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Compramos el piso en esa época en la que se entregaba un sobre al vendedor en cuanto el notario salía del despacho. Era de nueva construcción, pequeño pero luminoso y tenía armarios empotrados. Fue en el altillo de uno de ellos donde encontramos una versión pequeña y rectangular de la cueva de Alí-Babá. Nos embargó un júbilo que, sin embargo, desestabilizó nuestras conciencias. ¿Ese tesoro sería nuestro? Estaba en nuestra casa así que decidimos que sí, que lo era. Además, ninguno de esos billetes había sido destinado a construir un colegio ni costear un quirófano, así que la policía no investigaría algo que nadie iba a denunciar. Pasaron un par de meses cuando llamaron a la puerta; era el promotor. ¿No habrán visto por casualidad una caja de zapatos? Es un regalo para mi esposa y no lo encuentro, puede que lo dejara aquí. Recibió nuestra negación con un leve movimiento de cabeza y unas palabras, quizás de amenaza, que no llegó a formular. Al salir se quedó mirando la cocina. Han cambiado los muebles ¿eh? son buenos ¿Quién se los ha puesto? La serendipia, me atreví a contestar. No la conozco, pero veo que han tenido suerte.
Dicen que las casualidades no existen, pero yo empecé a dudarlo el día que ingresaron a mi marido.
Una neumonía grave, dijeron.
Y allí, en la cama de al lado, con la misma bata celeste y el mismo olor a desinfectante, estaba mi primer amor.
Treinta años sin verlo y, de pronto, compartiendo habitación con el hombre que juré amar para siempre.
Le miré y apenas lo reconocí. No supe si era la enfermedad o los cincuenta que pesan en la cara, pero aquel chico de sonrisa insolente ya no estaba.
En su lugar había un señor cansado, con una expresión que olía a recuerdo.
Nos reímos un poco. Recordamos una noche de verano, un coche, un beso torpe.
Fue bonito. Nostálgico. Pero también entendí que el pasado es una habitación de hospital: hay que entrar solo de visita.
Y mientras mi marido mejoraba milagrosamente, entró el neumólogo. Treinta años, piel perfecta y sonrisa de viernes.
Dicen que el colágeno es bueno para la piel. Yo digo que también lo es para el alma.
El día que dieron el alta a los dos, yo también me curé.
Esta vez con receta nueva.
Cambiar de vestuario al llegar el otoño es un ritual melancólico, una afligida ceremonia que se celebra bajo el último soplo cálido de aire.
Doblar la ropa de verano es cerrar las playas, archivar la sal en los bolsillos y dejar que el rumor del mar se apague entre las costuras.
Hoy, revisando un bolso de rafia para guardarlo, he encontrado un billete de tren. Al dorso, una nota con una caligrafía conocida:
“Búscame cuando caigan las hojas.”
No sé explicar qué impulso me llevó hasta la estación.
El andén estaba vacío a excepción de una persona apoyada en un rótulo publicitario. Me acerqué. Llevaba mi abrigo de invierno, mi gesto cansado, mis ojos vacantes. Sonreímos sin sorpresa.
– Es hora de que cojas ese tren.
Obedecí sin articular palabra mientras su figura comenzó a desvanecerse.
Y mientras el tren se alejaba, supe que, al fin, estaba regresando.
Cuando alguien le contaba que estaba ahorrando para las vacaciones y que en la hucha sólo metía monedas de dos euros, ella asombrada se decía a sí misma: «¡Yo no podré hacer eso en mi vida, si a mí una moneda de dos euros a veces me salva el último día del mes!»
En una ocasión, mientras disfrutaba de un baño en la piscina, escuchó la siguiente conversación entre un grupo de amigas que tomaban el sol en el bordillo: «Chicas me ha devuelto hacienda setecientos euros, así que este año me voy de crucero», su mente volvió a echar cuentas y aunque lo que le devolvió el fisco a ella no llegaba a esa cantidad, lo peor es que no le había dado tiempo a enterarse, la cesta de la compra había recibido ese dinero como agua de mayo.
