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El día que murió mi padre busqué a mi mujer como buscaba a las chicas cuando era adolescente. Un hambre atávica alimentó mi deseo aquella noche y llegamos a cumplir hasta tres veces. Lo raro es que ella no rehusara mis envites, que aceptara aquella guerra como el deber ineludible del soldado. Habíamos cerrado el tanatorio con la excusa del descanso de mamá, pero ni yo ni mis hermanos pensábamos en otra cosa que no fuera en nosotros. Había sido un día duro para todos porque nada presagiaba que papá nos dejara de repente. No era la primera vez que nos lo hacía y entonces, cuando desapareció sin dejar rastro una noche apacible de septiembre, juramos que para sus hijos había muerto. Para mamá no, ella siempre tuvo la esperanza del regreso, y así fue. Volvió una noche de tormenta con un traje azul marino, calado hasta los huesos y con el semblante triste de un beagle esmirriado. Después le fuimos perdonando, porque había aprendido a hacer las mejores tortillas que habíamos probado y porque un olor a ciudadela inundaba la casa cuando asaba pimientos colorados. No pudimos llorarle sin embargo, aunque, todavía hoy, extrañamos su mirada de viejo arrepentido.
—¿Por qué hemos venido, papá?
—Era el cuadro preferido de mamá, ¿lo recuerdas? Fíjate bien en el fondo. Es como la inmensidad del cielo.
—Si lo miro sin parpadear, me parece que estoy dentro y me asusto.
—Piensa en ella. Y no te olvides de lo que decía cuando veníamos al museo. El trazo rojo es un rayo de sol y ese punto negro eres tú.
—Mamá dijo que veía al abuelo.
—Sí, sí. Este azul es mágico, solo tienes que dejarte llevar.
—¿Por qué hemos venido, papá?
—Ahora nos toca a nosotros ver a mamá. Me lo pidió cuando estaba en el hospital…, antes de irse.
Ambientado en el coqueto cementerio de Sayalonga.
Estoy segura de que mi Juanito fue el difunto menos muerto del cementerio.
Me explico:
Siendo un crío, Frasquito, el del tío Nene, le dio una pedrá a mi niño que le hizo eterna su mirada cuando le colocaron ese horrible ojo de cristal.
Desde aquel día, cuando mi Juanito se lo cruzaba le gritaba: “ME LAS PAGARÁS” y lo miraba fijamente con ese mirar raro e interminable. Así lo hacía en el cole, así lo hacía si se tropezaban por la calle y más adelante, cuando coincidían en la taberna…”ME LAS PAGARÁS”, “ME LAS PAGARÁS”…
Quiso la vida que tuviéramos que enterrar a mi Juan. Lo hicimos con su ojo inútil totalmente despierto. Incapaces fuimos de cerrárselo.
Frasco ya no duerme. Cierra los ojos y un pensamiento involuntario le da un fogonazo de luz penetrante. Aquel agujero-vengativo lo contempla. Frasco percibe la amenaza como un ritual maldito. Nota como sus órganos están paralizándose y su piel descomponiéndose sin remedio alguno.
En el pueblo se murmura, que ahora, también cohabita con nosotros un muerto en vida.
Lo había intentado de todas las maneras: talleres de escritura creativa, concursos de cuento, novela o ensayo de mayor o menor prestigio (en este orden), envío de manuscritos a todas y cada una de las editoriales del país, acercamientos poco éticos a personas influyentes del entorno literario. Y nada, no había conseguido publicar ni una sola palabra. Así que cuando tuvo la brillante idea, primero sintió una punzada en el pecho, luego le pareció una aberración y, finalmente, la única salida para cumplir el sueño de toda una vida. Poco antes de ser ejecutado solo pidió una cosa: que le trajeran el periódico que había conservado desde el primer día que entró en la celda para leer, por última vez, la esquela dedicada a su padre.
