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Allí la encuentro, en esa calle de Olbia, sobre un andamio marrón, usada como cenicero; su hipocampo violeta, sus corales, sus peces rojizos circundando la porcelana…
Como el arqueólogo toma a la pieza, así la tomo yo, mis ojos bebiéndose el mar de un trocito de Cerdeña.
Debía estar ahí parado, de pie, durante horas. Así un día tras otro sin respetar fines de semana. Era lo que tenía trabajar de vigilante de seguridad en un comercio. En cuanto salga otra cosa me marcho – se repetía en un vano intento por infundirse ánimos. Pero lo único que salían eran clientes y clientes con bolsas repletas de ropa siguiendo la moda marcada en inexpresivos maniquíes que desde el escaparate acompañaban a nuestro protagonista. Con el tiempo se convirtió en parte del mobiliario. Tanto fue así que con el cambio de temporada, los dependientes sustituyeron su insulso uniforme marrón por las últimas tendencias del momento.
Sentada en esa vieja silla marrón de cuero desgastado, ojeaba el Hola sin levantar la vista. Pasaba las páginas muy despacio, como si le pesasen los brazos, ajena a bodas, divorcios y posados. Miraba sin ver. Tampoco oía. No percibía el bullicio de la peluquería en esa gélida mañana de sábado.
Poco antes había pasado por delante de la puerta del local y había entrado casi por inercia. Con la cabeza agachada y voz queda, había pedido que le cortasen el pelo.
—¡Claro! ¿Qué te apetece? ¿Una media melenita? ¿Unas capitas con flequillo, quizás? Algo tipo Blanca Suárez…
—Al cero.
—¿Disculpa?
—Rapado al cero.
Porque cuando la vida ya te lo ha quitado todo y te faltan agallas para quitarte la tuya propia solo te queda arrancar de cuajo lo que aún nadie te ha robado: recuerdos, promesas, ilusiones, esperanzas, finales felices, sueños y pelo.
Ayer entró en mi despacho un hombre avejentado y con pintas de tahúr fullero que dijo ser mi padre. No he conocido más padre que mi abuelo, sentencié desde la otra orilla de la mesa. Crecí bajo su amparo mientras mi madre, vejada y traicionada, cimentaba resentimientos, manifesté crecido. Horas antes, ella también había venido a visitarme y, con su perpetuo rictus de amargura, me entregó un álbum de tapas marrones con un montón de viejas fotografías. Me contó que había preparado otro igual para el abuelo que, aquejado de una bruma inexorable, dormitaba mansamente en un geriátrico. Luego, sin mirarme, añadió rotunda: “Es para que él recuerde, y para que tú no olvides”.
El abuelo me recogía en la escuela cada tarde, me adiestró para la vida con abrazos y firmeza. También me enseñó a disparar, reviví pensativo al tiempo que me aproximaba al intruso y palpaba la frialdad de la pistola oculta en mi bolsillo.
Dicen que los tesoros ocultos siempre aparecen dentro de grandes cofres marrones. Pero que a veces cuesta dar con la llave que los abra.
En su caso esa llave estaba a la vista. Fue la que le mostró el camino de vuelta al pueblo de su familia. Donde con un equipo de rodaje dirigió sus pasos para filmar un documental denunciando la situación de la España vaciada. Allí, donde su bisabuelo fotografió a todos y cada uno de sus vecinos delante de sus casas de resistente piedra marrón. El ‘loco Van Dyck’ lo llamaban. Nadie sabe si es que vino de Holanda o por su poblado mostacho. No importaba. En sus fotos todos, grandes, pequeños y él mismo, sonríen en sepia delante de un fondo marrón.
Dicen que los tesoros suelen contener oro, plata o piedras preciosas. Y que a muchos les solucionan la existencia. Pero unas fotos viejas y amarronadas, conservadas por nostalgia familiar, pueden ser a la vez el tesoro y la llave que abra la puerta y devuelva la vida a muchos pueblos marrones y vacíos.
