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Intentar compartir tus aficiones con las personas queridas es algo maravilloso, aunque no siempre se consigue. Es más fácil compartir algo maravilloso entre desconocidos y descubrir a personas que serán queridas.
“¿Se llaman Fluido Rosa?” Cuando Eugenia, mi futura mujer, formuló esta pregunta estuve a punto de olvidarme de ella, pero le salvó el afirmar acto seguido “pues me gustan”. En realidad no amaba la música que a mí me tenía hechizado, pero intentaba complacerme, así como yo comencé a escuchar canciones de Silvio Rodríguez aunque antes ni hubiera imaginado tener sus discos en casa.
Ya se sabe, dos que duermen juntos…
En cambio con Vera, nuestra hija, todo fue muy diferente. Aborrecía mis gustos musicales. Estaba harta de escuchar a Pink Floyd y decía que era cosa de viejos estúpidos trasnochados. Yo tampoco soportaba a Rosalía, pero bueno, ahí estaba. Hemos discutido mucho, de música y de otras muchas cosas, sobre todo desde la puta muerte de Eugenia.
Pero perdono sus cabreos, siempre le perdono, y más desde aquel día en que llamaron a Vera al móvil y de melodía sonó “Wish you were here”.
Desde aquel día le adoro más.
A mi padre le tocó un 127 en la tómbola del pueblo. Nunca habíamos tenido fortuna en sorteos o loterías. No regresamos en autobús parando en cada población de la carretera serpenteante de la sierra, esta vez, volvimos a la ciudad en nuestro coche nuevo.
Desde ese día los vecinos nos miran tras las cortinas de sus ventanas, desde la puerta del bar o en la acera. Yo no sabía por qué, hasta que mi madre me dijo que no todos los colores gustan a la gente. No lo entendí, a mí me encanta la Pantera Rosa, no hay sábado por la tarde que no me siente frente al televisor, aunque la vea en blanco y negro.
Esta mañana mi padre, cansado de las habladurías del barrio, ha vuelto del trabajo con el coche pintado de blanco. Ahora ha perdido personalidad y pasa desapercibido aparcado en la calle. Además, acabo de cruzarme con la vecina del segundo y no me ha sonreído, como tenía por costumbre desde el verano pasado.
Cuando la sorprendimos, la pócima estaba en ebullición. La chiquilla se había colado a hurtadillas en mi departamento, y había mezclado savia del árbol de té con hojas de mandrágora machacadas y pétalos de rosa.
En mi afán porque no ahondase en su fechoría, le insté de viva voz que soltase inmediatamente el mejunje resultante, pero nuestra hija se asustó y dejó caer la poción sobre sus piernas.
Su instantánea pigmentación cutánea resultó inocua, pero abrumadoramente rosa.
Pasé varias noches en vela intentando arreglar el desaguisado, pero al desconocer las proporciones de la mezcla, la tarea resultó muy compleja.
Y pese a nuestros esfuerzos por evitarlo, alguien vio a la niña. Los rumores sobre las dudosas prácticas de un alquimista trastornado se extendieron rápidamente por todo el reino. Era cuestión de tiempo que la guardia real me detuviera para juzgarme por mala praxis.
Pero cuando hallé la receta del ungüento necesario para invertir la reacción, no solo me encontré con la negativa de la niña a volver a su anterior situación, sino que tras mi puerta guardaban cola, además de las hijas del rey, seis osos, diez unicornios, una pantera y cientos de aldeanos con insulsos sueños por colorear.
Nunca me ha gustado el color rosa. Quizá por eso, al quedarme embarazada, tenía preferencia por un niño. Porque, aunque a una niña yo no le compraría ropita rosa, seguro que los demás sí. Y la primera, mi madre.
Hoy teníamos la ecografía del tercer mes, donde quizá veríamos si es niño o niña. Como en la visita anterior, Santi la grababa con el móvil. ¡La de veces que hemos visto en casa esas primeras imágenes! Nos sorprende cómo se puede oir el latir de su corazón a pesar de ser del tamaño de un garbanzo. Es muy emocionante.
