Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

33. A la sombra de la estrella

Aquella persona la vio mucho después que yo. Pero llegó antes. Sencillamente se topó con ella sin esperarlo. A mí me tocó presenciarlo desde una distancia injusta con impotencia y frustración.  El clamor interno de mi rabia quedó ahogado con la explosión de su júbilo y el brillo de sus ojos me ensombreció sin remedio. Qué le vamos a hacer… la ocasión es lo que tiene. Que la disfrute. Joder.

32. El descubrimiento

Las carabelas habían zarpado hacia poniente en busca de un camino más corto para llegar a las Indias y al cabo de unos tres meses divisaron tierra. Tan pronto como el capitán pisó la arena blanca de la playa, el rey de aquel país en persona le ofreció la llave del reino. También habían organizado un banquete de bienvenida para la tripulación. Una vez saciadas el hambre y la sed, les ofrecieron estancias cómodas para descansar y compañía para quien la requiriera.

En lo que siguió, los marineros contrastaron artes de pesca con los nativos y también les ayudaron en los campos. Los astrólogos les revelaron la posición de las estrellas de la buena suerte y los exploradores les mostraron todos los caminos. Los sabios intercambiaron conocimientos. Las dos partes aprendieron nuevas canciones.

Al cabo de un año ya habían nacido criaturas con la piel de un color que no era ni el de unos ni el de otros. Y mientras tanto, los forasteros se habían acomodado, incluso habían hundido las carabelas que les habían traído. La Historia debería esperar hasta octubre de 1492 para descubrir el Nuevo Mundo e iniciar su conquista según las pautas al uso.

31. Tarde de duelo (Susana Revuelta)

Sin apurarse, con calma, intenta transitar la joven viuda por el duelo, «¡ha sido tan repentino!», suspira en el velatorio enjugándose las lágrimas. A continuación balbucea un «necesito estar sola, disculpadme» y sale compungida al jardín de la mansión.

Allí busca un banco alejado, se acomoda y empieza por el principio, por la negación. Pero ¡ay!, lo único que no se puede negar es que estas cosas, antes o después, pasan; y más si tienes noventa años y estás achacoso perdido; es lo que hay, no se hable más. Y con las mismas, llega a la ira, pero a decir verdad este sentimiento le golpea con escasa intensidad. Aprieta los puños, frunce la nariz, intenta enojarse, pero nada. Con lo cual decide acometer la negociación, tercera fase, pero como no sabe qué es eso, pasa a lo siguiente, que es la tristeza profunda, la sensación de vacío, la depresión. El  para qué seguir adelante.

Y en esta tesitura se halla, cuando unas manos le tapan los ojos por detrás y nota un beso en el cuello. Es el jardinero quien pone la guinda a la quinta fase, la aceptación, la de aprender a vivir con su nueva realidad.

(Fuera de concurso)

30. LA OTRA VERDADERA HISTORIA DE “EL 47”

Los domingos nos reunimos alrededor de la mesa. Mientras juego con mis nietos, observo a mi mujer. Con el cariño y la dedicación de siempre, y la ayuda de mis hijas y nueras, se asegura de que todo esté al gusto de todos. A veces, entre cuñados surge el debate de si esta «típica» escena familiar es matriarcado o patriarcado. Las discusiones, respetuosas y saludables, acaban entre risas y copas de vino, y con un tajante “yo lo hago porque quiero, me apetece y me hace feliz” de mi mujer. Irrebatible.

Aquel día, yo no tenía que ir al barrio de la Guineueta. Mi jefe me envió a entregar un paquete porque yo era un mocoso mozo de almacén. Y ella, mi querida esposa, volvía a casa después de su clase de corte y confección. Cuando Manuel, el conductor, dijo que secuestraba el autobús para subirlo al barrio de Torre Baró, me asusté mucho. Ella lo notó, y apareció de entre varios pasajeros para tranquilizarme. Desde entonces, siempre me acompaña.

Y todos los domingos me pregunto qué hubiera sido de nuestras vidas si no hubiéramos subido a ese autobús.

29. COMO EN LA LUNA (Rafa Olivares)

Renqueaba el XVII cuando Isaac añadió a su inmarcesible curiosidad la fascinación por las palmeras. Su estilizada y elegante figura, la perfecta geometría y armonía de sus palmas o el sabor exótico de sus diferentes frutos despertaron en su ánimo una viva atracción. Tal vez por eso quiso cultivar algún ejemplar en el pequeño jardín de su casa en Woolsthorpe, Lincolnshire, pero ni la tierra ni el clima de la vieja Albión lo permitieron. Ninguna de las semillas que enterró llegó nunca a germinar. Resignado, Isaac se conformó con un modesto y vulgar manzano, a cuya sombra rumiaba una tarde su frustración cuando uno de sus frutos se desprendió golpeándole la cabeza. Cabe hoy colegir que gracias a esos ochenta gramos desde metro y medio de altura, en vez de los dos kilos de un coco desde veinte metros, no estamos viviendo ahora sin gravedad.  Como en la Luna.