Esta mañana cuando fue a su rinconcito escondido, encontró el nido vacío y necesitaba comprar yogures y huevos. Bueno pues habría que improvisar, no sería la primera vez; pero, había una cartera vieja debajo y….los cincuenta euros que allí estaban dobladitos le iban a arreglar los dos días que le faltaban para cobrar.
¡Sorpresa mayúscula y amplia sonrisa!
Bautizaron al restaurante con el nombre de Serendipia por aquello de que en sus platos se encontraban sorpresas de todo tipo. Y no hablamos de la consabida mosca o pelo en el consomé sino, por ejemplo, de un inesperado anillo oculto en los huevos revueltos con foie. Huelga decir que las reacciones de los comensales también son igual de sorprendentes.
Aquella persona la vio mucho después que yo. Pero llegó antes. Sencillamente se topó con ella sin esperarlo. A mí me tocó presenciarlo desde una distancia injusta con impotencia y frustración. El clamor interno de mi rabia quedó ahogado con la explosión de su júbilo y el brillo de sus ojos me ensombreció sin remedio. Qué le vamos a hacer… la ocasión es lo que tiene. Que la disfrute. Joder.
Las carabelas habían zarpado hacia poniente en busca de un camino más corto para llegar a las Indias y al cabo de unos tres meses divisaron tierra. Tan pronto como el capitán pisó la arena blanca de la playa, el rey de aquel país en persona le ofreció la llave del reino. También habían organizado un banquete de bienvenida para la tripulación. Una vez saciadas el hambre y la sed, les ofrecieron estancias cómodas para descansar y compañía para quien la requiriera.
En lo que siguió, los marineros contrastaron artes de pesca con los nativos y también les ayudaron en los campos. Los astrólogos les revelaron la posición de las estrellas de la buena suerte y los exploradores les mostraron todos los caminos. Los sabios intercambiaron conocimientos. Las dos partes aprendieron nuevas canciones.
Al cabo de un año ya habían nacido criaturas con la piel de un color que no era ni el de unos ni el de otros. Y mientras tanto, los forasteros se habían acomodado, incluso habían hundido las carabelas que les habían traído. La Historia debería esperar hasta octubre de 1492 para descubrir el Nuevo Mundo e iniciar su conquista según las pautas al uso.
Sin apurarse, con calma, intenta transitar la joven viuda por el duelo, «¡ha sido tan repentino!», suspira en el velatorio enjugándose las lágrimas. A continuación balbucea un «necesito estar sola, disculpadme» y sale compungida al jardín de la mansión.
Allí busca un banco alejado, se acomoda y empieza por el principio, por la negación. Pero ¡ay!, lo único que no se puede negar es que estas cosas, antes o después, pasan; y más si tienes noventa años y estás achacoso perdido; es lo que hay, no se hable más. Y con las mismas, llega a la ira, pero a decir verdad este sentimiento le golpea con escasa intensidad. Aprieta los puños, frunce la nariz, intenta enojarse, pero nada. Con lo cual decide acometer la negociación, tercera fase, pero como no sabe qué es eso, pasa a lo siguiente, que es la tristeza profunda, la sensación de vacío, la depresión. El para qué seguir adelante.
Y en esta tesitura se halla, cuando unas manos le tapan los ojos por detrás y nota un beso en el cuello. Es el jardinero quien pone la guinda a la quinta fase, la aceptación, la de aprender a vivir con su nueva realidad.
(Fuera de concurso)
Los domingos nos reunimos alrededor de la mesa. Mientras juego con mis nietos, observo a mi mujer. Con el cariño y la dedicación de siempre, y la ayuda de mis hijas y nueras, se asegura de que todo esté al gusto de todos. A veces, entre cuñados surge el debate de si esta «típica» escena familiar es matriarcado o patriarcado. Las discusiones, respetuosas y saludables, acaban entre risas y copas de vino, y con un tajante “yo lo hago porque quiero, me apetece y me hace feliz” de mi mujer. Irrebatible.
