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El bisabuelo de Charo era conocido como el Tuerto porque había perdido un ojo cuando una cigarra se lo desgarró durante un viaje en moto a Casares, para ver a la que entonces era su novia. Su abuela siempre contó que apenas se acordaba de él, salvo por una foto vieja. Pero recordaba la detonación en la puerta de su casa cuando lo ejecutaron por rojo. Las detonaciones, porque fueron dos, con unos instantes larguísimos entre ellas.
El bisabuelo de Mauricio se llamaba Ramón, pero le llamaban Mon, Mon el Sordo, porque, según cuentan, cuando interrogaba a los prisioneros les repetía «Más alto, chilla más alto, que soy sordo». Aunque prefería los interrogatorios, también le tocó ejecutar a unos cuantos enlaces que traficaban con armamento para los republicanos. No le gustaba ver sufrir a las personas, así que solía encargarse del tiro de gracia mientras se tapaba el otro oído con la mano libre.
Charo y Mauri se han conocido en las fiestas del pueblo, a los dos les gusta el pasodoble, el tabaco rubio y no hacer caso a la familia, y todavía desconocen que serán padres de un crío miope, con una tremenda fobia a los ruidos fuertes.
El camarero esboza una sonrisa enigmática y me invita a sentarme. Mi trasero se amolda a la silla como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—Confío en que no le importe, la sorpresa es fundamental —susurra mientras me coloca un antifaz.
Distingo aromas trufados, terrosos, salinos, cítricos. Y salivo. Agarro el cubierto y el placer absoluto estalla en mi paladar. Saboreo los matices de la felicidad. Desaparece el miedo, el dolor, la incertidumbre; la cuchara es lo único que importa. Y, con el bocado final aún sublimando mi boca, intuyo el pálpito de una desazón, el molesto cosquilleo del implacable vacío.
El abuelo muerde las hojas de los tebeos, las mastica, las deglute y da un sorbo de vino para evitar atragantarse. Mamá le regaña porque después, ni atiborrándole a zumos de kiwi o de pomelo, es posible desatascar el estreñimiento que le produce la ingestión de tanto papel impreso. Al final, incapaz de soltar ese vientre vetusto y cabezota, recurre a los laxantes. Solo así, aunque de forma algo atropellada, empieza el quimo a circular, rugen sus tripas con la potencia ancestral de una leona; escapan a borbotones, de lo más ruin de sus entrañas, personajes híbridos que se dispersan por el piso, como cucarachas sorprendidas por una luz inesperada, antes de alcanzar el inodoro: pitufos descoloridos con cabeza de Batman o de Robin, agentes de la TIA con la silueta felina de Catwoman, Jokers con la cara pintarrajeada y elegantes vestidos de damas cavernícolas. Las arañas ceden sus rincones a Spidermans desfigurados, Toby comparte sus pulgas con un amasijo de patas y hocicos de Idefixs y Milús, de Plutos y Rintintines. Terminadas las deposiciones una esponja y unos polvos de talco dejan el culo octogenario inmaculado. Un poco de lejía purifica el suelo hasta el próximo festín.
Había decidido marcharme, aunque una parte de mí estaba dispuesta a quedarse.
Así que me armé de valor, hice la maleta, dejé una nota y salí de allí con la certeza de estar tomando la decisión correcta. Antes de llegar al portal, ya dudaba.
Así que para arreglar las cosas solo se me ocurrió preparar la cena, abrir una botella de vino, sacar dos copas y esperar a que volviese. Funcionó. Aquella noche volvimos a ser dos adolescentes.
Con el tiempo cambié de trabajo y me volví a enamorar. Lo hice de una chica que leía a Murakami y jugaba al ajedrez. Permití que ella durmiese en el lado izquierdo de la cama y aprendí a no dejar los zapatos en medio del salón.
Con el tiempo me acostumbré a dormir en el lado izquierdo de la cama, quitamos el gotelé de las paredes y nos jugamos a las cartas el nombre de nuestros hijos.
Muchos años después, nos cruzamos en la calle. Permanecimos unos segundos mirándonos extrañados, esperando a que el otro hablase primero. Pero no nos atrevimos y cada uno siguió su camino.
Durante el resto de la tarde los dos nos estuvimos preguntamos lo mismo.
Mi yo del pasado se presentó en casa para hacer las paces. Llevaba tiempo anunciándome su visita, pero yo siempre la posponía por aquello que decía mi psicólogo de cerrar ciclos. Le recibí con alegría y curiosidad, como a un primo al que hace años que no ves. Le enseñé mi móvil inteligente y las fotos de la graduación. Me felicitó por dejar de fumar.
-Debiste hacerlo antes -murmuró enseñándome sus uñas amarillas. Le dije que ya no era el mismo. Le reproché cada vez que hizo llorar a mis padres y decisiones erróneas que aún hoy arrastraba. Me habló de tantos noes no dichos que le formaban un nudo en el estómago, dolorosa precuela de mi hernia de hiato. Sus certezas absolutas contrastaban con mis crecientes dudas. Hablamos del miedo a perder a los que quieres, del ejercicio de funanbulismo que es la vida. Nos reconciliamos. Me propuso cambiar los papeles .
– Solo unos días -rogó haciéndose un selfie.
Vi como le atrapaban las redes sociales, indefenso en su candidez noventera. Camino al pasado pensé en los libros que me quedaban por leer, los sitios por visitar y en los abrazos que creí perdidos para siempre.
La ansiedad es continua, las dos simples opciones a las preguntas que no paran de rumiarse en su cabeza se enquistan en un horizonte de inquietud insoportable: ¿habrá sido capaz de borrar todas sus huellas?, si no lo ha conseguido y lo pillan, ¿podrá aguantar las consecuencias? Su mente enfermiza trata de consolarle susurrándole que su víctima se lo merecía.
