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Cuando vinieron a vivir al chalé pareado contiguo al mío, me pareció que formaban una pareja imposible. Él calvo, esférico, cetrino y tosco. Ella alta, delgada, de piel blanquísima y grácil como una bailarina rusa. Era fácil deducir que el piano que al mudarse trajeron, estaba hecho para la caricia armoniosa de sus manos. En ellas pensaba cada día mientras extasiaba mi soledad con las piezas musicales que, junto a la luz del ocaso, se colaban en mi salón. Cuanto más me enamoraba de aquella mujer, menos comprendía qué la llevaba a vivir con un tipo tan vulgar.
Una tarde, cercana ya la hora del acostumbrado recital, me atreví por fin a abordarla. Regresaba del paseo con su perrito e iniciamos una amable conversación. Le hablé de mis habilidades como quiromante y la convencí para pasar a mi casa a tomar un té. Ya con sus manos adorables en las mías de pretendido adivino, no fue lo que vi lo que provocó mi desconcierto. Atravesando la pared, con la perfección acostumbrada, empezaron a envolvernos las delicadas notas del Sueño de amor de Liszt.
Tic, tac, tic, tac, tic, tac. Zzz, zzz, zzz. Ringgggggg. Paf. ¡Uaaaah…! Muac, muac. Achís. Ñeeeec, ñeeeec. Pof-pof-pof. Ñiii. Shhhiiiiiic. Clic. “Las seis en las Islas Canarias…”, grsss. ”Lloverá durante toda la mañana en..” , grsss. “El Presidente de la patro…”, grsss. “Desde que me dejaste, la ventanita del amor se me cerró. Desde que me dejaste, las…” Ñiii. Clic. Pof- pof- pof- pof. Ñam, ñam. Glup, glup. Pof- pof- pof-pof. ¡Slam!
Drip,drop, drip, drop. Brrruuumm, brrruuuum. Clic. “Tengo el alma en pedazos, ya no aguanto esta pena…” ¡Piiii!, ¡piiiii! ¡Crash!! Ni-no-ni-no-ni-no. Bum- bum, bum-bum, bum-bum.
Está triste desde que me fui. Recuerdo que le esperaba todas las noches de verano junto a la ventana abierta, con las luces apagadas para no gastar y una vela encendida en la mesa del comedor. Le oía llegar con su caminar rítmico y silbando una melodía alegre. Se acercaba a mi sin decir nada, me daba un beso y se iba a la cama, sin dejar de silbar. Yo sabía que esta vez tampoco había encontrado trabajo.
Pasamos el otoño comiendo sopa de cebolla y pan duro. Cada mañana oía su eterno silbido saliendo de la ducha. Mientras. las facturas se iban acumulando en el cajón del aparador.
En invierno me dijeron en el hospital que tenía cáncer. Él pasó cada noche sentado junto a mi cama, silbando bajito hasta que me dormía.
Ahora le veo arrodillado junto a una lápida. Abre los labios como cuando iba a besarme, suelta un poco de aire, pero no sale ningún sonido de su boca. Quiero decirle que no hay de qué preocuparse, que sea feliz. Pero ya no puedo.
Es madrugada. Todo está oscuro. No sé por qué motivo siempre paso por ese parque con lo siniestro que es. Las ramas de los árboles crean horribles monstruos. Mi corazón se acelera cuando alguien se acerca. Me doy la vuelta bruscamente para localizar al intruso. Oigo una música que provoca que mi terror aumente. Me desconcierto. De repente me tranquilizo. Ahora estoy confusa. Veo una silueta negra que parece llevar una pequeña navaja en una mano y un aparato de música en la otra. Suena el estribillo de Enemigos, ¿se supone que debo asustarme de alguien que escucha una canción tan adorable mientras acorrala a sus víctimas? Imagino que sí, pero mientras ese ser acerca su cuchillo a mí estómago solo puedo seguir el ritmo de la música con el pie.
