Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

FE

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en LA FE

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2026 Comenzamos nuestro 16º concurso en el que iremos proponiendo hasta 8 propuestas temáticas en torno a la EXISTENCIA En esta ocasión serán relatos que desarrollen el concepto de FE en todas sus acepciones. Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
días
4
3
horas
0
1
minutos
3
6
Segundos
3
3
Esta convocatoria finalizará el próximo
14 de FEBRERO

Relatos

42. HIDALGO PRESIDENTE (Rafa Olivares)

Por turno rotatorio, Ireneo Hidalgo, escribiente, idealista y hombre de nobles principios, accedió a la presidencia de su Comunidad de Propietarios. Como nunca había ostentado cargo de tan alta relevancia,  asistió ilusionado a su primera junta con un buen ramillete de propuestas de mejora.

La de establecer turnos de tendido de ropas, para evitar riñas y trifulcas por las molestias que se ocasionaban a los vecinos de los pisos inferiores, fue rechazada con desprecio y sin discusión. Ni siquiera los más afectados que siempre se quejaban la apoyaron.

La de sustituir por leds las bombillas tradicionales, que reducirían el gasto de consumo hasta amortizar la inversión en menos de un año, se desestimó por sofisticada. De woke la calificó alguno.

La de reducir el horario de uso de piscina y pista de tenis, para facilitar el descanso durante la siesta y la noche, fue denegada por represora y coercitiva.

Idéntico resultado obtuvo el resto de la decena larga de proposiciones de Ireneo que, no obstante, volvió a su casa, en el tercero centro derecha, con la satisfacción del deber cumplido y con el firme propósito de preparar otra batería de propuestas para la reunión del próximo trimestre.

41. LA QUIJOTADA DE VAN GOGH (Mariángeles Abelli Bonardi)

El libro llegó con la última carta de Théo, y ha sido un consuelo en sus largas, difíciles horas. Pasa sus manos por la tapa, lo abre, relee; luego toma el pincel y mira el lienzo en blanco… En un lugar de la mancha aparecen los ojos, y en las pupilas, molinos de viento… Molinos de viento iguales a los suyos, esos que a veces, de tan gigantes, le hacen perder la batalla… Aparece el rostro, la barba vigorosa, los bigotes y el cabello en punta… ¿No es acaso la locura, volviéndose su espejo? Siguen las convulsas, gruesas pinceladas, sin detenerse, hasta llenar la tela… Cuando se seque la pondrá bajo la cama, allí, donde están las otras: los Girasoles, los Lirios, y esa Piedad a cuyo Cristo también le ha dado sus propios rasgos…

40. Derrota con sabor a victoria

“Sancho, es la hora”, dice Alonso, revisando sus inexistentes bíceps frente al espejo. Su amigo disimula una inevitable mueca de escepticismo.

Pedalean hasta el descampado en el que, pese al intenso calor estival, se ha congregado todo el colegio. Nadie quiere perderse tamaño espectáculo. Alonso, crecido ante la dificultad, se apea de la bici en marcha y, entre torpes tropiezos, corre hacia su enemigo con los puños en alto. Al verle, el abusón suelta una carcajada e inicia un frenético movimiento circular con sus enormes brazos. Parecen las aspas de un molino en una tarde huracanada. Los golpes caen una y otra vez sobre el frustrado héroe, que opta por encogerse y hacerse una bola.

Por fin el matón se cansa, escupe a Alonso, y se marcha triunfante, seguido de sus secuaces.

Poco a poco, el descampado se vacía.

Sancho está intentando socorrer a su amigo cuando, a sus espaldas, se escucha una dulce voz. Es Aldonza, la niña más guapa de clase, por quien Alonso lleva años suspirando.

— Ya era hora de que alguien le plantara cara a ese imbécil, ¿puedo unirme a vosotros?

El derrotado sonríe. Al final ha merecido la pena perder un par de dientes.

39. De cuyos nombres sí quiero acordarme

 
Una mañana de primavera, ella dijo ¡Basta! Y liándose el mandil florido a la cabeza, salió corriendo en busca de aventuras. Iba picando de puerta en puerta, reclutando valientes dispuestas a acompañarla.  Primero lo hizo Rosa, harta de cederle a su marido el mejor sillón de la casa. Luego lo hizo Amelia, que siempre había sentido deseos de echar a volar. Lo hizo Frida, cansada de infidelidades. Y Virginia, que se sentía presa en su habitación compartida. También Judit, que ya no aguantaba más paternalismos. Y Alicia, que quería cumplir sus dormidos sueños. Emilia, que por fin se puso en pie para comprobar su propia estatura. Y Ruth. Y Lucrecia. Y Laura... Todas fueron uniéndose a aquel grupo raro y lleno de color que, sin mirar atrás, emprendía el camino hacia adelante.  Y aunque a su alrededor murmuraron, criticaron, las trataron de locas, lanzaron piedras y escupieron con indignación, ellas nunca bajaron la cabeza ni dudaron de cuál era su objetivo. Nuestro objetivo. “Ladran, luego cabalgamos” 

