Esta Noche Te Cuento. Concurso de relatos cortos

QUIJOTERÍAS

Un relato con menos de 200 palabras inspirado en QUIJOTERÍAS

ENoTiCias

Bienvenid@s a ENTC 2025 Comenzamos nuestro 15º AÑO de concurso. Este año hemos dejado que sean nuestros participantes los que nos ofrezcan los temas inspiradores, y el tercero serán QUIJOTERÍAS Y recuerda que el criterio no debe ser poner menos palabras sino no poner palabras de más. Bienvenid@
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Esta convocatoria finalizará el próximo
15 DE MAYO

Relatos

57. El elefante de la suerte

Bongani me regaló un pequeño elefante de cerámica. Me lo entregó con los ojos agachados en señal de agradecimiento por ayudarlo a regularizar sus papeles, y me aseguró que me traería suerte. Lo acepté amablemente y debo reconocer que sin convicción. No soy supersticiosa. No creo en chamanismos ni cosas por el estilo contrarias a la razón. Y lo olvidé sobre una balda cualquiera del aparador.

Lo cierto es que no dejaron de sucederme cosas buenas en los siguientes meses: me despidieron del bufete de abogados donde padecía una jornada inflexible y un trato despectivo. Luego, para ahorrar, dejé el piso que tenía en alquiler cuyas manchas de humedad provocaban mis frecuentes alergias y, temporalmente, regresé a casa de mis padres. Hacía tiempo que no contemplaba unos rostros tan alegres y que no comía en condiciones. Además, me dejaron en paz los malditos brotes de rosácea: eliminado el estrés, regresó mi piel de nácar.

Pero, un aciago jueves de marzo, un execrable atentado acaparó todas las portadas del mundo. Bongani se hallaba entre las víctimas y, tras las concentraciones de repulsa y los homenajes, le concedieron la nacionalidad. Sobrecogida, recordé que el elefante se había hecho añicos durante la mudanza.

56. EL MUNDO SE ACABA (Fernando da Casa)

Mi vecina quiere tener sexo conmigo. Menos mal que mi mujer no lo ha escuchado, entre el ruido de la lavadora y la niña berreando no se ha enterado. Yo, con cara de bobo, no he sabido responderle. Me he limitado a coger la taza que portaba entre sus manos.

Eso sí, he cerrado la puerta. No podía arriesgarme a que entrara detrás de mí y repitiera lo que me ha dicho delante de Pilar.

-Buenas tardes, vecino. ¿Me puedes dar un poco de azúcar? Por cierto, el mundo se acaba y no puedo quedarme con las ganas de preguntártelo. ¿Te apetece hacer el amor conmigo?

Cuando he regresado ella ya no estaba. ¿Habrá sido una alucinación? Vivimos en un permanente delirio… No, la taza existe, esto es real. ¿Qué hago? ¿Llamo a su puerta? Pensará que estoy aceptando su proposición. ¿Me quedo en casa? Pilar preguntará qué hago con la taza de la vecina.

Está buena.

Buenísima.

Pero no.

-Cariño, ¿quieres devolverle la taza a la vecina? Me ha entrado un apretón y ahora no puedo…

Hace ya dos horas que fue. Escucho jadeos y gritos desde entonces.

No quiero pensar que, de verdad, el mundo se acaba.

55. UN CROMOSOMA DE MÁS (Rosalía Guerrero Jordán)

El diagnóstico prenatal les cambió la vida. Les dejó noches sin dormir y el estómago sellado, mientras la duda oscilaba sobre sus cabezas como el nudo corredizo de una soga.

Pero en cuanto vieron la carita sonrosada y sintieron la mano minúscula aferrarse a la vida, anclada en sus dedos adultos, las dudas se disolvieron entre las paredes blancas del quirófano vacío, y el amor se desbordó inundando la planta de maternidad.

Todavía recuerdan los primeros años, peregrinando de consulta en consulta, saltando de un ingreso al siguiente, respirando aliviados al regresar juntos a casa una vez más.

Desde entonces han vivido celebrando cada pequeño avance, cada logro diminuto, cada meta que se antojaba imposible de alcanzar por ese niño feliz que te besa y te abraza sin motivo; ese niño risueño que te cuenta un cuento con su lengua grande y su hablar espeso; ese niño curioso y obstinado que observa el mundo con sus ojos rasgados y su sonrisa perenne.

Ese niño grande, autónomo a pesar del cromosoma de más, que no perderá su pícara inocencia jamás.

