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Pateo al maldito negro con saña, sus dientes y un trozo de labio ensucian la acera, su cuerpo sanguinolento se retuerce de dolor.
Con agua caliente y estropajo intento arrancar el tufo rancio que me ha dejado el anciano negrata. Cuando el vaho se desvanece, veo ennegrecido mi dedo pulgar del pie, quizá se ha entumecido un poco.
Con el tiempo observo, incrédulo, cómo la oscuridad trepa por mis extremidades, la noche se cierne sobre mi blanca piel y paraliza mi vida. La ropa oculta mi vergüenza hasta que la maldición cubre mi rostro, me he convertido en un despreciable afroamericano.
Humillado, dejo mi barrio y me adentro en los suburbios de los negroides. Pese a mi odio, me voy integrando. Mi animadversión se atenúa a medida que conozco sus miserias y grandezas, el tiempo me los muestra como iguales.
La vergüenza da paso al orgullo; soy otra persona. Mi enfermizo racismo hacia los negros ha saltado de mi mente, precipitándose al olvido para jamás volver.
Al girar la esquina tropiezo con un individuo que nerviosamente me pide perdón. Es un maldito amarillo, un asqueroso japo, le digo que se largue a su puto país mientras le pateo con saña.
Érase que se era un niño, llamado Juan, que no conocía la vergüenza. Daba besos y hacía sus monerías a quien sus padres le pusieran por delante. Luego, ya adolescente, disfrutaba cuando su mamá iba a verlo a la puerta del instituto, le hacía mimitos y le arreglaba el pelo delante de sus amigos.
Un especialista sentenció que la ausencia de determinada hormona le impediría avergonzarse para siempre.
Juan peregrinó durante años en busca de soluciones: visitó un convento de madres ursulinas y, salvo espantarlas a todas, no obtuvo ningún avance; localizó a los payasos callejeros y a los mimos más lamentables, pero no logró ruborizarse ni como espectador ni reproduciendo él mismo los números que perpetraban. Finalmente, puso un cartel en el recibidor de su casa para recordar que no debía abrir la puerta sin ponerse al menos unos calzoncillos.
Le dijeron que tenía talento para la política. Su ascenso meteórico en el partido le llevó hasta la cúpula donde se fijaban estrategias y pactos. Al poco tiempo, notó cómo una quemazón desconocida le nacía desde las tripas y le hacía enrojecer por dentro y por fuera. Junto con su dimisión, dejó también una carta de agradecimiento.
La boca seca. Las palabras ensayadas se encogen cobardes. Incapaces de asomarse en este escenario. El pánico se ha adueñado de sus cuerdas vocales. Su rostro ruborizado le delata. Los primeros balbuceos apenas los escucha el cuello de su camisa. Por suerte para él, esos susurros llegan a oídos de este jubilado, que se siente reflejado en ese calvario de pedir en un vagón del metro. En su época de vacas flacas se vio obligado a mendigar. Se le acerca y le rescata de una de las mayores deshonras de un ser humano. Le lleva a un almacén, él es un organizador el banco de alimentos del barrio, aquí sin dejar la tarea todos saludan a Quique. Le hace gracia, así era conocido su padre, al que siempre dio por muerto sin estarlo, del que nunca habló con nadie, de quien siempre renegó. Remangados ambos para aligerar la cola del hambre. Se queda estupefacto al ver tatuado en el brazo de su ángel de la guarda el apodo cariñoso de su madre.
Para suicidarte desde lo alto de un edificio, lo importante es saber caer. Parece mentira que a estas alturas tengamos que recordar algo tan obvio, pero es que cada vez la gente cae peor. Antes, los suicidas de nuestro edificio subían a la azotea, se lanzaban y en 4 o 5 segundos se estampaban contra el suelo, que es lo que se espera de ellos. Nosotros correspondíamos con unos aplausos de protocolo y a esperar al siguiente. Pero ahora no. Yo no sé si es que estos suicidas modernos no saben calcular la trayectoria, pero el caso es que entre que se golpean con los alféizares y rebotan en las cuerdas de tender o en las cornisas, tardan una eternidad en llegar al suelo. Y se pierde en espontaneidad. Al último, un tal Clarence, le dio por descender zigzagueando. Y claro, como tardaba casi un minuto en atravesar cada ventana, los vecinos aprovechamos para echarle en cara todo lo que nos habíamos callado de él durante tantos años. Se posó en el suelo, rojo como un tomate, se sacudió el polvo y desapareció por la primera esquina. Hubo abucheo, por supuesto. Y no hemos vuelto a saber de él.
