Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

63. Peldaños con años (Juana María Igarreta)

Antes de que me lo pregunte, yo se lo cuento. Estar aquí se lo debo a una escalera. Mi intención era alcanzar el altillo del armario, pero no esperaba llegar tan arriba. Era una escalera de esas de tijera. Ni yo sé desde cuándo estaba en casa. Todo fue por mi cabezonería en hacerme con la caja de fotos en blanco y negro. Eran fotos de mi infancia. La infancia ya sabrá usted lo que marca. Sin esas fotos me sentía como si me hubieran arrancado un trozo de mi vida. Porque están también los recuerdos, claro, pero ésos a veces van cambiándose caprichosamente en nuestra cabeza. Mi Eulogio, sin ir más lejos, contaba cosas nuestras que yo nunca viví. Las fotos son otra cosa, sobre todo las antiguas. Te ves tal cual, sin trampa ni cartón. Mis preferidas eran las de las comedias que por Navidad hacíamos en el colegio. En una aparezco vestida de Virgen María, y en otra de angelito. Yo siempre he sido de esas cosas, ¿sabe?

_ ¡Al fin te despiertas, mamá!, ¡menudo susto nos has dado!

_ ¿Eres tú, Fernando? Cuánto tiempo sin verte. Con esa barba pareces…, pareces San Pedro.

 

62. NO BAJES LAS ESCALERAS (Rosalía Guerrero Jordán)

Mamá siempre me dice que no baje las escaleras que van al sótano o vendrá el hombre del saco a por mí, igual que antes vino a por mis hermanos.

Papa se enfada cuando la escucha decir esas cosas, y le explica que no hace falta que me asuste, que soy un niño obediente y no voy a bajar. Yo le veo sonreír con los labios, pero sus ojos están tristes. Entonces, mamá sé mete en la cocina y hace ruido con las cacerolas para que no la oigamos llorar, y papá me envía a mi habitación a estudiar.

Algunas noches, cuando piensan que estoy dormido, bajan juntos al sótano y ponen música. Entonces, me asomo y los observo desde arriba mientras bailan y juegan con mis hermanos y con los otros niños que no conozco, pero que ya me he aprendido sus nombres de tanto escucharlos. Cuando acaban, papá y mamá los vuelven a encerrar en sus jaulas, quitan la música y apagan la luz. Y yo pienso que un día voy a bajar esa escalera porque, aunque la oscuridad me asusta y las jaulas son muy pequeñas, estoy cansado de jugar solo.

61. Imposibilidad

Al principio creyó que, si lo dejaba todo tal y como estaba, ella seguiría allí. Pero las noches en vela le enseñaron que ningún objeto la traería de vuelta, que verlos solo hurgaba en la herida.
Lleva todo el día subiendo y bajando escaleras sin tregua, trasladando cosas al desván. Un viaje con sus frascos de perfume, su peine, su cepillo de dientes. Otro con su taza de café favorita, la libreta de recetas, el florero que ella siempre llenaba de color. Le duele, pero también sube la manta con la que se acurrucaban en el sofá, el pañuelo que le regaló en su luna de miel, el diario de tapas rojas donde ella atrapaba momentos compartidos de felicidad.
Cuando no queda nada suyo a la vista, se tumba en la cama, pero el sueño no llega. El colchón guarda su forma, su olor. Se levanta y busca una cuerda. Dobla el colchón con esfuerzo. Lo ata. Con empujones, tirones y sudores, lo arrastra al desván.
Esa noche, por fin, duerme tranquilo, aliviado. Al despertar, lo primero que ve es el libro rojo. Se incorpora y piensa en lo bien que luciría el florero con el color de unas begonias.

60. Solo fue un mal sueño (Alberto BF)

Anoche tuve mi peor pesadilla.

Subía las escaleras de la residencia en la que trabajo, como cada mañana, a repartir toneladas de cariño a mis queridos abuelitos. Y entre todos ellos, a mi residente favorito, el bueno de Marcelo, ese amable señor de pelazo blanco y eterna sonrisa.

Pero esta vez no me recibía sonriente, como solía hacer. No. Boqueaba como un pececillo moribundo, en busca de aire y lleno de angustia.

Corrí a por un respirador, pero no había ninguno disponible.

Así que pedí urgentemente una ambulancia. No entendí bien la pregunta sobre el seguro privado, pero al responder que no tenía, me dijeron que para él no quedaban. Además, añadieron, en los hospitales habían ordenado que no atendieran a nadie que se encontrara en circunstancias como la suya.

Que le dejara descansar tranquilo en su habitación, me recomendaron.

Y el pobre Marcelo, apagándose, me miró con su sempiterna cara de agradecimiento y tristes ojos de despedida.

