Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

ESCRIBIMOS EN BLANCO Y NEGRO 2018

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en esta foto de Cristina García Rodero.

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC. Tenemos en marcha nuestro concurso de relatos en blanco y negro... y también tienes la oportunidad de leer miles de microrrelatos de nuestros participantes
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Esta convocatoria finalizará el próximo
26 de agosto

Relatos

ABR.29. LA LUNA Y NOSOTRAS, de Sara Snezha Pozo

Niebla en las calles, frío en mi cuerpo, la ciudad duerme, mis pasos pequeños intentado esquivar las hojas húmedas de otoño que ya caídas se vuelven una amenaza a mis reflejos todavía dormidos. Me dirijo a mi oficina a gastar ocho horas de mis veinticuatro que tengo…
Ayer, me di cuenta de cuánto me querías y el deseo que había entre nosotras cuando estábamos tumbadas en la cama, yo en tu pecho y ver la realidad en otra perspectiva. Siempre estábamos con la persiana abierta para ver a nuestra amiga la Luna. Ese sentimiento que tenía Ella de cuando un alma necesita un cuerpo que acariciar, pues eso es lo que sentía al vernos. La Luna deseosa estaba mirando lo que hacíamos en la cama. Ella, triste, se dormía mientras que el Sol se despertaba y viceversa. No había ningún día en que estuvieran juntos, salvo los días de la Luna Nueva en que Ella descansaba y tenía la posibilidad de hablar con Él.  Sin embargo nunca hubo ningún gesto de acercamiento por parte de Él. Y la Luna cuando lo intentaba, se quemaba.
Y así todas las mañanas. Niebla en las calles, frío en mi cuerpo, la ciudad duerme…
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ABR.28. ESTABA AL LADO, de Calamanda Nevado

Lo trajo la lluvia, su sombra esquelética se confundía con la noche. Llevaba horas mojado, y el salitre del agua inundaba sus ojos desamparados. Sonó tres veces mi puerta, la abrí. No reconocía su rostro. Me gritó, rápidamente, convulsivamente  ¡Mamá, mamá! Era su cabeza, su pelo, su llanto! Diez largos años desaparecido, y estaba entre mis brazos, tartamudeando.
 He vivido aquí, al lado; amarrado a la cama de un sótano ¡raptado por nuestro sicólogo! Te he visto  pasar todos los días, delante del agujerito que hice en la pared, y te gritaba. Parecías escucharme… mirabas a tu alrededor.
Estabas muy  cerca… ¡casi  a mi lado! Tanto,  que respirabas conmigo  la tierra mojada de ese asqueroso suelo encharcado. El eco de tu risa resonaba en todos los  tabiques. Yo, aprendí a descifrar tus palabras, sueltas, inconexas, pero tuyas.
¿Papá sabe porqué ves a ese sicópata violador, todos los días en su casa?  ¿Le has contado que es tu amante y fue mi raptor? Seguro que no. ¿Todo este tiempo, conocías mi existencia en ese sótano? ¿Por qué no me querías?  ¿Por qué me abandonaste con nueve años en el parque?
 -Hijo,  para poderlo ver todos los días.-

ABR.27. OFRENDAS, de Yolanda Nava

El bosque exhibía una quietud extraña. De los árboles se desprendían lánguidas hojas resecas que salpicaban de tonos ocres una tierra yerta y escarchada; la laguna era un lodazal sin apenas agua.
En lo alto de una cima, los animales imploraban al dios de la lluvia.
Hacían sus ofrendas revestidos de una humildad concebida a golpe de necesidad:
-Te daré el dibujo de mi piel –susurró el leopardo.
-Te ofrezco mis rugidos; dijo un vacilante león, que no deseaba renunciar a lo que ofrecía.
-Mi esbelto cuello puedes acortar –murmuró la jirafa, mirando al cielo.
Pero sólo el plomizo sol parecía escuchar.
Cabizbajos, iniciaron el descenso hacia  la llanura.
De pronto, una sensación casi olvidada paralizó sus pasos, la lluvia les regaló –generosa- su caricia anhelada.
El león quiso rugir de alegría, mas de su garganta no salió sonido alguno; el leopardo quería ver el bello dibujo de sus motas oscuras sobre su piel mojada, pero, en su lugar sólo encontró un brillante pelaje monocromo; la jirafa, -estupefacta-, observó cómo las copas de los árboles se alejaban de ella.
Anansi, el buen dios, atendió diligente sus ruegos.
microsyotrashistorias.blogspot.com