“¡Han llegado los muertos! ¡Han llegado los muertos!” Gritan alborozados los chiquillos señalando al antiguo cementerio bajo el pantano. Las fanfarrias y los tambores multiplican la buena nueva y desde las aldeas vecinas acuden voluntarios para el intercambio. Todos los años esperamos con alegría el regreso de los seres queridos y la pena por los que eligen marchar tampoco es tanta, pues sabemos que volverán al siguiente año. Por eso nosotros no tememos a la muerte, salvo cuando la suerte es esquiva y el finado no consigue revivir del todo y, en consecuencia, tampoco uno se muere como es debido. Entonces ambos vagamos por las calles como almas en pena durante todo el año, atemorizando a los viandantes, algo que cada vez es más frecuente. Dicen que es por cosas del clima, como no cuidamos el planeta, el pantano se seca y los muertos se marchitan y no resucitan bien. Pero no hacemos nada por remediarlo. Debería darnos vergüenza, pobres muertos.
Después de la llamada del director del colegio me quedé sentada en el coche con el móvil en la mano. En silencio. Sin respirar primero. Hiperventilando después. No entendía nada. ¿Por qué me había contado a mí que Alicia, nuestra vecina del segundo, la compañera de clase de Alba, estaba en el hospital? ¿Qué tenía eso que ver con nosotros? ¿Por qué me decía que había un problema con mi hija? ¿Cuál? Si Alba era una maravilla… guapa, lista y nunca se había portado mal en el colegio. Nunca. Quizá yo no le había entendido bien. O quizá él se había confundido al llamarme. Me limpié las lágrimas de la cara y arranqué el coche. Necesitaba llegar a casa. Seguro que todo era un error. Mi Alba nunca haría daño a Alicia. Aunque Alicia tuviera unos kilos de más o no fuera tan lista como ella. Estaba aparcando cuando vi a la madre de Alicia entrando en el portal. Y me escondí. Para no entrar en casa a la vez que ella; para no tener que mirarle a los ojos en esos minutos eternos del viaje en ascensor.
Nació Hija de la Noche proponiéndose complicar la existencia en la minúscula Gaia. Para ello engendró a Ponos (trabajo), Lete (olvido), Limos (hambre), Algos (dolor), Hisminas (disputas), los Macas, Fonos (matanzas), Androctasias (masacres), Neikea (odios), Pseudologos (mentiras), Anfilogias (ambigüedades), Disnomia (desorden) y Ate (insensatez).
Eris los desplegó a todos, encargando a uno de los gemelos Macas, Kidoimos, Dios de la confusión, sembrar el absoluto desorden.
Acertó plenamente. El joven planeta se sumió en el caos obedeciendo al impulso de la debilidad humana por el poder y el odio.
Aunque Prometeo andaba peleando con Zeus por ciertas minucias, se apiadó de ese ínfimo rincón de uno de sus muchos universos, enviando a su hija Aidós, Diosa de la vergüenza, modestia, respeto, humildad, dignidad, a restablecer la sensatez.
Pero Kidoimos y la jauría de hermanos habían cumplido perfectamente su cometido habiendo convertido la convivencia en un cadáver insalvable.
Las últimas en abandonar la Tierra fueron Aidós y su amiga Némesis, acosadas, perseguidas y amenazadas por la prole de Eris.
Prometeo, harto de la miserable humanidad, apuntó con su dedo al azul planeta haciéndolo desaparecer.
Por supuesto, Kidoimos ha conseguido escapar buscando ahora otro indefenso lugar donde sembrar su infalible confusión.
Mi reflejo se proyecta en el espejo mientras me afeito. Ducha, perfume y los gayumbos que me compré ayer. Encima el disfraz de super héroe erótico. Agradezco que sea invierno y el abrigo me oculte el atuendo mientras llego al lugar de la cita.
