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Tras diez años sin apenas comunicación, el anuncio de visita de los primos emigrantes en Alemania, les produjo gran revuelo.
Limpiaron y remozaron la casa de pueblo. Acabado su raquítico presupuesto, pidieron al propietario de la tienda de muebles, que les cediera por unos días, una estantería de aparente madera noble, unos metros de falsos libros e incluso algunos “de verdad” que adornarían otros anaqueles. Además, les prestaron una cama grande y una hermosa estufa catalítica, tan de moda entonces.
Luis y Pilar llegaron en un llamativo Opel Rekord, azul y blanco. No era nuevo, pero sí muy exótico para aquella España. Ella, abrigo de visón, elegantes tacones. Él, con impoluto traje marengo.
Abrazos, parabienes, historias engoladas, recuerdos de juventud… y, tras unos días, despedida con promesas sin fecha.
Paco devolvió el mueble, los libros, la catalítica y los otros enseres prestados. Ya no necesitaban aparentar y comprarlo no podían. Volvían a la normalidad.
Luis y Pilar regresaron al pisito de Berlín satisfechos de su viaje. Al día siguiente, Luis devolvió el Opel a su jefe, el traje a su compañero. Pilar devolvió el visón a su amiga. Los zapatos y otras ropas, a su vecina.
Volvían a la normalidad.
Llevo una temporadita que no desconecto. Numerosos temas cruciales entre manos. En un cargo como el mío es algo habitual, pero hay veces que hasta a mí me cuesta gestionarlo.
Cuando alcanzo estos niveles de estrés, pocas cosas me relajan más que una buena comida en el Sosiego. Su cuidada gastronomía, ambiente agradable e inigualable discreción lo han convertido en el restaurante ideal para perfiles de elevada responsabilidad como el mío. Eso sí, para disfrutar en condiciones uno debe abstraerse del mundo exterior, por lo que suelo apagar mi móvil y pido que nadie me interrumpa en esos momentos de desconexión.
Hoy he gozado especialmente de la comida. Me ha acompañado mi amiga Laura, y hemos hablado de nuestros interesantes proyectos. Como suele suceder, se ha alargado un poco la sobremesa, pero esto forma parte de nuestra sana evasión.
Nada más despedirme de Laura, he encendido el móvil: dieciséis llamadas perdidas de mi mujer, y doce de mis hijas. Giro la mirada, y observo en el televisor, desencajado, a los bomberos apagando las llamas que calcinan la fachada de mi casa.
No me queda otra salida: tocará difundir que estuve trabajando en mi despacho, sin cobertura, hasta muy tarde.
No quiero exagerar, pero la verdad es que esta vez creo que sí lo dejé a punto de caramelo. Al principio, no se creía que yo había sido uno de los estudiantes más sobresalientes de mi promoción en el instituto y el más laureado en la universidad, que en otro trabajo había conseguido ser el mejor vendedor de toda la temporada, y que nunca había encontrado un mejor jefe que él. Después de la borrachera de mentiras, lo primero que espero es una promoción, luego vivir del cuento un poco más, y por último probablemente morir en el intento, otro más.
El primer día de primavera tras el sepelio de su marido, una fina lluvia de añoranza pareció precipitarse en su memoria y, en la soledad de la tarde, buscó aquel cofre y encontró sus cartas.
No podía creer lo que leía. Había guardado aquellas cartas, más de treinta años, como un tesoro, como una prueba tangible del amor que sentía por ella. Ahora todo se desmoronaba, las palabras, tan dulces y apasionadas, ya no le parecían sinceras. El papel, amarillento por el tiempo, ahora parecía cursi, no decía lo que ella recordaba haber leído tanto tiempo atrás.
¡Cuántas veces le había hablado de cómo se sentía incompleto sin ella!
Había confiado en él, le había entregado su amor con la certeza de que era genuino…
Dejó caer las cartas sintiendo la verdad en el pecho. La mentira había sido tan elaborada que, para toda la vida, había logrado convencerla. Sin pensarlo, rasgó las cartas en pedazos y los dejó volar por el viento. El engaño ya no tenía poder sobre ella, al fin, se sintió libre. Porque… acaso… -pensó- lo falso no fue su amor… sino escribirlo.
