¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2025
PREMIO SENDERO EL AGUA 2025
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


Corta el hilo de hilvanar con los dientes y enhebra la aguja, hace un nudo y la clava en la almohadilla que lleva prendida en la bata, al lado del corazón. Se sienta en la silla baja, junto a la ventana, y empieza a pasar los puntos flojos siguiendo la marca de tiza que ha hecho antes en todas las piezas. Retira los alfileres que le han ayudado a que la tela no se mueva y, tirando con delicadeza, separa las telas y corta, con mucho cuidado, los hilos que van quedando a ambos lados.
Cuando termina de hilvanar todas las piezas, coloca el vestido sobre el maniquí y suspira. De espaldas al espejo, se quita la bata y se desliza dentro de la ropa. «Como un guante», piensa cuando al fin se atreve a darse la vuelta y mirarse en el espejo. Después, descoserá los hilvanes y volverá a hacerlos unos centímetros más adentro. Retocará la pinza del pecho y marcará el largo provisional de la falda.
Cuando llegue la clienta para la prueba, Ramón la ayudará a vestirse y le jurará que el vestido parece creado solo para ella.
Desde la ventana, escondida tras los visillos, la observo, y la envidia corroe mis pensamientos. Envidio su pelo, su belleza, su silueta perfecta, la exclusiva ropa y zapatos que siempre luce. Cuando, en ocasiones, nuestras miradas se cruzan, también deseo sus profundos ojos, su brillo insinuante.
Corro la cortina y me miro al espejo. Este, insensible, me devuelve genuina normalidad, nada especial, nada que destacar. Pero al posar mi mano en mi pecho, noto mi corazón y sonrío: cuánto daría esa maniquí del otro lado de la calle por poder sentir latir el suyo. Como acto de rebeldía ante mi frustración, me asomo de nuevo, y, con ironía, le esgrimo mi dedo a modo de peineta.
Hoy, al mirar hacia la boutique como cada día, descubro extrañada que el maniquí no está, el escaparate parece desolado sin ese cuerpo escultural. Agudizo mi visión, y en el cristal, empañado al contraste del calor y el frío, veo el trazo sinuoso de un gran corazón. Una risa nerviosa se instala en mi boca. Mi mente intenta anclar en tierra mi siempre voluble imaginación, cuando de repente escucho el repicar de unos tacones de aguja que, in crescendo, se acercan a mi habitación.
Pese a tener el color de la inocencia, la barrera que nos separa es rígida e irreversible.
Miré el reloj y me di cuenta de que la tormenta estaba a punto de estallar en casa así que me atrincheré en la cocina. Justo a tiempo: cuando cerré la puerta ya se empezaba a escuchar ruido de armarios al final del pasillo. Cogí una taza, puse una bolsita de infusión de tila y melisa y eché agua hirviendo por encima. A pesar de la puerta cerrada se podía escuchar una voz irritada, alguna que otra interjección de rabia y el sonido de cajones que se cerraban con fuerza. Sentada en la cocina miré mi infusión humeante. Tomé el primer sorbo; quemaba un poco. Mientras soplaba la tila me sorprendió no oír nada. Me asomé al pasillo y fui andando despacio hasta la habitación de mi hija. Me asomé: estaba sentada, con la cabeza metida entre las rodillas, rodeada de ropa por todas partes. De vez en cuando se escuchaba su suave llanto. Aunque ya sabía la respuesta, pregunté: “¿Qué te pasa, cariño?” Ella, con desesperación, me miró y me contestó lo mismo que todos los sábados por la tarde: “No tengo nada qué ponerme…”
Cuando yo era un niño, mi abuelo me contó que su gran amor fue Coco Chanel.
Le prepararon el vestido de gala con esmero, como antaño. Sus mejillas no habían recuperado el rubor que la hizo famosa antes de caer dormida, pero después de tanto tiempo, aquello era de esperar. Más llamativa era su actitud. Sin duda, su compostura parecía haberse descompuesto durante su largo sueño. Lejos de ser la bella y complaciente mujercita que sabía arreglarse como nadie, la percha ideal para cualquier ropaje que marcara las tendencias palaciegas de la temporada, ahora renegaba de cualquier prenda apretada, arrancándosela sin pudor ninguno. Para completar el preocupante cuadro, estaba el asunto de su desagradable olor corporal, aquellos ojos hundidos, imposibles de maquillar con estilo, y el desagradable aspecto de su piel, antes tan tersa. Pero fue al esquivar las primeras dentelladas cuando los reyes se arrepintieron de que la princesa se hubiera despertado.
Después de mucho rogar a su padre, opuesto desde un inicio a tanta ostentación, al fin pudo adquirir todas las piezas del conjunto: un gorro de pelo de oso, un abrigo de cuero caprino y un tanga de piel de oveja para mantener su virilidad a salvo del frío. Sin olvidar los zapatos que tenían impreso en el costado el logo de la diosa alada para sentir que volaba. Siempre y cuando no le metieran una zancadilla. Al levantar la vista del suelo donde yacía tirado, contempló al grupo de chicos inmigrantes. Tenían los ojos rojos por estar esnifando alguna sustancia, lo que los hacía más peligrosos a la hora de negarse a darles la ropa. A cambio de dejarlo partir con la indumentaria, les ofreció cecina, pescado seco, miel, puntas de flecha sílex que traía en el morral, incluso unas imágenes pornográficas de mujeres de pechos y caderas prominentes. La negociación terminó con una piedra contra el cráneo Sintió cómo le quitaban las valiosas prendas hasta dejarlo desnudo y descalzo. Mientras, recordaba las advertencias paternas de que un neardental no podía andar bien vestido sin despertar la envidia y el instinto asesino de un homo sapiens.
