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Cada lunes se acerca al quiosco con sus boletos en la mano y el corazón en vilo, esperando que la máquina le diga que tiene seis aciertos. Seis números que la libren del dolor de huesos que le provoca vivir; que le permitan disfrutar de sus últimos años, viviendo como una reina; que le ayuden a dejar a sus hijas con el futuro arreglado.
—Nena, ¿qué crees que es más fácil, acertar seis en la primitiva, o que un meteorito impacte en la Tierra? —le pregunta a Conchi, la lotera.
—Fácil: hacerte rica es una probabilidad entre catorce mil, y nuestra extinción definitiva, dinosaurio style, una entre trecientas mil —le contesta una chica con gafas de empollona que espera su turno en la cola.
—Pues por eso sigo jugando —comenta en voz alta—, porque espero que me toque algún día.
Mientras tanto, Conchi revisa los boletos en el escáner. Cero euros.
—¿Lo de siempre? —pregunta. Y ella asiente con la cabeza.
Cuando sale a la calle mira al cielo. Si las estimaciones son correctas, una roca enorme impactará en tres semanas. Espera que, por una vez, la ciencia se equivoque.
—¿Qué haces?
La voz de su hija irrumpió en la madrugada a su espalda. Demasiado cerca. Se volvió hacia ella en un escorzo tratando de parapetar con su cuerpo la caja que llevaba en las manos. Ahí estaba abrazada a su peluche mirándole. Expectante. Confusa. Inquisitiva.
—Nada. ¿Qué haces aquí? —recuperó una postura más natural confiando en mantener oculto el puzle de la tabla periódica.
—No me duermo. Y me hago pis. —dijo ella frotándose un ojo—¿Eso es un puzle de la tabla periódica?
—¿Qué? — se le congeló una mueca.
La niña miró los papeles de regalo desplegados sobre la mesa.
—¿Qué pasa, papá?
—He oído ruido y me he levantado y… pues…
—Jolín, papá. Los has interrumpido. Se habrán ido.
—Tranquila, hija. Vamos a la cama. Volverán cuando estemos dormidos. Venga… —la caja se le cayó explotando en doscientas piezas.— Dios… Vale. Vete a la cama, corre. Lo recojo rápido y me voy a dormir.
La niña cogió la pieza que llegó a sus pies y se la dio apresurada.
—Corre papá. Déjalos trabajar. No interrumpas más. —le besó y se marchó corriendo.
Miró la pieza antes de devolverla a su caja. «Hierro». Sonrió. Suspiró. Resopló.
Un policía se detiene frente a él, lo empuja, cae de rodillas y empieza a rezar, aunque tenía la certeza de que no era el lugar apropiado y Dios no escucharía sus plegarias. Su madre ya se lo había avisado desde muy joven: “Todo lo malo que te sucede es por falta de fe”.
El policía escupió el palillo que tenía entre los dientes, se le echó encima, le abrasó la cara con el asfalto y lo inmovilizó con las bridas. Con la rodilla hundida en su cuello le aseguró que Dios estaba cansado y había dejado de conceder deseos. Lo sabía de muy buena tinta: en este mundo todo era cuestión de tener buenos contactos y él los tenía hasta en el infierno.
Con la vista fija en las ruedas de los coches, aún alcanzó a ver de reojo un trocito de cielo y pensó en su madre. Seguro que ella podría interceder. Después de tantos años, habría creado vínculos allá arriba y podría ayudarlo. Sin poder respirar, le pidió que no terminara todo en aquella avenida y pudiera volver a escuchar los golpes de los presidiarios en las paredes.
Doña Paquita regaba todos los días un zapato viejo que rodaba por el patio. Creía firmemente que ese sencillo gesto haría que brotaran flores allí donde fuese, en este caso en el zapato solitario. Llevaba tanto tiempo haciéndolo que ya nadie le hacía caso. Y como quiera que la vida a veces tiene sus cosas, de alguna manera, llámese insecto, llámese viento, llámese pájaro, cayó una semilla dentro del zapato, brotó un tallo y de él salieron tres florecillas minúsculas, que no dejaban de ser flores, al fin y al cabo, lo que supuso un pequeño alboroto, un pellizco de alegría y felicidad, pero sobre todo, la confirmación de que siempre estuvo en lo cierto. Así que con todo el convencimiento del poder de su fe y dispuesta a ver salir el sol cuando asoma por el horizonte sin nada por medio que le estorbe, se ha propuesto modificar un poco la orografía local, y ahí está desde entonces, sentada en silencio en el porche de su casa, mirando al macizo y concentrada en esa idea fija, a ver si un día de estos se obra el milagro.