De niño le confesaba a Don Anselmo que se me habían escapado algunas “mentirijillas” y él lo solucionaba mandándome de penitencia un Avemaría y un Padrenuestro.
Más adelante, ya de adolescente, las “mentirijillas” se transformaron en verdaderos engaños. Yo le decía de rodillas que había soltado unas cuantas trolas, y él, todavía magnánimo y comprensivo, me tranquilizaba mandándome rezar el rosario durante toda una semana.
Pero todo se descontroló y de adulto mi vida era una auténtica farsa repleta de cuentos y embustes, incluso para aquellos a los que yo más quería. La última vez que me atreví a confesarme, me dijo que no tenía solución y que me consumiría irremediablemente en el fuego del infierno.
¡Menudo mentiroso Don Anselmo! Fallecí hace algunas semanas y aquí estoy, dándome la gran vida en el Paraíso a la derecha de Dios Padre.
Según andaba por los caminos polvorientos de Cafarnaúm, oí a muchas parejas decirse “Ya no te quiero”. Al llegar al mercado, el carnicero gritaba que vendía carne en mal estado, los comerciantes ofrecían aceite rancio y pescado que no era fresco.
Pensé que se habían vuelto locos y entré en la sinagoga para consultar al rabino, pero sin más le solté que sus últimas intervenciones habían sido penosas. Me cubrí la cara avergonzado por mis palabras, y él respondió que me hedía el aliento. Corrí hasta la casa del sanador, pero solo encontré un papiro en la puerta que decía: “Vuelvo en una hora que voy a yacer con mi siervo”.
Pronto entendimos que por más que intentábamos mentir, de nuestras bocas solo salían comentarios sinceros. No había escapatoria. Nos escondimos en casa, temerosos de meternos en líos con los soldados romanos. No tardamos en perder trabajos, parejas y amigos. Incluso, muchos terminaron presos.
Con los años, tanta verdad destruyó la sociedad y la economía. Por eso, cuando llegó aquel hombre diciendo que andaba sobre las aguas y resucitaba a los muertos, le seguimos seguros de que alguien capaz de mentir así era, sin duda, el salvador del pueblo.
¡Es mentira! ¿No veis que es falso? ¿Cómo os podéis creer esa patraña? —gritaba desesperado el espectro mientras se miraba en el espejo rodeado de amigos y familiares llorosos y ajenos a sus gritos.
Durante toda la semana llevaba una vida de ciudadano ejemplar, amantísimo padre y esposo. Ocho horas de atención al público en el banco, luego comprar en el super, llevar y recoger a los niños, por la noche escuchar las quejas de su mujer.
Pero todas las semanas tienen un sábado. Madruga, hace ejercicios de musculación, recarga energía con el desayuno, luego al garaje, limpia el carenado de su BMW R 1250, se embute en el mono de cuero, y pretrechado de casco, guantes, botas, y arnés para la espalda, sale disparado a todo gas.
Tres kilómetros después, aparca a un lado, se acercar al Ibiza, abre la puerta y antes de nada le estampa un beso en los morros a Marisa, veintitantos añitos, economista.
—Vamos, estoy impaciente por empezar.
Mañana de ejercicios gimnásticos en la cama, luego ducha en pareja y a las cuatro Marisa lo devuelve a donde estaba la BMW.
En casa su mujer pregunta:
—¿Qué tal la mañana?
—La moto es agotadora, pero un placer. Voy a comer algo y luego me tumbaré a echar la siesta.
Se fue a vivir con Marisa y puso un anuncio: «Se vende moto BMW. Poquísimos kilómetros».
Es medianoche, en una plaza desierta donde el viento incapaz de llevarse el confeti pisoteado del carnaval sopla taimado hasta descubrir el pozo de los infiernos. Dante y Virgilio se reconfortan con un abrazo fraterno e inician el descenso por un sendero de lava que abrasa las plantas de sus pies.
