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Ya ha llegado el Otoño, el Otoño está pintado de marrón. Él se fue envuelto
en ese color.Marrón oscuro, marrón claro.
De los árboles caen las hojas, las aceras están llenas de ellas, no dejan
de caer. El personal del Ayuntamiento, pasa esos aspiradores barriéndolas.
(Ensuciando más). Las ramas de los árboles se han vuelto marrones, los troncos
también. El Otoño es marrón, aunque la climatología está cambiante. !Hace
demasiado calor! Aún estoy yendo a bañarme a la playa. La arena es de color
marrón claro, pero cuando la baña el mar cambia de marrón. El verano pone ese
color en mi piel. Hace poco que falleció mi padre, su ataúd era de color marrón
y a mi de vez en cuando me vienen nubarrones de color marrón al recordarlo.
Me estremezco al dar el primer paso. Bajo mis pies, cruje la vieja senda de madera ajada por el salitre. Se difumina su final entre las brumas del tiempo. Ochenta años son demasiados. Nuestra vida se detuvo en un suspiro cuando mi padre tuvo que huir. Necesito saber qué sucedió para honrar su memoria. Entro descalza en el laberinto de su ausencia. Un viento otoñal azota mi espalda y me empuja hacia la orilla mientras desordena mis cabellos canos, que ya han perdido ese castaño como el suyo. Las olas se embravecen y su rumor rompe el silencio.
Tiembla entre mis manos lo único que nos devolvieron de él: su poemario. Sus tapas de color tabaco parecen heridas de muerte. Antes de abrirlo, inspiro. Entonces, se espuman mis pulmones de la libertad de sus palabras. Mis ojos se arrasan de mar. La playa pierde su desnudez y se cubre de aquellas alambradas que intentaron arrebatarle su dignidad. Me hundo en su agujero, excavado en la sucia arena como refugio contra el gélido invierno. No huele a canela ni a café, sino a hambre, heces y miseria.
La sangre derramada por tantos refugiados tiñe de óxido el Campo de Argelès-sur-Mer.
La abuela cuenta que nosotros estamos en este mundo gracias al café. Hace cincuenta años un hombre al otro lado del río cargaba la escopeta para matarse. Ella colaba café. El viento llevó la fragancia marrón por las ondulaciones del paisaje. El hombre aspiró vida. Atravesó el puente colgante, y llegó hasta el aroma. Ese hombre es mi abuelo.
Flota en el aire la mítica versión de Righteus Brothers del tema Unchained Melody. Mis manos moldean con pericia una pieza de alfarería. Empiezo a encontrarme muy a gusto. Cierro los ojos para disfrutar más del resto de los sentidos y noto un hormigueo especial y un calor intenso que me recorre de cabo a rabo. Él entra en escena y dice algo, tiene una voz dulce, aunque el tono es potente y viril. Se aproxima por detrás, me rodea con los brazos y posa sus manos sobre las mías. Abro los ojos para observarlas, el barro marrón nos conecta. Imagino que no lleva camiseta y siento un escalofrío de puro placer. De pronto, todo se desmorona. Al girarme, pensaba encontrar un atractivo y fornido galán de película semidesnudo, en su lugar, hallo un tipo feo y enclenque que solo lleva puesto un horrendo braslip blanco con un rodal color tabaco claro junto a la bragueta y calcetines negros hasta la rodilla. Saco de cuajo el aparato de realidad virtual sujeto a mi cabeza y lo lanzo con todas mis fuerzas contra la pared de enfrente de la cama. ¡Maldita sea!, esto me pasa por bajar software pirata.
Me impresiona entrar y verlo colgado en el recibidor. Cuando lo abrazo siento ese olor a picadura que siempre lo acompañaba. Igual que hace dos días, mientras lo sujetaba al cortar la cuerda de la que pendía del techo. He vuelto a su casa, ya que papá me ha encargado recoger el viejo abrigo marrón del abuelo. Siempre deseó que lo amortajaran con él. Ahora que ya no lo cubre, lo observo vacío y descubro algún zurcido, varios botones deshilachados y cierto matiz otoñal en el cuello y las mangas. Parece como si el abrigo hubiese muerto también. Eran inseparables. Jamás quiso desprenderse de él. Decía que de hacerlo sería como abandonar a un amigo. Que formaba parte de su vida desde que se lo entregó su padre antes de morir. Pero nunca contó más.
