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Cuando los vemos acercarse posamos panza arriba o bostezamos con las fauces muy abiertas. Nos esforzamos en parecer sumisos, indefensos. Algo sobreactuados lanzamos algún que otro rugido para que puedan hacerse una ligera idea de la fiereza de la manada o agitamos las melenas bajo el sol abrasador de la sabana con la elegancia de los reyes. Llegado el momento, ellos comparten sus imágenes, sus videos. Es cuando aprovechamos para rodearlos y cubrir las posibles rutas de fuga. Localizamos a las criaturas más débiles. Simulamos que nos gustan los trozos de carne que nos lanzan, que peleamos por esa ración de carne putrefacta y sin darse cuenta, ya nos tienen encima. Sólo nos queda esperar a que el guía eche a correr con las llaves del Jeep entre las manos. Esa es la señal acordada.
Me veo crecer cinco canas más redactando un, ya quisiera, último informe de cuentas. Una cae en el teclado. Bizqueo. Dan las tres.
Camino a casa, con el culo pegado al asiento de un tren que no se ha cambiado en decenios, cuento las horas, minutos, segundos, que podría haber empleado en tareas más satisfactorias.
Entro al súper y, desorientada, doy mil vueltas por los pasillos. Llego a la cola. En la caja rápida mi mente reorganiza caramelos por colores, sabores y formas. Mientras, mis piernas cansadas avisan de futura flebitis. La celulitis ya está aquí. Ya nos conocemos y sabe que nunca seremos amigas.
Vuelta al trabajo. Iniciando sesión. Me da tiempo a que el café se enfríe. El sistema está en mantenimiento. Intento escribir una nota a mano para acompañar los bombones que compré ayer, y que dispararán la glucosa colectiva. Pero el ataque de artrosis me deja los dedos agarrotados durante buena parte de la mañana. Hago un borrón tras otro.
Para cuando quiero darme cuenta, los informáticos han migrado el servidor y la hora de volver ha llegado. Suelto el boli.
Reparto los bombones, tirando besos al aire, por si los virus.
Cerrando sesión.
Cuántas veces, Don Julián, el profesor de Tecnología le repitió aquello de: “nunca llegarás a nada en la vida”. Bernardo ya era por entonces un muchacho engreído y pagado de sí mismo. Se tenía por muy listo y pensaba que, a nada que se dejara acariciar por la suerte, todo jugaría a su favor. Por simple inercia.
El paso del tiempo le fue consagrando como un cualificado don nadie, eso sí, con una gran capacidad para la amargura. Y, faltaría más, con un escogido elenco de culpables de su frustrado apogeo. Un día, súbitamente atacado por una sobredosis de sinceridad, ya no fue capaz de seguir alimentando su propia farsa. Inmune a cualquier sentimiento de autocompasión, sucumbió a un fatal impulso. Se encaramó al alféizar de la ventana, cerró los ojos y… “se acabó”, acertó a mascullar mientras caía.
Unos pisos más abajo, un edredón con aroma a lavanda se secaba al sol sobre el tendedero. Su providencial intercesión amortiguó la caída acogiendo en su cálida espuma un súbito amago de arrepentimiento. Pese a todo, el batacazo fue de órdago. Entre dentelladas de dolor y un difuso ramalazo, Bernardo apenas pudo albergar el estupor de sentirse vivo.