Ahí es cuando me desperté, agitada por la escena, pero aliviada porque solo se trataba de un mal sueño. Me tranquilicé pensando que nadie en su sano juicio podría permitir jamás que una situación como esta pudiera suceder en la realidad.

59. Miradas

Sucede cada día de lunes a viernes. Ella sube una parada después y baja una parada antes. Entra siempre por la primera puerta del segundo vagón y, si puede sentarse, saca el móvil del bolso y pasa pantallas. Si se queda de pie, se coloca los auriculares, cuelga el brazo de un asidero y mira a ninguna parte. Algún día he pensado que podría seguirla para saber a dónde va, qué hace, pero nunca me he atrevido. Tampoco he osado acercarme lo suficiente para sentir su aroma. Como si alguna de estas acciones pudiese alterar el equilibrio cósmico que me permite verla cada mañana.

Hoy, pero, no ha bajado en su parada y eso me ha desconcertado. No he sabido como reaccionar y la inercia cotidiana me ha empujado a salir en la siguiente estación, la mía. Ha sido cuando me dejaba subir por las escaleras mecánicas que he sentido unos ojos clavados en la nuca. Cuando me he girado he visto como ella, unos escalones más abajo, no rehuía la mirada.

58. El sonido de un avance (Rosy Val)

Nos encontramos casi a diario. A veces subiendo las escaleras. Otras bajando. La mayoría de las veces me pillas descansando en el rellano. Yo te saludo. Como siempre. Desde hace más de cuatro años. Y tú nunca me respondes. Digamos que lo asumo, me he acostumbrado a que evites mi mirada, al aleteo de tus manos, y me conforme con ese balanceo de cabeza que yo traduzco en un que sí, que te he visto, pero me sobran las palabras.

Esta mañana nos cruzamos en las escaleras del tercero. Tú subías. Yo bajaba. Y eché en falta a una de tus perras, la más viejita. Ibas solo con la blanquita, Lua, creo que se llama. Casualidades de la vida yo también llevaba solamente a una de mis gruñonas; la noche anterior mi preciosa Nube se fue, cansada de su dolencia.  

Desconozco la razón. Igual porque me llegó el momento de tirar la toalla o porque mi estado de ánimo no me acompañaba, pero por primera vez no quise saludarte. Debiste echarlo de menos pues apenas llegué al rellano del segundo creí oírte decir algo… Juraría que acababas de desearme tu primer «buenos días».

57. Rotos y descosidos

Se conocieron en las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes, en la sección de juguetería. Él buscaba unos Playmobil para engrosar las filas de la XV legión, que marchaba hacia las Galias pasando por el salón de casa de sus padres. En su recreación histórica de la antigua Roma no faltaba detalle. Unos senadores conspiraban distraidamente en las termas abanicados por un esclavo númida.

Ella adoraba las barbies. En el colegio envidiaba su estilo, su cintura, sus pies. Quería ser ellas. Cuando sus compañeros empezaron a recordarle cada día que nunca tendría caderas de Barbie, envidió su sonrisa. Era una irrevocable declaración de intenciones ante la vida, siempre radiante aunque Ken llegara a casa borracho y con un golpe en el coche.

Se detuvieron ante los juegos reunidos Geyper, una concesión a la nostalgia de las infancias solitarias.

Semanas después, miles de Playmobil con un solo ojo y que siempre andaban de perfil, construían una colosal pirámide junto a un majestuoso Nilo de papel aluminio.

En un trono espléndido ricamente adornado con piedras preciosas del Primark, una faraona de cabellos oscuros departía con el sumo sacerdote. Sus súbditos la llamaban Barbie Cleopatra.

56. Quizá el sheriff lloró

Podría decirse que murió por su amar peculiar. Por ignorar esa libido generalizada.

Y también por un tramposo, claro.

Nos vamos al lejano oeste, a un pueblo donde el sheriff intentaba mantener el orden obligando a dejar las armas en su oficina a cualquiera que entrara en sus dominios.

Lucy contoneaba las caderas ostensiblemente mientras bajaba las escaleras que, trazando una curva, acababan en el centro del saloon. Le gustaba exhibirse cuando hacía su aparición. Y, sin excepción alguna, las miradas de los presentes volaban hacia sus piernas y escote. Ese era el momento que Johnny aprovechaba para dar el cambiazo a sus cartas, por las escondidas en su manga. Aquella vez compartía partida con un recién llegado vaquero que no desvió sus ojos de la mesa, pues no se sentía atraído por ella, sino por el sheriff.

–¡Te pillé! –exclamó, y se abalanzó sobre Johnny con el puño en alto. Pero, esquivando el golpe en la mandíbula, el tahúr echó mano al cajón oculto en el quinto peldaño de la escalera, que quedaba junto a su hombro, y un revólver contestó por él.