Cuando su fe ya no le alcanzaba para afrontar aquella situación, decidió pasar por el quirófano, aunque el facultativo le advirtió de que, por haber desconfiado de la ciencia tantos años y haberse dejado aconsejar por matasanos, la medicina no podía hacer gran cosa por él, salvo probar nuevas terapias y cirugías, no todas seguras al cien por cien. Tendido en la camilla y con aquellas lámparas sobre la cabeza, no le quedaba más que la esperanza de despertarse entero y a salvo, pero sus párpados agotados cortaron de raíz aquella cobarde reflexión.
Con el paciente sedado, el equipo se miraba con escepticismo ante aquel desafío, como si ni ellos mismos lo tuvieran muy claro. Al terminar la intervención, el sudor y la duda lo inundaban todo, y el último punto cerró la incisión.
En la sala de reanimación, una intensa luz penetraba por los ojos del paciente, y una voz dulce y angelical le daba una especie de bienvenida, señal de que todo había ido mal y que, como en sus creencias, estaba, lleno de cicatrices, a las puertas de la vida eterna.
Luego comprendió que la enfermera le estaba poniendo una sonda.
• Mamáaaaa
Dime hijo.
• La maestra nos ha pedido un trabajo con fe.
Pues a mí se me ocurre que hables sobre ferrocarril, lo de los trenes.
• No sé.
Vale, ¿qué te parece café?
• Genial, voy a hablar del que tú preparas que gusta a todo el mundo.
Me alegra, pero acuérdate de tu tía Federica, que te regala cochecitos en tu cumpleaños.
• ¿Y qué más?
Pues hoy he oído en las noticias algo sobre un mequetrefe.
• Me gusta.
No olvidemos a quien te ha pedido el trabajo, tu profesora.
• Olvídalo.
Acabo de recordar un cuento sobre el lobo feroz.
• Da miedo.
¿Te gusta feria?
• Me encanta el guirlache.
Algo muy importante es el mes en que naciste, febrero.
• No me atrevo a contarlo en clase.
Una idea, nuestro insoportable vecino es feo.
• Bien, has dado en el clavo.
Espera, tu gato es felino.
• Uy mi Roger se me había olvidado, voy ahora mismo a ponerle la cena.
Por cierto, la palabra más corta de todas es fe.
• ¿Y eso qué es?
No sé.
• Borrado.
Pero espera, todo lo que hemos hablado está bien, muy bien, pero…
• Pero… ¿qué?
Lo más bonito que hay con fe es feliz.
• Mamá, te quiero.
Soy el último mono en esta oficina de mierda. Por mi legendario despiste, siempre me endosan las peores tareas. No le caigo bien a nadie, mi jefe me desprecia y cuenta los días para poder despedirme. Así que, me digo, ¡de perdidos al río! Y, ante el asombro de mis colegas, me ofrezco voluntario para el encargo.
Mi abuelita siempre decía que tuviera fe, que yo había nacido con una flor en el culo, por lo que espero, de esta manera y con un poco de suerte, poder ganarme el favor de todos.
Es un hecho que ahora me miran distinto.
Despierto con renovado humor y afianzo la idea de tomarme el recado casi como una especie de feliz excursión. Tendré tiempo de conocer la ciudad y, quién sabe si de toparme con alguien afín… Son quimeras, lo sé, pero a lo mejor en la otra oficina alguien descubre mi gran potencial.
¡Pues a tomar por el saco mis expectativas! No sé en qué burbuja vivo…
He perdido el vuelo y, en el undécimo día de septiembre de 2001, puedo constatar que sigo siendo un imbécil…
Y que el mote de “desastre”, en ocasiones, se me queda pequeño.
Y Él añadió «con esto tiráis un tiempo, chavales» y nosotros transcribimos su Palabra en el Libro Sagrado. En su Segunda Venida, nos proveyó de leña seca, aparatos de luz, extraños recipientes con alimento y varias mantas. Arrodillados, tras implorarle que no nos llevara aún a su Reino, lo vimos alejarse. Se elevó por la Escalera de Jacob, llenó de claridad el Círculo y, antes de desaparecer, dijo «puta tapa, cómo pesa la condenada».
Palabra del Señor.
