Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

91. El marrón (Anna López Artiaga / Relatos de Arena)

Acepté el trabajo a sabiendas de que era una mierda. El contrato era temporal y no se especificaba horario. Tranquilo, dijo el de recursos humanos, usted solo tiene que estar disponible para cuando surja algún marrón. No debí poner buena cara porque añadió: ¿Usted quiere trabajar, verdad?
Firmé el contrato.
Esa noche, al ducharme, advertí una mancha en mi mano. La froté. Debía ser un lunar.

Pasé tres días en un despacho jugando al solitario, pero al fin, requirieron mis servicios. Gutiérrez, un cincuentón tembloroso, entró con los ojos enrojecidos. Yo le tendí un paquete de pañuelos y unos papeles que debía firmar. Le aseguré que aquello era una gran oportunidad: ahora podría hacer realidad sus sueños. Después le acompañé hasta la puerta. Cuando iba a estrechar su mano me percaté de que el lunar había crecido y, con gesto avergonzado, oculté la mía en el bolsillo.

Un mes después, cuando ya empezaba a aburrirme, me trajeron un dosier en el que se leía: Plan de Reestructuración. Lo abrí. Había doscientos veintidós nombres.
Una semana tardé en liquidar el expediente. La mancha ya me asomaba por el cuello blanco de la camisa.
Al día siguiente, me llamaron de recursos humanos.

90. November rain

La lluvia, inusualmente contundente, empapaba personas, oraciones y la tierra del cementerio. Hubiera deseado llorar, pero solo era capaz de permitir que el agua, tantas veces ansiada, le traspasara ahora sin hacer nada por impedirlo.

En su cabeza se sucedían recuerdos y culpas: toda una vida con ella y tantas cosas que ahora ya era tarde para lamentar no haber dicho. Había asumido con mansedumbre la certeza de que aquel momento llegaría. La enfermedad lenta, el decaimiento progresivo, irreversible, la infinita ternura por ella que no sabía cómo expresar… Como él, su madre callaba. Si acaso, frecuentaba recuerdos de cincuenta años atrás: el pueblo lleno de gente, la ilusión con la que su padre y ella hicieron la casa en la que vivieron toda la vida, la niñez de Venancio… Era consciente de que se iba, y él lo supo con certeza una semana antes, cuando al terminar de comer se iba a levantar, y ella le agarró la mano, sin decir nada, con la mirada de quien asume su destino en paz, pero no oculta su dolor y su miedo.

El ataúd, al bajar, se fundió con la tierra en una metáfora marrón de soledad y añoranza.

89. Dátil (Alberto Jesús Vargas)

Otra vez la misma pesadilla. Voy subiendo las escaleras con el pedido de Doña Paulina. Cuando llego ante su puerta enorme de casa antigua, hago sonar la voz cascada del timbre. Ella me abre y pide que deposite mi carga en el suelo del comedor. La casa huele a naftalina y a orines de gato. A continuación, con sus manos de vieja que parecen hechas con la piel de un pollo, abre el cajón del aparador y saca un dátil y unos cuantos billetes que yo acepto sabiendo que su valor excede en mucho al importe del encargo. Sin pedirme permiso, introduce el dátil en mi boca que lo recibe con repugnancia y sumisión.  Mi saliva se hiela con el frío que sus dedos han dejado en el fruto ambarino y blando. Empiezo a masticarlo con lentitud y desgana. Su textura pastosa se desangra dulzona en mi lengua y llega a confundirse con la lengua invasora con la que ella juega a arrebatarme la semilla, entre pequeños desencajes de dentadura postiza. Es entonces cuando sobresaltado, despierto en una penumbra de persianas bajadas. A mi lado, su roncar satisfecho y en el aire, el olor de su aliento pegajoso y marrón.

88. Tarde (Marta Navarro)

El creciente movimiento en el andén, las idas y venidas de los mozos, la precipitada llegada de viajeros, le indicó la proximidad del tren. Como cada tarde, más por costumbre que esperanza, fiel pese a los años a su antigua promesa, ella lo esperaba paciente. Sabía que las malas lenguas murmuraban en el pueblo sus amores, que le tenían lástima, que la creían loca… No le importaba. Hacía mucho que había relegado al ensueño su pasión y convertido en rutina aquella espera. Adoraba sentarse en la estación, pasar entre baúles y pertrechos las horas, espiar a distancia risas o llantos. A nadie debía explicaciones y a nadie las daría.
Una voz que gritaba su nombre la sobresaltó de pronto. El tren se había detenido. Ya descendían los primeros pasajeros. Buscó entre ellos si alguno la llamaba y entonces… ¡No! ¡Imposible! ¡No podía ser! Aunque… ¡No! ¡No, no, no! ¡Si aquel hombre era un anciano, por amor de Dios! Tragó la decepción que atenazaba su garganta, se colgó al hombro su gastado bolso de piel marrón y aferrada a él, sin mirar atrás, echó a correr.
A la velocidad del rayo, extinguía su carrera el eco de un lamento: «¡Penélopeeee!»

