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Atados por parejas, caímos al suelo al grito de «¡fuego!». Lleno de sangre, quedé inmóvil bajo el peso de mi compañero esperando el tiro de gracia. Cerré los ojos, pero el soldado nazi volvió a dispararle a él. Aquella noche conseguí escapar asombrado por lo dichoso que había sido. A lo largo de mi vida, la suerte siempre me ha acompañado: salí ileso cuando cayó la bomba de Hiroshima. Más adelante, unos cuantos nos salvamos del accidente aéreo en los Andes. Durante el gran terremoto de México, no me hice ni un rasguño y, un año después, en Chernóbil, escapé mientras estallaba el reactor. Tras ser el único superviviente en varios accidentes de tráfico, la fortuna siguió a mi lado en el viaje por Indonesia con el tsunami.
Me hago llamar inmortal, ellos me llaman de otro modo.
Empiezo a oler a gas. Estoy a tu espalda.
Todos miraban al notario nerviosos y expectantes. Había llegado el día, aunque nunca imaginaron que fuera así, cuerpo presente del viejo. Gracias a Dios alguien había tenido el detalle de cerrar el ataúd. El notario comenzó a leer los puntos preliminares y aspectos legales del testamento, que a nadie interesaban. De repente calló y miró fijamente hacia la puerta abierta de la sala. Todos los presentes imitaron su gesto y miraron también. El ama de llaves se desmayó sin siquiera emitir un sonido de alerta. Nadie se inmutó, en el umbral de la puerta estaba el viejo, y más vivo que ellos mismos, a juzgar por su expresión triunfante. Sostenía una caja y sin decir nada cruzó la sala hasta una mesa, donde la depositó con cuidado. La abrió y sacando una pistola miró a todos los congregados, el que sea capaz de matarme recibirá la herencia. Devolvió el arma a la caja y caminó hacia el estrado donde estaba sentado el notario. Dándole la espalda se dirigió de nuevo a los presentes, alentándoles a disparar. Clic, oyó por detrás. Sabía que me traicionarías, susurró el viejo mientras el cañón de la pistola del notario se apoyaba en su cráneo.
Sus ojos parecen seguir mirando la vida, esa que se desvanece con cada minuto que marca el reloj de la pared. La sonrisa en sus finos labios consigue una mueca en los míos. La lluvia arrecia contra las ventanas y aún escucho su voz diciendo “cierra que entra el agua y moja las cortinas”. Qué fijación tenía con que estuvieran corridas. Me contaba que el vecino la espiaba porque quería robar las macetas mientras ella se ausentaba de casa. Así que por las escaleras andaba sigilosa y a oscuras para que pareciera que no abandonaba el hogar. Y cierto es, que aún parece que está meciéndose en su silla favorita zurciendo alguna prenda. Sigo oliendo su perfume que sobrevuela por la estancia, y aunque hace ya unos meses que nos dejó su cuerpo, sé que ella aún anda por aquí. Vuelvo a colocar la fotografía de mi abuela sobre el mueble y me decido, muy a mi pesar, llamar a la inmobiliaria.
Cuando muera pediré que esparzan mis cenizas bajo nuestra querida encina. Con las lluvias de otoño, si es que llegan, lo que quede de mí se fundirá con la tierra, y pasado el tiempo formará parte de la savia del árbol. Entonces el milagro de la vida se abrirá paso y nacerán unas hermosas bellotas, que devorarán con avidez piaras de cerdos repartidos por la dehesa. Como a ellos también les llega su San Martín, serán sacrificados para convertirse en alimento de los humanos.
Y aquí se cierra el círculo, nada desaparece todo se transforma. Así que sí, no moriré del todo, ni yo ni nadie.
Ahora que…
La mar está muerta. La calma de las mareas han dormido las aguas.
La gente empieza a caminar por encima de los océanos. Los hay que se han quedado a vivir en los castillos de los barcos. Los más emprendedores quieren levantar edificios para rascar los cielos. Hablan de pintar flores en las cunetas a lo largo de las estelas, de colorear árboles en las lomas azules de las ondas, apuntando con sus copas a las crestas nevadas de las olas vagabundas, donde refrescar la mirada de tiempos pretéritos.
Las golondrinas, desorientadas en el desierto azul, se agitan como gaviotas en un vertedero.
De momento no hay países, pero ya se oye que en el paralelo 43 están intentando crear un barrio. Quién sabe si algún día a la gente le dará por unirse en pueblos, en provincias o comunidades y seguir cometiendo los mismos errores.
La mar está quieta. No sabemos lo que habrá en el fondo, en las conciencias de los inmigrantes que, a la deriva, se tuvieron que conformar con el sótano del cementerio.
…he vuelto al arrecife con el salvavidas que me dio la palabra. Donde mi ser un día estuvo a punto de zozobrar.
Cuando me encontró, era apenas un podo que otra persona hubiera ignorado, e incluso, llegado a pisar. Su alma de bióloga pudo más y así, tras ponerme en agua, comencé a crecer hasta rodear el interior de su cocina.
Mientras estudiaba, supo que puedo resistir meses sin ser regada y vivir hasta mil años. Que me usan en la industria farmacéutica, y que bebida en un té, curo la tos e infecciones respiratorias.
