama que era un descampado. Entre poemas abandonados y botellas de vodka, parecía dormida y, ovillada en su levedad, la trasladé a la ambulancia: Fue la única vez que la tomé entre mis brazos. A menudo, veíamos las mismas estrellas por la noche y las mismas nubes al amanecer. Pero, cuando no la vigilaba, ella vomitaba su desdicha por las esquinas de Camden. Atrapada en su propia luz, comenzó a arrastrar los pies en los conciertos y, aunque disimulaba, su aliento apestaba siempre a soledad.  Hacía tiempo que habían saltado las alarmas y   tardé en comprender que los músicos genuinos prefieren improvisar sus melodías en bares pequeños. Lamento mi falta de audacia. Su vida estaba en mis manos, debí salvarla de ovaciones y abucheos, de su padre y de su novio, de aquella cohorte de oportunistas.

Digan lo que digan, era dulce y vulnerable. Caprichosa…Puede que fuera excesiva. Sin embargo, su voz prodigiosa era un regalo, un sollozo inquietante disfrazado de obstinado desafío.

El informe del forense  reveló que tenía una alta dosis de soul en las venas. Omitió que ya había muerto cien veces antes de morir.

29. Adiós Nonino (ana-liliana)

Hoy murió mi papá. Luchó contra la enfermedad lo más que pudo. Mi hermana está haciendo todos los procedimientos que deben hacerse. En unas horas lo velamos. Se me vienen todos los recuerdos. A la vez, siento un poco de culpa porque, de a ratos, se me cruza el pensamiento de que el siguiente en la lista soy yo ya que mi madre ya murió también. Sé que no es momento de pensar en esto.
Estoy en casa con mi señora e hijos. Se me mueven solos los dedos, no aguanto más y voy a mi habitación. Les pido a los demás que no me interrumpan. Agarro a mi fiel compañero y empiezo. Nota tras nota, saco el dolor que siento en el pecho, es como si el bandoneón se uniera a mi cuerpo. Ya no tengo que gritar o usar palabras, simplemente me expreso a través del instrumento. Empiezo con fuerza, sacando todo mi dolor por tener que separarme de él; sigo, acordándome de todo lo que vivimos juntos; y termino, con un ritmo suave, diciéndole gracias, adiós y hasta pronto.

Nuestras publicaciones