38. EPICENTRO CORAZÓN (Mercedes Marín del Valle)

Nada más colgar, compró un billete de avión. ¿Era una locura? Un poco, sí, pero para él, demorarse era el pecado mayor que podía cometer cuando se le necesitaba y, a Kalila, le urgía su ayuda. El terremoto la había dejado huérfana y malherida.
En menos de diez minutos empaquetó lo necesario, bajó las escaleras de dos en dos y se plantó en la calle. Su taxi estaba llegando.
En el aeropuerto, la mujer con la que había hablado por teléfono lo esperaba sujetando una pancarta con sus apellidos.
Ya frente a Kalila, una niña menuda y asustada, sintió inquietud; no estaba acostumbrado a exteriorizar sus emociones. No obstante, se pertrechó con sus armas más humanas, ni escudos ni corazas, para enfrentarse al enemigo más temido, el miedo concentrado en las pupilas de la niña. Ella, al verlo caminar sin vacilación, como un quijote salvador de fuertes brazos, relajó su vigilancia.
En el viaje de regreso, y aunque no hablaban el mismo idioma, ambos soñaron idénticos y esperanzadores paisajes futuros.

37. Don Quique de la Casa (Aurora Rapún Mombiela)

Cuando a doña Carmen se le ha caído la bolsa de la compra, lo he recuperado durante al menos unos minutos. Ha corrido a ayudarla, con su preciosa sonrisa y su mirada iluminada. La ha acompañado a casa y la ha tratado con el afecto de antaño. El niño de mis ojos, el sonriente pequeñín que se dormía entre mis brazos ha reaparecido durante esos breves instantes como por arte de magia. Luego ha vuelto a transformarse en el otro ser. Alto, huesudo, soñador, metido siempre en su habitación y en sus libros. No lo reconocería si no fuera por los pequeños detalles, por enfurecerse si se mata a una mosca, por salvar pececillos de plata y polillas y porque, aunque sé que parece imposible, juraría que cabalga cuando se cruza por azar, con la vecina del quinto.

36. La aventura de los libros / Mujer QXT

– La sentencia contra mi persona está consumada. Y de su puño y letra firmada. Esta crueldad de mi Padre me obligará a renunciar a mi vida, a mis sentimientos, a mi libertad y, sobre todo, a mis libros. Ya no poseeré nada mío. Yo seré la posesión de alguien, un hombre al que detesto, aunque apenas si conozco. Pero mi libertad quedará presa en sus razones. Y mis novelas y las aventuras que en ellas viven morirán para siempre, pues nadie querrá tener noticia de lo que una loca de los libros atesoraba.

El aya va recogiendo los trozos de las cuartillas que su Señora, ahora llorosa en su lecho, ha destrozado en su arrebato de ira contra la decisión de su padre y del desgraciado caballero con el que su unión en matrimonio se ha firmado.

– El Amo tenía razón. Que las letras son menester de mentes más preclaras.  Que se le estaban haciendo agua las entendederas con tanto leer, mi Señora Marcela. Ni molinos ni molinas. Espero que vuestro futuro marido tenga la caridad y la paciencia que una joven casada requiere. Ingrata sois dando la espalda a vuestra buena fortuna. Ni gigantes ni gigantas.

35. Encuentro fortuito

Aldonza Lorenzo y su señora doña Blanca atravesaban tierras manchegas en un carruaje con las cortinillas echadas. Hacía calor y la señora le ordenó que las descorriera para que entrara el aire y añadió: «Haremos una parada para descansar y tomar un refrigerio. El camino es largo y no será bueno hacerlo con el estómago vacío».

Una vez en tierra, paseaba por el campo cuando divisó unos molinos, y ante él, la figura enjuta de un hombre que portaba armadura, casco, escudo y una lanza que dirigía hacia las aspas. El caballo, con tan pocas carnes como su amo, arremetió contra ellas con tan mala fortuna que se enredó, lanzándolo al aire para después estrellarlo directamente contra el suelo…

Aldonza corrió a socorrer al pobre hombre que yacía mal herido. Se acercó, le levantó la cabeza mientras él balbuceaba: «Oh mi Dulcinea, por fin os he liberado de los gigantes».

−¿Dulcinea? ¿Gigantes? Tu señor delira –dijo Aldonza dirigiéndose a Sancho.

−Suele suceder señora –contestó resignado.

Y mientras Aldonza regresaba para proseguir el viaje, don Quijote despertó, se topó con la cara de Sancho y exclamó:

−¡Menos mal que sois vos, no sería prudente conocer a mi amada de esta guisa…!