Ya recibida, con el título en mano y a punto de volver a su provincia, no tuvo corazón para dejarme, y tras plantarme en su jardín, no hubo ladrillo o pared que yo no cubriera de verde, pero como siempre, no me alcanzó: por eso, una noche, con la luna a mi favor y la casa en silencio, me arrastré despacio hasta su escritorio, donde me halló a la mañana siguiente, tapizando el protector de pantalla, aferrada al teclado con mis hojas de hiedra.
Convocados los más sabios de distintos lugares, épocas y especialidades, se reunieron para estudiar aquel caso inédito. El doctor Barnard decía que los tejidos, músculos y vasos se habían regenerado perfectamente; un trasplante resultaba innecesario. Por su parte, Ramón y Cajal, los dos, opinaban que no existían impulsos eléctricos neuronales de molestia o dolor y atribuían la percepción a la memoria patológica del organismo. El profesor Freud, sin embargo, pensaba que todo se fundamentaba en una mente obsesiva capaz de generar síntomas sin relación con un origen físico real. En cualquier caso, lo cierto era que, después de dos siglos, cierta sensación de hormigueo en las palmas de las manos aún persistía en el crucificado.
La lengua de Urban era insegura, y por eso solo la usaba ante su esposa. Ese idioma de amar, odiar, blasfemar y llamar a ciertas cosas por su nombre; esa jerga recibida de sus ancestros para que se la otorgara en herencia a los hijos que nunca tuvo, agonizaba, y ni las cátedras la resucitarían, ni las asambleas la secuestrarían, ni los niños la escucharían de nuevo de boca de sus madres.
Aquella mañana llovía menos que en los pasados días de noviembre, pero la humedad era molesta para los huesos del viejo, que se agachaba con dificultad.
—Delecti’m magna, binomi. Acudi ad ti ja —tal vez leyó.
Sobre la tumba de su esposa, Urban dejó una ininteligible despedida. O acaso un saludo. Las lenguas moribundas no terminan de desaparecer, pero son confusas, pues saben que quedarán sepultadas para siempre en la fosa común del tiempo.
Los cuatro empezamos a ser inseparables ya en la escuela primaria. Por eso, cuando Guille murió sin guardar turno, decidimos no referirnos a él como un difunto al que se le llora o como un muerto al que se le entierra. Él seguiría con nosotros. Lo habíamos jurado al terminar el instituto, pasara lo que pasara no perderíamos nunca el contacto. Quizás esa fue la razón por la que no nos extrañó tanto verlo aparecer, como si nada, dispuesto a jugar la partida semanal de pádel que aquel jueves, para evitar asumir su ausencia, no quisimos suspender. Reprimiendo las ganas de abrazarlo, fingimos normalidad y ninguno cometimos la torpeza de aludir a su reciente funeral. Y terminado el encuentro, nuestro retornado amigo, ejerciendo más que nunca como alma del grupo, nos convenció para salir de fiesta. Jaleados por él, vivimos la noche intensamente, desenfrenados, como si no hubiera un mañana. Al cerrar el último garito, él se empeñó en conducir y acabamos, con las primeras luces del día, estampados contra un camión. Fue entonces, mientras flotábamos en una ingravidez espiritual, cuando Guille nos dijo: «Chicos, ahora empieza lo bueno de verdad. Bienvenidos a este otro lado».
Sé que la historia se repetirá y la vida seguirá porque, aunque debajo de mi piel de arena y rocas yacen olvidadas y reducidas a polvo cientos de especies de seres vivos ya extintas, siempre hay una criatura que resiste, sobrevive y prolifera.
No, no estoy muerta, no lo estaré hasta que la estrella alrededor de la cual giro desde hace millones de años me alcance y engulla, no lo estoy aunque lo repitan esos seres que me han convertido en un planeta maltratado que ya no les gusta, del que huyen a bordo de costosas naves hacia las estrellas.
Sé que yo no moriré, no ahora. En cambio ellos… .
Se admiten apuestas.
Siempre le chocó ese destello marino en la mirada del hijo, tras su linaje de ojos negros. Caprichos de la genética, pensó. Hasta que una analítica rutinaria revela el grupo sanguíneo del adolescente, incompatible con el suyo. Todo confluye en la terrible sospecha de un engaño. Tan fácil como someterse a un sencillo protocolo.
Frente a su puño apretado, ella jura haberle sido fiel. Abren sus vidas en canal con una saña desconocida. Donan fluidos, se someten a más pruebas. Él ofendido, ella rabiosa. Del chico basta su cepillo de dientes.
A la espera de la cita, la casa es un campo de minas.
Un médico, parapetado tras su mesa gris y su bata blanca, suelta la noticia como quien lanza una granada de mano. Protegiéndose de las esquirlas tras un informe repleto de tecnicismos, les dice que tampoco es hijo de ella. Que lo siente mucho, les parece oír a lo lejos entre una polvareda de palabras absurdas como negligencia, intercambio, pasado, enfermeras y falta de protocolos.
Mientras ellos tratan de sobrevivir a la devastadora explosión, el chaval de ojos azules disfruta probando con un par de amigos las armas de la última versión online de World of Warcraft.
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