Llegó tarde a todo, todas las veces. Lo contrataron en la imprenta de su padre cuando los tipos móviles daban los últimos coletazos y los dedos seccionados eran observados con extrañeza por el resto de la sociedad. Se presentó en la casa de los que él ya imaginaba como sus futuros suegros unos minutos después de que aquel otro le pusiera un diamante en el dedo a la mujer de sus sueños. Empezó a hacerse pis en la cama cuando las canas poblaron su barba, como si fuera hacia detrás en vez de hacia delante. Y el día en que al fin iba a llegar a tiempo a algo, el tren de alta velocidad que calculaba sus trayectos con precisión de relojería suiza se retrasó por primera vez en diez años. Aún esperó un rato más tumbado sobre las vías, pero acabó sintiéndose ridículo. Mientras volvía a casa, quiso borrar las despedidas que había dejado programadas en todas las redes sociales, pero ya habían sido publicadas. Pensó, con resignación, que también iba a llegar tarde a su propio entierro.
Sino que cada vez cedemos más ,nos vamos muriendo poco a poco ,no somos sinceros por no hacer daño a un ser querido a decir verdad es como si nos quitaran un pedacito de nuestro corazón, lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos.
—- ¡Señora no tiene coraje ! ,piense que a veces hay que decir basta “Ni una más”, Tenga dignidad que no cometan esta tropelía y sobre todo menosprecien su cariño, aunque siga enamorada de él . Quiero que entienda que eso conlleva a algunas mujeres a dejarse llevar por ese amor ciego.
“ El amor no tiene cura pero es la única medicina para todos los males»
En mi dilatada carrera de médico he escuchado muchos símiles para describir síntomas: una especie de corriente eléctrica que agarrota todos los músculos del cuerpo; las arterias arden, como si en lugar de sangre fluyese por ellas lava incandescente; las venas parecen estar llenas de pequeñísimos cristales y es como si por los capilares circulasen alfileres; la cabeza a punto de explotar como una olla que ya no resiste la presión que tiene acumulada dentro. No entiendo nada y estoy muy asustado, pues soy yo mismo quien manifiesta todas estas señales de alarma al mismo tiempo y temo un trágico desenlace.
Siempre especulé acerca de lo que podía haber al cruzar la línea que separa la vida de la muerte, pero nunca imaginé que pudiera pasar algo así. Mi mente racional y científica me dice que no es posible: que el tipo que entró hace unos minutos en mi consulta no me mordió, que no era ningún jodido zombi y que yo no me estoy convirtiendo también en uno de esos. ¡Grrrrrrrrrr!…
Cuando escuché el crujir de las escaleras pensé que subías a buscar leña como otras veces. Apartando algunas cajas de cartón, posaste el candil sobre la vieja cómoda y me rescataste de aquel oscuro rincón.
Te sentaste en el desvencijado sillón, conmigo sobre tus rodillas, para limpiarme despacio con la manga del jersey. Noté cierto sentimiento de culpa por haberme abandonado mientras me acariciabas con delicadeza.
Te lo puse fácil y te perdoné, sabía que aquello solo había sido un desliz. Comprendí que te rindieras ante la novedad, lo moderno y la belleza funcional de los avanzados diseños. ¡Demasiado tentador!
La batalla estaba ganada de antemano porque el rival era muy fuerte, aunque resultó ser efímero.
No me costó despertar de mi aislamiento cuando empezaste a comprobarlo todo, el tabulador, el rodillo, las teclas. Estas comenzaron a bailar chocándose entre sí en un baile frenético de bienvenida.
A pesar de que en el exterior se escuchaba el sonido de las bombas, me sentí dichosa de volver a ser útil.
“Yo bordé la bandera con mis manos”, declamaba la actriz cuando él abandonó su butaca, formando un revuelo en nuestra fila. Enseguida lo reconocí. Moreno oliváceo, ancha frente, tal cual lo describió Alberti en sus memorias. Y que nadie me acuse de plagio por usar estas cuatro palabras.
Salí tras él, pero se había esfumado. Hasta que oí su voz a mi espalda. Oscura y palpitante, como siempre la imaginé. “Después de haber visto a la mejor, a Margarita Xirgu —dijo provocativo— no soporto a ninguna interpretando a mi Mariana Pineda”.