Asamos diez ratas para celebrar su Segunda Venida. Después bailamos alrededor de la hoguera, nos bañamos en nuestro río y nos emparejamos bajo las mantas, como hacían nuestros padres antes de partir.
Ahora estamos montando un altar junto a la Escalera de Jacob para ensalzar nuestras oraciones. En el centro hemos colocado un dibujo de Él, con su túnica azul y corona blanca iluminada, y, a su lado, la hoja que dejaron nuestros padres. En ella descansa el Primer Mandamiento, «Cuidaos mucho», el Segundo, «Rezad y Él vendrá a vosotros» y el Tercero, «No salgáis nunca».
Y no saldremos, esperaremos aquí para que nos encuentren cuando regresen, pero, mientras tanto, seguiremos elevando nuestros rostros hacia el Círculo. Hasta que Él vuelva a iluminarnos.
—¡Cojo! ¡Enfermo! ¡Fuera! —me gritaban, desde aquella vez.
Renqueaba calle abajo, mirando atrás. Me agazapaba en cada esquina. Cruzaba la calle temiendo que las ovejas descarriadas me encontraran.
—Ten fe, hijo mío. En tu nuevo destino encontrarás la paz.
Padre cerró la puerta y no miró atrás.
Al llegar, me enfundé mi oscura loba, alcé el cuello y cojeé libre. El sendero acariciaba mi pie. Las esquinas abrazaban mi cuerpo. Los miembros de mi nuevo rebaño sonreían al verme pasar.
—¡El paraíso! —exclamé.
Caminaba recto, por primera vez.
Escuché el trino infantil, por primera vez.
La mirada indefensa me atrajo, por primera vez.
Trastabillé, por segunda vez.
—¿Se encuentra usted bien, señor?
Envolví su mano diminuta con las mías. La guié hasta mí, como hice aquella vez.
Han transcurrido mil novecientos días desde que Don Javier, mi antiguo profesor de matemáticas, inició el ritual. Si vivierais en mi calle, si vuestra ventana diera a la esquina de Unamuno con Gracia, podríais describirlo igual que yo: llega diez minutos antes de la hora a la que sucedió todo, barre hasta dejar impoluto el espacio alrededor de la farola. Espera. Borra de la pequeña pizarra las marcas de tiza del día anterior. Espera. A las diez en punto, deposita un crisantemo y escribe la nueva cifra. Después, cierra los ojos, junta las manos y mueve los labios. Una oración, imagino.
Nunca ha faltado, nunca ha fallado en la cuenta. Lo sé: yo también la llevo. Lo hago desde que le vi acudir y le reconocí, al día siguiente del accidente, cuando aún no habían limpiado los restos de aceite y gasolina, cuando aún se distinguían en la acera las manchas de sangre que ella dejó. Aquella primera vez bajé por puro morbo y curiosidad. Ahora, cada día, cuando él se marcha, arrastro escalera abajo mi inconfesable y descreída envidia y tomo una fotografía de la estropeada pizarra. Hoy rezaba:
«Estaremos juntos = Eternidad – 1.900 días».
CUANDO SIN QUERER QUEREMOS CREER ( Gema Herráez )
Ángela mira el teléfono y al ver su número en la pantalla, -no lo ha borrado aún-, un nudo en la garganta aparece sin preaviso y siente la tentación de marcarlo. ¡Qué estupidez!, se dice. Nunca fue religiosa, -por supuesto estaba bautizada e hizo la comunión aunque de corto- pero porque eran los convencionalismos de aquellos años.
En su casa tampoco eran practicantes y Ángela hizo una transición natural y racional hacia el agnosticismo o, más bien, hacia el ateísmo.
Nunca hubiera imaginado que iba a hacerse ciertas preguntas a las que estaba segura de tener respuesta. Y la muerte de su madre, aunque esperada, la ha desarmado. Es tan fuerte el desamparo, la tristeza, la sensación de pérdida que añora tocarla, besarla, tenerla. Y de pronto se pregunta si estará en un lugar agradable y acompañada o si se sentirá sola. Reniega de estos pensamientos irracionales y sin sentido pero mientras tanto sus lágrimas se derraman y desconsolada siente el deseo irrefrenable de creer que allá donde ella esté sea feliz.
«Volverá pronto, ten fe», responde mamá, mirando al cielo estrellado, cuando le pregunto por mi padre.
Y yo sonrío, por no llorar.
Porque mis corazones saben que miente.
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