34. Aspiraciones por el suelo (Francisco Javier Igarreta)

Un estruendoso portazo lo descabalgó de la polvorienta estantería. Súbitamente arrancado de aquel desvarío de tomo y lomo quedó descoyuntado y a merced del matacabras que se colaba por los desvencijados ventanucos del desván. Con los rasgos de su triste figura desperdigados por el suelo, se escucharon unos gritos lastimeros que, según se le daba a entender, invocaban angustiosamente sus legendarios auspicios de caballero andante. Ni siquiera los largos años anquilosado en un papel subalterno podrían dispensarle ¡Voto a bríos! de atender tan honroso reclamo. Con ímprobos esfuerzos logró reunir las desencuadernadas trazas de su hidalguía, que habían logrado sobrevivir a la voracidad de los bibliófagos. Sin necesidad de la aquiescencia de Sancho y haciendo caso omiso de la ausencia de los equinos, se escudó en las volutas de polvo y espoleadas por el cierzo se arremolinaron en insólita alianza para socorrer al presunto desvalido.

Un insistente rumor fue anunciando el progresivo acercamiento del taimado malandrín, pero el empuje del viento impidió cualquier posibilidad de evitarlo. En medio de un ruido estentóreo y sin poder escapar de la potencia de aspiración fueron absorbidos por la trompa de aquel monstruo mecánico.

33. Cosas veredes… (Fuera de concurso)

“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Los nietos se quedaron embobados mirando al abuelo, que sostenía un viejo y abultado libro.

—¿Y qué es un hidalgo? —preguntó el más inquieto.

—¿Y “un” adarga? —hizo lo mismo su hermano.

El abuelo sonrió y se disponía a coger el gran diccionario enciclopédico, volumen ilustrado, cuando la mayor de los mocosos afirmo con voz segura:

—En el Quijote, el término «hidalgo» se refiere a un miembro de la baja nobleza española.

Se giró sorprendido el anciano y comprobó que la niña empuñaba un teléfono con pantalla; ella contestó “es la IA” anticipándose a la pregunta. El abuelo balbuceó, y cuando iba a afirmar que no podían fiarse de esos cacharros la nieta continuó leyendo “una adarga es un tipo de escudo utilizado…”.

—¡Tonterías!¡Todo eso lo puedes buscar en un libro! —gritó el viejo llamando la atención de su hasta ahora distraída hija, que no tardó en calmarle:

—Mire vuestra merced que aquello no son gigantes, sino móviles modernos…

32. El Quijote según Gabo (Alberto BF)

Muchos años después, frente al pelotón de molinos de viento, el ingenioso hidalgo Don Quijote había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a degustar el queso.

La Mancha era entonces una región de casas humildes, hechas de barro y cañabrava a orillas del Guadiana, cuyas aguas se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y pequeñas como huevos de codorniz. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con la lanza.

 

El día que lo iban a matar, Sancho se levantó a las cinco y media de la mañana para esperar el carro en que llegaba el sacristán. Había soñado que atravesaba un bosque de encinas donde caía un refrescante aguacero, y por un instante fue feliz en el sueño, pero al despertar se sintió por completo salpicado de cagadas de gorriones.

 

Aureliano Buendía y Santiago Nasar les esperaban esa tarde en los batanes, aguardando su fusilamiento. Los cuatro sabían que había llegado su hora, porque las estirpes de caballeros andantes no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Aunque, quién sabe, tal vez el bálsamo de fierabrás sí que pudiera dársela.

31. ¿LOCO?

Nunca tuve yo mal coco,

aunque siempre lo aproveche muy poco.

Llegué a volverme medio loco…

Despegué los pies del suelo,

¡y casi el cielo toco!

 

Pero aprendí a motivarme

y para incentivarme, me provoco.

Mis metas fijo, visualizo, enfoco

y las persigo…

hasta que las alcanzo y muerdo

¡Así es como logro mantenerme cuerdo!

 

Y es que esta composición,

que es casi una canción,

es la recreación

de la ilusión

de la metáfora del sueño de un recuerdo.

 

Sé que una frase así

bien podría ser el título de una obra de Dalí.

Admiro al artista surrealista,

pero sin perder la realidad de vista.

Mantengo el equilibrio

como un funambulista

y le echo más cara

si voy por una arista.

 

Si son cuadriculados,

yo me vuelvo cubista

estilo Picasso…

A sus opiniones

no les hago caso,

pero si se empeñan,

¡con mis lecciones

les doy un buen repaso!

 

Muchas veces salvaje,

otras pocas manso,

de tener razón

yo nunca me canso.

Una vez me equivoqué

pero corregí.

De esa ya aprendí,

¡no se vuelve a repetir!

 

No sé si por loco

o solo medio cuerdo,

pero no lo olvidéis:

yo no soy ladrador,

siempre que hace falta, ¡muerdo!

Nuestras publicaciones