¿Te falta alguno de nuestros recopilatorios?
PREMIO A CURUXA 2024
PREMIO SENDERO EL AGUA 2024
***
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas


En el cielo de Sarajevo, de madrugada, encuentro el mismo silencio blanco que en África. Blanco de muerte. El guía nos ha recogido en el aeropuerto y nos ha ayudado a sortear los escombros ennegrecidos y humeantes hasta una azotea que domina el tramo principal de la avenida. Hay un cartel que advierte: Pazi – Snajper! Le entregamos los sobres con el dinero. El mío es el más abultado porque quiero asegurarme la mejor pieza. Me acuclillo y acaricio la culata de mi escopeta desdeñando las miradas ávidas de los otros cazadores. La silueta de la pantera negra que me cobré en mi última batida sigue impresa en la mirilla telescópica. En algún lugar, un reloj da las ocho y mis compañeros se ceban ansiosos con los desgraciados que necesitan ir a trabajar. La silueta es ahora un cuerpo abatido que resultó no ser de un animal, sino de una joven negra. Pasan obreros, oficinistas, alumnos. Yo espero hasta que ella surge de detrás de un autobús destrozado. Torpe, aterrada, con la piel blanca como la mía. La doble presa: una mujer embarazada. Y como aquella vez en la sabana, vuelvo a sentir la erección en mi entrepierna.
Un sol blanquecino asomaba ya entre celajes grises. Elvirita se vestía para el trabajo tras una larga noche cuidando a padre. Decía su hermano que igualdad sí, claro, pero que las mujeres son mejores cuidadoras. En el móvil, Noticiarios Digitales —el cibermundo al alcance de los españoles— glosaba los éxitos cinegéticos de nuestro Líder, y llamaba a colaborar en la deportación patriótica de ilegales. Contaba también que el misterioso proceso de blancoinegrización espontánea ya había llegado a las ciudades, ahora que los últimos animales salvajes habían amanecido blancoinegrizados. Eso desmontaba el alarmismo de los ecologistas, que no entienden que cambios ha habido siempre, y que, sin que haya que hacer nada, los animales se adaptan al blanco y negro como antes a la tontería esa del calentamiento.
Elvirita pensó qué vestido provocaría menos a su jefe, que ya se sabe que el liderazgo y la testosterona van unidos, y eligió el verde. Pero fue ponérselo y volverse gris marengo. Ya en la calle, unos muchachos dijeron algo sobre sus piernas y su carita de rosa, ay como la pillemos. Notó cómo le ardían cara y piernas. No necesitó ningún espejo para saberse ya enteramente virada a blanco y negro.
Salgo de mi camerino con gafas de sol. Mi compañera de reparto ―mucho más joven que yo y vestida con el hábito―, deslumbra con su mera presencia. El director, enfurecido, brama que me las quite. Yo obedezco, pero mis ojos siguen sin acostumbrarse y los entorno.
―¡No, no y no! ¿Sería alguien tan amable de decirle a ese Don Juan que haga el favor de abrir los ojos como platos?
Mi mirada es mi mayor activo. Soy capaz de explicar historias solo con mis ojos y los movimientos de mis cejas. Así que me esfuerzo, los abro de par en par, noto el picor, cómo las lágrimas están a punto de brotar. Resisto. La cámara está encendida. Ella recostada en el diván, yo acariciando sus manos, ella cerrando los ojos, suspirando. Abro la boca, muevo mis labios y entonces el silencio que se sostiene durante unos segundos. Miro a mi alrededor desconcertado, no identifico al que ha de mostrar los intertítulos. Indignado, vuelvo a ponerme las gafas y me encierro en mi camerino. Acepté un cambio en el contrato, pasar del blanco y negro al color, pero jamás saldrá una palabra de mi boca.
Estoy obligado a asomarme por este ventanal privilegiado y a permanecer inmóvil cuando alguien entra en el salón; ese es mi castigo.
Debo observar todo lo que acontece y escuchar todas las conversaciones. A veces resulta agradable, placentero; otras, en cambio, odioso. He oído cosas que me han dolido mucho. Aun así, agradezco poder seguir viendo a mis hijos, mis nietos…
Aunque aquella vez que tuve que contemplar a mi nieta retozando con su novio cuando creían que estaban solos en casa, no se lo deseo a nadie.