28. Cambio de planes

Fue extraño volverlo a ver después de tanto tiempo, sobre todo porque no recordaba haberlo conservado. Seguramente no lo hice. Yo soy un desastre para todo: jamás lo hubiera embalado con tanto mimo. Él sí. Él era cuidadoso y nunca tiraba nada.

Aunque por peso y tamaño no era lo que buscaba, no pude evitar desenvolverlo. Tampoco supe impedir que el tacto de la madera en mis manos abriera una espita por la que salieron más lágrimas. Se unieron a las que ya me desbordaban antes de subir al altillo.

Así se divierten los objetos viejos: abren diminutos agujeros en la membrana del olvido por los que se cuelan los recuerdos.

A través de la grieta que abrió el juguete, entraron sus ojos llenos de ilusión cuando, una vez terminado, me lo entregó. También sus palabras:

—Este tren es mágico, hijo. Cuando lo agarras con fuerza, y si lo deseas lo suficiente, te lleva donde quieras. Y así puedes escapar de todo; y nada puede hacerte daño.

Enjugué mis ojos, bajé la escalera y, estrechando el tren contra mi pecho, decidí dejar de buscar, al menos por ese día, la antigua pistola de mi padre.

27. Prioridades

¡No! ¡No! ¡No podía ser! Le mataría. No se lo perdonaría, se divorciaba y después lo mataba. Se lo advirtió mil veces: No te lleves el anillo que te queda un poco grande y lo vas a perder.

Volcó la bolsa de playa y comprobó el fondo. Nada. Miró en la toalla, en las zapatillas, en la camiseta, incluso dentro del bañador.

Entonces, como un fogonazo salvador una idea invadió su cabeza, claro, cómo no lo había pensado antes, seguro que estaba entre la arena que utilizó para construir el castillo.

Como una retroexcavadora demente se lanzó sobre la fortaleza removiendo la arena con las dos manos. Ahondó hasta que por fin sus dedos tocaron algo metálico, pero no era posible, era demasiado grande. Aún así, tiro y se encontró con una especie de candil oxidado. Por un orificio se escapó un humo azul y denso. Al poco, una gigantesca figura se postraba ante él.

-Soy el genio de la lámpara. He estado cinco mil años aprisionado. Tú me has liberado, por ello te concedo tres deseos.

Miró asombrado y lanzó la lampara lo más lejos que pudo.

-Para genios estoy ahora, como no encuentre el anillo me mata.

26. NO HAY TIEMPO QUE PERDER

Sonó el teléfono y Carlos lo cogió. Cuando colgó empezó un monólogo interior. “Otra vuelta de tuerca de la realidad en estos últimos años. Una baja, un aspirante más a la nada o, desde otro ángulo, un nombre a añadir al libro de los muertos, a la agenda del olvido. ¿Cuántos de nosotros van, cuántos quedamos? ¿Quién será el próximo?

Otro velatorio, otra despedida en la que redimiremos al infortunado elegido.

Toca escuchar las frases de siempre. No soporto la hipocresía que imponen los decesos. No todos ni todas las que se han muerto eran buenas personas. Y éste, en concreto, era un tirano y un maltratador psicológico. Y todos lo sabían.”

Carlos se dispuso a vestirse. Esta vez eligió intencionadamente el traje gris claro y la camisa morada sin corbata.

Cuando llegó al velatorio, después de saludar a los pocos que quedaban ya de la pandilla, buscó con la mirada a Manolita, en este caso la afortunada viuda. Estaba bellísima a sus 80 años. Se miraron intensamente y los dos sabían que la vida ahora les daba la oportunidad de disfrutar del amor que se profesaban y que anidaba latente a la espera de poder volar libre.

25. Casualidades

En la sala de espera, el doctor Fleming aguardaba impaciente sin que nadie le reconociera, algo insólito desde que le concedieron el Nobel. Emilio Rodrigué, uno de los pocos psicoanalistas argentinos en la ciudad de Londres, salió a recibirle y le condujo al diván.

Lo encontró más alicaído que nunca. Su voz rezumaba pesadumbre y el cuadro depresivo se había acentuado. El insigne científico no asumía que su trascendental descubrimiento se hubiera producido por pura casualidad, una placa Petri mal lavada que se quedó fuera de su lugar.

