Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

DESORDEN

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en EL DESORDEN

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Continuamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto DESORDEN en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
31 de MARZO

Relatos

43. Mi nombre es Bond (Manuel Menéndez)

Me dijeron que me ocuparía del trabajo sucio del gobierno, que viviría en las sombras y emprendería las tareas más nauseabundas, aquellas que solo yo tenía estómago para ejecutar. Me comunicaron que mi destino  en la vida era limpiar las cloacas del estado.

Nunca imaginé que era algo literal.

42. La correa de hierro (Nacho Rubio)

No he pegado ojo en toda la noche por culpa de unos ladridos en el jardín de los vecinos de enfrente. Por la mañana me acerco a su casa, llamo a la puerta.

–Su maldito perro –les increpo–. ¿Cómo le dejan atado ahí fuera con este frío?

Estoy ojerosa, muy molesta. Me miran incrédulos.

–Mendel se fue hace una semana –dice la madre.

–Se volvió loco y tuvimos que dormirlo –agrega el padre.

–Por culpa de la correa de hierro –les reprende el hijo con voz colérica.

Me disculpo, me alejo abochornada. Al fondo del jardín la caseta vacía, arena revuelta, encima una pequeña cruz y flores marrones mustias.

Por la noche vuelvo a escuchar ladridos. Y al día siguiente. Cada vez más desesperados.

Salgo al fin de la cama, me enfundo una manta sobre el camisón y me encamino de puntillas hacia la casa de enfrente. De la caseta abandonada sobresale una gruesa correa. Se agita como una culebra metálica, furiosa. Me acerco con cautela, recibo dos latigazos, caigo al suelo, me incorporo, la persigo, consigo al fin sujetarla, desabrocho la hebilla. Una ráfaga me lame el rostro y se desvanece.

Pasan los días.

Han cesado los ladridos.

40. El otoño en los bosques de Saja

Es cuando acaba septiembre y empieza octubre que se les ve subir por la pista forestal hacia los refugios situados en lo alto de la colina. Suelen ir en grupos, raras veces van solos o en pareja; generalmente al final del día o al amanecer. Van armados de cámaras fotográficas y de prismáticos para intentar captar los embates de los ciervos que ocurren en esas fechas.
Los machos de imponente cornamenta levantan la cabeza hacia el cielo y lanzan un grito atronador, dicen que berrean. Después de la pelea, el vencedor camina erguido y se aleja, detrás de él, cinco o seis hembras le siguen el paso.
Al finalizar la temporada de la berrea, el bosque va cambiando de color, hayas y robles mutan sus hojas hasta tomar tonos marrones. Siempre quedan diseminadas algunas manchas verdes; son mis compañeros de hoja perenne: el acebo y el abeto. Yo, viejo árbol sagrado, veo pasar las estaciones sin que mis hojas se inmuten; soy el Tejo.

39. Te recuerdo Amanda (Mar González)

Se casaron de negro, como tantas parejas en una época en la que se entrelazaban lutos. El amor era cosa de ricos. Los pobres tenían hijos. Trece, en su caso. Uno detrás de otro. 

Nunca se quejó de nada. Lloró en silencio las muertes y asumió su vida. Llenó cada día el puchero y hacía magia con tijeras e hilo. 

Él salía cada mañana y ella, los domingos a misa. Siempre juntos, como en esa foto sepia de la pared. Uno al lado del otro, pero sin llegar a tocarse. 

Al principio fueron cosas pequeñas. Preguntar tres veces por el tiempo. Quedarse parado frente al armario. Dar vueltas al café sin azúcar. Ella fue buscando soluciones a cada necesidad y a dejar notas que indicaban lo que había dentro de los cajones y los botes.    

Hace un tiempo que Manuel le coge la mano, la acaricia y le canta al oído. 

– Me enamoré la primera vez que te vi. Sé que estoy perdiendo la memoria, pero te recuerdo Amanda. Nunca olvidaré esos ojos verdes.