87. LADRÓN

Estaba echado sobre la arena de la playa, medio dormido pensando en algo que como de costumbre no me acuerdo, cuando un mapache apareció entre la maleza de los árboles que adornaban el paradisiaco lugar. El animal tenía que formar parte del mismo, ya lo había visto merodear con toda su familia por los alrededores del pequeño bar donde había pasado para tomar un delicioso café con leche cerca de la playa. Sus tonos marrones lo hacían ver más feroz, que no lo era en absoluto; su instinto de supervivencia por la presión humana hacia todo lo que inspira naturaleza los está obligando a alterar sus costumbres y, lo que es peor, peligrar su futuro. No puedo seguir escribiendo porque, buscando algo que llevarse a la boca, de entre mi mochila vino a gustarle mi inseparable block de notas y el lápiz. Ojalá no se los coma, y escriba en él lo harto que están de nuestro insostenible comportamiento.

86. Falsas esperanzas

De las ruinas solo brotan rencores, asegura su madre mientras contempla el paisaje desolado. La joven no le hace caso, en el fondo sigue siendo aquella niña que perseguía el vuelo de los pájaros como si fuera posible alcanzarlos. Ayer lo vio en una azotea y está segura de que el muchacho, a su vez, también se fijó en ella. Desea encontrarse de nuevo con él y necesita un vestido apropiado. Consigue uno demasiado ligero para el tiempo que hace, pero mejor que los harapos de cada día, ennegrecidos de hurgar entre los escombros. Se planta en medio de lo que en algún momento fue una plaza donde las parejas se daban la mano por primera vez y divisa en una ventana ese uniforme marrón que tan bien le sienta al joven militar. No puede distinguir su rostro con claridad, pero imagina cómo sus ojos la observan con interés, cómo la buscan tras la mira telescópica, justo antes de que se le llene la boca del estómago con un dolor punzante, de aquellos que anuncian amores no correspondidos.

 

85. Condicionamiento natural

Yo tenía siete años cuando mis padres reformaron la casa para dotarla de baño. Tal hecho puso fin a nuestra ancestral contribución a la cadena trófica, realizada mediante regulares visitas a los campos circundantes, además de permitir que subiéramos a un tren del progreso en el que como mínimo tendríamos derecho a asiento. No evitaría sin embargo que el canto de los petirrojos en invierno, por poner un solo ejemplo, me evocara por siempre aquel frío en la piel desnuda, así como el vapor de mis orines cayendo sobre la escarcha de un suelo minado de excrementos.

Marta y yo hacíamos nuestras necesidades matinales muy cerca el uno del otro, aunque separados por una barrera de saucos que impedía que nos viésemos. Nunca nos habíamos hablado, pero ocurrió que un día la oí gritar y corrí a ver qué pasaba. No he visto jamás una imagen más pura que la suya entonces, llorando de pie junto a una flamante deposición. Enseguida comprendí todo, e intenté tranquilizarla diciéndole que yo había pasado por lo mismo, y que las infusiones de nogal me habían curado. Una vez superado el miedo, huyó avergonzada. Amor y lombrices: he aquí otra de mis inevitables asociaciones.

84. Balada de otoño

Recuerdo el barro encastillado en el cauce del regato. La presa improvisada que paraba las hojas desterradas de los árboles. Las ramas desnudas saludando al viento de poniente. Allí jugábamos, entre los troncos de los chopos. Allí, sobre los restos moribundos del follaje, rumiábamos el sabor de los secretos. Los primeros secretos que apenas asomaban bajo la densidad espesa de la broza. Una envoltura de humedad nos protegía. Temíamos más a las pisadas cotillas de los viejos que al olor de la manada. A ella le era indiferente el humo furtivo del tabaco, los besos que, como ámbar prohibido, bebíamos a escondidas. Se asustaba de nosotros y buscaba la carne del corzo hacia los riscos.
Las blancas columnas que guardaba Nicole bajo la falda, y el orujo destilado de las risas del último verano, quemaban las tardes después de la merienda. Imitábamos el aullido de los lobos cuando la luna rompía el horizonte y habíamos saciado, solo en parte, el hambre adolescente. Dejábamos por fin el agua en libertad y en parejas, de camino hacia la ermita, apurábamos a sorbos nuestros labios, hasta que la preocupada voz de nuestras madres apagaba la luz lasciva de la noche.