Cada mañana, al verla pasar camino del andén, el saxofonista le dedicaba lo mejor de su repertorio, pero ni el jazz, ni las bulerías, ni el merengue, ni los boleros conseguían que la muchacha acompasara sus pasos al ritmo de la música. Aquella cintura de guitarra y aquellas nalgas, redondas y duras como timbales, ondeaban con un cadencia particular, ensimismada, que él solo comprendió el día en que la vio bajar las escaleras conversando por gestos con una amiga. Desde entonces estudia la lengua de signos, decidido a contarle que está componiendo una sonata para piel y dedos, por si ella quisiera que la interpretasen al alimón.
Asunción leía el alma de su vecina a través de las notas que temblaban en su voz de coplista vocacional. Después de tantos años de oírle desgranar temas podía prever, con poco margen de error, la canción que iba a entonar ese día. Los días nublados eran de Gardel o Machín casi con un noventa por ciento, en los de sol dominaba Antonio Molina o Escobar si el calor se disparaba de grados. Las noches de los sábados la Piquer y Mari Fe de Triana ganaban posiciones y, si hacía falta echar la manta, los honores eran para Imperio Argentina o Estrellita Castro. Los días ambiguos, esos en los que el sentimiento amenazaba con inundar el barrio, eran de la Jurado casi en exclusiva, aunque algunas tardes de terraza no faltase el Marinero de luces o el A tu vera que lo mismo valían para cubrir un roto que para un descosido. Con todo, lo peor era cuando Chavela, nuestra Vargas anónima, cantaba coplillas de iglesia, entonces Asunción echaba mano del relicario, el agua bendita y la misa de doce, porque sabía que su vecina necesitaba el favor del párroco.
Las últimas luces del día se cuelan por la ventana mientras escucho los sonidos de la calle y el silencio de mi casa. Cada tarde es lo mismo desde que ya no estás conmigo.
El otro día el médico me dio los resultados tras varios meses de calvario que achacaba a tu pérdida, a no acostumbrarme a estar solo. Pero no, me dijo que un monstruo me está devorando con rapidez, que seguramente para final de año se habrá comido todo mi ser. Si no fuera por el dolor, estaría feliz, ya queda menos para volvernos a encontrar de nuevo.
Mientras tanto paso las tardes, después de tomar la medicina que me alivia, sentado en mi butaca escuchando viejos vinilos. Bueno cariño, que ya comienza a sonar una de mis favoritas. «Hello darkness, my old friend. I’ve come to talk with you again»…
Cada mañana, la nueva vecina, la pianista, cuelga del tendedero hojas mojadas de papel pautado que rezuman pentagramas y partituras llenas de nostalgia. Los acordes de tinta descienden por el papel y se derraman, gota a gota, en trágico silencio.
Todos podemos sentir cómo caen al vacío las notas sin emitir sonido. Un sentimiento de enorme tristeza impregna las paredes y la ropa tendida que, la mayoría de las veces, no tenemos tiempo de retirar y cuando las usas conservan un aroma extraño, mezcla de suavizante, tinta y sal de lágrimas. Al final de la tarde Marina, la del bajo, recoge con la fregona el charco negro que anega su patio y lo hace en silencio, sin quejarse.
Cuando llega la noche, la compositora recoge las hojas ya secas, sin rastro de métricas o compases escritos y vuelve a tocar. El sonido melancólico del piano se filtra por las ventanas, envuelve los cuerpos de los durmientes, acompaña a los desvelados, atraviesa la carretera y llega a los adosados de las afueras. De madrugada, la ciudad entera siente el pesar de la artista despechada cuyo llanto no le permite terminar la sinfonía.
Se enciende la luz del despertador, son las 7:30. Tengo examen de Violonchelo. Ayer repasé las partituras y coloreé todas las notas. Cuatro cuerdas. La cuerda LA tiene todas sus notas de color azul, la cuerda RE de color naranja, SOL de color verde y DO de color rojo. Enciendo mis oídos azules, me los pongo. Estoy conectada. Llevo audífonos desde mis quince, pero en ocasiones prefiero la música sorda, vibratoria y poderosa. El violonchelo es de los instrumentos más agradecidos para nosotros, las personas sordas. Abrazas literalmente la vibración. Me da clases Evelyn Gleenie. En su escuela hay sensores de sonidos con las cuatro luces de colores mencionados anteriormente. Es una maravilla poder VER lo que mis compañeros interpretan, para que yo también pueda participar.