Fuimos a un café cercano. Entre tragos de ron, le confesé que yo también escribía —solo teatro—. Lo de que nunca había estrenado, lo guardé para mí. Antes de marcharse, me ofreció su sonrisa y una obra manuscrita. “Es mía. Puedes firmarla si quieres. Te la regalo”.
Desde entonces, habita la tempestad en mi conciencia. Ahora atemperada al incluirme entre los cinco nominados a mejor dramaturgo. El primer éxito de todos—pobres necios—. Y aquí estamos, posando en la foto colectiva para una revista digital. Con miedo al objetivo acusador. Que no enfoque nuestras cinco miradas impostoras. Simples títeres en las manos ambiciosas de un espectro.
Había imaginado la penumbra sosegada de una galería en cualquier palazzo. O una estancia señorial caldeada, rodeado de buenos libros. Me dijeron que se exponía en la sala principal de un museo, nada menos que el Louvre. Aquella misma madrugada, como a todos los que crean y los que sueñan, se me franquearon las puertas y se desvanecieron los muros. Me situé frente por frente del cuadro que había pintado algunos siglos antes y nos fuimos relatando nuestras divinas soledades. Yo podía recordar cómo había mezclado humo y sombra en cada pincelada mientras los ojos oliva del retrato tanteaban la familiaridad de mis rasgos. En la audioguía tropezaban una y otra vez. Mona Lisa había sido una de las meretrices más afamadas de Florencia. Gioconda no hacía referencia a un apellido, sino a mi propia travesura. Y… la sonrisa. Repliqué el gesto y, aprovechando el reflejo del vidrio que protegía la pintura, hice coincidir nuestros dos contornos que, a pesar del tiempo transcurrido, seguían encajando a la perfección. Somos una santísima dualidad, un individuo gemelar. La mujer y el varón. Y para que todo el orbe supiera, taché con mi mano izquierda el título de la obra y escribí OTARTERROTUA.
Luciano desayuna una galleta Maria y dos sorbos de café. Desde que que sabe que va a reunirse con su hermano se le ha cerrado el estómago. Se corta al afeitarse y olvida quitar la etiqueta a la camisa nueva. Cuando llega su hija a buscarle está listo hace media hora, pero vuelve desde el ascensor para coger dos onzas de chocolate.
Apenas oye los discursos. Ve al Raimundo con las alpargatas bajo el brazo para ponérselas al llegar a la escuela, porque al maestro no le gusta que las lleven sucias de barro; le ve liando un cigarro en la fiesta del pueblo y subiendo al tren en su primer día de mili en Burgos.
Los de la Comisión para la memoria histórica le entregan la urna, un certificado de ADN y la ubicación de la fosa común. Él nunca ha sido de emocionarse pero, cuando ve al Raimundo en una caja de zapatos, se quiebra como vara de avellano.
Cuando regresan al pueblo, Luciano quiere ir en el asiento trasero junto a la urna. Su hija le ve por el retrovisor mordisquear una onza de chocolate, la misma merienda que compartían hace sesenta años.
Me acuerdo del día en que decidimos que no habría nada que se interpusiera entre nosotros.
Recuerdo lo ilusionado que estabas cuando hicimos la lista de todos los viajes que teníamos pendientes. Al día siguiente cogimos un vuelo a Egipto, y dos meses después estábamos bailando en lo alto de la torre Eiffel.
Luego nos lo tomamos con más calma. Era lógico. Habíamos empezado con muchas ganas. Pero no cambiaría por nada ninguna de las tardes que pasamos divagando en el club de lectura, ni los días en los que madrugábamos para coleccionar amaneceres, acurrucados en el sofá con la manta y un par de tazas de café.
He de reconocer que te dije que cuando llegara el momento no iba a llorar, pero ya me conoces, y creo que me lo sabrás perdonar.
También te prometí que haría lo posible por pasar página, pero la nuestra es tan bella que lo único que me apetece es volver a leerla una y otra vez, y como este final no me acaba de convencer, y los dos siempre hemos sido siempre muy testarudos, estoy segura de que en algún momento y en cualquier lugar, encontraremos la forma de continuar nuestra historia.
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