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Todos venimos con un pan, excepto los hijos del carbonero, que llegan al mundo con una gallina bajo el brazo. De ahí que en su casa la alegría dure más que en las nuestras, donde el hambre aprieta en cuanto se nos acaba el último mendrugo. Hemos perdido ya la cuenta de los chiquillos que su mujer ha parido, y es que, pasada la cuarentena, vuelta la mula al trigo y otra vez ese olor a caldo recién hecho que se derrama por las ventanas.
Por eso las mozas del pueblo lo esperan en el camino escondidas tras los matorrales. Creen que su semilla encierra un corral. Le chiflan y, con las enaguas en alto, tratan de seducirlo empujadas por el estómago más que por el deseo. Pero él hace como que no las oye. No logra sacudirse de la cabeza lo que nació de los amores casuales con la lavandera. Sobre todo aquel ñiqui-ñiqui desacompasado, húmedo, que salía de la boca del crío. O lo que quiera Dios que fuera aquello.
Estaba el orden y dentro de ese orden giraba un disco. Lo surcaba una aguja que reproducía el Lacrimosa, del Réquiem en re menor de Mozart.
Entonces llegaron los aviones, vaciaron su vientre y terminó la música. Un momento después del estruendo miró a través de la ventana vacía y la pared rota. Percibió el terror que recorría la ciudad como en un Dies irae. Se llevó la mano a la cabeza y miró sus dedos. Vio la sangre y observó su alrededor. El disco de vinilo estaba extrañamente ileso sobre el diván, entre polvo y cascotes de la pared. Pensó en limpiarlo con cuidado. Las alarmas de los coches aullaban, parecían maquinales grillos urbanos. Los gritos salpicaban las aceras como arterias rotas.
Un paréntesis se acomodó en su cabeza durante un minuto. Cuando reaccionó, pensó en buscar a Fátima y los niños. El mundo estaba roto, retorcido, quejumbroso. El desconcierto anidaba en él como un ser extraño. Empezó a correr hacia donde antes hubo una puerta, pero se detuvo por una leve molestia en el vientre. Miró al suelo y después un poco más allá, descubrió sus entrañas desordenadas. Y dejó de pensar en ello.
Aurora era superordenada antes de formar una familia. Después, al compartir su vida con sus hijos y su marido, tuvo que adaptarse y ceder espacio a cierto desorden, aunque al principio le costó tiempo y energía.
Con los años se quedó sola y comenzó a pintar. El arte la sumió en un estado de creatividad febril y el orden dejó de importarle. Se volvía otra: los tubos de colores se esparcían por la habitación que había convertido en estudio.
Intentó recuperar el control, pero volvía una y otra vez al caos.
A ello se sumó un problema de cataratas que le impedía distinguir bien los colores.
El resultado fueron unos cuadros desestructurados y anárquicos, entre cubistas, abstractos y casi mágicos.
Tras su muerte, alguien los rescató del olvido, alcanzando grandes cuotas de popularidad. Había nacido un nuevo estilo pictórico: el desordenismo.
Cría. Agresión. Once. Célibe. Belleza. Zaherir. Irse. Semen. Mentira. Rabia…
El doctor llama a los familiares de la paciente de la habitación número 202: el pronóstico no es bueno. Volar sin tener alas, nunca lo es. Y ahora, lo único que le quedaba entero, los huesos, están también quebrados. Ya nada está en su sitio y su mente se distrae encadenando palabras sin encontrar ninguna que enlace con la vida. La máquina que pone de manifiesto que tiene en alguna parte un corazón latiendo, lanza un pitido largo y alguien pide un médico. Su madre trae un sacerdote y al entrar el alzacuellos en su campo de visión, la atropellan las palabras sin orden ni permiso: temor, odio, final… sin percatarse que esta vez los vocablos no están encadenados y que no hay ninguno que case con perdón.
Un día a Aquiles le entró el antojo de emprender un viaje sin mapas ni brújulas.
En el camino el talón empezó a bailarle en un desorden desbocado, por más que al nacer su madre le hubiera ungido los pies con agua de ambrosía para evitar estos trastornos.
Años después, en un callejón troyano, lo encontró un arqueólogo.
Vestía el hábito de los traspapelados, de los que no encuentran nunca el camino de regreso.
El secador enchufado descansa en una balda atestada sobre la bañera. Suenan berridos pretendiendo entonar una canción. Es mi chica bañándose. Yo, aguardo «Ay, Señor»…
Contemplo el lavabo abarrotado de productos de cosmética y botes de desodorante y colonia gastados. Continuo mi barrido visual. No veo el cesto de la ropa sucia sepultado en ropa sucia. Sí puedo ver algo del suelo entre el calzado variopinto desparramado. «Veintiocho años con ella y no me acostumbro». Echo un vistazo al dormitorio. Parece el escenario de un robo a contrarreloj. Nada de guante blanco; yonquis desesperados. Me santiguo, por si sirviera de algo. Debajo de una montaña de trastos veo asomando, como pidiendo ayuda, el libro de una tal Marie Kondo “Bendita fe”.
Vuelvo a ella. Baila sentada con el agua por la cintura. Berrea desatada a la alcachofa “Que cruz… con perdón”. Un braceo del baile arrastra el cable del secador haciéndolo caer hacia el agua. Con un rápido movimiento desvío su trayectoria. Cae fuera de la bañera. Ella se detiene. Me atraviesa con la mirada. Ahora mira el secador. Medita… y prosigue su actuación como si nada.
