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Doña Enedina estaba corrigiendo un examen de lengua cuando la visitó la muerte. Pensando que los chicos perderían el curso, solicitó un aplazamiento. Conmovida por la vocación a prueba de guadaña, la muerte aceptó. Volvió un año después, mientras hablaban de la guerra civil. Se sentó al fondo recordando con nostalgia aquellos años de trabajo duro pero gratificante, hasta que olvidó para qué había ido.
Empezó a visitarla cada año. Escuchaba la lección en un aula cada vez con más sillas libres. Le gustaba la historia porque revivía los momentos estelares de su carrera. La profesora terminaba cada clase con suspense, creando una expectativa que suponía un año más. Cuando las últimas familias se fueron a la ciudad, Doña Enedina supo que ya no serviría dejar a Colón oteando el horizonte ni a Napoleón a las puertas de Moscú. Borró el encerado y colocó las sillas. En un fotograma efímero alcanzó a ver las fotos en blanco y negro de los últimos cuarenta cursos. Toda su vida.
Cierro tus párpados blancos con mis dedos negros de hollín y culpa.
Dicen que achicharrarse es la peor muerte y he querido evitártela. Pero no me he evitado tus desorbitados ojos negros y mis nudillos blancos, tus gritos ahogados entrelazándose en mi “es mejor así”.
Del otro lado del cristal ya todo es humo negro y denso. No salté cuando aún se veía la promesa blanca de un toldo cuatro pisos más abajo. Preferí quedarme contigo y cogerte la mano fuerte, como hago ahora, como si otra vez fuera niño y vineras a rescatarme de una pesadilla.
Pero tus dedos están fríos y blancos y mis pulmones, cada vez más negros. Las toallas no tapan ya todos los resquicios. Y por todos ellos se filtra la blanca verdad de mis manos en tu cuello cargadas de negra piedad.
Cierro los ojos, pero no puedo cerrar el alma. Tu muerte pesa toneladas y si sobrevivo es porque sé que pronto moriré. Que los cristales estallarán y las llamas devorarán nuestros cuerpos abrazados.
Nadie sabrá lo que he hecho, me repito una y otra vez. Hasta que ese nadie derriba la puerta y alerta a otros nadies: “¡Aquí! ¡aquí hay gente!”.
Estaba harto de ser la oveja negra, el único hermano en suspender todas las asignaturas y al que habían detenido por tenencia de drogas. Por eso pasaba las noches en blanco dando vueltas a cómo resolver mi problema. Y es que me ponía negro el hecho de que mi padre, cada sobremesa, me señalara como un claro ejemplo del fracaso.
Y lo peor es que estudiaba tanto como los demás, aunque luego, frente al examen, me quedaba en blanco. Y además estaba el tema del mal comportamiento, lo que me había llevado a estar en la lista negra de todos los profesores. Pero al final, tras horas de insomnio y levantarme cada mañana más blanco que la cal, encontré el remedio a mi problema.
Recuerdo que desayuné con una sonrisa enorme que me iluminaba el rostro, ya no lo veía todo negro. Fui al instituto silbando, no podía creer cómo se me había pasado por alto, había tenido la solución delante de mis narices, era blanco y en botella. Solo tenía que decirle al director que, o trucaba mis notas, o sacaría a la luz las fotos que demostraban que él también acudía al mercado negro para comprar la coca.
Desde que desapareció Wanda, vivimos en blanco y negro. Solo alguna vez, cuando llegamos a casa y los agapornis revolotean a nuestro encuentro, una estela irisada queda suspendida en el pasillo, hasta que se disipa como el vaho caliente de un reactor. Cada noche hacemos el amor igual que siempre: las mismas caricias, la misma forma de besarnos, las mismas posturas de siempre y otras nuevas para, cuando alcanzamos un orgasmo, recuperar los fuegos de artificio, la consonancia añil de los violines, el ulular dorado que emana del placer. Sin embargo, no conseguimos más que una polvareda cenicienta, el cándido chirriar de una tiza sobre el encerado, la asonancia gris del desencanto. Si paseamos por el parque, el centelleo aceitunado de la clorofila ha dejado su lugar a un matiz plomizo que contamina el envés y el haz de cada hoja; el fulgor pajizo que ayer atravesaba la espesura para iluminar la yerba fresca, hoy la tiñe de una pátina ligera de carbón. El mismo mar nos devuelve las botellas que lanzamos pidiendo su regreso, el papel mojado en el que no hay nada escrito, porque nunca supimos qué decirle, la efigie de sal en la que convertimos su recuerdo.