Cierto es que no reniego de ser una fotografía, y aunque no deseo estar en un álbum olvidado al fondo de una estantería, sí quisiera permanecer en un lugar con vistas al horizonte y que el ventanal fuese a todo color, no en blanco y negro.
1 de diciembre — Me he levantado de mejor humor que ayer. Vestido como Lennon en la portada del Abbey Road, voy por la calle jugando a cruzar pasos de cebra. Los vecinos me saludan con sus caras endomingadas mientras silbo una canción. Hace un sol radiante.
2 de diciembre — El despertador suena demasiado temprano cuando el sueño es profundo. Los lunes aparecen nostalgias oscuras que me aprietan el pecho. Amaneció nublado. Sin ganas de silbar, arrastro los pies hacia la oficina, el cuchitril de un inmueble que parece un cementerio.
3 de diciembre — Cumplo 55 años. Solo me he felicitado yo frente al espejo. Antes apuntaba en mi lista blanca a los que se acordaban de mí. En la negra, a los que no. Afortunadamente ya dejé esos rencores absurdos. Hoy tomaré unas copas para celebrar que estoy vivo.
4 de diciembre — Entre las brumas de la resaca ha aparecido el recuerdo de mi padre. Si heredo su caducidad, me queda poco tiempo. Mi vida está manchada de días oscuros, sin ningún logro reseñable. Cada vez me siento más cerca de la tumba, tan parecida a mi oficina.
5 de diciembre — Página en blanco.
6 de diciembre — Fundido en negro.
Después del amor te lavas las puntas de los dedos. ¿En el blanco aguamanil traído de las Europas, o en una jarra de barro negro de la tierra?
Entro en el aula de música con el corazón desbocado. Miro la imagen que preside la clase desde hace años y sonrío. Como de costumbre, antes de empezar, escribo la fecha. Pero hoy estreno una tiza de mayor grosor y, en mayúsculas, pongo en el centro de la pizarra. JUEVES, 20 DE NOVIEMBRE.
Luego, reparto a mis alumnos una hoja impresa en tinta negra con la letra de una canción. Abro el piano blanco, me siento en la banqueta negra, coloco la partitura en el atril y comienzo a tocar la melodía. Los niños me acompañan, tímidos al principio, pero se animan con el compás de las notas que surgen del teclado color cebra. Sus voces, ahora eufóricas y alegres, vuelan como palomas liberadas de jaulas ennegrecidas; se escapan al pasillo; llegan al despacho del director, que levanta la mirada de su escritorio, sorprendido; atraviesan el edificio de la escuela; se esparcen por las calles; penetran en los comercios; alcanzan el pueblo vecino y el siguiente; superan las montañas; inundan la provincia; dominan la región, y se pueden escuchar hasta en el último rincón de un país con ansias, por fin, de libertad.
El funcionario viste de negro y mira la pantalla blanca del ordenador. No levanta la vista. Tú estás de pie. No eres una amenaza. No molestas por quién eres, sino porque existes donde no toca.
Cuando empiezas a hablar, ya te han clasificado. La piel habla antes que tú. El origen. El acento. La ley es clara. No admite matices. No pregunta por el viaje, ni por el hambre, ni por los muertos que dejaste atrás. Admitirlos sería mancharla.
Esperas con otras personas. Cuerpos cansados. Madres que han aprendido a callar. Hombres agotados. Niños que juegan a no existir. Nadie protesta. Todo está diseñado para que aceptéis. Las paredes son blancas. El silencio es negro. Un guardia vigila sin mirar. Su conciencia está en descanso. El racismo se presenta como orden, como defensa, como sentido común del primer mundo, que protege su comodidad con palabras limpias y decisiones sucias.
Te suben a un autobús oscuro. A través del cristal ves luces blancas, escuelas, hospitales, mesas servidas. Sabes que alguien dirá que no es culpa suya y dormirá tranquilo.
El autobús avanza hacia la noche. Detrás queda un país satisfecho. Delante, sobrevivir.
Entre ambos, una línea.
Mamá es una nube blanca y esponjosa, parece hecha de algodón de azúcar. Me gusta sentarme en sus rodillas y dejar que me envuelva con sus besos y su olor a canela. Sus palabras me hacen cosquillas en las orejas y en la nuca, y no puedo parar de reír. Esos días pienso que no quiero crecer más.