83. PREPOSICIONES DE (DES)AMOR

Sobre el verde de los trigales sin madurar entornamos nuestros cuerpos rendidos…

Bajo el azul de un cielo amenazante pero lisonjero en el agrado que producían sus primeras gotas…

Tras el naranja del astro que juega a esconderse para renacer con más fuerza en las postreras horas…

Desde el amarillo de mi atuendo de jornalero culminada la tarea adscrita por el señor…

Hasta el púrpura de tu vestido de cosmopolita hija de aquel señor…

Ante el blanco de tu sonrisa que parecía esconder certezas que mi ignorancia no lograba barruntar…

Hacia el rojo, que dicen se asemeja a la pasión, cuando en un guiño apagaste mis sentidos y me murmuraste:

Entre todos los colores apagados no fui capaz de elegir uno que me significara…

 

¿Y dónde queda el marrón?

En la tierra que cubrió mi cuerpo inerte cuando me susurraste adiós.

82. Verde y rojo

El guerrero se posiciona. Protege su cuerpo con el escudo de bruñido bronce que lleva labrado un gran sol, solo queda al descubierto el penacho de plumas verdes adornando su casco, que por efecto visual parece dividirlo en dos mitades.

Durante la contienda se han cruzado dos veces sus espadas, y el del verde penacho le ha vencido en buena lid, las dos veces ha perdonado su vida. Nada sabe de él y nada ha podido averiguar sobre su procedencia, sus guerreros no lo han visto jamás. Es imponente su porte, y soberbia su actitud frente al enemigo, más propia de una divinidad que de un guerrero. Decide aguardar hasta que haga un movimiento. Ahora él, desde su posición sobre el caballo piensa que quizás esta vez sea él el vencedor. Sujeta la lanza, muestra su bronceado pecho desnudo que brilla como su casco, adornado con filigranas del que cuelgan borlas de hilo teñido en intenso rojo, y comienza la embestida.

Uno se levanta, el otro azuza su caballo. A la carrera uno, al galope el otro. Con espada y lanza en mano se enfrentan. Sucumben dejando bajo sus cuerpos la tierra coloreada de color marrón caoba.

81. Nature morte

A la de tres se abalanzaron casi todos sobre la mesa del profesor de dibujo. Los primeros lápices de colores en desaparecer fueron el bermellón, el rosa y el amarillo, los azules celeste y marino. Dejados de lado, con pocas aspiraciones, se resignaban a la soledad el verduzco botella y un marrón hojarasca. Pasó algún tiempo antes de que la muchacha con cojera llegara al escritorio. Sentía las miradas rastreadoras de los demás niños posadas en la muleta que le permitía caminar. Se dio prisa en introducir en el bolsillo de su atuendo a los dos supervivientes de la criba. A ella no le molestaba porque desde hacía semanas sus láminas eran todas iguales. Y tal vez en esta ocasión, con esos tonos aún se acercaría más al oliva de los uniformes militares y hallaría el cobrizo de las bombas de racimo que cayeron aquel día sobre la aldea ahora tan lejana.

80. El alfarero (Pablo Núñez)

Llegó a nuestro pueblo sin hacer ruido, con un viejo chaleco manchado de barro y un baúl enorme. Compró el local que el difunto Ambrosio había dejado en herencia a sus hijos, en la calle Alfarería. Lo convirtió en su hogar y en su lugar de trabajo a la vez. Observábamos cómo iba llenando una pequeña ventana que usaba a modo de escaparate de todo tipo de utensilios. Pronto se hizo popular por sus obras y rara era la casa que no tenía una de ellas en alguna estantería.
Al tiempo, búcaros, tinajas, barreños y vasijas fueron sustituidos por cuatro bustos cuyas expresiones de agonía nos hicieron creer que se trataba de santos en el momento en el que sufrían alguna tortura; pero un escalofrío recorrió nuestros cuerpos cuando descubrimos que eran las caras de los hermanos Martínez, matones de la comarca que, en noches de borrachera, tras increparlo, le destrozaban el torno donde moldeaba sus figuras. La policía intentó atar cabos y nosotros decidimos desatarlos. A fin de cuentas, si el alfarero tuvo algo que ver con la desaparición de los Martínez, ellos se lo buscaron. Además, desde entonces, sus viudas no necesitan maquillarse y han vuelto a sonreír.

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