Registro los bolsillos para no dejar olvidado nada de valor. Recuerdo la cantidad de veces que de su interior sacaba cosas para mí. Entonces, en una costura del forro de seda beis encuentro una abertura. De dentro, extraigo la respuesta al misterio que mantuvo oculto durante tanto tiempo: un ajado y sucio pedazo de paño, y cosida sobre él una estrella amarilla.
Parecía que todo aquel revuelo no fuese con ella, y eso que era la novia. No paraba de repetírselo su madre, mientras le daba instrucciones precisas de cómo posar para la foto: que si ponte así que si ponte asá, que si no te apoyes en la chimenea, que si qué poca gracia has tenido siempre, hija.
Inés obedecía, pero con la mirada ausente. Del vestido se habían encargado las tías solteronas.
—Largo hasta los pies, abotonado por detrás y marrón, que seguro que se tira encima la copa de vino y así no se ven las manchas.
Sus dos abuelas, mano a mano, habían decidido el menú, no sin antes discutirlo mucho y cambiar varias veces de idea.
—Entremeses y jamón. Consomé, langostinos, lechazo y merluza rellena. De postre, tarta de hojaldre.
Entre los más de doscientos invitados no figuraba ningún amigo de Inés.
Estaba ya lista, frente a la cámara, cuando disparó el fotógrafo. ¡FUUM! Entonces se oyó una explosión y se formó una espesa humareda. Cuando se diluyó la nube se quedaron todos mudos al ver el vestido almidonado ahí, todo tieso junto a la chimenea. Pero sin ella dentro.
Del fotógrafo tampoco volvió a saberse nada.
(Fuera de concurso)
Cuento hasta tres. Abro los ojos. Nada. Seguro que funciona si lo digo más alto. ¡A la una, a las dos y a las… tresss! Miro mi colcha de flores, la mochila, la alfombra. ¡Mierda! Todo sigue igual que ayer. Me doy media vuelta. Por la ventana, el alba comienza a clarear el marrón oscuro de la noche. Mamá dice que puedo soñar despierta, pero manteniendo los pies en nuestra tierra. Y se entristece cuando busco colores extraños que no existen… El olor a café y tostadas me anima. También son marrones, pero me gustan. El café huele a besos de papá. Las tostadas, a carreras y risas. Nely y yo tomamos chocolate. Los churretes que corren por la barbilla de Nely dibujan una barba como la de Papá Noel: espesa y marrón. Toby ladra y mueve el rabo pidiendo su desayuno. Hoy será un día marrón clarito, dice mamá; seguro que Toby correrá por la nieve. Toby es nuestro perro friolero. Es un cachorro precioso: blanco con manchitas grises y el morro rosa. Aunque, ¡nadie me cree! Esta noche, volveré a pedir a los dioses un arcoíris en nuestros ojos marrones. Entonces, todos verán lo bonito que es Toby.
Superstición
Tras meses de preparación, física y mental, me embarco en el velero de mi amigo,
– experto en el arte de la navegación-.
El día es espléndido, y contemplar el borde de la costa desde la mar en calma, relaja mi extraviada mente.
Pedro es tranquilo, resolutivo y alegre.
En cambio yo, me siento frecuentemente agredido por absurdas obsesiones paranoicas.
Una manada de delfines acompaña la navegación e impregna su relajante magia a los minutos marineros que disfrutamos alejados de la cotidiana vulgaridad.
De repente, un giro brusco del velero inclina la cubierta hasta rozar mi piel la superficie del agua, y temeroso, aprieto con fuerza los blancos guijarros recogidos en la playa, que porto en el bolsillo del pantalón.
El contacto me da seguridad porque creo que cada piedra, purificada por la sal del mar y cargada, con el paso de los años, de positivas vibraciones, desprenden armónicas energías de protección.
Abro la pequeña bolsa de esparto para tranquilizar mis nervios. Entre la blancura inmaculada de las piedras descansa, por error, un diminuto canto marrón.
-¡Horror!
Presiento, tembloroso, que algo turbio sucederá.
En el horizonte bailan unos negros nubarrones y las olas comienzan a despertar de su letargo.
El empleado de la funeraria insiste en que elija ya .
La ceremonia. Misa completa, no. Mejor responso, cortito y sin oraciones. Creo que no recordaría ni una.