Esta mañana salí de la sala de electro shock muy contento, veinte sesiones en total. Ya era capaz de mirar un marrón glacé en su envoltorio, sin tener síntomas de ningún tipo.
He pasado un año malísimo, sin poder pasear por las calles, ni pasar por delante de una pastelería.
En qué momento decidí ir aquella noche a ver ese espectáculo erótico al club de la esquina. Varias copas después, empezó el show, yo estaba en la primera fila.
En medio de la pista, una barra vertical, se atenúa la luz y comienza una música suave y envolvente.
Entra una mulata, desnuda y depilada, baila y hace molinetes en un pole dance impresionante. Se para de espaldas a mí, agachada, y la boca se me hace aguas al contemplar un marrón glacé perfecto de color, meloso y jugoso.
Actuaron siete más, cada una con su castañita, todas diferentes, unas más hechas, otras menos, una peludita, que me provocaron un priapismo contumaz durante una semana.
Me creía curado, pero esta tarde en una esquina, una castañeira gritó “calbotes, calbotes”.
He recaído.
Son los ojos ambarinos más bonitos que yo he visto,
en su pelo el azabache se divierte haciendo rizos;
de tan dulce como es, el chocolate por su piel se ha derretido.
Tras las perlas de sus dientes, se adivinan sus suspiros.
Dinka tiene una belleza más allá de lo prohibido
es alegre, es risueña, es tan dulce como buena
es la amiga de mi niña y con ella siempre juega.
Pero hoy me ha confesado un relato sin igual
que no volverá ya más con mi pequeña a jugar.
Pues en su casa ya piensan que la niña ha crecido
y la quieren desposar con Omar, un “conocido”.
Tiene vacas y dinero que cambiará por la niña
¡y tiene cuarenta años más que la pequeña Dinka!
Pero Dinka tiene suerte, pues al contar su relato
ha encontrado el apoyo de las Leyes del Estado
y no se va a permitir llevar a cabo ese trato,
pues proteger la infancia es proteger lo sagrado.
El barrio en donde se ubicaba la pensión me pareció tan desolado como yo. Bajo la lluvia, los escasos viandantes caminaban por las callejuelas urgidos por llegar a sus casas. La primera noche no conseguí pegar ojo, acababa de llegar y ya añoraba todo lo que había dejado atrás. En los días sucesivos traté de buscar un trabajo acorde a mi profesión, después un trabajo cualquiera. Imposible sin papeles ni referencias. Se me acababa la plata y la casera no parecía dispuesta a fiarme. Empecé a deambular por la ciudad y a fijarme en sus azoteas y sus puentes. Parecían ofrecerme la única salida. Una mañana, estaba limpiándome el zapato mientras renegaba cuando se me acercó una mulata tocada con turbante.” No maldigas, niña, pisar mierda trae buena suerte”. ¿Suerte? – grité- me van a echar de la pensión, no encuentro trabajo, estoy sola- y me eché a llorar.
Esa tarde mientras bebíamos chocolate con su gato pardo sobre mis piernas, me contó que se ganaba la vida como pitonisa, que le hacía falta una ayudante y que tenía una habitación libre.
–¿Me propones todo eso para que crea en tus presagios?
Casandra con su risa ahuyentó mis malos espíritus.
Mi nombre es Walid.
Soy un hijo del desierto.
Y juro que nunca vi una tempestad como ésta.
Apareció de repente, me envolvió, y me sepultó a la velocidad de la luz.
Y ahora estoy enterrado bajo una duna gigante y ya siento en mi alma el susurro de Allah.
Pero soy un tuareg, he combatido en cien guerras, he visto suficiente sangre derramada para llenar diez veces mi vida, y hoy no es un buen día para morir.
Por eso ignoro el sabor de la sangre en mi boca, e intento ascender. Y el cuscús en el que se han convertido mis huesos suplica que me detenga, pero no escucho sus gritos. Y subo, y subo, y mi cabeza llega a la superficie, y abro los ojos, y…
Y entonces veo como una mano se acerca, voltea el reloj de arena en el que estoy atrapado, y todo vuelve a empezar.
