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Todos se callan para que el cumpleañero sople las velas. El niño asume su protagonismo con ciertos nervios. Cierra los ojos, se concentra en su deseo, visualiza sus colores intensos, luminosos, y espira con fuerza. La llama tintinea, tiembla y se reduce, pero engorda y resurge con nuevos bríos. Frunce el ceño, contrariado. Coge todo el aire que cabe en sus pequeños pulmones, infla los mofletes y bufa con un vigor ajeno a su corta edad. La llama aguanta, altiva, indiferente a su feliz cumpleaños. La observa con la mirada ya nublada por unas lágrimas aún contenidas, casi al borde de rodar por el precipicio de sus mejillas. Descubre su salvación en un vaso de agua. Lo agarra, y antes de verterlo sobre la orgullosa llama, vuelve a cerrar los ojos para proyectar su colorido deseo, pero sólo encuentra la blanca opacidad del olvido y el obtuso negror de la rabia.
Voy a tener fe en ti esta noche. Creo tu historia de dragones coloridos y montañas nevadas mientras te abrazo. Mientras los truenos restallan fuera y la vida quiere regresar. Casi puedo rozarla con la punta de los dedos, como luciérnagas que nos sobrevuelan. Y parece que todo está bien. Que todo está en calma. Que es real. Pero la verdad es obcecada, testaruda como un crío pequeño y paciente como el mar. Me sonríe triste al fondo mientras despiertas, una vez más, otra mañana más, en modo blanco y negro.
Una mujer libre no acepta prohibiciones. Ni siquiera las de Él: de todos los árboles pueden comer, menos de ese, el de la ciencia. Justo el que parece inclinar sus ramas hacia las manos. Por eso alarga el brazo desnudo y, con buen pulso, escoge el fruto que más brilla: nada cambia tras terminárselo. Los niños corren entre jaras y cantuesos por aquel paraíso intacto. El cuerpo de su esposo se dora como siempre junto al rebaño. Y sus senos conservan aún la firmeza del pan recién hecho. Ciencia ficción divina con la que trata de asustarlos cada poco el de arriba, se dice risueña antes de cerrar los ojos. Pero mañana, al despertar, en el negro vértice del pubis habrá algo que ayer no estaba.
Había dos niños dibujados en blanco y negro en un muro de hormigón. Jugaban en la arena con sus palitas, rastrillos y cubos de plástico. Solo el cubo era amarillo, un amarillo intenso que quería apagar los tonos grises del muro. Una brecha se abrió en el muro, sobre los niños, y permitió ver al otro lado una playa de aguas de plata, cielos azules y palmeras verde esperanza. Los niños saltaron del muro y lo quisieron derribar con sus juguetes de plástico para alcanzar la playa. Vinieron más niños que también procedían del muro y lo querían cruzar con globos de colores y flores de papel. Pero los soldados dispararon y el cubito amarillo de plástico, y el globo rojo con forma de corazón, y los ramos de flores de colores desaparecieron. Los soldados dispararon y lanzaron bombas contra los niños, contra sus padres, contra las gentes que quisieron cruzar el muro fronterizo, que recuperó su tono gris de acero impenetrable. Y la brecha que permitía ver la playa se cerró, dejando para siempre a este lado del muro a niños fundidos en blanco y negro.
Desde que nací mi mundo fue blanco, negro y una infinita gama de grises. Los parques eran una colección de sombras en movimiento; los semáforos, un juego de luces en diferentes posiciones; los atardeceres, un cambio de claridad.
Mi madre me explicaba que el amarillo era el color del sol, de la luz; el verde, el de la naturaleza, de las esperas; el azul, el del cielo y el mar, de las cosas que se respiran. Yo intentaba imaginar lo que nunca había visto.
Y fue un pintor quien irrumpió en mi vida. Él hablaba en colores. Amaba los amarillos que desobedecían la noche, los violetas que pedían silencio, los rojos que ardían sin quemar. Yo lo escuchaba como quien oye un idioma hermoso sin comprenderlo.