Se enciende la luz del despertador. Ha sido un sueño, estoy en España, y no existe tal adaptación, tal sensibilización, tal empatía. No existe ninguna escuela de música para personas sordas. Enciendo el ordenador, en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania hay programas para personas sordas, aquí no, lo apago.
Vuelvo a coger mi querido violonchelo y con sus vibraciones me siento y no estoy sola.
Desde el día que murió el rock, millones de guitarras se están cortando las cuerdas en todos los rincones del mundo. Los acordes desangrados se diluyen por los sumideros, descienden por las tuberías y salpican sobre los lomos de las ratas. A veces —dicen que en el aniversario de Elvis o cuando se invoca al espíritu de Freddy Mercury— boquea en los colectores una nota agónica, o retumban entre condones anudados y latas oxidadas algunos punteos moribundos. Y poco más. Algunas noches salen los viejos de las cazadoras de cuero. Arrastran sus botas de puntera desgastada y, siguiendo el triquitraque de sus huesos cansados, se juntan con porte de velatorio en los bancos de los parques, cerca de las tapas de las alcantarillas. Su único anhelo es esperar que pase flotando algún fragmento de sus temas favoritos, como pieles de nube desinflada, mientras escuchan cómo va muriendo todo. Todo, menos ellos.
Podría enseñarte los callos de mis pies. Pero, claro, no lo haré.
—¿Me escuchas? Decía que vaya trabajo divertido el tuyo. Siempre entre música.
Le dediqué una sonrisa mientras asentía levemente con la cabeza. Sonaba un bolero tranquilo, uno de los que más me gustaban. Sí, la música era lo mejor de aquel trabajo, me acompañaba, a veces calmaba mi ánimo y otras me empujaba, en esos momentos de desmayo que volvían cada vez más a menudo.
—No te imaginas lo terrible que es trabajar en una oficina. Todos los días iguales y, encima, aguantar a un jefe plasta. La verdad es que vengo aquí a relajarme. Me encanta la música, sobre todo la de baile.
De plastas y de días iguales sé un rato largo, pero tampoco te lo contaré.
—Y no creas que el sueldo compensa. Para nada. Pero, en fin, es lo que hay.
Sonreí de nuevo y me encogí de hombros. La canción acababa. Me enseñó otra moneda, quería repetir baile.
¡Ánimo! Tocaba un vals. Esa noche mis pies se agotarían y, quizás, mañana mi hija y yo podríamos hacer tres comidas.
El invierno largo y criminal hizo prisionero al valle y no muestra intención de liberarlo. La nieve sepulta la aldea mínima. El ganado no sobrevivió y la tierra permanece dormida, petrificada. Apenas brota humo de las chimeneas, demasiado arriesgado aventurarse a buscar leña. En la última choza, un vientre se desgaja hasta alumbrar una niña escuálida que cae al suelo tras un último conjuro que crispa la noche. Yacen unidas por un cordón sanguinolento que palidece por minutos. La criatura gana la batalla y se queda con el aliento terminal de su madre, pero el frío vence al calor mortecino de las brasas y la va amoratando, adormeciendo. La está matando.
Suena lejano un violín zíngaro desafinado y algunas notas traspasan el ventanuco desquiciado, sorteando los copos de la nevada infinita. Invaden la cabaña y acarician a la niña, que despierta temblorosa, sin un ápice de calor para mantener esa vida que arranca ya miserable. La única compasión a su llanto desgarrado es una gata negra recién parida que hace por darle de mamar. Una hilera de antorchas amenazantes llega vociferando plegarias. Dictan sentencia.
Culpables. Las llamas danzan sin tan siquiera rozarla, aunque solo por esta vez.
Cosas del diablo.
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