Carmela sonríe. Le aprieta la mano y aparta la mirada, para que no vea caer una lágrima de sus cansados ojos marrones. 

38. EN SEPIA (Nani Canovaca)

La foto de su boda fue en blanco y negro. Por entonces todavía no las había en color, en todo caso sepia. Siempre contó con dolor que las jóvenes que eran acompañadas de su familia se casaban de blanco, pero las que no tenían un padre que las acompañara al altar (el suyo fue tiroteado y dejado en aquel barranco), no se vestían como la novia pura. Y aunque todavía llevaba el luto prendido en el corazón, decidió que fuera marrón su traje, así serviría para otros momentos. Intentó que ese luto fuera cambiando de color con la llegada de los hijos, pero no era fácil vivir con ese puñal hundido, con ese pesar y con las desolaciones que siguieron. Cuando empezó a descubrir el verde manzana que tanto le gustaba, aquel pecho que empezó a supurar después del último parto, la fue apagando. Le hizo frente y aunque era muy doloroso, aguantó hasta que aquellos hijos empezaron a respirar por si solos o eso creyó. Entonces comenzó a perder la batalla y una tarde de finales de verano, divisó en el horizonte aquella familia que la esperaba desde hacía tanto tiempo y, se dejó ir buscando paz.

36. COÑAC Paloma Hidalgo

Me encanta, pero no quiero ponerme un jersey de ese color.
Recuerdo a mi padre en el zaguán de casa despidiéndose de nosotras, con el traje de pana de los domingos, retorciendo la boina entre sus manos. También el gesto severo de mi madre cuando cerró la puerta tras él. Y que a partir de ese día fui perdiendo mi infancia entre las ubres de la vacas que empecé a ordeñar, muy temprano cada mañana, y las boñigas en las que a veces se me hundían los pies. Una tarde de invierno, sentadas al amor del brasero tras la labor, mi hermana mayor osó preguntarle lo hasta entonces tabú. Ella dudó. Después se santiguó, y empezó a contarnos que con cada nueva preñez, padre solía acercarse a la ermita a encender una vela para que llegara un varón, y que como solo le cuajaron niñas, cinco niñas, él se fue distanciando del Altísimo, y que así al diablo le resultó fácil convencerle para que probara el coñac peleón de la taberna de Braulio, ese licor que al cabo de un tiempo pasó a ser su única familia.
Por favor, intenta cambiarlo por uno gris. Uno negro también me valdría.

35. DEMENCIA

Sentada en la mecedora acunaba a su bebé, arrullándolo suavemente con nanas dulces y gastadas. «Mira qué bonita es mi chiquitina. Tiene ojitos marrón coca cola como los míos», decía. Y le daba besitos en la frente mientras se reía y preguntaba con esa voz tontorrona que se usa para hablar con los bebés: «¿Quién es la cosita bonita de mamá?»

Él dejaba pasar la tarde ojeando el periódico. De vez en cuando levantaba la vista para comprobar si estaba bien y para observarla. Le gustaba ver a su madre así de contenta; con sus ojitos marrones chispeando de nuevo. Cuando llegó la hora de dormir ayudó a la anciana a colocar el muñeco en la cama y a acostarse con él. Colocó bien el edredón, pasó con cariño la mano por su pelo y la tranquilizó: nadie iba a quitarle a su bebé. Este ya no se lo iba a quitar nadie.

34. CALIQUEÑOS (Carmen Cano Soldevila)

Eran tiempos de canciones victoriosas y filas apretadas en el patio del colegio. De ollas de barro cociéndose en la leña a fuego lento. Su color y su aroma se mezclaban con el de la tierra en las abarcas de papá, con sus silencios inesperados.
Eran tiempos del bando en las esquinas, del caliqueño en la boca de los hombres que sabían mandar. No como el abuelo, al que mamá visitaba allá en la ciudad y le llevaba una cesta de comida.
Aquellos tiempos se volvieron aún más oscuros el día en que encontré a mamá llorando con un papel arrugado en las manos. Y en las baldosas, un puro aplastado. En ese instante comprendí cuál era el color del miedo.