54. Cadena trófica: lo bello de la naturaleza imperfecta. (Montesinadas)

Sentar a las hormigas y otros insectos frente a las lagartijas fue el primer error. Lindando con estos reptiles, las lechuzas giraban sus cabezas atentas a los nerviosos rabitos de los pequeños saurios sin apreciar la asfixiante vecindad de unas cobras que las hipnotizarían antes de comérselas y que felices, arrastraban ya su lengua bífida por los manteles olvidando el peligro que les rondaba porque, una mínima distracción, y serían pasto de la bandada de rapaces diurnas de gran tamaño que llegaron temprano y clavaron sus garras en las sillas sin importarles que, por otro disparate de la organización, estuvieran rodeadas por un clan de hienas camorristas que las acosaban con su aliento y apostaban que engullirían a esas aves sin desplumarlas, antes de los postres, y se reían, tanto se reían, que no pasaron desapercibidas a la manada de leones ubicados en la mesa imperial que agitaban sus melenas y daban dentelladas al aire, tan pagados de sí mismos, que no pudieron huir de aquellos humanos a los que mordían otros humanos, estos últimos armados con un cuchillo de carne. El festín había comenzado. Arriba en el cielo los buitres volaban en círculos molestos porque no fueron invitados.

53. Taller de escritura creativa

No pudo continuar porque la bala le atravesó el pecho y le hizo caer de espaldas agarrado a la silla que lo sostenía. Antes de perder el conocimiento aún tuvo tiempo de soñar el futuro de unos jóvenes dispuestos a todo para aprender el oficio. Entusiastas, nada manieristas, sin filtros. Pretendía fomentar sus habilidades y convertirlos en escritores únicos.

Si lograba despertar, corregiría los errores de enfoque que estaban cometiendo en esta lección práctica sobre Los cadáveres exquisitos.

52. En la desembocadura del tiempo

Quizás la eternidad tan solo exista en la imperfecta intensidad de un instante incompleto, aquel que guarda escenas desfiguradas, palabras borrosas que el tramposo tiempo recompone y devuelve en su forma más amable.

Podría tratarse de Antonio, o tal vez de María. Lo cierto es que nos vale cualquier persona, seguramente de edad avanzada, una de tantas que contempla fotografías, o quizá vídeos, mientras deambula por los arrabales de su memoria bajo la arena caprichosa de un reloj que gotea granos de momentos. Algunos los recoge al vuelo y los esconde en el lóbulo que menos duele, cerca del hipotálamo; otros se mezclan en sus ventrículos, acelerándolos entre la vieja sangre tantas veces bombeada. El cosmos parece estrecharse con parsimonia hasta que esa persona cualquiera regresa irremediablemente de los lugares imposibles para seguir a la velocidad del tiempo. Entonces, cada imagen del álbum, o quizá de la pantalla, quedará de nuevo errante y huérfana, como un suspiro más en el viento.

51. Pasa la vida (Aurora Rapún)

En el último sorbo de café, el borde descascarillado se tropezó con su labio y le hizo un corte. 

Miró la taza con irritación, luego con pena; por último, la contempló con extrañeza al recordar de pronto que fue el primer objeto que compró cuando inauguró su vida de adulta. La fregaba, la secaba y la guardaba una y otra vez. Solitaria en el armario.

Luego llegó una segunda taza, después los vasos y las copas. Todos fueron arrinconados por los biberones, que enseguida desaparecieron para volver a poner en primera posición a las tazas, que se fueron rompiendo una a una. Hasta que solo quedó esta, la primera. Lo más extraño, pensó mientras se lamía el corte, es que el armario también había desaparecido, y la cocina, y la casa. Y sin saber cómo, las dos habían llegado hasta aquí: una, con el borde desportillado; la otra, con los labios agrietados.

50. ALGUNAS EXPLICACIONES SOBRE EL AMOR

«El amor no es algo que se pueda elegir», pensó mientras salía disparada hacia la Plaza Mayor al salir del trabajo. «El amor tiene mucho más de química que de racionalidad», decían en un reel de Instagram, algo que fue ampliamente rebatido entre sus amigas.

Buscó entorno a la plaza, pero no le encontró. Notaba cómo el corazón corría más que ella y la boca se le secaba. No podía pensar más allá de encontrarle. Seguro que la neurociencia, tan de moda, tendría una explicación. O la literatura, aunque, con sus infinitas palabras, jamás se había narrado con claridad el porqué de ese reconocimiento único entre dos almas que da lugar al amor.