En el consultorio, la pantalla nos mostraba un embrión más formado esta vez, se distinguían la cabeza, los bracitos y piernas. Resulta increíble poder verlo así. Pero no había sonido. Ningún latido. La doctora le ha dicho a Santi que dejara de grabar…
Ahora, acabados de llegar a casa, mi madre nos trae un regalo: “¡Mira que patucos más monos! Estoy segura de que llevas una niña, ¿verdad?”. Son rosa.
Mientras delibera indecisa si pedirlo o no otra vez, la niña cierra los ojos, toma aire y se dispone a soplar las once velas de la tarta. Papá siempre responde a su llamada el día de su cumpleaños. Desde el terrible accidente no ha dejado de visitarla una sola vez. Se introduce por el filo de la ventana cuando todos duermen, le da un beso en la nuca –un aliento frío y dulcísimo estremece a la niña de emoción– y, tras depositar un ramillete de flores rosas en un vaso que ella ha colocado a escondidas en el alféizar, desaparece otros doce meses.
Este año, la niña no ha querido ya que le regalen más muñecas ni braguitas de Hello Kitty. De pronto, al contemplar las velas derretirse lentamente sobre la tarta, le llueven imágenes de lo fatigado, de lo cada vez más frágil que parece papá cuando regresa. Entonces abre los ojos y, con una punzada desgarrándole el estómago, desea esta vez que tenga un feliz descanso para siempre, al tiempo que apaga la última vela.
-Cuando seas niña te regalarán una osita de peluche con un lazo rosa chicle como enseña.
-Cuando tú te conviertas en niño, cambiaremos cromos; te vendarán los ojos y latirá tu corazón con mil besos sin saber de quién.
-Cuando ya no seamos ni niñas ni niños, ceñidos a un tutú rosado, con nuestras piruetas, hipnotizáremos al mundo en una única danza, sin distinción de hombres y mujeres, regulando así, sin presencia de guerras mortíferas, el excedente humano.
Añoro las tardes otoñales de tormenta. Cuando la lluvia comenzaba sus juegos golpeando los cristales, deslizándose poco a poco, de la misma manera que mi mano acariciaba tu piel. Embriagada por ese aroma a tierra mojada, me quedaba atónita mirando al más allá, pensando en ti.
Viene a mi memoria aquella rebeca rosa que me ponía cuando comenzaba a refrescar y salía a tu encuentro. Entonces, solo deseaba sentir tus besos mientras nuestros cuerpos se empapaban de caricias.
Ahora, todo son recuerdos que mi mente va borrando, incluso tu nombre y el mío. Solo regresan al estallar ese trueno, que me despierta y me devuelve de nuevo a ti.
Cuando su peluquera de toda la vida le anunció que en unos meses se iba a jubilar, se alegró por ella; a base de cortar, teñir y confesar, se habían convertido en amigas. El tamaño de su cintura se había duplicado, al igual que el grosor de sus pantorrillas, y su sonrisa era imperceptible a estas alturas del matrimonio. Pero su peinado siempre había sido el mismo. A Juan no le gustaba que cambiara. Por primera vez pisó la calle sin saber qué rumbo coger. Vio escaparates nuevos, rostros desconocidos, letreros en otros idiomas y olores de otras culturas; antaño también la suya fue una intrusa. Unas risas llamaron su atención, procedían de un pequeño local lleno de mujeres latinas. Rulos, revistas, niños y ruido, mucho ruido. Titubeó un instante frente a la puerta, pero un torbellino de energía la acogió y la sentó frente a un espejo gastado. Aquello no le hubiera gustado a su marido, pero ya no podía opinar. Le había parecido escuchar sirenas, ya no iban a tardar, y el autobús salía en dos horas. Tiempo suficiente para que el tinte subiera y ella, desapareciera.