Junto a una maceta con hojas verdes dejo el gabán y toco el timbre del apartamento. Mi sonrisa picarona desaparece con la sorpresa de ver a una mujer de edad avanzada al otro lado de la puerta. Pensando en disculparme por interrumpir su siesta, me invita adentro. Tras un café y unas pastas me lleva hasta el dormitorio con cortinas y colcha trasnochadas, donde hace tiempo que no se quita el polvo.
Al salir de la vivienda, observo el número nueve del apartamento de enfrente. Me giro para comprobar que el de la anciana tiene el mismo número. Aturdido y confundido me percato que junto al visitado se hallan el cuatro y el ocho. Comienza a entrarme un cosquilleo en el cuerpo recorriendo cada poro, brotando un sofoco hasta en la barba que no tengo. Creo que dejaré los sesenta y nueves.
El calor era insoportable. Cuarenta kilómetros desde la última parada y a pesar de llevar las ventanillas abiertas, resultaba difícil aguantar la temperatura. Volví a dar un trago a la botella de agua y sin esperarlo, un repentino olor a mar llegó a mi olfato; pocos minutos después divisé las olas. Paré el coche, bajé de él, y me conduje hasta la arena, sobre ella una multitud de personas parecía tomar el sol y …sin ropa alguna. Deduje que era una playa nudista pero no iba a dejar pasar el privilegio de darme un buen chapuzón por pudor , así que me despojé de todo lo que llevaba encima y me fui al agua directamente bajo la mirada extraña de cuantos estaban allí.
Salí ya refrescado y antes de tumbarme en la arena un hombre se dirigió a mí gritándome.
_¡Eh oiga! ¿Quién le dijo que podía meterse en el agua? Recoja en aquella mesa el sobre de su paga y abandone el lugar por favor.
Ahora, cuando mis amigos proponen ir al cine, siempre elijo yo la película.
Ahora entiendo el motivo por el que me alteraba cuando comencé a conocer este género musical. Me afectaba y pareciera que se me clavara en el alma. Como el llanto reprimido y doloroso que siempre descubrí en tu rostro, tus ojos y que se te prendía a flor de piel.
¡Clavado, no conseguías espantarlo!
Al final comprendí este arte musical, que incluso he llegado a disfrutar, haciéndome intuir. Lo mismo que descubrí aquel dolor que no supiste superar y que terminó apagándote, como la nota final acompasada y callada, cuando el saxofón se queda solo y termina la partitura, dejando prendida una lágrima en la última nota que normalmente cae al suelo, como recuerdo de todo lo que significó su origen.
Hubo un tiempo que me sofocaba no comprender el arte y la pena, unidas.
Hoy, Jazz y sentimiento, van tan unidos a mí, como tu mirada y mi sentir.
Si le recordaba que antes era una persona centrada, y podría volver a serlo, trataba de convencerme que daría su brazo a torcer. Pronto dejé de creerla. Borraba con una goma las buenas palabras y los deseos de cambiar. Nos descolocaban sus atrevimientos; verla humillarse. Después de ayudarla profesionales, aconsejarla y luchar para que dejara de pedir limosna en la calle, decidí irme. Me costó cargar con ese peso, hubiera deseado hacer realidad, “hasta que la muerte os separe”.
-No nos encontrará cuando venga a comer,- dije con alivio a nuestros hijos, recién duchados. Seguramente movido por algún ángel del cielo, mi vida entonces era confusa y había tocado fondo. Cómo podíamos vivir como si nada, rotos de vergüenza, si ya no era secreto para ellos su obsesión por la bebida y las apuestas. A punto estuvo de arrastrarme, y yo de dejarme llevar.
Ahora estrecho a mis hijos contra mi pecho, y el mayor no se deja. Es su viva imagen y se comporta igual. Me siento como un mierda. Por eso corro tras él dispuesto a echarle una mano siempre que lo necesite. Toco este tema a menudo, y me dice avergonzado: “Déjame una semana para pensarlo”.
He seguido el consejo que nos dio la madre superiora a la hora de maitines: «Debéis satisfacer vuestras deudas con el Altísimo para lograr el éxtasis y la salvación. Utilizaréis cualquier instrumento de expiación». Por ello, no entiendo que nos haga ir por el pasillo del convento con las manos juntas en oración. De este modo, no puedo sujetar solo con las piernas este aparato que me he comprado. Así, nunca podré cumplir mi penitencia. Y en la caja lo pone bien claro: «Satisfyer XX, te hará alcanzar el cielo».
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