Bajo la puerta batiente se vio pasar un estepicursor en su camino infinito hacia ninguna parte.

55. APOTEOSIS (Belén Sáenz)

Piensa en trompetas plateadas, en galanes con gomina, y no puede resistir la tentación de excederse echando friegasuelos en el cubo. Con el mocho traza un arcoíris espumoso en el rellano. Las burbujas espejean pletóricas antes de estallar en luz. Como siguiendo el gesto del apuntador, Antonia desciende peldaño a peldaño, de puntillas por falta de tacones, cruzando con elegancia un pie por encima del empeine del otro. Se asegura de llevarse una mano a la pantorrilla para enderezar la raya invisible de unas medias de cristal que nunca ha tenido, arropada en un boa que ha confeccionado con hurtos a unos cuantos plumeros. Es el atrezo que ha visto en el cartel del espectáculo de cabaré que dan el sábado en el Lido. Ahora los vecinos abrirán las puertas de sus casas haciendo revolotear las palmas de las manos: el elenco de la diva, que es ella misma. Y cuando llegue al portal, alzará los brazos haciendo arabescos con los dedos entre vítores y aplausos. La frente llena de gloria, la mirada al cielo, sin concebir que algún chiquillo podría haberse dejado olvidada una pelotita en el penúltimo escalón. Sin sospechar que este viernes puede ser otro lunes disfrazado.

54. LA NIÑA QUE SE VOLVIÓ INVISIBLE (Rosa Gómez Gómez)

Mamá es modista y no le gusta que la moleste cuando trabaja. Yo me siento a jugar en la escalera del bloque. Dice que fuera hay muchos peligros. Aunque ella no lo haya contado sé que papá nos abandonó y le asusta perderme.
Los vecinos no me saludan ni me miran, no entiendo, mamá dice que saludar es de buena educación. Hay una niña en el bloque que se sienta en los escalones, yo me pongo a su lado, y no me mira ni me habla. Es igual, la veo jugar con sus muñecas, son raras, parecen personitas, prefiero la mia de trapo.
Ya no voy al colegio, estoy siempre en la escalera. No importa, el maestro nos pegaba si no sabíamos la lección.
Todos los días una viejecita sale al rellano, lleva un acerico prendido en el pecho como el de mamá. No me habla ni me mira, pero se persigna muchas veces antes de bajar. Las vecinas hablan de ella, la pobre mujer se volvió loca cuando su hijita calló por el hueco de la escalera. Algunas noches la oigo llorar. Encogida en un escalón me pongo triste. Al día siguiente, cuando sale, quiero abrazarla, pero no puedo.

53. Descansillos (Luisa Hurtado)

El Chulo tuvo, por una vez, una verdadera buena idea. Empezó diciendo aquello de “la gente pudiente usa el ascensor, incluso las personas que están a su servicio montan en él o en el montacargas si lo hay; de modo que la pregunta es: ¿cuándo se usa una escalera?”. Los que le rodeábamos, acostumbrados y aburridos de sus continuos discursos, permanecimos en silencio. “En realidad, las escaleras de muchos edificios no se usan nunca; están por si las moscas, por si hay un incendio o un corte en el suministro eléctrico”. Permanecimos callados, las nubes de vaho ya desaparecían en el aire pero sabíamos que faltaba la conclusión, la idea loca, un último apunte con el que cerrar el tema de alguna forma brillante y ocurrente, algunas palabras que le permitiesen pensar que era un tío listo, que aún lo era aunque viviese en la calle, que de hecho lo era más que todos nosotros juntos. “Dicho esto, he aquí mi propuesta, podemos irnos a vivir a una”.
Desde ese día, en ocasiones, dormimos bajo techo y sin frío.

52. ¿Sí? Sube

La única luz que alumbra el salón proviene de la pantalla del televisor. Acurrucada en el sofá, envuelta en una manta, mantiene la mirada fija en esas imágenes, su única compañía. De repente el interfono suena. Abre la puerta y lo ve subir las escaleras de dos en dos. Se dan un beso y un fuerte abrazo. En cuanto entra, el televisor se apaga automáticamente, las luces se encienden al igual que los radiadores. Ya no es necesaria la manta. Desde la cocina sale un exquisito olor a cocido. Se sientan en la mesa y él se deja servir como lo hacía con su madre. Ella le pregunta por sus cosas y él habla animado. Charlan, se ríen con los recuerdos de infancia y, terminan jugando a la habitual partida de cartas, en la que ella siempre gana.

Es tarde, tiene que marcharse ya, pero antes de irse vuelve a darle un beso con un «Hasta pronto, abuela». Mientras él baja las escaleras, la luz del apartamento se va apagando. El frío se instala y ella va en busca de su manta antes de acomodarse de nuevo en su rincón frente a la pantalla que ilumina el solitario salón.

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