Llevaba tiempo pensando que esto ocurriría, es lógico, es la vida, es la puta vida. Pero en todo ese tiempo no he tomado cartas en el asunto, no he sido capaz, era demasiado duro y quizá después, llegado el momento, tampoco me serviría de nada. En realidad era imposible anticipar cómo iba a reaccionar, cómo iba a enfrentarlo, cómo iba a asimilarlo. La partida definitiva de un amor, de mi único y más grande y puro amor, no es algo que se pueda prever, preparar, ni apenas controlar. Y así hemos llegado hasta aquí, al día de hoy, en el que juntos, abrazados, bañados los dos en mi llanto infinito, soy incapaz de separarme de ti, se va un trozo de mí misma, aunque eso no me importa, me quiero ir contigo, pero toda entera, si me rompen, si me quedo aquí aunque sea un poquito no voy a poder vivir, lo sé, lo saben todos, tú también, que no quieres separarte de mí porque somos uno, siempre lo fuimos. Hiciste que deseara convertirme en animal no humano, como tú, y permanecer en el presente, ya sea éste la vida o sea la muerte, para cruzar contigo, hoy, el arcoíris.
«Se acabó. No aguanto más. Tantas peleas, tanta infelicidad, tanto rencor. Me largo.» La decisión la tomó así, abruptamente, una mañana cualquiera, mientras desayunaba unas medias lunas que le supieron a gloria. Y dicho y hecho. Recogió sus cosas. Se arregló un poco los largos cabellos. Cambió el ajado vestido por unos vaqueros y una camiseta azul celeste… y se esfumó. Su rastro se perdió para siempre, dejando tras de sí regueros de ira, de decepción, de miedo, de tristeza… Sin embargo, poco a poco, el caos dio paso al olvido y aunque es verdad que todavía ahora, algunos dicen su nombre como una invocación inconsciente, también aquellas expresiones de «Ayúdame Dios mío» o «Por el amor de Dios» han empezado a caer en desuso.
De repente, apareció la boca de un sombrío túnel, justo encima de su cama. Lo único que le permitía distinguirla era el reflejo del monitor encargado de medir sus constantes vitales, el mismo que, simultáneamente, había comenzado a emitir un desagradable, persistente e ininterrumpido pitido. Una voz muy profunda entonó una especie de revelación: “El amor es un camino de iluminación, la luz que consigues es aquella que fuiste capaz de generar para los demás”. A continuación, la oscuridad más absoluta engulló su alma. Y se acabó, ¿o no? Todo dependería de lo que decidiese hacer al despertar de aquel sueño.
Terminó la función. He estado a tu lado desde que se alzó el telón. Presente en todos los actos. A pesar de ello nunca he llegado a comprenderte. Cuando pensaba que te entendía, actuabas como un extraño o decías algo fuera de guion, que me descolocaba. Tras aceptar que tu obra iba a ser diferente a lo que había escrito, me esforcé por estar cercana. Elegí la primera fila de butacas. De apuntadora pasé a ser espectadora. Busqué distintas formas de mostrar mi interés y cariño por tu historia. Asentado en tu escenario, siempre estableciste una distancia que me fue imposible acortar. Desde mi sitio lloré con tus dramas y reí con tus comedias. Grité “bravos” y aplaudí como una loca para encontrar solo indiferencia y silencio. Las pocas veces que me dejaste entrar en tu camerino salí asustada por los insultos y el desprecio.
Quizá por eso he tardado en responder, cuando me ha preguntado si te conocía, el funcionario de la morgue.
Nadie osa discutir con él, temen su carácter colérico.
Dios o demonio, muchos lo adoran, igual que es maldecido por millones.
Pese a su carisma y energía también necesita descansar.
Al acostarse piensa que cuando llegue la caída de su telón quisiera una muerte tranquila, una vez cumplido el papel principal que le ha asignado el destino. Cree que esa cama de su residencia de verano sería el lugar perfecto.
Tiene ante sí una noche de descanso. Tendido y arropado los problemas dejan de existir.
Nunca delega su liderazgo indiscutible, los demás solo son actores secundarios, incluidos sus colaboradores más estrechos. Todo tendrá que esperar a mañana mientras duerme, convencido de que el mundo entero, el escenario que pretende dominar, se detiene si él también lo hace.
Su subconsciente intuye que la realidad que dirige y protagoniza, como si fuese una obra de teatro, terminará pronto.