Sol estaba abarrotado y aun así le vio con toda la belleza de la emoción que eso suponía. El payaso de los globos —torpemente maquillado y con una enorme peluca ladeándose según el movimiento de la cabeza— hacía que los chiquillos se sentaran a la espera de un perrito o de una espada. Se quitó los tacones, puso su chaqueta en el suelo y se sentó. Quizás el corazón que acababa de terminar fuera para ella. Quizás, lo mejor, era no buscar una explicación al amor.

49. Diagnóstico erróneo

Espero servirle a mi nuevo dueño. Parece que somos compatibles y tendremos una larga vida por delante. Por fin me sacan de la nevera para volver a sentir el calor humano.

Nos mandan para casa, pero al salir del hospital las promesas de cambio se han esfumado. Su mujer se ha largado con los hijos. Será difícil que sobrevivamos a este ritmo de alcohol.

No me necesitaba a mí, sino un nuevo corazón

48. DES-AFORTUNADO (Rosa Gómez)

Mamá gallina se afanaba en sacar adelante su camada: uno, dos, tres, hasta trece. Pero el último, ¿dónde tenía la cabeza?, ¡era un pollo sin cabeza!, un cuerpecito cubierto de plumas y dos patitas, ¡que se movían! Angustiada por el futuro de su hijo lo empujó esperando que ocurriera un milagro, y ocurrió. El pequeño empezó a rebozarse en el comedero y cuando ya estuvo satisfecho lo hizo en el bebedero. Sus plumas, al igual que las hojas de los árboles, captaban alimento y agua, además le ayudaban a orientarse. Los hermanos rehuían de su lado extrañados, mientras que el resto de animales procesionaban por el gallinero: unos lamentaban su desgracia, otros simplemente se mofaban de su aspecto. Papá gallo lo protegía de agresiones externas, y la madre le prestaba su calor nocturno. Cuando los dueños de la granja lo vieron, creyeron poseer “el pollito de los huevos de oro”, aunque desistieron, demasiado esfuerzo para tan poco beneficio.
El animal, ajeno a tantos sentimientos encontrados, vivía feliz. Un día enviaron a sus hermanos hacia un destino incierto, pero él, por su condición de único, se salvó de una muerte demasiado precoz, incluso para un pollo con cabeza.

47. Egoísmo

Decidió refugiarse en la casa que le habían dejado sus padres como única herencia. Situada encima de una colina a las afueras de un pequeño poblado al pie del monte Fuji. Cada mañana, al abrir las contraventanas de su dormitorio lo contemplaba durante unos minutos. Admiraba esa silueta bella y amenazante, dormida desde hacía siglos, cuyas laderas tapizadas de rocas rojizas, grises y negras, ofrecían una ausencia total de vegetación. La eterna capa blanca que rodeaba la cima le daba un toque de elegancia.

Una noche, sin previo aviso, el volcán decidió desperezarse. Rugidos atronadores anunciaron su desvelado bostezo. Pronto empezó a estirar los brazos a través de llamas espectaculares que dibujaban el cielo. Surcos de lágrimas de soledad se abrieron camino por su cuerpo ardiente hasta desembocar en el pueblo. Las viviendas se derretían como si fueran de papel. Un cielo oscuro y asfixiante se impuso en ese rincón de la humanidad. Muchos de sus amigos se fundieron en el llanto del volcán. Todos los cultivos quedaron arrasados sin piedad. Sin embargo, él desde la colina no podía sentir nada más que fascinación.

46. Arrugas (Miguel Ángel Moreno)

Aquella tibia mañana de otoño, ajeno al tiempo, se sentó en el banco de siempre y comenzó a rebuscar en los bolsillos del abrigo. Al cabo, dio con unos folios arrugados, repletos de notas y garabatos a pie de página. Durante unos minutos intentó estirarlos, hasta que consideró cumplida la tarea.

Con precisión milimétrica se colocó las gafas que colgaban de su cuello y comenzó a leer en voz alta, dándole una entonación entre melodramática y didáctica, como la de un actor recitando poesía. Al rumor de sus palabras, picados por la curiosidad, acudieron unos gatos. Pronto se unieron a su alrededor gorrioncillos, palomas, mirlos y hasta algunos niños recién salidos de la escuela, componiendo un insospechado auditorio. Concluida la alocución, con los papeles hizo no menos de diez avioncitos, unos avioncitos ligeros que se elevaron al aire y a los que escoltaron sus asombrados espectadores con la mirada. Mientras contemplaban aquel vuelo, semejante a un desfile aéreo, un intrépido rayo de sol se posó sobre la despoblada cabellera del viejo profesor.

 

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