Nunca me gustaron las faldas. Los pantalones son mucho más cómodos para todo. Para jugar en el parque, subirse a los árboles o andar en bicicleta.
El día de la primera comunión no tuve elección. Blanco, hasta los tobillos, con un enorme lazo en la cintura. No paré hasta que dejaron que me lo quitara tras cortar la tarta y las correspondientes fotos.
Afortunadamente todo evoluciona y me casé con un elegante traje de chaqueta que todavía me servía en el bautizo de María. Creo que acabé creando una especie de tradición familiar. Las dos estamos guapísimas en la foto del salón. Cada una en su estilo, pero con pantalones negros y camisa blanca.
Incluso en mi funeral, más de uno recordó que me iba al otro barrio con los pantalones bien puestos. Y yo feliz, en mi ataúd, con la misma ropa de la foto, más apretada por el paso de los años pero… ¿a quién le importa?
Cae la noche y suena música. En el nicho familiar, mi abuela sonríe con la experiencia de décadas en este barrio. Guiña un ojo y me lanza su enagua para que pueda unirme a la fiesta.
Hilos y retales por el suelo, en la mesa los acericos y las bobinas. Flora cierra los ojos y se pierde por las pasarelas de alta costura… ahora verán ustedes los diseños exclusivos de Flora Martínez… no, no, Martínez es muy… no… con ustedes los diseños exclusivos de Flor de Lis, el público rompe en aplausos… El timbre de la puerta la devuelve al comedor convertido en taller de costura, Paquita, la del cuarto, viene a recoger un vestido de tafetán para la boda de su hijo, tras ella desfilan unas cuantas vecinas más, que si te hago una pinza aquí o un pespunte allí, que si te saco de la sisa y te disimula ese defecto en la espalda… Se imagina que está cosiendo para una top model cuando intenta embutir a Patro, la panadera, en un estrecho vestido de seda salvaje, «te queda como un guante» le dice. Llega la noche y las pasarelas de alta costura saltan en mil pedazos cuando ve salir a su Manolo del bar de enfrente, haciendo eses. Corre a esconder la recaudación de hoy. Mañana tendrá que volver a decir que se resbaló y se chocó contra una puerta.
Me enamoré de una viola en un concierto de Navidad. Lo difícil es contactar dada la distancia que nos separa. Los triángulos somos instrumentos ausentes, nunca de moda, pero cuando aparecemos precisos, exactos, creamos una atmósfera de esplendor. Coincidimos en una serenata en la que la viola se arqueó para resonar juntos unos cuantos acordes que fueron eternos. Desde entonces resuenan en mi memoria, pero temo que se entregue a un contrabajo que comparte con ella la mayor parte del programa de la orquesta. Me bastaría un trío como mal menor, pues es complicado encontrar una sinfonía que nos junte, en la que sonemos al unísono y surjan los acordes de gloria, memorables, y nada la separe ya de mi melodía, de Mi La Do #.
Noche tras noche el viejo caballero recorre la ciudad. Repican a deshora sus botas sobre el empedrado y una mueca triste tiñe de melancolía el gesto de sus labios. Al paso de algún transeúnte despistado, inclina el hombre su sombrero de copa, recompone su levita harapienta y arrugada y sonríe, bastón en mano, con anacrónica educación. Su aspecto de romántico maldito −repletos de poemas los bolsillos, encendido de pasión el corazón− disfraza de dulzura un dolor antiguo; un pesar que a duras penas su risa enmascara; un desconsuelo que, al cabo, su mirada traiciona.
«¡Pobre loco!», escucha a menudo murmurar a su espalda con hiriente desdén. Clava entonces el anciano sus ojos en el cielo e implora un rayo de luz a las estrellas, un guiño, una señal.
Derrotado −no recuerda cuándo− por la vida, incólume ya su espíritu a la esperanza, a una sola nostalgia su soledad vagabunda aún se aferra: al fulgor de la estrella que de amor y de belleza en un parpadeo lo embrujó. No pudo retenerla pero junto a ella va siempre su alma y su sombra siempre lo acompaña.
Cuando Antonio lo vio sintió un fuerte pinchazo en la entrepierna. Era el inconfundible deseo. Se imaginó acariciàndolo, oliéndolo, sintiéndolo, así que lo compró. Al salir de la tienda con él se sentía conscientemente feliz. Esa noche cenaron a la luz de las velas y bailaron hasta el amanecer. El deseo dio paso al amor y el amor a los secretos. Secretos contables e incontables, que se guardan en la memoria oculta del alma, rozando la decepción y el dolor. Al mediodía se despertó abrazado al vestido. Ya manchado. Ya contaminado. Ya pasado de moda. Como tantos otros acabó en el contenedor. Por la tarde Antonio salió a pasear, en busca de nuevos vestidos que le limpiaran el alma.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