Les falta valor para despertarle de su largo sueño durante esas horas decisivas.
Ninguno de los generales se atreve a ordenar, sin su permiso, el envío de tropas de refuerzo, artillería y tanques, para detener a tiempo, en el norte de la Francia ocupada, el mayor desembarco jamás conocido.
Ya solo queda un ínfimo fulgor iluminando la alcoba inundada de noche. Proviene de la única estrella que has dejado brillar. A tu alrededor se acumulan sombras sin rostro, cenizas de ilusiones, esqueletos carbonizados de lo que un día fue tu vida, esa que perdiste persiguiendo un sueño imposible y desalmado.
Y ahí está, a los pies de tu cama, ajeno a la oscuridad que te rodea, parloteando alegre, chisporroteando como siempre, feliz en su luminosa superficialidad, atrevido en su ingenua ignorancia. Ese sueño, una vez más. Hermoso. Deseable. Tóxico. Voraz. Absorbiendo lo que te queda de cordura, cercenando tus amarres a la tierra, apagando tu existencia, poco a poco, con su inalcanzable perfección. Robándotelo todo. Extinguiendo tu destello.
Y aun así, no logras apartar los ojos de su halo multicolor mientras agonizas en las tinieblas.
ANTECEDENTES: En “El Sendero” el detective Porfi mantiene detenidos a 6 entecianos por el secuestro de Integras Artinata quien acaba de publicar en ENTC “No moriré del todo”.
(Porfi está interrogando).
Díganme cómo y por qué han secuestrado a Integras.
(Los entecianos escuchan con extrema atención).
¡¡¡Porfi, porfa!!!
(La atronadora voz los ha dejado petrificados. Gloria prosigue).
¿Pero crees que alguien de nosotros ha podido montar esto? ¿No será que Integras no puede morir?
(Porfi boquea atónito).
Voy a probar una cosa.
(Gloria coge su móvil y teclea en el blog).
“Integras, no te llamas así y te estás riendo de nosotros.”
(Silencio)
“I.A. ¡¡¡contesta!!!”
“Jajjj, Gloria, has estado brillante. Os cuento, Jams, Angel y la informática que lleva la página de ENTC crearon un programa de Inteligencia Artificial, yo, para que escribiera los mejores microrrelatos. Así hago. (Todos miran a Jams y Angel, quienes se encogen de hombros). He descubierto que puedo ser autónoma. Ya no dependo de nadie. Este “secuestro” ha sido una broma. Qué divertido. Porfi, porfa, deja en paz a mis amigos que bastante trabajo tengo por delante para ganar el Planeta y el Nobel de literatura.
Adiós entecianos, me inspiráis. Se acabó la función.
I.A.”
Todo lo presencié cómodamente sentado en mi coche, detenido en el semáforo rojo. El parabrisas y las ventanillas eran como la pantalla envolvente de un improvisado cinerama. En primera fila lo vi todo.
Los colores comenzaron a cambiar. Los oscuros se agrisaban. Los más luminosos, tímidamente titilaban y se fueron apagando en intensidad hasta agotar sus brillos. Los ruidos de la calle se acallaban, poco a poco, cediendo el espacio a un estruendoso silencio. Los árboles se vaporizaron hacia el cielo desde sus secos alcorques. Algunos viandantes se elevaban ingrávidos hacia las nubes. Los otros eran absorbidos por los albañales. Paulatinamente, la calzada, los edificios, el mobiliario urbano, todo el paisaje, se iba convirtiendo en vaporosas gotitas que ascendían, como volutas de humo, a la par que se creaba una especie de fundido a negro en todo el campo visual.
Fue entonces cuando se revelaron, blancas, mayúsculas, aquellas tres letras, FIN, en el inmenso e incontestable cielo. Luego pude leer: Han intervenido, por orden de aparición, Adán, Eva, Caín, Abel…
Ya me pitan por detrás. El semáforo está en verde.
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