Un día me llevó a su estudio para mostrarme su nuevo cuadro, aquel que simbolizaba nuestro amor, la pasión con la que nos entregábamos. Rojo ardiente se titulaba.
Encendió una lámpara especial, un invento suyo, un filtro extraño de luces y espejos.
—No verás los colores —me advirtió—. Pero tal vez veas algo distinto.
Y lo vi.
Un destello. Un temblor vibrante. Una herida luminosa que atravesó mi corazón.
El otoño se había hecho fuerte en cada rincón de la llanura. Ya el color de la flor del algodón contrastaba con su piel esclava. Las espinas inmisericordes teñían la flor, pero si eras joven, bella y las líneas de tu cuerpo llamaban al deseo, podías cambiar el blanco sangre por el albo de las sábanas del amo. Podías cambiar el dolor del cuerpo por la aflicción del alma. No era el caso de Sarah, pues su desfigurado rostro la descartaba de ser señalada.
A lo lejos, escuchó estruendos y el cielo se iluminó como en una tormenta sin nubes. Había oído que luchaban por la emancipación de su pueblo. Ella no lo creía; hacía tiempo que la esperanza había muerto en su pensamiento, ya no soñaba. Pero aun así, sintió un deseo irrefrenable de ir al barracón donde, en una tablilla, como un tesoro, guarda las palabras que su padre, en la clandestinidad, le enseñó.
Cuando el sol, cansado de impartir justicia, se ocultó para descansar, arrastró los pies hasta su camastro y, arrodillada, tomó un trozo de carbón y, con la mano temblorosa por el dolor y la incertidumbre, escribió la palabra.
La primera vez que la visité me rogó que me fuese: sólo había sido esa noche, no volvería a pasar, que esperaba un bebé. Sobre la cama revuelta el desgarrado vestido de novia iluminaba la estancia. Cedí. En la calle llovía y me empapó.
La segunda vez yacía inmóvil y estaba desfigurada pero reconocí su mirada en los ojos del niño que se arrodillaba a su lado. Cuando fui a tocarla, las lágrimas del pequeño calaron en mis viejos huesos, la tormenta se desató en mi interior y decidí ponernos a todos a cubierto.
Hoy los truenos no cesan y la espero al pie de la ambulancia. Los sanitarios la cubren con una sábana que se tiñe de lluvia y sangre. La envuelvo en mi capa y la abrazo como la amiga que es. Los guardias esposan al hombre al que visitaré en prisión, al que mostraré el poder de la tempestad y el filo de mi guadaña.
Blanco, así ha amanecido hoy. De camino al trabajo observo la ciudad. El sonido se amortigua como si la vida transcurriera a cámara lenta, silenciando el momento. Una vez dentro, la jornada laboral transcurre como cualquier otro día, con prisas de última hora, nervios por llegar a tiempo, por cuadrar pedidos, porque parece que el mundo se acaba en esas ocho horas. Cuando apago el ordenador, el director me llama a su despacho. Tras unas buenas palabras de cortesía me dispara sin compasión agujereándome por dentro. En shock recojo mis pocas pertenencias mientras aguanto las lágrimas y ni si quiera me despido de los pocos compañeros que aún se encuentran por la oficina.
La lluvia arrecia cuando salgo a la calle que me recibe tan oscura como puede ser el futuro de un cincuentón en desempleo. Las farolas parecen apagarse y el ruido de la circulación desaparece arrinconado en el fondo del cerebro. Todo se ha vuelto negro.