Has dejado pasar los días de una manera estúpida. ¿Qué has hecho durante todo este tiempo? Pensaste que los adverbios iban a acudir a ti en la orilla de la playa, que las olas del mar te traerían las metáforas más bellas, pero no ha sido así y ahora el reloj corre inmisericorde. Miras el segundero avanzar a saltitos. Son las diez y cinco, y piensas que a las doce en punto de la noche caerás en un vacío profundo. No eres consciente de cómo han volado las tres últimas horas y te quedan menos de dos para poner el punto y final a la historia. Has dejado sonar el teléfono. Has dejado llorar al niño. ¿Pero cómo has sido capaz solo para terminar un relato en la que ni siquiera tú eres la protagonista? Haces girar el revólver que está sobre la mesa. Si el cañón se queda apuntando hacia ti, dispararás, y si no, seguirás escribiendo, te dices. Once menos cuarto, tic, tac, tic tac, el revólver gira y gira, no ha parado de girar desde que regresaste. Deberías terminar antes de la medianoche, pero son las once, el revólver gira y aún no has empezado.
Antes, cuando no había internet, se vivía seguramente mejor. Pero entonces se decía que se vivía mejor antaño, en los pueblos. Y en los pueblos se afirmaba que ya no se vivía igual que en otro tiempo anterior. Un tiempo en el que uno era, con toda probabilidad, feliz con lo puesto. En aquel otro tiempo se alabaría posiblemente la vida plena de nuestros ancestros, en un contacto brutal e inocente con la naturaleza. Ancestros que, con seguridad, echaban de menos épocas pasadas más simples. Y en aquellas épocas se anhelarían presumiblemente los periodos primitivos en los que la vida consistía en nacer, sobrevivir brevemente y morir sin más preocupaciones que la de haber podido, con suerte, reproducirse. Pero los seres humanos básicos que allí vivían echaron probablemente de menos etapas anteriores, engranando así una rueda temporal hasta llegar a la nostalgia de aquel largo periodo primigenio en el que fuimos seres unicelulares.
Y en aquel estadio inicial, tal vez, se añoró el tiempo en el que aún no éramos nada.
Comenzó como un síntoma de su vacilación. El párrafo, reposado sobre la mesa, amaneció desdibujado, como si la tinta rehusara acomodarse al folio. Las frases conservaban su longitud, pero los verbos habían permutado las posiciones, alterando levemente el sentido.
Con los días, la deriva se acentuó. Bastaba un parpadeo o el gesto de acercar la taza a los labios; la estructura del texto se había reordenado. No había magia ni destellos, solo una mutación orgánica, similar a la expansión de una mancha de aceite sobre la superficie de un charco.
Rescató la máquina de escribir, tratando de forzar la rigidez del metal, pero el rodillo no evitó que las palabras abandonaran su ficción para describir, con detalle, el espacio circundante: la luz de la lámpara, la humedad del techo o el crujido de la tarima.
La inquietud se tornó en demencia. Encerrado en el despacho, pasó horas sin levantar la vista de la página, conteniendo el aliento. Apretó la pluma, decidido a clavar una sola palabra al papel antes de volver a ser traicionado. La punta rasgó la hoja. Bajo la hendidura, la tinta había dejado escrita la caída de la gota que acababa de brotar de su propio dedo.
Salió a comprar el periódico, los cruasanes y la regla de cálculo para la niña. Le parecía increíble que en pleno siglo XXI algo tan arcaico hubiera llamado su atención. Quién sabe, igual quería ser ingeniera, como él. De camino a casa se entretuvo ilusionado con el artilugio, recordando el que dejó en herencia y malgastó su padre. Abandonó la carrera para abrir un restaurante de una franquicia de comida asiática, entonces desconocida. Menudo disgusto, aunque reconocía que tuvo muy buen ojo. Menos mal que la niña parecía haber enderezado el rumbo. Ayer fue a un festival —no entendía como podían llamar a eso música— y dormía en casa, con el novio.
—¡Pero si solo tiene dieciséis años! —clamó.
Por suerte, su mujer le convenció para que no se interpusiera en la educación de la nieta.
Cuando por fin despertaron, le dio la regla de cálculo y le preguntó qué ingeniería quería cursar. Ella, muerta de risa, le contestó:
—No, no, abuelo. Ninguna. Es para el TikTok. Soy creadora de contenidos y esta antigualla es vintage a full. Verás qué bien se monetiza.
—…
—OK, boomer. ¿No te lo crees? Tú enséñame a usarla. —le desafió con una sonrisa.
Se acumulan demasiadas jornadas de ingrata marcha por un territorio que se presume yermo… y hostil. Se detiene, exhausto, ante la bifurcación.
Hace visera con la mano y lee la flecha que apunta a la izquierda: LO PROBABLE. El cráneo de un carnero descansa a los pies de la indicación y de una de sus cuencas vacías asoma, tímida y fuera de lugar, una margarita. Sopesa deshojarla y que sean sus pétalos quienes decidan por él, pero descarta la idea por infantil.
La flecha que señala a la derecha dice LO SEGURO. ¿Qué es lo seguro? Quizás se refiera a llegar a un lugar habitado y amable o, por el contrario, puede significar el desenlace fatal e inevitable que le espera si nada cambia. Distingue, de pronto, junto a un matojo reseco, la presencia de dos tréboles. Uno de cuatro hojas.
Escoge el segundo camino. Avanza con paso vacilante incluso de noche. Sufre dos caídas. Al poco de quedarse sin agua, divisa el final del sendero. Se une, para su sorpresa, al que dejó a la izquierda días atrás. En la intersección hay una flecha que dice LO QUE QUEDA. Apunta a un horizonte que se presume yermo… y hostil.
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