Nunca pensé que lo nuestro fuera para siempre. Y mira que era difícil no dejarse embaucar por aquella mirada. Por no hablar de tu verborrea , ligeramente cursi. Pero pronto supe que tu concepto del tiempo cabía en un Rolex. Fue cuando te ascendieron y te hiciste adicto a las reuniones de trabajo, en realidad cenas rematadas con alcohol y lo demás. Frecuentemente llegabas de madrugada y te delataba el aliento. Y aquella estúpida mirada anclada en el vacío. Nuestra relación llegó a un punto muerto y te pusiste pesado queriendo retomar lo que nunca llegó a cuajar. Apareciste con un sorprendente cambio de look, intentando convencerme de que eras otro. Casi lo consigues con tu caja marróns glacés, mientras en tu nuevo coche atronaba el “Brown sugar”. No hubieras soportado una negativa, pero mi indiferencia te sacó de quicio. Te quedaste sin palabras y me levantaste la mano, pero te paré los pies. Nunca pensaste que tu chica pija, la modosita niña de papá, te saldría rana. Me siento orgullosa de haberte defraudado. Al fin y al cabo tú tampoco eres la joya que vendía tu mamá.
COR…
La casaron a la fuerza con el inmundo cafre.
TI…
“No leas, desgraciada, que no sabes. Tira eso y ponme la cena”.
Aparcó el libro con cuidado en el arcón junto con sus pertenencias.
NA…
En la alejada y desastrada borda, el dueño y señor devoró el potaje con trozos de carne y setas. Apuró la jarra de mal vino.
RIUS…
Ella ya sabía. La obligó a tenderse en el catre. La golpeó y forzó como siempre.
O…
Aprendió a leer en secreto. Le enseñó su hermana a escondidas. Nadie supo jamás que pudiera descifrar letras y palabras.
RE…
A la luz de la temblorosa vela fue descubriendo el mundo de las setas. El libro de tapas marrones se lo entregó otro pastor, por encargo de su querida madre.
LLA…
Leyó. Aprendió. La descubrió. Vio los dibujos. La conocía. En sus paseos por el bosque la había visto muchas veces. Se cocinaba de todas las maneras. La bestia disfrutaba.
Había descubierto: “Cortinarius Orellanus: Mortal. Veneno acumulativo. Los síntomas comienzan a los meses. Colapso renal. Indetectable”.
Se sintió muy mal. Falleció entre estertores con los ojos vueltos.
Ella lo observaba fijamente con el libro en el regazo.
NUS…
Carla confesó que se aburría conmigo, agria noticia para un creador de historias. Una sensación paralizante de fracaso me lastraba desde que se fue. Moscas y hasta cucarachas recorrían mi cuerpo casi inmóvil, al creerme ya muerto. El tiempo avanzaba a la par que mi depresión, los plazos del editor también.
Deambulé por las calles, carente de rumbo. Aquella araña, una hembra de reclusa marrón, suscitó mi interés al pasar por una tienda de animales exóticos. La dependienta hizo serias advertencias sobre su peligrosidad. Sin valor para cortarme las venas, el animalito letal pondría fin a tanto sufrimiento.
De vuelta al piso no pude abrir. Alguien había aprovechado mi salida para ocupar la vivienda, tras un rápido cambio de cerradura.
Hastiado, puse sobre una mano al arácnido, recién bautizado como Lucy, pero en lugar de atacarme quiso deslizarse bajo la puerta. El usurpador salió enseguida con una preocupante mordedura, a la busca de asistencia médica.
Recuperado el hogar, completé en tiempo récord el libro de relatos que me requerían. No hubiera sido posible sin mis verdaderas compañeras: las palabras, quizá también alguna musa y Lucy, que, discreta y eficaz, se ocupa de los insectos molestos.
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