Papá, en cambio, es como una nube de tormenta. La ves venir porque apaga la luz del sol, y el cielo se vuelve negro, y la casa se queda a oscuras. Entonces, de la boca de papá salen truenos que hacen retumbar las paredes, y sus ojos brillan como si tuviera relámpagos dentro. Cuando eso pasa, la nube blanca de mamá moja sus ojos, y entonces quisiera hacerme mayor de repente y salir de allí volando.
A veces, la nube negra también llora, pero es una lluvia que mancha las calles, y los coches, y la ropa tendida. Y yo siento que mi piel deja de ser rosa para volverse gris.
Por eso me gusta el viento que arrastra las nubes y me despeina. Porque entonces sale el sol, y mamá, el mundo, y mi piel vuelven a ser de colores.
En la foto, que manoseas con la mirada y con los dedos, apareces tú, Nikolái y vuestro hijo Lev. Es en blanco y negro. No se distingue el color de tus ojos. Un poeta dijo que eran los ojos verdosos de un tigre polar. Un tigre abatido por los suspiros y los miedos. Nikolái, fusilado. Lev pudriéndose en una cárcel tras otra.
La desdicha te hizo prisionera en sus redes, pero tú te ovillas a su lado y dices: “Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche” Cuál es tu soñar, princesa errante, enamorada del amor. Dicen que coser un calcetín es para ti un problema irresoluble. Cocer patatas toda una hazaña. Pero todos los días, bajo la luz indiferente y mustia de una luna, que parece de melón, remiendas tu ropa andrajosa y tu corazón enamoradizo. Quizá sea cierto que no se te da bien lo primero, pero ¿qué saben los demás de la maestría que has alcanzado en lo segundo?
Por las orillas del Neva cruza sobre el hielo tu triste canción. Sopla la brisa ligera del ocaso, y se oye el chirriar de las llaves carceleras. Duerme tranquila, Anna, ya no perturbarán más tu amargo sueño.
Su gran variedad de grises sugiere la presencia de muchos colores, pese a ser una foto en blanco y negro. En ella aparece sobre un escenario junto a otros niños, todos con las manos atadas atrás y una manzana colgando delante de la boca. No lo debería estar haciendo muy bien, porque recuerda que alguien, quizá la misma persona que, a modo de mago o verdugo, le había anudado las muñecas, en un momento dado se las liberó para que pudiera ayudarse de las manos.
Le basta con mirarla para volver a verse allí arriba, cegado por uno de los focos, perdido y ajeno a cuanto le rodeaba: a aquella esquiva manzana, al resto de participantes, a sus padres, a su hermano mayor y demás gente del público, como también a ese individuo sin rostro que —magnánimo como tal vez nadie lo haya vuelto a ser con él— decidió concederle aquel privilegio, una ventaja que no quiso aprovechar. (Fuera de concurso)
Rose pagó el billete al conductor y bajó del autobús para entrar de nuevo por la puerta de atrás, la zona reservada para la gente de color. Los soldados de la base con permiso semanal completaban el aforo blanco con lo que pronto mermarían las plazas de color. Estas, en cambio, apenas estaban ocupadas debido a las celebraciones del Mardi Gras.
Reconoció al señor Garnet; vestía un elegante traje gris, chaleco y camisa blanca, llevaba una máscara veneciana en la mano. Al ver las primeras plazas ocupadas se dirigió al final del vehículo y se sentó junto a Rose.
—Buenos días —dijo.
Rose devolvió el saludo con una sonrisa y un movimiento de cabeza.
El tiempo que transcurrió fue muy breve. Todos cogieron aire y abrieron mucho los ojos mientras los frenos gritaban. Después un tranvía hizo desaparecer la mitad delantera del autobús.
Rose y el señor Garnet dejaron de ver el interior del autobús para ver St. Charles Avenue entre un marco de hierros retorcidos.
Cuando el estupor les permitió mirar a un lado vieron en el suelo el cartel que rezaba «Blancos» desmadejado a pocos metros del resto del autobús, que rezumaba un color rojo brillante.
más de 15000 relatos

más de 6 millones de visitas