El terapeuta se sentía incapaz de ayudarle y valoraba derivarlo a otro colega, pero cuando se despedían al acercarle su abrigo una carta cayó al suelo, escrita en castellano.

Con un gesto, el paciente le invitó a traducirla y Rodrigué abrió el sobre remitido por la asociación de toreros de España. Querían agradecerle su labor y daban cuenta del inicio de una suscripción popular para un monumento en las Ventas. El doctor nada amigo del bullfighting esbozó una sonrisa, por primera vez en mucho tiempo.

24. Vicky

Edurne y Marcos coinciden junto al semáforo al salir de la oficina. Mientras esperan a que cambie el disco, charlan sobre lo insoportable que es el becario. Es irritante, dicen al unísono. Y se ríen, también a la vez. En cuanto se pone verde, cruzan y caminan hasta la esquina donde cada uno tira por su lado.

Cuando se alejan, Marcos se detiene frente a un escaparate y observa su reflejo en el cristal, comprueba cuánto le favorecen sus tejanos nuevos. Le encantan. Se pregunta si Edurne se habrá fijado. Si le habrán gustado. Si está por él. Ojalá, piensa, aunque sabe que es improbable. Bueno, imposible, Edurne se pasa el día hablando de su pareja, y siempre bien.

Entonces, Marcos se desanima. Pero sigue posando. Ya no le gustan sus tejanos. Le parecen horribles. De repente, la tienda se ilumina, claro, son las cinco. Con la luz su reflejo se esfuma, ahora solo ve el interior del escaparate. Hay ropa esparcida por la tarima. Y una joven que la organiza. Y que le mira. Y le sonríe. Y le muestra unos pantalones. Y le vocea que los compre, que le quedarán genial. Y añade que se llama Vicky.

23. No finjas ser azar

“Y de repente, la vida me agarró por los hombros

y dijo: no te entiendo tampoco, pero aquí estoy”.

             Clarice Lispector

 

Rondaba las calles aún desiertas. Acompañaba a mi bastón una nimia observación, como un pequeño rescoldo de antiguo narrador.
Todo cambió cuando me incliné con parsimonia —la vejez tiene sus rituales— para recoger un papel amarillento que varó bajo uno de mis zapatos.

Contenía un relato inconcluso al que di continuidad y desenlace sin utilizar la escritura.
Desde entonces aparecían en cualquier lugar: hojas secas de árboles, márgenes de un periódico, paredes o el vaho de los cristales. Y siempre me resultaba palmario darles cuerpo definitivo.

Una madrugada encontré una cuartilla en la que tan solo decía “La plaza del Carmo”.
Recorrí las calles del Chiado; me hablaban mientras se abrían y cerraban como las páginas de un libro.

Cuando llegué, el silencio se volvió bullicioso y los fusiles del recuerdo seguían siendo tallos de los que brotaban claveles rojos exhalando palabras.

El magno espejo invisible se fracturó en innumerables fragmentos de imágenes con personajes reconocibles. No sabía si me soñaban o si era yo quien lo hacía.
Volví a leer ese último mensaje, y en él identifiqué los trazos. Eran los míos.

 

22. SIMBIOSIS PRAGMÁTICA (Edita)

Soy empleada del hogar interna. Cuido de una anciana a jornada completa. No me quejo; su familia, que reside lejos, suele ingresar cada mes en mi cuenta el salario acordado. Ella dispone de dinero en efectivo para los gastos cotidianos. Yo me encargo de las demás tareas: limpieza, alimentación, paseos, médicos…. Desde el principio, convivimos sin conflicto alguno. Hasta que han llegado los malditos avisos de deterioro mental. No quiere asearse ni salir, se niega a comer o lo hace a deshora, pierde la cartera… De vez en cuando, tengo que realizar pagos inevitables con mis ahorros. También me resulta extraño organizar su armario; antes permanecía siempre bajo llave y ahora lo revuelve todos los días. Esta mañana, ordenándolo detenidamente, descubrí entre la ropa una bolsa cargada de billetes. Repuesta del sobresalto, la primera reacción fue ignorar el hallazgo; luego pensé en llamar a un familiar; pero, al final, he decidido guardarla en mi cuarto. Con ese capital milagroso, podré ofrecerle las mejores atenciones, incluso los servicios de doctores privados si fuera necesario. Debo administrarlo bien. Será un seguro de vida para ambas: cuanto más dure la señora, más tiempo tendré techo y empleo fijo.

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