En el cielo de Sarajevo, de madrugada, encuentro el mismo silencio blanco que en África. Blanco de muerte. El guía nos ha recogido en el aeropuerto y nos ha ayudado a sortear los escombros ennegrecidos y humeantes hasta una azotea que domina el tramo principal de la avenida. Hay un cartel que advierte: Pazi – Snajper! Le entregamos los sobres con el dinero. El mío es el más abultado porque quiero asegurarme la mejor pieza. Me acuclillo y acaricio la culata de mi escopeta desdeñando las miradas ávidas de los otros cazadores. La silueta de la pantera negra que me cobré en mi última batida sigue impresa en la mirilla telescópica. En algún lugar, un reloj da las ocho y mis compañeros se ceban ansiosos con los desgraciados que necesitan ir a trabajar. La silueta es ahora un cuerpo abatido que resultó no ser de un animal, sino de una joven negra. Pasan obreros, oficinistas, alumnos. Yo espero hasta que ella surge de detrás de un autobús destrozado. Torpe, aterrada, con la piel blanca como la mía. La doble presa: una mujer embarazada. Y como aquella vez en la sabana, vuelvo a sentir la erección en mi entrepierna.
Un sol blanquecino asomaba ya entre celajes grises. Elvirita se vestía para el trabajo tras una larga noche cuidando a padre. Decía su hermano que igualdad sí, claro, pero que las mujeres son mejores cuidadoras. En el móvil, Noticiarios Digitales —el cibermundo al alcance de los españoles— glosaba los éxitos cinegéticos de nuestro Líder, y llamaba a colaborar en la deportación patriótica de ilegales. Contaba también que el misterioso proceso de blancoinegrización espontánea ya había llegado a las ciudades, ahora que los últimos animales salvajes habían amanecido blancoinegrizados. Eso desmontaba el alarmismo de los ecologistas, que no entienden que cambios ha habido siempre, y que, sin que haya que hacer nada, los animales se adaptan al blanco y negro como antes a la tontería esa del calentamiento.
Elvirita pensó qué vestido provocaría menos a su jefe, que ya se sabe que el liderazgo y la testosterona van unidos, y eligió el verde. Pero fue ponérselo y volverse gris marengo. Ya en la calle, unos muchachos dijeron algo sobre sus piernas y su carita de rosa, ay como la pillemos. Notó cómo le ardían cara y piernas. No necesitó ningún espejo para saberse ya enteramente virada a blanco y negro.
Salgo de mi camerino con gafas de sol. Mi compañera de reparto ―mucho más joven que yo y vestida con el hábito―, deslumbra con su mera presencia. El director, enfurecido, brama que me las quite. Yo obedezco, pero mis ojos siguen sin acostumbrarse y los entorno.
―¡No, no y no! ¿Sería alguien tan amable de decirle a ese Don Juan que haga el favor de abrir los ojos como platos?
Mi mirada es mi mayor activo. Soy capaz de explicar historias solo con mis ojos y los movimientos de mis cejas. Así que me esfuerzo, los abro de par en par, noto el picor, cómo las lágrimas están a punto de brotar. Resisto. La cámara está encendida. Ella recostada en el diván, yo acariciando sus manos, ella cerrando los ojos, suspirando. Abro la boca, muevo mis labios y entonces el silencio que se sostiene durante unos segundos. Miro a mi alrededor desconcertado, no identifico al que ha de mostrar los intertítulos. Indignado, vuelvo a ponerme las gafas y me encierro en mi camerino. Acepté un cambio en el contrato, pasar del blanco y negro al color, pero jamás saldrá una palabra de mi boca.
Estoy obligado a asomarme por este ventanal privilegiado y a permanecer inmóvil cuando alguien entra en el salón; ese es mi castigo.
Debo observar todo lo que acontece y escuchar todas las conversaciones. A veces resulta agradable, placentero; otras, en cambio, odioso. He oído cosas que me han dolido mucho. Aun así, agradezco poder seguir viendo a mis hijos, mis nietos…
Aunque aquella vez que tuve que contemplar a mi nieta retozando con su novio cuando creían que estaban solos en casa, no se lo deseo a nadie.
Cierto es que no reniego de ser una fotografía, y aunque no deseo estar en un álbum olvidado al fondo de una estantería, sí quisiera permanecer en un lugar con vistas al horizonte y que el ventanal fuese a todo color, no en blanco y negro.
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