ABR.25. ¡¡LLUVIA, LLÉVAME CONTIGO!!, de Rosa Maria Iglesias

La lluvia de esta noche ha destrozado mi hogar.
La humedad daña aún más mis viejos huesos.
Este asfalto mojado, dificulta mis pasos, empapando mis pies casi desnudos, por lo roto que están los zapatos que llevo.
Tendré que andar bajo la lluvia, sin poder protegerme de ella, para buscar otro hogar.
Me siento cansado, sin fuerzas, triste y calado hasta los huesos, que duelen como duele el desamor.
Necesito descansar, sentarme para tomar aliento, noto como las gotas caen sobre mí, taladrando como agujas mi cabeza descubierta.
Los ojos se cierran, rendidos de ver como ha pasado el tiempo, sin pena ni gloria.
Estoy solo, desgastado, sin mas posesiones que cuatro cartones mojados por la lluvia, que ya no me valen para nada.
Ahora solo quiero tumbarme en este banco, que la lluvia caiga sobre mi, me envuelva, me moje, me atrape entre sus gotas y cuando desaparezca me lleve con ella, donde quiera que vaya.
Ya no tendré que buscar cartones, este banco será mi nuevo hogar para toda la eternidad.
www.clavametusojos.blogspot.com

ABR.24. LLUVIA EN LA CARRETERA, de Nicoleta Ionescu

El coche corría en la carretera cuando comenzó la lluvia. Desde la oscuridad, gotas grandes golpeaban los parabrisas. El semblante pálido de la mujer, envejecido a pesar de sus treinta años, expresaba desamparo y enojo. Su hermana la había invitado a un aniversario familiar – un pretexto para empujarla a conocer a unos repugnantes solteros. Para convencerla de olvidarle. De salir de su casa convertida en un altar desde cuando él la había abandonado, tres años atrás. Para dejar de esperarle, para dejar de rezar ante la estatua de la Virgen, colocada en la alcoba matrimonial, entre fotos y flores secas. Detuvo el coche. Suspiró profundamente. La lluvia es buena, pensó; lava todo, perdona todo. Respiró. Repuso en marcha el coche, internándose en la oscuridad para volver a su casa.
       En la misma carretera, a una distancia de 2 kilómetros, un joven en sus treinta paró su automóvil a causa de la lluvia. Miró cuidadosamente hacia los asientos traseros. Los gemelos dormían quietos, guardados por la cariñosa sonrisa de su mujer. Encendió la radio y puso de nuevo en marcha el coche. Estaba contento, confiado en su buena suerte. Sí, la lluvia era buena: había lavado todo, había perdonado todo.
http://cesariarey.wordpress.com/

ABR.23. MI PEQUEÑA ABRIL, de Laura Navas

Abril tiene dos trenzas de espiga que nacen de su frente y terminan en su hombro, que caen por su espalda, que rozan el aire cuando corre. Y corre detrás de las gotas que han comenzado a caer esta misma mañana, con la primera tormenta del año. Sola en el patio de la casa vieja mi pequeño tesoro no pierde un segundo. Se agacha, se tumba y rueda por las baldosas de piedra hasta llegar a la hierba. Se moja, se ríe y achina los ojos mientras intenta ver más allá de las nubes negras. Ve un relámpago a lo lejos y corre hacia él, cogiéndolo en sus manos y guardándolo en un bolsillo. Y, pensando que no la observo, lo abre con cuidado para asegurarse de que lo escondió bien. Después vuelve al suelo, chapotea con el agua que corre hacia las esquina y, curiosa, se chupa un dedo buscando el sabor del mar.
Entonces me encuentra con los ojos, se acerca calada hasta los huesos, sonríe inmensa.
Menea lo que queda de sus largas trenzas, me besa, me enseña el relámpago que atrapó hace un rato y me cuenta que su próximo objetivo es cazar un trueno.
 www.lanietadelimpresor.blogspot.com

ABR.22. BAILE EN LA PLAZA MOJADA, de Blanca Oteiza

Refugiada bajo el soportal de la Iglesia de los Descalzos contemplaba ensimismada la lluvia que caía sobre el asfalto. Mi paseo vespertino había sido interrumpido por la inesperada tormenta que había oscurecido el cielo en unos pocos minutos. Me había pillado indefensa, sin paraguas ni botas, inmersa en mis pensamientos, en mis recuerdos y en mis anhelos. Guarecida bajo las arcadas de piedra observaba el burbujeo de las gotas al golpear el suelo y me imaginé por un momento a mi misma danzando descalza bajo la lluvia, sintiendo cada gota mojando mi cuerpo. Por un instante sentí el deseo de salir a la pista de baile de la plaza encharcada y girar como una peonza, pero la razón disfrazada de brazo invisible me sujetaba contra el muro.
Por encima de los tejados rojizos empezaban a abrirse ventanas que mostraban de nuevo el azul del cielo.