«Dios… cada vez es más difícil”. Suspiro resignado. “Tranquilo, que no la desamparo».
Las botas en mitad del suelo de la habitación y la ropa dejada de cualquier manera sobre la silla le recordaron lo que había sido y de lo que aún huía, el cuerpo de ella bajo la sábana le hablaba de quien era ahora, de lo que tenía y quería conservar. Dejó que la toalla resbalase sobre sus caderas, como al descuido, y miró la cama en la que dormía la intrusa, aquella que le había traído caricias y risas; a su lado había un vacío, en el lado derecho, en el que él siempre dormía; pero, en esta ocasión y no sería la última, se metió en la cama por el lugar que no le correspondía, pegando su piel a la de la mujer, ansioso ya, solo de pensarlo, por hacerse un nudo con ella.
¿A que voy yo y lo encuentro? me decía mi madre cuando, desesperado ante el caos de mi escritorio, gritaba que alguien me había escondido los deberes. El desorden ha guiado mi vida, mis amores, mi trabajo. Cuando salía con Laura me equivoqué varias veces llamándola al teléfono de Maribel y a esta le enviaba los encendidos whatsapps que cruzaba con Marisol. Todo era un lío de agendas, carpetas y archivos. Con los años ha ido a peor. En el trabajo me aguantaron hasta que mi jefe no pudo más. Con el último informe, en que le entregué un taco de notas post it al no encontrar el original, me dijo que había agotado su paciencia. Quise vengarme. Me aposté delante del trabajo y esperé a que pasara, con la intención de apuñalarle, pero cuando vi su expresión sorprendida, me di cuenta de que le estaba golpeando con el plátano maduro que formaba parte de mi merienda. Mientras huía me preguntaba que demonios me habría comido mientras esperaba y porqué me dolería tanto el estómago. Si salgo de esta prometo volver con un revólver. Claro, eso será si encuentro las balas. Y el revólver. Y la dirección de mi jefe.
Te llama cuando entras al ascensor, y entre las voces entiendes que te pregunta si te queda mucho para llegar a casa. Le contestas que no, que estás subiendo, y entonces te corta. Ya en la séptima planta, te cuesta meter la llave en la cerradura, y nada más abrir la puerta arrugas el gesto ante el olor a tabaco. Te quitas los zapatos de tacón y cuelgas el abrigo en la percha. Miras hacia la cocina, donde compruebas que sigue la taza de café que te has bebido esta mañana. También hay una caja de pizza en el cubo de la basura, alrededor del que ha vuelto a tirar un montón de cáscaras de pipas. Recorres el pasillo, evitando pisar la ropa interior que un día más ha dejado por ahí para que tú la recojas. No te sorprende encontrar en el salón su teléfono, el cenicero repleto de colillas ni la tele puesta, como siempre a todo volumen, pero sí que la puerta de la terraza esté abierta. A ella te diriges, conteniendo el aliento, y una vez fuera, al no verlo, te asomas a la calle y sueltas el aire de golpe al descubrirlo en la acera.
Hacía tiempo que venían avisando de que el orden mundial iba a cambiar. El primero en comprobarlo fue el aritmético Paul Distopio, que en sueños trazó unas líneas paralelas y comprobó que, contraviniendo la norma y la costumbre, proyectadas al infinito se acababan cruzando. Asustado, lo comunicó a las autoridades, pero era demasiado tarde: los políticos ya estaban persiguiendo delitos, los jueces se dedicaban a dictar leyes y los periodistas daban noticias que aún no habían ocurrido.
Las ciudades se quedaron vacías y los pueblos se llenaron de gente que huía de incendios que helaban todo a su paso. Los gallos cantaban durante la noche y la Tierra empezó a orbitar alrededor de la Luna. Las palabras comenzaron a “su significado y orden cambiar”; las agujas de los relojes repentinamente se pusieron a girar en sentido antihorario.
La gente dejó de hablar por la dificultad para comunicarse y solo emitían extraños sonidos guturales desde oscuras cavernas.
La fuerza volvió a sustituir al razonamiento, y los libros se usaban como armas arrojadizas; cuanto más gordos, más letales.
Cuando Paul Distopio despertó de aquel terrible sueño, la intersección de las líneas paralelas seguía allí, igual que el dinosaurio.
Un virus ha entrado en el purgatorio. Aclaramos que no se trata de un espécimen biológico -que ningún efecto tendría allí-, sino de un virus informático. Los hackers que lo han creado venden sus servicios para, cuando llegue el momento, modificar automáticamente los expedientes personales y así sus clientes pasarán poco tiempo en ese estadio. Su algoritmo enviará al sujeto, ya sin mácula, al paraíso.
En la dark web comentan que en breve se ofrecerá un nuevo programa similar. Este otro permitirá mover almas del infierno al purgatorio de manera que, también las más negras, podrán optar luego al traspaso celestial.
Su mayor nicho de mercado está formado por mandatarios de diferentes países y empresas. Algunos se han interesado por las opciones disponibles e incluso han pagado un jugoso anticipo por asegurarse su plaza (es el caso de un chalado con tupé, puntualizan nuestras fuentes).
Estaba cantado, y no por querubines, que ni el reino de los cielos se libraría del mangoneo y despiporre omnipresentes en la tierra.
Con las frases lapidarias: “El que no haya pecado…”, “Sálvese quien pueda” y “Tonto el último” dieron por acabada la entrevista.
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