La música. El Réquiem de Mozart es un clásico, señora. Y pone un audio en el portátil. Le digo que sí, aunque solo pienso en Stairway to heaven y en que fue la última canción que escuchamos juntos.
El color de la lápida. En eso no dudo, marrón. Como el de tu chupa de cuero, que ahora llevo puesta y aún huele a ti.
El tipo de madera. El encargado, muy profesional, despliega el catálogo de los ataúdes. Los de caoba no me los aconseja porque el coste no está incluido en tu seguro de decesos y tendría que pagar la diferencia. El roble, una opción más adecuada para la clase media, da un plus de distinción al acto. Y los de aglomerado, biodegradables, especiales para las incineraciones.
Es la segunda vez en tres días que tengo que decidirme por una madera. Me acuerdo de la estantería nueva a medio ordenar en el salón, mis libros por el suelo, tus discos desparramados.
Y ahora sí, por fin, rompo a llorar.
El marrón de su cigarro se confunde con el de su propia piel, así como con la cobriza antesala de la muerte, que le acecha paciente. —Mientras suene el son,te iré matando —decía el viejo mulato cubano, a su puro habano. Contoneando su cintura, balancea su frágil cuerpo. Un pasito adelante y luego hacia atrás. Una calada, al cigarro besando. La luna lo observa incesante, en el centro de la aureola que la circunda, parece que lo imita bailando. Él continúa la danza con armónica sutileza. Eleva su mano con la palma hacia abajo, como la de una marioneta de la cuerda tirada, mientras gira despacito sobre sí la cabeza. Ya consumido el bailarín, casi como su habano, espera con calma su fin. Bailando la luna, el humo del cigarro y el viejo bailarín, con la música, salida de algún lugar, al ritmo de aquel son cubano, los tonos marrones, se funden sobre las rocas del Malecón habanero.
Marrón clarito
No sé si los patitos feos son de color marrón, pero aquel día yo me sentía como una m…, la tarde anterior en un arrebato de buena voluntad mi amiga me depiló el bigote, y a punto estaba de inaugurar mi nueva imagen cuando apareció el alcohol para desinfectar: Horror! Ahora dos considerables quemaduras realzaban mi labio superior.
Amaneció y tenía que ir al instituto, yo intentaba inútilmente disimular con un pañuelito en la boca y la mirada baja el desastre sufrido, pero no había entrado en clase cuando se acercó a mí la niña más pija y mona de toda la clase y me espetó : “¿te has quemado al depilarte?”
Casi muero en ese instante, pero enseguida dijo: “A mi me pasó lo mismo la primera vez”.
¿Cómo? ¿Ella?
Años después tuve la oportunidad de contarle a esta amiga lo que significó para mí su comentario. Claro que tengo días marrones, pero gracias a ella, son marrón clarito.
Mi aprendizaje como adulta empezó aquel día.
Cada verano, frente a la hiriente sinceridad de un espejo de probador, azuleando de blancas y con la señal de los calcetines, todas nos enfundamos un bañador lleno de complejos ¿no?
Vivir en Winterset, Iowa, puede ser divertido hasta los quince. Después, resulta tremendamente aburrido. Dos cafeterías, un cine, y nada más. Calles rectilíneas con casas a los lados se cruzan con calles rectilíneas con casas a los lados y todas desembocan en infinitos campos de maíz. En agosto, después de la cosecha, el verde desaparece y el marrón de la tierra labrada rodea el pueblo hasta que la nieve lo sitia. Entonces, la vida discurre exasperadamente lenta.
Me alisté. Europa sangraba y me imaginaba desfilando orgulloso por París bebiendo vino entre besos y abrazos.
Las olas zarandean la barcaza a cien metros de la playa de Omaha. Corren petacas de whisky y todos bebemos, envueltos en un fétido ambiente de vómitos y orín. Silban las balas alemanas. Una se cruza en mi camino, y ya. Ni siquiera desembarco. Caigo entre botas nerviosas que corren y me pisotean. – Llegar hasta aquí para nada -, pienso, aunque quiero creer que la bala que me está matando iba dirigida al soldado que en unos meses liberará París y beberá vino rodeado de bellas parisinas.
En Winterset, Iowa, la recogida del maíz se detiene por mi homenaje póstumo. Después, bajo un calor aplastante, continúa.
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