33. GENERACIÓN ROBADA

Manuel se quedó mirándola fijamente, como si hubiera visto a un fantasma.
En su pueblo no estaban muy acostumbrados a ver a gente no europea.
Sólo habían visto a latinoamericanos o magrebíes, pero jamás a una australiana aborigen.
Por eso, cuando la vio en clase, con su piel color chocolate, sus grandes ojos, el pelo ensortijado y un miedo atroz en la mirada, quiso conocerla.
Lo de comunicarse, iba a ser más difícil. Pero como estaba convencido de que el valor de la amistad era infinito, prometió que mejoraría su inglés. Era la única manera de acercarse a ella mientras no aprendiera castellano.
Así supo que los padres de Aremi formaban parte de la llamada «Generación Robada».
Habían sido secuestrados con el beneplácito de su Gobierno y separados de su familia para ser criados de acuerdo a la cultura occidental.
También conoció su inenarrable sufrimiento cuando tuvieron que alejarse de sus ancestros y, sobre todo, cuando se vieron obligados a entregar en adopción a Aremi a una pareja blanca.
Ahora, Manuel sabía que tendría un nuevo objetivo: ayudar a que su amiga encontrase a sus padres biológicos, investigando juntos a través de Internet.

32. El disfraz del miedo (Salvador Esteve)

Con la bayoneta calada marchamos atropelladamente hacia la línea enemiga. La lluvia cae cruelmente sobre mi rostro y el miedo va calando en mis huesos. Morteros y truenos se entrelazan en un concierto de sangre. Los compañeros desmembrados y el barro tejen una alfombra de muerte. Ignoro la súplica de mis camaradas, aparto la mirada del amigo herido y sigo avanzando. Grito desgarradamente cuando una onda expansiva me lanza hacia una hondonada. Quedo cubierto de lodo, es mi oportunidad de sobrevivir; permanezco inmóvil.  Poco a poco, el retumbar de la guerra se va convirtiendo en susurro.

Sigo inmóvil, el terror atenaza mis músculos. Pienso en mi mujer y en mi hija, el deseo de volver a verlas me reconforta como coartada a mi falta de valor.

Sigo inmóvil. El alba trae nuevos y escalofriantes sonidos; alimañas carroñeras devoran los restos de los muertos y rematan a los moribundos.

 

Sigo inmóvil.  Del fango ya seco emerge una lombriz que surca la tierra buscando alimento.

 

Sigo inmóvil. El otoño deja caer las hojas; las estaciones se suceden.

 

Sigo inmóvil. Tal vez cuando el miedo deje de oprimir mi espíritu, cuando perdone mi cobardía, pueda por fin levantarme; tengo una eternidad para conseguirlo.

31. El Lienzo

Como de costumbre, antes de empezar un nuevo lienzo, le hago una pequeña reverencia y le susurro a la tela: ¿Qué quieres ser?

Así hice. Luego es un dejarse ir por las emociones a través de los trazos, buscando a través de ellos diversas formas de hurgar en la propia alma…para despertar alguna idea a seguir y empezar una nueva aventura.

En estado casi hipnótico, hundí el pincel en la paleta de los arenas, pero curiosamente, al trazar la línea, el lienzo absorbió totalmente la pintura, dejando un rastro de gotitas transparentes desafiando la gravedad…

Sorprendida, me acerqué para observar el fenómeno y acerté a escuchar su petición:

“Seré lo que tú quieras que sea, pero a cambio, me como el marrón”.

Me salió un lienzo chantajista…Por eso, mi cuadro tiene toda la gama de colores, menos el que se comió.

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