Todos se callan para que el cumpleañero sople las velas. El niño asume su protagonismo con ciertos nervios. Cierra los ojos, se concentra en su deseo, visualiza sus colores intensos, luminosos, y espira con fuerza. La llama tintinea, tiembla y se reduce, pero engorda y resurge con nuevos bríos. Frunce el ceño, contrariado. Coge todo el aire que cabe en sus pequeños pulmones, infla los mofletes y bufa con un vigor ajeno a su corta edad. La llama aguanta, altiva, indiferente a su feliz cumpleaños. La observa con la mirada ya nublada por unas lágrimas aún contenidas, casi al borde de rodar por el precipicio de sus mejillas. Descubre su salvación en un vaso de agua. Lo agarra, y antes de verterlo sobre la orgullosa llama, vuelve a cerrar los ojos para proyectar su colorido deseo, pero sólo encuentra la blanca opacidad del olvido y el obtuso negror de la rabia.
Voy a tener fe en ti esta noche. Creo tu historia de dragones coloridos y montañas nevadas mientras te abrazo. Mientras los truenos restallan fuera y la vida quiere regresar. Casi puedo rozarla con la punta de los dedos, como luciérnagas que nos sobrevuelan. Y parece que todo está bien. Que todo está en calma. Que es real. Pero la verdad es obcecada, testaruda como un crío pequeño y paciente como el mar. Me sonríe triste al fondo mientras despiertas, una vez más, otra mañana más, en modo blanco y negro.
Una mujer libre no acepta prohibiciones. Ni siquiera las de Él: de todos los árboles pueden comer, menos de ese, el de la ciencia. Justo el que parece inclinar sus ramas hacia las manos. Por eso alarga el brazo desnudo y, con buen pulso, escoge el fruto que más brilla: nada cambia tras terminárselo. Los niños corren entre jaras y cantuesos por aquel paraíso intacto. El cuerpo de su esposo se dora como siempre junto al rebaño. Y sus senos conservan aún la firmeza del pan recién hecho. Ciencia ficción divina con la que trata de asustarlos cada poco el de arriba, se dice risueña antes de cerrar los ojos. Pero mañana, al despertar, en el negro vértice del pubis habrá algo que ayer no estaba.
Había dos niños dibujados en blanco y negro en un muro de hormigón. Jugaban en la arena con sus palitas, rastrillos y cubos de plástico. Solo el cubo era amarillo, un amarillo intenso que quería apagar los tonos grises del muro. Una brecha se abrió en el muro, sobre los niños, y permitió ver al otro lado una playa de aguas de plata, cielos azules y palmeras verde esperanza. Los niños saltaron del muro y lo quisieron derribar con sus juguetes de plástico para alcanzar la playa. Vinieron más niños que también procedían del muro y lo querían cruzar con globos de colores y flores de papel. Pero los soldados dispararon y el cubito amarillo de plástico, y el globo rojo con forma de corazón, y los ramos de flores de colores desaparecieron. Los soldados dispararon y lanzaron bombas contra los niños, contra sus padres, contra las gentes que quisieron cruzar el muro fronterizo, que recuperó su tono gris de acero impenetrable. Y la brecha que permitía ver la playa se cerró, dejando para siempre a este lado del muro a niños fundidos en blanco y negro.
Desde que nací mi mundo fue blanco, negro y una infinita gama de grises. Los parques eran una colección de sombras en movimiento; los semáforos, un juego de luces en diferentes posiciones; los atardeceres, un cambio de claridad.
