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Se conocieron en el instituto y la universidad separó sus vidas. Años después, Julia se casaría con un aspirante que la acomodó como sus padres pretendían. A Benita, uno que decía amarla, la abandonó dejando su vientre ilusionado.
Hoy el tiempo las ha encontrado en un hogar para ancianos.
Pasan las tardes en la biblioteca. Julia desde su sillón se esconde tras su abanico. Benita no pierde detalle y disimula pasando las páginas de un libro.
Si la una se levanta la otra le sigue detrás. También al acostarse piensan la una en la otra. Julia promete que mañana se sentará a su lado; le dirá que sus ojos azules le recuerdan a alguien que una vez amó.
Mas esa madrugada la salud le dicta sentencia.
Una tarde más Benita acude a la biblioteca, pero hoy hace nueve días que nadie va tras ella. ¡Cuánto le pesa no haberle dicho a Julia que su cálida voz le recordaba a alguien que una vez amó!
Sin embargo, el desconsuelo y el alba se compinchan y citan a las dos amantes. De seguida, un par de margaritas deshojadas de vergüenzas cayeron del cielo y dos eufóricos «me quiere» estremecieron la residencia.
Quién les iba a decir a Lucas y a Lola, una pareja que sin cumplir los dieciocho y bajo el hechizo apasionante del deseo se escondían en naves abandonadas o estrenaban habitaciones de edificios todavía en construcción … Quién les iba a decir a ellos, diestros en acolchar los suelos más duros y caldear los ambientes más fríos… Quién les iba a decir que llegaría un día en el que el voraz sumidero de la rutina acabaría amenazando aquella fórmula magistral.
Sobrecogidos por la apatía, acordaron pedir cita previa con la imaginación. Esta les aconsejó salpimentar sus relaciones.
Una noche Lola empezó a acostarse con Viggo Mortensen mientras Lucas lo hacía con Charlize Theron. Después protagonizaron encuentros furtivos entre el abad de un monasterio y la más cándida de las hermanas de un convento de clausura. Y así, poniéndose en otras pieles, comprobaron que una virtual infidelidad es un buen principio activo para mantener a tono los resortes amatorios.
Los efectos secundarios tampoco son importantes; como mucho, que alguna noche de ventanas abiertas los vecinos piensen que hay gente nueva en la comunidad.
Temblamos de excitación con sólo sentirnos cerca aquel día. Tú esperabas en el zaguán a que mi madre te diera agua para los braceros. El calor era insoportable. Sabías que yo estaba en la cocina, alerta, sudorosa, apenas tapada con un vestido fino mi curiosidad. Todo pasó muy rápido. Los perros ladraron frenéticos, las vacas corrieron espantadas en el cercado. Mi madre salió a ver. Y apenas tuvimos tiempo de darnos cuenta de que el temblor ya no era solo nuestro, sino que el suelo también se movía al ritmo de nuestras caderas.
Llevaba semanas preparando esa noche. Habíamos vivido muchas aventuras juntos y compartido momentos felices y otros de angustia y de miedo, siempre apoyándonos, siempre cómplices, pero jamás habíamos disfrutado de un momento de intimidad a pasar de mi ya no disimulado amor que, creo, era compartido.
Cuando llegué a su casa encontré la puerta abierta y, al fondo, su silueta achaparradita y contundente que el contraluz dejaba ver. Sus braguitas rojas de lunares me embelesaron. Ella me guiñó pícara y provocadora. La desnudé, la olí, nos besamos, acariciamos y jugueteamos con nuestros largos bigotes. Sus doce pezones me miraban y los pelos de mi lomo se erizaron al tiempo que que su gemido —corto, agudo, sincero— musicaba los tres segundos más placenteros de mi existencia.
Te quiero, Minnie, le dije, antes de que cayera sobre nosotros un inmenso sello rojo que rezaba «CENSURED».
Desprendía una belleza serena allí tendido sobre el lecho acolchado. Lo besó con dulzura en la frente, en los párpados cerrados, en sus frías mejillas. Pero cuando llegó a la boca, a esos labios carnosos, se vio dominada por un deseo irrefrenable que la empujó a abalanzarse sobre él mientras sus manos se perdían ansiosas bajo la camisa, bajo el pantalón. Su cuerpo ardía de pasión. Sentía como un fuego intenso la consumía por dentro. Amor, amor, repetía extasiada. Tal era el frenesí que no advirtió como el féretro se cerraba. Cuando descubrió las llamas devorando la madera ya era demasiado tarde. Sus gritos de horror se estrellaron en las paredes de aquel horno crematorio.
Subida a horcajadas, el vaivén pausado de las caderas se asemeja a la borrachera de un barco de vapor. De la cadencia sinuosa pasa a los embates. Se imagina en un rodeo, montada en las hechuras de una res, jaleada por el público, empeñada en seguir sentada asida a las correas. Ronronea, relincha. Se desquita; los alaridos y jadeos rebotan en las paredes del patio de luces buscando ansiosos la ventana abierta de algún vecino. Se regodea en los insultos, conminándolo a poseerla con más enjundia. Pero al final es ella la que se regala de nuevo un espasmo detrás de otro, el goce desenfrenado hasta caer rendida. Reposa después a su lado, saciada, atiborrada de placer, con el deseo amansado. Dormita. Despierta más tarde entre las luces melifluas de la tarde. Le da un empellón. Él pasará la noche en el suelo, inerte. Por la mañana lo devolverá a la caja para meterlo en el armario, no sin antes dedicar al muñeco que tantas delicias le procura una mirada lasciva.