Los que mienten penan en el octavo círculo, en las fosas que llaman Malebolge. Les han obligado a desnudarse para impedir que escondan su pecado. Algunos demonios cosen lenguas y labios para inutilizarlos y otros convierten a los niños que cuentan mentirijillas en muñecos de madera con la nariz muy larga. El castigo de las viejas maledicentes es trenzar una y mil veces los flecos de sus embustes, que se les van enredando entre los dedos y trepan por los brazos, amenazando con atraparles el pescuezo. No hay piedad aquí para los adúlteros, aunque estén enamorados, ni para los comerciantes que disfrazan las taras de sus mercancías. Mucho menos para los políticos. Ni siquiera para nuestros poetas, pues engañan por su ingenua ansia de belleza. Ambos habrán de contemplar su propio reflejo mortal, y el planeta descarnado, en un lago ardiente de azogue hasta el final de los tiempos.
Versatilidad laboral.
Mi anuncio era muy claro: «Se ofrece mentiroso en prácticas. Discreción garantizada». Cuando decidí publicarlo, nunca imaginé la lluvia de contrataciones que tendría.
La clientela era variada. Estaban quienes requerían que les mintiera para darse más importancia, viviendo del halago y el flirteo vacío y banal. También, personas mayores que, atravesando una enfermedad terminal, necesitaban creer que verían crecer a sus nietos. No puedo olvidarme de aquellos que, persiguiendo un mero interés personal, contrataban mis sabios consejos para poder manipular a quienes los rodeaban. Quienes buscaban represalias eran de andar con cuidado, les daba igual el precio de la mentira.
Me gustaba mi trabajo, no os voy a engañar. Ganaba un buen dinerillo, suficiente para costearme la uni, y sin mucho esfuerzo. Además, estaba acostumbrado a fingir para protegerme.
Hasta que un día me dijeron «te amo» y fue el mayor embuste que pude alguna vez imaginar.
Ahora y en venganza, me he convertido en mentiroso profesional. Trabajo en una consultora. Soy recruiter y, a decir verdad, se nota la diferencia: no hay nada como mentir a la cara y con cordialidad.
Hoy estaba de ruta mañanera con mi amiga Pili cuando de repente en una de sus “trascendentales” conversaciones sentenció: “Yo nunca miento”.
En la segunda vuelta al parque, nos topamos de frente con Auxi y casi se me salen los ojos de las órbitas cuando escuché a Pili: “Chica estás guapísima, te favorecen muchísimo las canas, desde luego teñirse es un rollo, yo me lo estoy pensando”. Ni siquiera habíamos avanzado cincuenta metros cuando empezó a criticar: “¡Madre mía! ¿te has fijado?, ¡si parece una vieja!
Cuando salíamos ya del circuito, nos encontramos con Rosa que venía del gimnasio, ataviada con todos los complementos y Pili, que no es nada sociable, entabló una charla animada que yo tuve que cortar a la media hora porque no llegaba a la cita del médico.
“Rosa ha creído que por vestir así va a parecer más joven y no se da cuenta que la miran para reírse”.
Le recriminé su actitud, pero decidí que al día siguiente le iba a dar la oportunidad de despacharse a gusto conmigo, el hipotiroidismo me había regalado algunos kilitos de más, aunque ella decía que antes estaba demasiado flaca.
“Pili, mañana no puedo venir”. Mentira.
El afamado geólogo Gabriel Arango es la única persona de Colombia que conoce el secreto del Cerro de la Teta. Varios videntes le han asegurado que, bajo la forma curvilínea, se esconde un volcán que despertará justo esta noche, en apenas minutos, para escupir nada más y nada menos que oro negro. Gabriel siente una excitación casi adolescente mientras trepa en la oscuridad. Es la turgencia del seno, su enormidad (aparte del ansia de riqueza, claro) lo que le hace llegar casi al orgasmo.
Por el otro lado de la pendiente, Emiliano Londoño, escalador y naturalista, sube desnudo hacia su gran meta: la Teta. Queda muy poco. Los dioses le han dicho a él (y solo a él), que el seno es, en realidad, un géiser dormido, y que pronto despertará, lanzando por su pezón un licor mágico que le hará inmortal. A él. Solo a él.
Ni Emiliano ni Gabriel saben, obviamente, que tanto videntes como dioses suelen mentir. Pues cuando, en efecto, el monte reviva, lanzará leche. Solo leche. Y tampoco saben que entonces, cual ínfimos calostros, ellos serán engullidos por la boca de un gigantesco bebé guajiro que, ansioso, hambriento, emergerá entre las oscuras nubes colombianas.
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