Mi madre me explicaba que el amarillo era el color del sol, de la luz; el verde, el de la naturaleza, de las esperas; el azul, el del cielo y el mar, de las cosas que se respiran. Yo intentaba imaginar lo que nunca había visto.
Y fue un pintor quien irrumpió en mi vida. Él hablaba en colores. Amaba los amarillos que desobedecían la noche, los violetas que pedían silencio, los rojos que ardían sin quemar. Yo lo escuchaba como quien oye un idioma hermoso sin comprenderlo.
Un día me llevó a su estudio para mostrarme su nuevo cuadro, aquel que simbolizaba nuestro amor, la pasión con la que nos entregábamos. Rojo ardiente se titulaba.
Encendió una lámpara especial, un invento suyo, un filtro extraño de luces y espejos.
—No verás los colores —me advirtió—. Pero tal vez veas algo distinto.
Y lo vi.
Un destello. Un temblor vibrante. Una herida luminosa que atravesó mi corazón.
El otoño se había hecho fuerte en cada rincón de la llanura. Ya el color de la flor del algodón contrastaba con su piel esclava. Las espinas inmisericordes teñían la flor, pero si eras joven, bella y las líneas de tu cuerpo llamaban al deseo, podías cambiar el blanco sangre por el albo de las sábanas del amo. Podías cambiar el dolor del cuerpo por la aflicción del alma. No era el caso de Sarah, pues su desfigurado rostro la descartaba de ser señalada.
A lo lejos, escuchó estruendos y el cielo se iluminó como en una tormenta sin nubes. Había oído que luchaban por la emancipación de su pueblo. Ella no lo creía; hacía tiempo que la esperanza había muerto en su pensamiento, ya no soñaba. Pero aun así, sintió un deseo irrefrenable de ir al barracón donde, en una tablilla, como un tesoro, guarda las palabras que su padre, en la clandestinidad, le enseñó.
Cuando el sol, cansado de impartir justicia, se ocultó para descansar, arrastró los pies hasta su camastro y, arrodillada, tomó un trozo de carbón y, con la mano temblorosa por el dolor y la incertidumbre, escribió la palabra.
La primera vez que la visité me rogó que me fuese: sólo había sido esa noche, no volvería a pasar, que esperaba un bebé. Sobre la cama revuelta el desgarrado vestido de novia iluminaba la estancia. Cedí. En la calle llovía y me empapó.
La segunda vez yacía inmóvil y estaba desfigurada pero reconocí su mirada en los ojos del niño que se arrodillaba a su lado. Cuando fui a tocarla, las lágrimas del pequeño calaron en mis viejos huesos, la tormenta se desató en mi interior y decidí ponernos a todos a cubierto.
Hoy los truenos no cesan y la espero al pie de la ambulancia. Los sanitarios la cubren con una sábana que se tiñe de lluvia y sangre. La envuelvo en mi capa y la abrazo como la amiga que es. Los guardias esposan al hombre al que visitaré en prisión, al que mostraré el poder de la tempestad y el filo de mi guadaña.
Blanco, así ha amanecido hoy. De camino al trabajo observo la ciudad. El sonido se amortigua como si la vida transcurriera a cámara lenta, silenciando el momento. Una vez dentro, la jornada laboral transcurre como cualquier otro día, con prisas de última hora, nervios por llegar a tiempo, por cuadrar pedidos, porque parece que el mundo se acaba en esas ocho horas. Cuando apago el ordenador, el director me llama a su despacho. Tras unas buenas palabras de cortesía me dispara sin compasión agujereándome por dentro. En shock recojo mis pocas pertenencias mientras aguanto las lágrimas y ni si quiera me despido de los pocos compañeros que aún se encuentran por la oficina.
La lluvia arrecia cuando salgo a la calle que me recibe tan oscura como puede ser el futuro de un cincuentón en desempleo. Las farolas parecen apagarse y el ruido de la circulación desaparece arrinconado en el fondo del cerebro. Todo se ha vuelto negro.
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