Lo que no cuenta la historia es que Sansón tenía un romance tórrido con su peluquero.
El foco iluminaba directamente su pelo y sobre él, y en círculos, se reflejaban los colores del arcoíris. El sonido incitaba a cerrar los ojos y abandonarse, pero no podía dejar de mirarla. Ella sí disfrutaba plenamente, ajena a la pasión que despertaba en mí, arrebatadora y brutal a la vez que tierna, rayando en lo cursi. En un momento en que la música sonaba casi atronadora para mis oídos, grité que la deseaba, con la esperanza de que mi voz se perdiera en el tumulto de aquellos miles que, con los brazos elevados y las lágrimas en los ojos, coreaban el estribillo como posesos. Inesperadamente su rostro se volvió hacia mí y recordé que sabía leer los labios. Sus ojos desprendieron chispas ardientes y su boca se anudó vertiginosamente a la mía. Un silencio absoluto lo inundó todo y, de nuestros corazones, salieron alas, que nos elevaron misteriosamente sobre el auditorio. Transformado por mi liberación me mostré tal cual era, desnudo. Nuestras risas cargadas de electricidad fundieron los focos del escenario o eso pensamos porque, de pronto, se encendieron un número incontable de velas cuya luz oscilaba, acompañando el latir de nuestros cuerpos sudorosos. Comfortably numb, llegó para quedarse.
El tacto de su piel me proporcionaba un placer indescriptible. El hecho de estar frente a él y no poder tenerlo me dolía, producía tal desasosiego en mi interior que por las noches, oraba sin cesar en mi celda, aspirando a expiar mi culpa e intentando paliar mi sufrimiento. Pocos me entenderían, pero podía ser pecado desear tener aquello en lo que había trabajado durante cinco años de mi vida. Quererlo solo para mí.
¿Cómo no quedar hipnotizado de sus ojos castaños, ni cautivo de ese gesto sutil de morderse el labio inferior dejando entrever unos dientes inmaculadamente blancos y perfectos? Recorro uno a uno el trazado de los hilos áureos que bordan su melena y desciendo hasta llegar al cuello para recrearme en la tersura de su piel. ¿Que desnude sus pechos? No, prefiero dejarlos como están: cubiertos con el fino encaje blanco del sujetador, desbordando erotismo. Avanzo por la llanura perfecta de su vientre sin prisa, seguro de cada movimiento de mi adiestrada mano, con la calma que proporciona la experiencia. El sexo tampoco lo desnudaré, mejor oculto también, adornado por la fina lencería ligeramente humedecida, insinuándose y emanando una calidez imposible de captar para cualquiera que no posea una técnica tan depurada como la mía. Sería ingenuo pensar que la joven estudiante de Bellas Artes que ha pedido posar para mí sienta el mínimo deseo por el anciano que tiene delante. Me conformo con observar la admiración en su mirada a cada trazo que mi pincel realiza para reproducir su proporcionada y sensual anatomía. Me basta con la pasión que le hace sentir mi arte.
«Poned pasión en todo lo que hagáis», decía doña Purificación, nuestra profesora de literatura de cuarto de bachiller. La Mosca, la llamábamos. Dar con el mote apropiado había resultado fácil. Las gruesas gafas de culo de botella en su cara menuda de tez clara nos habían ahorrado muchas disquisiciones. Resultaba imposible no reírse de sus faldas largas y grises, sus mocasines de tres colores (lo más atrevido de su indumentaria) y las blusas abotonadas hasta la asfixia. Igualmente nos asombrábamos de que aquella solterona conociera la palabra pasión y se atreviera a pronunciarla. Para nosotros pasión era sinónimo de sexo y la palabra sexo era —con esa hermosa X en su segunda sílaba— tan turbadora como las costuras negras de las medias de cristal de las busconas. Así las llamaban nuestras madres.
No éramos más que una panda de pajilleros mancos y descerebrados, y nunca supimos ver volar a la Mosca. Sin embargo eso ocurría cada vez que sacaba un libro de la cartera. Acariciaba su lomo y nos pedía silencio. Luego cerraba los ojos y cogía aire antes de dejar que el libro se abriera solo, por donde quisiera él, para empezar a leer. Con los ojos cerrados. Siempre.
Nuestro amor olía a dátil, especias y simún.
Y, cada noche, un oasis de fluidos y placer nacía en nuestra cama, convirtiéndonos en dos tigres flamígeros que sólo ansiaban devorar sus propios cuerpos.
Pero el cáncer de la intransigencia siempre tuvo los colmillos afilados, y un maldito día reptó bajo la puerta y desgarró nuestras entrañas.
Y ahora somos átomos enamorados, flotando en libertad como polvo en el desierto.
Y ya no nos importa el qué dirán.
Ni haber sido lapidadas por cien bestias con turbante.
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