Se levanta rara, contradictoria. Cuando se acerca al espejo, observa cierto brote de conformismo durmiendo en sus ojos. Se detiene en su boca y descubre miríadas de besos y caricias por estrenar. Toma aire, lentamente, y como por arte de magia se desvanece la autómata que la tenía secuestrada. Después, apiña los sermones de su madre; los mandamientos de su padre; los malos humos de ambos y el repintado rosa chicle de su habitación —que lleva padeciendo desde su séptimo cumpleaños—, y tira de la cadena. Se borra de su grupo del wasap «Las parranderas». Pasa de sufrirlas cada finde tiradas en la calle y de sus botellones —que le están costando un ojo de la cara ya que solo bebe cocacola—. Queda con Fidel. Se lo dice sin tapujos. Que no le molan nada los ramos de rosas, que ella es más de macetas al sol, con su tierra y su aire. Que está harta de aparentar y fingir orgasmos. Que se muere de ganas por entrar en el bar de su calle; dirigirse a la barra. Y sorteando los dimes y diretes del personal llegar hasta Soraya, finalmente entregarle un corazón abrazado a los colores del arcoíris.
El señor Amor recoge los pinceles. Guarda el lienzo en un saco de tela y se cuelga el caballete a la espalda, como si fuera la mochila de un excursionista. Abandona el parque calle abajo con aire cansino. Arrastra los pies por el peso y la fatiga. Piensa en luces y colores mientras atraviesa la ciudad hasta su casa. Hoy se le ha hecho de noche. Quería tantear de qué manera incidía el púrpura del ocaso en unas Grandiflora recién plantadas por los jardineros del Ayuntamiento. Comprueba la tonalidad recién plasmada a la luz de las bombillas. Niega con la cabeza, contundente; tendrá que esperar hasta mañana para ver el verdadero resultado. Una cena ligera y se acuesta a descansar. Los años no perdonan. No dejará sin embargo de soñar con el rubor encendido en sus mejillas, con aquel colorete que pintó su primer beso, verdadero, espontáneo, imprevisto, en los labios aún inexplorados de Susana. Se levanta temprano y escudriña aceites y tinturas, trementinas y barnices a la luz debutante de la aurora. Y se marcha a recorrer otros parques, a buscar Polyanthas o Floribundas, Portland o Musgosas, hoy que todavía recuerda los caminos, para ganarle al olvido la partida.
Organiza reuniones de suicidas cada tarde alrededor de una mesa camilla y sirve café frío para uno. El solo hecho de acudir ya lo convierte en esquirol. Si se dan las condiciones idóneas de soledad, los recuerdos se ven en el horizonte de la memoria como una Fata Morgana que los estiliza hasta transformarlos en castillos de hadas donde habitan los fantasmas de su pasado. Llegados a un punto, las convenciones sociales se van atenuando. En silencio, una lluvia fina va calando el pueblo. Imagina un cadáver abandonado en algún lugar, a la intemperie, despojado de la necesidad de guarecerse. Se va empapando lentamente. No imagina otra forma mayor de libertad que la de ignorar aquello que te cubre y te humedece. No tener que huir, ni esconderse. A Manolo el agua lo inunda desde dentro. No hay paraguas, ni rama a la que agarrarse para evitar que la corriente lo arrastre con los troncos y el barro que bajan de los cerros, cada tarde, hasta que empieza su programa favorito.
Cada vez que ella intentaba enfadarse, él se reía y la llamaba dulce gatita, y le decía que nadie podría tomar nunca en serio aquellos ronroneos cascarrabias. Pero ya se había cansado de ser tan deliciosamente inofensiva. De esperarlo siempre, con la sonrisa y el cuerpo preparados, por si su marido decidía hacerle caso. Ahora había encontrado las cartas que él ni se había molestado en esconder. Primero el cortejo, luego la evocación detallada de sus encuentros. Finalmente, las burlas hacia la gatita fiel de quien no había que preocuparse.
Había decidido dejar de ronronear para siempre. Tenía ganas de rugir, de dar zarpazos confundida con la noche. Un chamán le vendió el conjuro que la convertiría en aquella pantera negra que contemplaba sus paseos por el zoo. Frente a la jaula empezó el ritual, siguiendo punto por punto las instrucciones. Pero no se dio cuenta de que en el momento preciso alguien cruzó por delante devorando un pastelito rosa.
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