Aquel día, yo no tenía que ir al barrio de la Guineueta. Mi jefe me envió a entregar un paquete porque yo era un mocoso mozo de almacén. Y ella, mi querida esposa, volvía a casa después de su clase de corte y confección. Cuando Manuel, el conductor, dijo que secuestraba el autobús para subirlo al barrio de Torre Baró, me asusté mucho. Ella lo notó, y apareció de entre varios pasajeros para tranquilizarme. Desde entonces, siempre me acompaña.
Y todos los domingos me pregunto qué hubiera sido de nuestras vidas si no hubiéramos subido a ese autobús.
Renqueaba el XVII cuando Isaac añadió a su inmarcesible curiosidad la fascinación por las palmeras. Su estilizada y elegante figura, la perfecta geometría y armonía de sus palmas o el sabor exótico de sus diferentes frutos despertaron en su ánimo una viva atracción. Tal vez por eso quiso cultivar algún ejemplar en el pequeño jardín de su casa en Woolsthorpe, Lincolnshire, pero ni la tierra ni el clima de la vieja Albión lo permitieron. Ninguna de las semillas que enterró llegó nunca a germinar. Resignado, Isaac se conformó con un modesto y vulgar manzano, a cuya sombra rumiaba una tarde su frustración cuando uno de sus frutos se desprendió golpeándole la cabeza. Cabe hoy colegir que gracias a esos ochenta gramos desde metro y medio de altura, en vez de los dos kilos de un coco desde veinte metros, no estamos viviendo ahora sin gravedad. Como en la Luna.
Fue extraño volverlo a ver después de tanto tiempo, sobre todo porque no recordaba haberlo conservado. Seguramente no lo hice. Yo soy un desastre para todo: jamás lo hubiera embalado con tanto mimo. Él sí. Él era cuidadoso y nunca tiraba nada.
Aunque por peso y tamaño no era lo que buscaba, no pude evitar desenvolverlo. Tampoco supe impedir que el tacto de la madera en mis manos abriera una espita por la que salieron más lágrimas. Se unieron a las que ya me desbordaban antes de subir al altillo.
Así se divierten los objetos viejos: abren diminutos agujeros en la membrana del olvido por los que se cuelan los recuerdos.
A través de la grieta que abrió el juguete, entraron sus ojos llenos de ilusión cuando, una vez terminado, me lo entregó. También sus palabras:
—Este tren es mágico, hijo. Cuando lo agarras con fuerza, y si lo deseas lo suficiente, te lleva donde quieras. Y así puedes escapar de todo; y nada puede hacerte daño.
Enjugué mis ojos, bajé la escalera y, estrechando el tren contra mi pecho, decidí dejar de buscar, al menos por ese día, la antigua pistola de mi padre.
¡No! ¡No! ¡No podía ser! Le mataría. No se lo perdonaría, se divorciaba y después lo mataba. Se lo advirtió mil veces: No te lleves el anillo que te queda un poco grande y lo vas a perder.
Volcó la bolsa de playa y comprobó el fondo. Nada. Miró en la toalla, en las zapatillas, en la camiseta, incluso dentro del bañador.
Entonces, como un fogonazo salvador una idea invadió su cabeza, claro, cómo no lo había pensado antes, seguro que estaba entre la arena que utilizó para construir el castillo.
Como una retroexcavadora demente se lanzó sobre la fortaleza removiendo la arena con las dos manos. Ahondó hasta que por fin sus dedos tocaron algo metálico, pero no era posible, era demasiado grande. Aún así, tiro y se encontró con una especie de candil oxidado. Por un orificio se escapó un humo azul y denso. Al poco, una gigantesca figura se postraba ante él.
-Soy el genio de la lámpara. He estado cinco mil años aprisionado. Tú me has liberado, por ello te concedo tres deseos.
Miró asombrado y lanzó la lampara lo más lejos que pudo.
-Para genios estoy ahora, como no encuentre el anillo me mata.
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