ABR.21. DALIAS DE SANGRE, de Alicia Yustas

Te observo desde lejos mientras dejas un ramo de flores sobre una lápida, bajo el aguacero. Son dalias rojas.
Y recuerdo los seis meses que pasamos arrugando sábanas y riendo por las esquinas de la ciudad. Recuerdo tu huida y mi persecución insistente, mis llantos a gritos y el exceso de pastillas, tus advertencias y mis amenazas.
Recuerdo la lluviosa noche que te vi por la ventana con ella, entré en tu casa y desde la oscuridad os divisé en el dormitorio, vuestras pieles ardiendo como habían ardido las nuestras, y solté un gemido.
Olvidé tu buena puntería y el arma que guardas en la mesilla de noche. Pero tú no has olvidado que las dalias rojas eran mis favoritas.
 aliceyhum.blogspot.com

ABR.19. EL ANSIADO FRESCO, de José Manuel Molina

Lo trajo la lluvia y su presencia provoco una explosión en nuestros aletargados sentidos y en el sofocante paisaje, era el primer signo de que el verano empezaba su declive.
 ¡Era el fresco!
Que suaviza los cálidos efectos del terral, que inunda el ambiente de olor a tierra húmeda, que acalla a la chicharra y que despierta a una orquesta de animales con nuevos sonidos. Son estos momentos los que vale la pena sentir con todos los sentidos y vivir con nuestro cuerpo. Yo os veo ajetreadas marionetas sin alma y no os envidio, al contrario, me invade una pena tan grande porque con vuestras prisas os habéis olvidado de vivir y sentir el mundo que os rodea.
Vosotros que estáis en vuestras ciudades de espaldas al campo y a vuestra raíces no apreciáis lo bueno de la vida, las pequeñas cosas, que como la bajada de temperaturas que trae la lluvia con la primera tormenta del verano hacen realmente que merezca la pena vivir y sentir, sobretodo sentir.
 http://sapereaude-semanu.blogspot.com/

ABR.18. CAIDO DEL CIELO, de Pepa Jiménez

A veces sucede que me pierdo paseando, como esta mañana, con el alma risueña tras cobrar el paro. Despuntaba el mediodía, desapacible, cuando quede atrapado por  una lluvia cerrada, implacable de gruesas gotas. Me refugie cerca del convento de las Clarisas, en los soportales del comedor de caridad. Olía a pan y a hierbabuena.
   Una extensa fila de gentes aguardaban: hombres sin techo, mujeres solas, ancianos tristes, adolescentes perdidos, pobres de solemnidad…y entre ellos, apartado en un rincón, ¡Dios mío! ¡Mi compañero Pablo! Inconfundible, con su tierna mansedumbre, más delgado. Apoyado en la pared esperaba con la cabeza baja y las manos resguardas. Hace seis meses, cuando cerraron la fábrica, él  hizo un ovillo de su desamparo y en un destello de sensatez, nos contó que se marchaba al pueblo, lejano, con sus padres. Desde entonces nadie volvió a saber del muchacho.
Di la vuelta y entre por la iglesia. Sor María,  acepto mi petición,  quizás  por piedad o quizás por la insistencia contenida que mostré, al entregarle un sobre hinchado de dinero para Pablo.
— Misericordia hermana— dije —. Si le pregunta quien ha sido, por favor, dígale que ha caído del cielo, pegado a esta bendita lluvia de mayo.

ABR.17. MI PRIMERA TORMENTA, de Jesus Alfonso Redondo

El tren nos dejó aquel día de Junio, ya tarde, en la estación de Orejo. Subimos las maletas al carro. En el horizonte los relámpagos hacían visible el perfil de la Porra Colina.  La tía Finuca apuró al  machuco para llegar al barrio de Madriro, al borde de la marisma de Tijero, donde vivían mis abuelos. Ya dentro de la casa, tras los ventanales de la solana, se empezó a oír el tamborileo de los granizos sobre el cristal. Los relámpagos iluminaban la estancia y como un borborigmo de la naturaleza soliviantada estallaba en volutas el ruido del trueno. Era rotundo y seguido de ecos.
Me fijé que las gotas de lluvia resbalaban redondas sobre el vestido de Finuca, mientras nos mostraba en sus manos unas piezas, como botones, diciendo:
– Es pedrisco, Dios nos valga. Tina enciende una vela a Santa Bárbara.
Mis mayores juntaron sus manos y rezaron varias veces:
– Santa Bárbara Bendita, que en el cielo estás escrita con papel y agua bendita.
Con seis años, esta tormenta se grabó en mi memoria. No he vuelto a ver aquellas piedritas del tamaño y de color tenuemente amarillo. Parecían esos testáceos que en Huelva llaman coquinas.